Sean malos con criterio, malos selectivos, malos de maldad inteligente.
Yo digo que se mueran los malos indiscriminados, los de no he podido evitarlo porque soy así, los escorpiones de esto de aquí abajo era una rana y yo ahora me estoy ahogando en mi propia mierda; los malos de me ha cogido el punto, se me ha escapado la rabia y no he podido evitar darte una bofetada.
Que se vayan a al cuerno los de maldad de daño colateral, que es como mear sin apuntar, salpicar fuera del váter y que te sepa muy mal porque estás en casa de un amigo, se ha acabado el papel higiénico, no sabes dónde está la fregona y te da mucha vergüenza preguntárselo.
Que se pudran también los de maldad inconsciente, esos que van creyendo que todo se hace por algo y, si alguien cae por el camino, siempre les queda la excusa del lo he hecho por un fin superior, y eso si llegan a enterarse del muerto que han dejado atrás.
Con lo bonita que es la maldad del donde pongo el ojo, y lo he puesto ahí porque el objetivo llevaba una camiseta que decía dispárame y lo decía cada vez más fuerte, pongo la bala; con lo bien que sienta esa venganza de casi hacer justicia bíblica: con la sensación de haber hecho justicia en general que te deja la cosa.
Hoy he sido mala y estoy orgullosa de haberlo sido; no me encontrarán esta noche lamentándome porque se me haya ido la mano, no me encontrarán lamentado haber hecho nada mal: malo, sí, pero mal, no.
Señora, usted, la que me ha perseguido por toda la tienda al grito de nena, ¿esto cuanto vale?, nena, ¿me buscas una talla L?, nena, ¿esto no lo tienes en azul?, mientras yo atendía a tres clientes a la vez y luego (nena, ¿no me vas a cobrar a mí antes, que solo llevo un jersey?) mientras cobraba a tres más; Señora, escuche: la mañana de Reyes, cuando su marido abra el primoroso paquetito de Macson con su pegatina dorada de felices fiestas, lo primero que verá justo a la altura del cuello de pico del jersey que usted le ha regalado, será una etiqueta cara arriba con el 35,90 € en rojo, bien clarito. Piense en mí en ese momento porque he sido yo, que no la he tachado, que he tenido el rotulador en la mano, dispuesta a hacerlo, pero he visto que miraba usted para otro lado y he pensado esta es la mía, pero sobre todo piense en usted, que me ha dado la tarde, hostia.
Ay, qué gusto irse a dormir con esta sensación de haber sido por un momento la vengadora del proletariado del sector terciario. Ser mala así, sí.
Viva yo.
dilluns, 2 de gener del 2012
diumenge, 1 de gener del 2012
¿Sabéis las cenas en Carretes, las sobremesas eternas en el Poblenou, los aperitivos en el Esterri, los quedamos para tomar algo aunque parezca que algunos se empeñan en que no, las rebajas mortales en la tienda, los miércoles de l'Horiginal, los igual no es tan delirante que sigamos siendo amigos y los despierta a las niñas que solo tengo una hora para verlas?
Pues va ayer y, en una sola noche, todos, TODOS, hacemos por coincidir y coincidimos, y me encuentro de repente con que todos, TODOS, estáis ahí, porque hasta quien no acabó de estar, apareció en algún momento vía móvil.
Y eso -que estemos- es, por si alguien aún no se había enterado, la única cosa que, en lo que llevo de vida, he sacado en claro que me importa.
Algunos son contingentes, vosotros sois necesarios, ya lo sabéis.
dissabte, 31 de desembre del 2011
El ultimo sueño del año:
Estoy en un hotel en Lisboa. En diferentes habitaciones están mi hermano, mi hermana y un par de personas con las que acabo de coincidir en el avión. A las pocas horas de llegar, miro por la ventana y veo que se está incendiando la montaña de enfrente. Le digo a mi hermano: igual nos hacen irnos de aquí. Coge el teléfono, habla con alguien, cuelga y me dice: dicen que nos desalojarán a las cinco de la mañana. Pienso que me tengo que llevar a los gatos, no tengo los transportines, pienso que cogeré a la Kika a pelo y que a Koldo lo envolveré en una manta. Mientras no llegan las cinco, nos vamos a la habitación de una de las personas a las que conocimos en el avión. Le cuento lo de los gatos. Me dice que sí que tengo los transportines. Mi hermano dice que no, que me los dejé en Lisboa. Resulta que ya no estamos en Lisboa, que aquello es un pueblo. Mi hermano dice que seguramente nos harán pasar a Portugal. Ni si quiera estamos en Portugal. Discutimos sobre si el fuego puede pasar de un país a otro. Yo veo superclaro que sí; mi hermano dice que no.
Me despierto.
¿?
divendres, 30 de desembre del 2011
dijous, 29 de desembre del 2011
Si acompaño al día a una media de tres señores (y a sus señoras, que van al ladito a modo de consejerasasesoras con voz y voto y hasta posesión de la última palabra) a probarse pantalones, de los tres, no exagero si digo que dos salen con la bragueta abierta.
La pose de salir del probador con los pantalones con la etiqueta aún colgando varía entre:
a) (los pantalones son de su talla) jersey arremangao por delante, manos agarrándose el culo por detrás, mirada fija en la señora. La señora inmediatamente mete dos dedos por la cinturilla, a la altura del botón, y da dos tironcitos mientras pronuncia las palabras 'son de tu talla, date la vuelta'.
b) (los pantalones les van grandes) jersey arremangao por delante, pulgares tirando de la cintura, evidenciando lo que les sobra de perímetro de pantalón, mirada fija en la señora. La señora, sin meter los dedos en ninguna parte, me mira y yo cooooorro a buscar una talla menos.
Si los pantalones son pequeños, no hay pose: desde dentro del vestidor se oye al señor decir 'son pequeños'. La señora me mira y yo coooorro a buscar una talla más.
Pero volvamos al tema de la bragueta. El 100% de los señores que salen del probador, salen con la mirada fija en la señora. El 66,6666% de estos, llevan la bragueta abierta. La señora, lo primero que hace es verlo y susurrar 'la bragueta', ellos se la miran, se la suben y vuelven a mirar a la señora esperando el veredicto.
Ahora podría soltar aquí una perorata sobre esposas-madre (la bragueta, ponte bien el cuello, no te lo ates hasta arriba, este para el pantalón beige, te hace bolsas, tienes que adelgazar...), pero me da pereza. Usen esta entrada como complemento de la de ayer: ellas, chantaje emocional, dime que me quieres o me pongo de morros; ellos, acaba tú de vestirme, dime que soy un desastre, piensa qué sería de mí sin ti, que no sé ni combinar unos pantalones con unos zapatos.
Tiene que haber otro mundo. Y si no, hay que inventárselo, pero rapidito, por aquello de luchar contra la imbecilidad (especialmente la de base), en serio.
La pose de salir del probador con los pantalones con la etiqueta aún colgando varía entre:
a) (los pantalones son de su talla) jersey arremangao por delante, manos agarrándose el culo por detrás, mirada fija en la señora. La señora inmediatamente mete dos dedos por la cinturilla, a la altura del botón, y da dos tironcitos mientras pronuncia las palabras 'son de tu talla, date la vuelta'.
b) (los pantalones les van grandes) jersey arremangao por delante, pulgares tirando de la cintura, evidenciando lo que les sobra de perímetro de pantalón, mirada fija en la señora. La señora, sin meter los dedos en ninguna parte, me mira y yo cooooorro a buscar una talla menos.
Si los pantalones son pequeños, no hay pose: desde dentro del vestidor se oye al señor decir 'son pequeños'. La señora me mira y yo coooorro a buscar una talla más.
Pero volvamos al tema de la bragueta. El 100% de los señores que salen del probador, salen con la mirada fija en la señora. El 66,6666% de estos, llevan la bragueta abierta. La señora, lo primero que hace es verlo y susurrar 'la bragueta', ellos se la miran, se la suben y vuelven a mirar a la señora esperando el veredicto.
Ahora podría soltar aquí una perorata sobre esposas-madre (la bragueta, ponte bien el cuello, no te lo ates hasta arriba, este para el pantalón beige, te hace bolsas, tienes que adelgazar...), pero me da pereza. Usen esta entrada como complemento de la de ayer: ellas, chantaje emocional, dime que me quieres o me pongo de morros; ellos, acaba tú de vestirme, dime que soy un desastre, piensa qué sería de mí sin ti, que no sé ni combinar unos pantalones con unos zapatos.
Tiene que haber otro mundo. Y si no, hay que inventárselo, pero rapidito, por aquello de luchar contra la imbecilidad (especialmente la de base), en serio.
dimecres, 28 de desembre del 2011
Mi madre le echa la bronca a mi sobrina porque está tirada en el sofá y le pone los pies encima del periódico. Mi sobrina aparta los pies, mi madre sigue leyendo, mi sobrina la mira muy seria, mi madre pasa una página, pasa dos, mi sobrina la mira con la cabeza baja y los ojos de lado, más que mirarla, mira si mi madre la mira. No la mira. Se pone a llorar. ¿Qué te ha pasado? Dice mi madre, que leía el periódico y no se ha dado cuenta de toda la maniobra de indignación infantil. Mi sobrina sigue llorando. ¿Te has hecho daño? pregunta mi madre. Es porque la has reñido por lo del periódico, aclaro yo desde el otro sofá. Ay, noooo, Ainaaa, dice mi madre abrazándola, si solo era porque no me dejabas leer, si la abuela te quiere mucho... Mi sobrina se tranquiliza mientras mi madre la mece y le canta una canción.
Y yo me quedo mirando la escena, reconociendo protocomportamientos adultos de ahora no me quieres, ahora sí, ahora juego a la indignación para que tú me digas cuánto me quieres y si no me lo dices me enfado y me siento frustrada, creyendo que el mundo es injusto y que tú eres muy mala.
Y pienso que si eso es lo que luego, de mayores, llamamos amor; que si de ya crecidos seguimos jugando al me enfado, te perdono; me haces una putada, me abrazas y me pides perdón; es que no maduramos nada de nada desde los tres años.
Y descubro lo que ya sabía: que este juego me da una pereza horrorosa. Y descubro también una cosa que me cuesta más aceptar: si todos hemos sido educados así (porque a ver quién es el guapo de no abrazar a su nieta de tres años cuando llora), si todos esperamos este tipo de respuesta a nuestro comportamiento infantil, ¿a dónde voy yo empeñándome en no entrar en este juego?
Y yo me quedo mirando la escena, reconociendo protocomportamientos adultos de ahora no me quieres, ahora sí, ahora juego a la indignación para que tú me digas cuánto me quieres y si no me lo dices me enfado y me siento frustrada, creyendo que el mundo es injusto y que tú eres muy mala.
Y pienso que si eso es lo que luego, de mayores, llamamos amor; que si de ya crecidos seguimos jugando al me enfado, te perdono; me haces una putada, me abrazas y me pides perdón; es que no maduramos nada de nada desde los tres años.
Y descubro lo que ya sabía: que este juego me da una pereza horrorosa. Y descubro también una cosa que me cuesta más aceptar: si todos hemos sido educados así (porque a ver quién es el guapo de no abrazar a su nieta de tres años cuando llora), si todos esperamos este tipo de respuesta a nuestro comportamiento infantil, ¿a dónde voy yo empeñándome en no entrar en este juego?
dimarts, 27 de desembre del 2011
Dice el jefe mirando esta foto: "Yo me acuerdo de este de pequeño. Los críos nos poníamos como locos cuando los veíamos llegar. Nos habríamos quedado mirando al cielo todo el día".
Es un Supermarine Spitfire: escupía fuego, ya lo dice, y dejaba a los niños con la boca abierta, eso no lo dice, pero uno puede imaginarlo, igual que lo imaginaba Ballard porque igual lo había visto, porque igual él también quería quedarse mirándolos pero su madre le estiraba de la manga del abrigo hacia el refugio antiaéreo.
Y yo pienso en los aviones de Ballard, primero vistos, pasados por el tamiz de Spielberg, y luego leídos. Y me tengo que quedar en casa trabajando porque en el despacho no aguantarían el This is Hardcore que llevo encima desde que el jefe me a puesto a mí también mirando al cielo.
Soy un poco Jamie, estos días.
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