dissabte, 31 de desembre del 2011
El ultimo sueño del año:
Estoy en un hotel en Lisboa. En diferentes habitaciones están mi hermano, mi hermana y un par de personas con las que acabo de coincidir en el avión. A las pocas horas de llegar, miro por la ventana y veo que se está incendiando la montaña de enfrente. Le digo a mi hermano: igual nos hacen irnos de aquí. Coge el teléfono, habla con alguien, cuelga y me dice: dicen que nos desalojarán a las cinco de la mañana. Pienso que me tengo que llevar a los gatos, no tengo los transportines, pienso que cogeré a la Kika a pelo y que a Koldo lo envolveré en una manta. Mientras no llegan las cinco, nos vamos a la habitación de una de las personas a las que conocimos en el avión. Le cuento lo de los gatos. Me dice que sí que tengo los transportines. Mi hermano dice que no, que me los dejé en Lisboa. Resulta que ya no estamos en Lisboa, que aquello es un pueblo. Mi hermano dice que seguramente nos harán pasar a Portugal. Ni si quiera estamos en Portugal. Discutimos sobre si el fuego puede pasar de un país a otro. Yo veo superclaro que sí; mi hermano dice que no.
Me despierto.
¿?
divendres, 30 de desembre del 2011
dijous, 29 de desembre del 2011
Si acompaño al día a una media de tres señores (y a sus señoras, que van al ladito a modo de consejerasasesoras con voz y voto y hasta posesión de la última palabra) a probarse pantalones, de los tres, no exagero si digo que dos salen con la bragueta abierta.
La pose de salir del probador con los pantalones con la etiqueta aún colgando varía entre:
a) (los pantalones son de su talla) jersey arremangao por delante, manos agarrándose el culo por detrás, mirada fija en la señora. La señora inmediatamente mete dos dedos por la cinturilla, a la altura del botón, y da dos tironcitos mientras pronuncia las palabras 'son de tu talla, date la vuelta'.
b) (los pantalones les van grandes) jersey arremangao por delante, pulgares tirando de la cintura, evidenciando lo que les sobra de perímetro de pantalón, mirada fija en la señora. La señora, sin meter los dedos en ninguna parte, me mira y yo cooooorro a buscar una talla menos.
Si los pantalones son pequeños, no hay pose: desde dentro del vestidor se oye al señor decir 'son pequeños'. La señora me mira y yo coooorro a buscar una talla más.
Pero volvamos al tema de la bragueta. El 100% de los señores que salen del probador, salen con la mirada fija en la señora. El 66,6666% de estos, llevan la bragueta abierta. La señora, lo primero que hace es verlo y susurrar 'la bragueta', ellos se la miran, se la suben y vuelven a mirar a la señora esperando el veredicto.
Ahora podría soltar aquí una perorata sobre esposas-madre (la bragueta, ponte bien el cuello, no te lo ates hasta arriba, este para el pantalón beige, te hace bolsas, tienes que adelgazar...), pero me da pereza. Usen esta entrada como complemento de la de ayer: ellas, chantaje emocional, dime que me quieres o me pongo de morros; ellos, acaba tú de vestirme, dime que soy un desastre, piensa qué sería de mí sin ti, que no sé ni combinar unos pantalones con unos zapatos.
Tiene que haber otro mundo. Y si no, hay que inventárselo, pero rapidito, por aquello de luchar contra la imbecilidad (especialmente la de base), en serio.
La pose de salir del probador con los pantalones con la etiqueta aún colgando varía entre:
a) (los pantalones son de su talla) jersey arremangao por delante, manos agarrándose el culo por detrás, mirada fija en la señora. La señora inmediatamente mete dos dedos por la cinturilla, a la altura del botón, y da dos tironcitos mientras pronuncia las palabras 'son de tu talla, date la vuelta'.
b) (los pantalones les van grandes) jersey arremangao por delante, pulgares tirando de la cintura, evidenciando lo que les sobra de perímetro de pantalón, mirada fija en la señora. La señora, sin meter los dedos en ninguna parte, me mira y yo cooooorro a buscar una talla menos.
Si los pantalones son pequeños, no hay pose: desde dentro del vestidor se oye al señor decir 'son pequeños'. La señora me mira y yo coooorro a buscar una talla más.
Pero volvamos al tema de la bragueta. El 100% de los señores que salen del probador, salen con la mirada fija en la señora. El 66,6666% de estos, llevan la bragueta abierta. La señora, lo primero que hace es verlo y susurrar 'la bragueta', ellos se la miran, se la suben y vuelven a mirar a la señora esperando el veredicto.
Ahora podría soltar aquí una perorata sobre esposas-madre (la bragueta, ponte bien el cuello, no te lo ates hasta arriba, este para el pantalón beige, te hace bolsas, tienes que adelgazar...), pero me da pereza. Usen esta entrada como complemento de la de ayer: ellas, chantaje emocional, dime que me quieres o me pongo de morros; ellos, acaba tú de vestirme, dime que soy un desastre, piensa qué sería de mí sin ti, que no sé ni combinar unos pantalones con unos zapatos.
Tiene que haber otro mundo. Y si no, hay que inventárselo, pero rapidito, por aquello de luchar contra la imbecilidad (especialmente la de base), en serio.
dimecres, 28 de desembre del 2011
Mi madre le echa la bronca a mi sobrina porque está tirada en el sofá y le pone los pies encima del periódico. Mi sobrina aparta los pies, mi madre sigue leyendo, mi sobrina la mira muy seria, mi madre pasa una página, pasa dos, mi sobrina la mira con la cabeza baja y los ojos de lado, más que mirarla, mira si mi madre la mira. No la mira. Se pone a llorar. ¿Qué te ha pasado? Dice mi madre, que leía el periódico y no se ha dado cuenta de toda la maniobra de indignación infantil. Mi sobrina sigue llorando. ¿Te has hecho daño? pregunta mi madre. Es porque la has reñido por lo del periódico, aclaro yo desde el otro sofá. Ay, noooo, Ainaaa, dice mi madre abrazándola, si solo era porque no me dejabas leer, si la abuela te quiere mucho... Mi sobrina se tranquiliza mientras mi madre la mece y le canta una canción.
Y yo me quedo mirando la escena, reconociendo protocomportamientos adultos de ahora no me quieres, ahora sí, ahora juego a la indignación para que tú me digas cuánto me quieres y si no me lo dices me enfado y me siento frustrada, creyendo que el mundo es injusto y que tú eres muy mala.
Y pienso que si eso es lo que luego, de mayores, llamamos amor; que si de ya crecidos seguimos jugando al me enfado, te perdono; me haces una putada, me abrazas y me pides perdón; es que no maduramos nada de nada desde los tres años.
Y descubro lo que ya sabía: que este juego me da una pereza horrorosa. Y descubro también una cosa que me cuesta más aceptar: si todos hemos sido educados así (porque a ver quién es el guapo de no abrazar a su nieta de tres años cuando llora), si todos esperamos este tipo de respuesta a nuestro comportamiento infantil, ¿a dónde voy yo empeñándome en no entrar en este juego?
Y yo me quedo mirando la escena, reconociendo protocomportamientos adultos de ahora no me quieres, ahora sí, ahora juego a la indignación para que tú me digas cuánto me quieres y si no me lo dices me enfado y me siento frustrada, creyendo que el mundo es injusto y que tú eres muy mala.
Y pienso que si eso es lo que luego, de mayores, llamamos amor; que si de ya crecidos seguimos jugando al me enfado, te perdono; me haces una putada, me abrazas y me pides perdón; es que no maduramos nada de nada desde los tres años.
Y descubro lo que ya sabía: que este juego me da una pereza horrorosa. Y descubro también una cosa que me cuesta más aceptar: si todos hemos sido educados así (porque a ver quién es el guapo de no abrazar a su nieta de tres años cuando llora), si todos esperamos este tipo de respuesta a nuestro comportamiento infantil, ¿a dónde voy yo empeñándome en no entrar en este juego?
dimarts, 27 de desembre del 2011
Dice el jefe mirando esta foto: "Yo me acuerdo de este de pequeño. Los críos nos poníamos como locos cuando los veíamos llegar. Nos habríamos quedado mirando al cielo todo el día".
Es un Supermarine Spitfire: escupía fuego, ya lo dice, y dejaba a los niños con la boca abierta, eso no lo dice, pero uno puede imaginarlo, igual que lo imaginaba Ballard porque igual lo había visto, porque igual él también quería quedarse mirándolos pero su madre le estiraba de la manga del abrigo hacia el refugio antiaéreo.
Y yo pienso en los aviones de Ballard, primero vistos, pasados por el tamiz de Spielberg, y luego leídos. Y me tengo que quedar en casa trabajando porque en el despacho no aguantarían el This is Hardcore que llevo encima desde que el jefe me a puesto a mí también mirando al cielo.
Soy un poco Jamie, estos días.
dilluns, 26 de desembre del 2011
Paseo el día de San Esteban, en plena hora de la comida, desde el Poble Sec hasta mi casa. En la plaza de la Bella Dorita hay camas eslásticas, un tiovivo y una señora con parkinson que vende muérdago. Le compro un ramo -que es más bien manojo- y, cuando me lo tiende, las sacudidas de su mano hacen que unas cuantas bolitas caigan y rueden por el suelo. En las camas elásticas saltan niños centroamericanos que, igual que no sabrían ubicar San Esteban en un calendario, no deben de tener ni idea de ubicar América ni mucho menos su centro en un mapamundi. El tiovivo está tan parado como la comida de San Esteban, como la Navidad, en esa plaza.
En días como este, quien no está llevando dentro la tradición, está saltando en una cama elástica o, echándole dos cojones al parkinson, vendiendo muérdago en una esquina. Y no vengan con que saltar y echarle cojones no son más sinónimos de libertad que cualquier otra cosa.
Llego a casa, leo cómo Siri Hustvedt se quita de encima a la periodista que le hace la entrevista por chat que este mes viene en la última página del Marie Claire. La periodista es gabriela wiener; en Marie Claire escriben en minúscula los nombres de su gente. Estoy comiendo helado, le dice la wiener a la Hustvedt. Yo tengo la mesa llena de libros, responde la Hustvedt. ¿Tú qué llevas puesto?, le pregunta la wiener. Un jersey, tengo que volver a trabajar, le responde la Hustvedt. En mi ordenador suena The Wi(e)nner Takes it All: me he puesto el Abba Gold para escribir sobre aviones.
No sé qué deben de estar haciendo los suecos ahora mismo; probablemente, trabajar calentitos. The Winner Takes it All.
En días como este, quien no está llevando dentro la tradición, está saltando en una cama elástica o, echándole dos cojones al parkinson, vendiendo muérdago en una esquina. Y no vengan con que saltar y echarle cojones no son más sinónimos de libertad que cualquier otra cosa.
Llego a casa, leo cómo Siri Hustvedt se quita de encima a la periodista que le hace la entrevista por chat que este mes viene en la última página del Marie Claire. La periodista es gabriela wiener; en Marie Claire escriben en minúscula los nombres de su gente. Estoy comiendo helado, le dice la wiener a la Hustvedt. Yo tengo la mesa llena de libros, responde la Hustvedt. ¿Tú qué llevas puesto?, le pregunta la wiener. Un jersey, tengo que volver a trabajar, le responde la Hustvedt. En mi ordenador suena The Wi(e)nner Takes it All: me he puesto el Abba Gold para escribir sobre aviones.
No sé qué deben de estar haciendo los suecos ahora mismo; probablemente, trabajar calentitos. The Winner Takes it All.
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