dimarts, 17 de juliol del 2012

1r: queda abolit el concepte de carrer. A partir d'ara, les nostres passes, passejos, vagarejos, divagacions i pernoctacions es duran a terme en el sempre inconclús i agradable territori del flux de partícules. No es descarta la presència, sempre atzarosa, de catalitzadors distribuïts en diversos punts del recorregut, la missió dels quals serà exhortar l'entusiasme per la deriva.

2n: queda igualment abolida l'obligatorietat del primer punt, atès que mai, però, s'ha establert aquest aspecte.

3r: s'exhorta les partícules del cos social a buidar-lo de tota unitat significativa, organicisme, articulació, membració premeditada i en general qualsevol estratègia destinada a establir la rima consonant a les nostres vesícules biliars.

4rt: s'exigeix el retorn, pel que fa al corpuscle dels narcòtics, a la terminologia grega, amb especial èmfasi pel terme Pharmakon. Obrim les portes al fèrtil concepte de la farmacosi.

5è: volem donar a entendre que resulta impossible que tot s'entengui i que, per tant, el control de les situacions és, netament, una entelèquia. Seguint aquest punt, ens aventurem a afirmar que, quan hom creu haver-ho entès tot, es cansa de tot i decideix liquidar-ho. Cada mur enderrocat és un concepte que s'ha donat premeditadament per entès.

6è: volem exhibir la ficció dels nostres rostres, els nostres gestos i fins i tot les nostres existències. Amb aquesta quimera entre cella i cella, optem per liquidar tot allò que de persona té la nostra màscara i reivindicar, en canvi, la màscara de la nostra persona.

7è: volem que, en algun moment, us poseu les caretes i que ens digueu, sincerament, si us agraden.

8è: volem, en definitiva, no haver de voler gran cosa més. Gràcies per la vostra desatenció.

(Noves reglamentacions del FASTIC que a partir d'ara regiran els convenis mercantils, diplomàtics i similars, així com els divergents).

'Emet o la revolta'. Sebastià Jovani.

Subía esta mañana en las escaleras mecánicas de la parada de metro Passeig de Gràcia, L3, e iba apareciendo ante mi el banco-farola modernista, todo forradito de trencadís blanco que veo todos los días camino del trabajo.

He pensado en Apple inmediatamente.

Luego he pensado que esas mentes pensantes del Ajuntament que han dado permiso, previo cobro del cheque, a Apple para colgar semejante despropósito en plaza de Catalunya, seguramente imaginaron que la cosa iría alrevés: que amosaicando en coloringos la manzana, la gente vería Apple y pensaría en Barcelona. 

Bueno, tampoco se podía esperar mucho más de ellos: Son la misma gente defensora de la ‘marca Barcelona’, que no ve que cuando a algo le pones nombre de marca, lo que realmente estás haciendo es intentar venderlo; que no cae en la cuenta de que quienes suelen utilizar su nombre como marca, hasta el punto de no dudar en cambiárselo (todo llegará) por otro más comercial, son desde siempre las putas. 

De momento, ya han vendido uno de mis referentes visuales de las mañanas.
Pues nada majos, felicidades.

dilluns, 16 de juliol del 2012

Sí, això era més o menys.

(Del blog d'en Sebastià Jovani)

 

Detall d’un incident

Posted: September 10, 2011
 
Partitura corporal trobada en sortir de la banyera

-I dius que…
-Exacte.
-Però…?
-No, no pas.
-Llavors…
-A tu què et sembla?
-Francament, no ho sé.
-O no ho vols saber?
-Serà això.
-N’estic segur.
-És clar…
-I doncs?
-Espera, espera.
-No puc esperar. Tinc pressa, saps?
-Pressa?
-Si, he de fer altres coses, després.
-Com ara?
-No crec que sigui assumpte teu.
-Molt bé, molt bé…
-Així, podem seguir?
-No hi ha altre remei?
-No.
-Oh, però, escolta…!
-No, no cal que diguis res.
-Però jo no…
-Saps prou bé que sí.
-Tu també ho saps?
-Per descomptat.
-Ja.
-I bé?
-Doncs això. Quin remei.
-Tot aclarit.
-Tot aclarit.
-Llavors, puc procedir?
-Això sembla.
-Sense rancúnies?
-Sense rancúnies.
-D’acord.
-…
-Però si vols…
-Si vull què?
-M’ho he repensat. Si vols dir…
-… alguna cosa?
-Això mateix.
-No se m’ocorre res.
-Ara no saps què dir?
-No. El que volia dir abans ja no serveix.
-Però, res de res?
-No.
-Va, pensa-hi una mica.
-Ja està.
-Ja hi has pensat?
-Si.
-I doncs?
-Res de res.
-Res, segur?
-No.
-Vaja.
-Ja veus.
-Potser que llavors…
-Sembla que sí.
-Doncs som-hi.
-Sense rancúnies.
-Sense rancúnies.
-Vols que em posi…
-Perdó?
-Sí, home, si vols que em…
-Ah, sí, si et plau.
-Així va bé?
-Així va bé.
-Doncs endavant. Engega.
-Ara mateix.
-Ràpid.
-Instantani.
-Pim pam.
-Per cert…
-Sí…?
-Encantat d’haver-te conegut.
-Sí, per a mi també ha estat un plaer.
-Vols que li digui alguna cosa…
-A ella?
-Exacte.
-Home, si no et fa res…
-Oh, no és cap molèstia.
-T’ho agraeixo. Però sigues prudent.
-Ho seré.
-Gràcies.
-No es mereixen.
-Adéu.
-Adéu.
(…)
Cabe suponer que, en efecto, aquel día el novelista británico miraba a mi amiga, pero al mismo tiempo se hallaba secuestrado por una página que había dejado interrumpida en su Olivetti Lettera 32 y andaba preguntándose hacia dónde derivarían aquellas líneas de su novela y, quién sabe, quizás estaba pensando en dinamitar la realidad de plomo de aquella terraza y, como quien coloca una langosta viva en la cazuela, estaba observando a mi amiga con la intención de meterla en su libro.

diumenge, 15 de juliol del 2012

Hace unos años estuve unas semanas en verano viajando por Rumanía. Yo iba al país que hacía relativamente poco que acababa de salir del régimen de Ceaucescu; de más de veinte años de dictadura; una de las más delirantes de la Europa de finales del siglo XX. Me hacía gracia ver qué. Me imaginaba un cierto aire de liberación así como muy chachi extendido por todo el país; uno tira de referentes y el referente de fin de dictadura que los españolitos tenemos en la cabeza está lleno de botellas de champán descorchadas, mujeres y gays liberados y movidas desatadas, ya saben. Me imaginaba euforia, más euforia aún que nuestra triste euforia de dictador muerto en la cama: la suya había sido una sublevación del pueblo que había empezado en Timisoara y se había ido extendiendo por todo el país. Me imaginaba que encontraría un cierto aire de victoria coronando cabezas de ciudadanos con caras cotidianas de cierta satisfacción allá donde fuera.

Pues muy mal imaginado.

Entramos en el país a pie. Habíamos cogido un vuelo Barcelona-Belgrado: el plan era coger un tren hacia el norte, y cruzar la frontera en autobús. Llegamos en domingo, no había autobús y tuvimos que hacer andando el camino desde el último pueblo de Serbia hasta el primero de Rumanía con estación de tren. Eso hicimos. Cruzamos la frontera con señoras a quienes habíamos visto unos kilómetros antes camuflarse cartones de tabaco en las fajas. Llegamos por fin a un apeadero medio fantasma en el que, tras esperar unas horas a la sombra de una señal enorme con aguilucho estampado y todo, que rezaba ROMÂNIA, apareció el tren de bancos de madera que nos llevaría a Timisoara.

En Timisoara, nos acercamos a la casa de László Tőkés, el pastor evangelista que lideró la revolución en su primer estadio. De Timisoara viajamos al norte, hacia los Cárpatos. Y de los Cárpatos, al sur, hasta Bucarest. A los pocos días de estar dando vueltas por el país, yo ya había comprendido, con sorpresa primero, con tristeza después, que la única señal de orgullo por la nueva nación conseguida ya la había visto, el primer día, en la plaquita atornillada al lado de la puerta de casa de Tőkés que indicaba que allí había empezado la revolución. No vería más signo de esta pírrica victoria del pueblo. Lo que sí que vería, en cambio, sería gente muy jodida. Gente que, de repente, tenía que pagar por su casa y por servicios que antes eran proporcionados por el Estado. Gente que, con cincuenta años, se encontraba sin trabajo, sin derecho a paro y teniendo que alquilar una habitación de su casa, que no podía pagar, a turistas que les pagaban en negro, en dólares si podía ser.

Recuerdo que me impresionó la cantidad de nostálgicos del antiguo régimen que encontrábamos a nuestro paso: se habían quitado de encima a un dictador pero eso no era nada comparado con lo que les había sobrevenido. Habían salido de la falta de libertad absoluta para caer en la pobreza material radical, con lo que falta de libertad y pobreza material se habían vuelto conceptos comparables, estadios a poner en la balanza, a valorar en términos de preferencias. Y preferían comer a pensar. Preferían dictadura los nostálgicos.

Se habían vuelto locos también los nostálgicos y me pareció natural su locura: entendí que perder la razón es la única manera de supervivencia cuando uno quiere para tan poco su libertad que la vendería por un plato de lentejas. Recuerdo que aluciné con la cantidad de chalados de aquellos que se ponen a predicar en las esquinas que encontrábamos por la calle. Recuerdo a un taxista que mientras nos señalaba a un grupo de gitanos que acampaba al lado de la estación de Bucarest, nos resumió en cinco palabras la historia del siglo XX europeo. "Hitler didn't finish his work", dijo, y a mí me dio miedo, porque con esa frase se estaba cagando en la pobreza a la vez que se cagaba en todas las libertades.
La pobreza que había traído la libertad era tan bestia que habían acabado dispuestos a renunciar a la libertad si así acababan con la pobreza.

Lo chungo es que estos días estoy pensado en toda esta historia con la preocupación muy bestia, igual un poco pasada de rosca, de que este proceso, el de ganar libertad primero para volverse pobre después, pudiera llegar a darse a la inversa: volverse pobre, hundirse económicamente el país primero, tanto, como para acabar desesperados y dispuestos a renunciar a todas las libertades después.
Aquí, a fin de cuentas, no nos falta tampoco la figura del nostálgico que predica desde las esquinas que el logro de Franco fue sacar a España de la miseria.

dissabte, 14 de juliol del 2012

dijous, 12 de juliol del 2012

Con la que está cayendo, una abre el periódico y se encuentra con que todo tiene un tufillo a la inconsciencia de la broma más barata que tira para atrás.

Con la simplicidad y la obviedad de la metáfora que se han gastado algunos en la forma del diario de hoy, lo único que han conseguido es desvirtuar totalmente el fondo. El troquelado puede que remita de una manera muy simplista y literal al recorte -así como simplista y literal de tengo cinco años y ya me dejan usar tijeras que no pinchan-, sí, pero también remite a las banderolas que suelen colgarse de fachada a fachada en las fiestas mayores (o sea, a la fireta), a los cuentos pop-up que hacen las delicias de los niños descubriendo el 3D y hasta a las camisetas de Desigual.

Y si encima, ya dentro, superado el psicodélico grito, te encuentras con noticias como esta, pues ya es global la impresión de tomadura de pelo absoluta, de que nada ha cambiado, de que todo seguirá igual y de que los periódicos seguirán sirviendo a quien siempre han servido.