dijous, 15 de desembre del 2011

Dietario de la tienda. Día 4.

Hoy acababamos de abrir, eran las cinco de la tarde y aún no había entrado nadie. En ese momento, Manoli y yo todos los días nos paseamos por la tienda como quien pasea por sus dominios: mirando aquí y allá, enderezando con el dedo una columna de jerseys, agachándonos así como sin pensar a recoger una diminuta pelusilla del suelo, quitando con la esquina de un trapo una huella de dedo en un espejo... Mientras, yo le pregunto cómo ha ido la mañana y ella me cuenta que tal ha dicho esto o tal se ha llevado esto otro, todo sin dejar de pasear y casi sin mirarnos. En esas estábamos cuando ha entrado un señor. Ha mirado los jerseys del estante que hay justo al lado de la puerta. Manoli, acercándose a él, ha dicho buenas tardes. Él no la ha mirado y ha seguido a lo suyo. Unos segundos más tarde, Manoli ha vuelto a repetir buenas tardes. Él ha dicho hola aún sin mirarla. Manoli ha añadido: ¿le puedo ayudar en algo? Él ha avanzado hacia el fondo de la tienda sin responder. Ha dado una vuelta, ha pasado por mi lado, ha llegado hasta la puerta y se ha marchado. He mirado a Manoli. Ella me ha mirado a mí y ha dicho muy bajito:

No tenía corazón.

Yo estaba a punto de decir qué maleducado cuando ella ha dicho no tenía corazón y, claro, ya no lo he dicho porque qué maleducado al lado de no tenía corazón no es nada, y no tenía corazón se parecía mucho más a lo que yo estaba pensando. Si el señor hubiera entrado y se hubiera tirado un pedo, sí habría sido adecuado decir qué maleducado, pero ¿ignorar así a alguien que te está hablando? Eso es no tener corazón.

Me ha afectado mucho la anecdotilla: a las ocho y media de la tarde, envolviendo de uno en uno los diez fulares que una señora se ha llevado para sus diez sobrinos sin casi mirarlos (ponme diez fulares, uno de cada, para mis diez sobrinos, si eso, luego, ya los vendrán a cambiar. Tenía poco corazón también esta), mientras suspiraba de alivio porque ya nos han llegado los sobres de regalo, aún pensaba en ello. Y ahora que son casi las once, sigo pensando en ello pero ampliado a más gente sin corazón en general o sin corazón dependiendo para con quién.

Y como a estas horas se me mezcla un poco todo y me van viniendo a la cabeza cosas distintas que he oído o leído o pensado a lo largo del día, he pensado que no tener corazón, aunque solo sea en un momento puntual, con alguien concreto, es un poco fracasar, y se me han acabado encontrando en la cabeza esta imagen de alguien sin corazón con esta descripción que da hoy (y me odio por citar a este ahora) Sostres en el blog. Dice: "... la fe en tot allò que fracassà per justificar l’absurda fe en tu mateix, encara, després de tant de fracàs, de tanta renúnica i de tant no saber estar a l’alçada de les circumstàncies".
Por lo visto, han hecho una encuesta entre moribundos de cuyas respuestas ahora presentan las cinco más habituales. Son estas:

1.- "Me gustaría haber tenido el valor de vivir una vida fiel a mís conceptos y no la vida que otros esperaban de mí"
2.- "Me hubiese gustado no haber trabajado tan duro"
3.- "Me gustaría haber tenido el valor suficiente para manifestar mis sentimientos"
4.- "Me hubiese gustado mantenerme en más contacto con mis amigos"
5.- "Me gustaría haber sido más feliz"

A ver, ya sé que se están muriendo ustedes, ya sé que lo saben y que quieren llegar en paz al momento, que está a la vuelta de la esquina, pero párense a pensar en la especie de monstruo que saldría de la combinación de, ya no las cinco, simplemente un par de estos buenos postpósitos (post- porque ya no les da tiempo, porque ya son a toro pasao).

Cojan, por ejemplo, la tres y la cuatro y léanlas aisladas. ¿Las ven compatibles? Bien, si cogen la cuatro, "Me hubiese gustado mantenerme más en contacto con mis amigos", y la completan con "para discutir con ellos al menos una vez por semana", entonces sí, podría ser compatible con "Me gustaría haber tenido el valor suficiente para manifestar mis sentimientos".

Cojan la uno y la dos. Incluyan en la uno, "Me gustaría haber tenido una vida fiel a mis conceptos y no la vida que otros esperaban de mí", el concepto "jefe" como parte del "otros"; ¿es compatible con la dos, "Me hubiese gustado no trabajar tan duro", entonces?

Combinen ahora las cinco en una sola persona: les saldrá un tipo esquizofrénico que quiere quedar bien con todo el mundo, sin trabajar demasiado para ello y manteniéndose a la vez perfectamente fiel a sus principios, porque todo el mundo piensa que sus principios son el colmo de la ponderancia y de la bondad que hace falta para que el mundo vaya bien, claro.

Aún así, este tipo moriría repitiendo: 5.-"Me gustaría haber sido más feliz", 5.-"Me gustaría haber sido más feliz", 5.-"Me gustaría haber sido más feliz". Así que no hay caso. Filosofía barata. Moralina de catecismo precomunión.

Hala, a hacer lo que se pueda de aquí a la muerte. Intenten no hacer demasiado daño por el camino. Suerte.

dimecres, 14 de desembre del 2011

Dietario de la tienda. Día 3

Se nos han acabado los sobres de regalo, pero si viene mañana, que ya tendremos, le damos uno. Ha sido la frase del día. Hay gente que se va tan contenta y otros que ponen mala cara. Los hay incluso que te dicen que hombre, que cómo puede ser eso en Navidad. A ver, piensen un poco: si eso es, es precisamente en Navidad, que es cuando se gastan más sobres regalo, porque todo el mundo, como ustedes, los quieren porque todo el mundo, como ustedes, hace regalos en Navidad. Ya, lo siento, pero mañana mismo los tenemos aquí, es que estos días ya se sabe... respondo no diciendo para nada lo que pienso.

Esta camisa es mucho más de verano que esta, ¿no? Me dice una clienta levantando primero la camisa que tiene en su mano derecha, de cuadros rojos y negros, y después la que tiene en su izquierda, idéntica a la primera pero de cuadros azules y negros. Esas dos camisas son exactamente iguales: del mismo tejido, con la misma forma, las mismas mangas largas y el cuello cerrado. Son de otoño si las lleva con un jersey encima, de invierno si las lleva con un abrigo encima y más de invierno todavía si las lleva con una camiseta de cuello alto debajo, un jersey encima y un abrigo encima del jersey; el tiempo no va a cambiar si su marido se pone o no la camisa; el tiempo va haciendo y la camisa permanece; diría que, en cuanto a estabilidad, la camisa le gana al tiempo; que por derechos adquiridos por méritos en cuanto a impasibilidad, el invierno debería ser más de la camisa que la camisa del invierno, fíjese. Claro, es por el color: el rojo es más de verano, contesto no diciendo para nada eso que acabo de pensar.

¿Tienen pantalones de pinzas? No, no tenemos pantalones de pinzas. Son una horterada, los pantalones de pinzas: hacen que parezca que usted tiene caderas, los pantalones de pinzas. Las pinzas son un invento de alguien que no tenía barriga, ¿quién con una hermosa barriga como la suya estaría tan ciego como para pensar que las pinzas -que hacen que los pantalones sean más estrechos arriba, caigan abriéndose un poco en las pantorrillas y vuelvan a la estrechez de la pierna por que se ha robado tela por la parte de las costuras, no porque hayan puesto otra pinza abajo, que sería lo que al menos podría darle un cierto sentido simétrico a esa absurdidad fea, fea, fea que son los pantalones de pinzas- le favorecen? No, este año no nos han traído; no sé por qué, porque salen muy bien..., declaro encogiéndome de hombros no diciendo para nada todo esto que acabo de pensar.

Y así, las tardes.

dimarts, 13 de desembre del 2011

Se me ha ocurrido una forma de terrorismo intelectual fantástica: alguien que se dedica a comprar biografías en cuanto salen al mercado, o que tenga la manera de conseguirlas antes incluso de que lleguen a las librerías, que copie párrafos enteros y los vaya colgando en la Wikipedia, que luego corra la voz de que tal o cual biógrafo, en su último libro, ha copiado casi todo de allí. Seguro que hay una manera de detectar la trampa; seguro que puede comprobarse cuándo se ha añadido qué a la enciclopedia virtual y ver así si es de antes o de después de que el libro fuera escrito, eximiendo así en todos los casos de toda culpa al autor. Pero el daño ya estaría hecho, la difamación viaja rápido y ahí quedaría la manchita en el honor y la tocada de pelotas que la cosa supondría.

Todo eso se me ha ocurrido volviendo a casa hace media hora después de un día delirante de trabajo a destajo, en el momento de más soledad, justo después de la petite mort que supone pasar por la radio, hola, siéntate, habla, ahora no, ahora, después de la música, gracias por venir, adiós.

La soledad del corredor de fondo. Suerte que el camino de Francesc Macià a Carretes hace bajada. No sabría decir ni si las luces de Navidad estaban encendidas.

Póngame uno de Los Soprano y a dormir.
Una cosa: con todo esto de Urdangarín, ¿alguien está mirando a otro lado? No sé, me preocupa porque por ejemplo, del asuntillo de Mas en Suiza no se ha vuelto a hablar y, claro, yo no es que sea descofiada (DESCOFIADA, he escrito; descofiada. Me encanta.) pero la vida se ha empeñado en hacerme un poco tal y sé por experiencia que cuando el río suena, uno tiende a olvidarse de la fuente; que cuando un novio está raro con la novia, igual es que no está tan raro con alguna otra cosa o alguna otra individua. No sé, no sé; tonterías... Pero, otro ejemplo, al Rey: ¿alguien está mirando al Rey? Porque esta gente en la spotlight y su prole, hace ya años que se fueron a Washington y no fue precisamente para que los niños estudiaran inglés y valores americanos (qué grandes, los valores americanos). Cristina, por ejemplo, ¿no tenía trabajo que hacer aquí como Infantita que era? Era, qué gracia, ya no es. Quiero decir, si no hubiera sido por causa mayor, no le habrían dejado irse, ¿no?

Que de la misa, la mitad nos enteramos; que la verdad es lo que sabemos más lo que no queremos saber más lo que no nos cuentan.

En todo esto estaba pensando hace un momento en la ducha.
Joder, me roba hasta el tiempo de enjabonado esta gentuza.

dilluns, 12 de desembre del 2011

Dietario de la tienda. Día 2

Instrucciones del jefe: Manoli y él atienden a los clientes. Yo me quedo en la caja.

La tienda es estrecha y a la que estamos tres atendiendo nos molestamos. Si hay dos clientes, los atienden ellos; si hay tres, yo puedo atender; si hay más de tres, yo a la caja, ellos los van ventilando y yo les voy cobrando entre sonrisas y ¿espararregalos? varios. Un día de mogollón en rebajas de verano, atendíamos y cobrábamos todos: fue el caos (reina), también un poco porque nadie doblaba nada de lo que había desdoblado y aquello parecía el contenedor del Raval el día que toca vaciar los pisos de las abuelas, que Dios las tenga en su gloria.

Así que yo me quedo en la caja.

Quedarse en la caja tiene un pro y un contra:
El contra: hace un frío que pela. La caja está al lado de la puerta (del hueco donde debería ir la puerta, que no hay, que es solo la persiana). La máquina de aire caliente está encima de la puerta, enfocada hacia el interior de la tienda. La caja, o sea, yo, está justo en el punto ciego de la máquina de aire caliente que está encima de la puerta, en su culo, vaya, sí: no llega el aire caliente. Sí llega el aire frío que entra por el hueco en el que debería haber una puerta.

El pro, que es interesantísimo a la par que perturbador: oigo las conversaciones de la gente que viene a acompañar a la gente que viene a comprar. A veces (la mayoría) viene el señor con su señora; estos, nada, entran juntos. Pero otras veces (no tantas) vienen el señor, la señora y los hijos (entonces los hijos se quedan al lado de la caja, esperando); otras, el señor, la señora y un hijo o una hija (eso pasó una vez y la señora le dijo a la cría: quédate con esta chica. La niña, de unos 8 años, y yo nos miramos en plan ¿y yo qué hago ahora contigo? un rato, hasta que la puse a doblar camisetas, en serio, la puse a doblar camisetas que luego tuve que volver a doblar yo porque ella se pasaba la perfilación por el forro, pero bueno, por lo menos dejó de mirarme con esa cara de lo que era: una niña abandonada); otras veces, como ha pasado hoy, vienen el señor, la señora, la amiga de la señora y dos bebés en sendos cochecitos.

El señor era del tipo presumido y rico: ha pasado al fondo de la tienda, se ha probado pantalones, camisas, jerseys y americanas y lo quería todo; se lo ha llevado casi todo, de hecho. La señora, que debía de conocerlo a fondo, si no no me explico cuánto se parecía al señor ese bebé al que ella le llamaba cariño y que a ella le llamaba mami, le ha recordado a su amiga que tenía que ir a la farmacia. ¿Tú no tenías que ir a la farmacia?, le ha dicho. La amiga ha dicho que sí. Papá, ha gritado ella hacia el señor y Manoli, confirmando mi teoría de que lo conocía a fondo, que tenemos que ir a la farmacia. Él ha dicho un momento o algo así. Ella ha empezado a pegar golpecitos en el suelo con el zapato y a levantar las cejas y a hacer caídas de ojos mirando a su amiga. Bueno, tampoco tengo prisa, ha dicho la amiga. Entonces ella, la señora, ha hecho dos cosas, lo juro, que lo he visto: primero, le ha encasquetado el gorro al bebé hasta las orejas, luego ha vuelto a gritar papá y cuando el señor ha mirado le ha dicho señalando al bebé: nos vamos que este está muerto de calor y se está agobiando. Te esperamos en la farmacia. Vale, ha dicho el señor. Y se han ido. Y el señor se ha quedado en la tienda con Manoli.

Yo me he quedado en la caja pensando que qué fuerte y a la vez qué normal utilizar así al niño como argumento indiscutible, me he acordado de una vez que puse como excusa que mi abuela estaba mal para saltarme un examen de francés para el que no había estudiado nada. Mi abuela tenía alzheimer: estar fatal era su estar normal: yo sí que estuve fatal hasta que no me quité el examen de encima, joder, qué cargo de conciencia, no volví a hacerlo nunca más (suspendí francés), claro que mi abuela duró poco más (la profesora de francés se sintió fatal por mí cuando murió), claro que yo estaba jugando con el alzheimer, que son así como palabras mayores. La señora de esta tarde simplemente se ha asegurado de agobiar al niño antes de decirle a su marido que el niño se estaba agobiando: claro que se estaba agobiando (ellos sí estaban a tiro de la máquina de aire caliente), pero es que les quedan por delante muchos años de niño a estos dos, muchos años de no decir la verdad, de no decirle ella a él que, siendo del tipo presumido y rico, casi que prefiere quedarse en casa mientras él va a comprar ropa...

A ver si al final va a resultar que no se conocían tan a fondo.

A ver si al final va a resultar que el niño, cuando tenga los brazos lo suficientemente largos para quitarse y ponerse el gorro él solito, los mandará a la mierda y los dejará solos, el uno con el otro, tendrán que empezar, entonces sí, a conocerse a fondo y descubrirán que no se soportan ni cuando no van juntos a comprar ropa.

diumenge, 11 de desembre del 2011

Dietario de la tienda. Día 1

Hay un señor en la calle que toca el clarinete -la flauta, según mi hermano, que está de él hasta las narices-. Es Navidad y repite sin parar un villancico. Yo tengo en la cabeza todo el día el Welcome to the Jungle, de Guns and Roses; Martí lo puso ayer por la noche en casa y gritamos toda la letra de pe a pa, como si no hubiera pasado nada en los últimos 20 años, como si nadie hubiera abierto ese cajón del cerebro en todo este tiempo.

Enredando, enredando, se adulteran los recuerdos. Olvidándolos, se mantiene su literalidad.
Había olvidado cómo se hacían los tíquets-regalo, cómo se metían los arreglos en caja y cómo se marcaban las devoluciones. He acertado a hacerlo todo de nuevo a la primera. La gente, en cambio, los clientes, me han parecido más grises que nunca porque los recordaba mucho más interesantes. A la que pasen unos cuantos días de contacto con ellos, volveré a olvidarlos y me los podré volver a mirar con fascinación.

A mi hermano -mi jefe estos días-, en cambio, lo tengo tan asimilado que no lo pienso desde que nació, así que sea en la tienda, sea en casa, sea comiendo llom rostit en el restaurante de la calle que sube del Monestir, nunca, nunca, me decepciona.

Ha cogido una pila de jerseys del fondo de la tienda, los ha puesto en la mesa, los ha desdoblado todos y ha comenzado a doblarlos de uno en uno mientras me habla de algo que no tiene nada que ver ni con los jerseys ni con la tienda ni con nada de lo que me hubiera hablado antes. Dice que, haciendo el mismo movimiento e imprimiendo la misma fuerza en el golpe, con un hierro del siete mandas la bola a una determinada distancia, con uno del seis la mandas un poco más lejos y con uno del cinco más lejos aún. Que si quieres mandarla a tomar por el culo, hay que coger una madera. Mi hermano se ha apuntado a un curso de golf y va todas las semanas a un campo municipal que hay cerca de Sant Cugat, a practicar. Dice que solo le cobran 86 euros al año por lanzar todas las bolas que le dé la gana y que él coge un hierro del cinco, por ejemplo, y un montón de bolas, se planta en un sitio determinado con los pies un poco separados y venga a darle una vez y otra y otra hasta que llega un momento en el que no está pensando ni en el gesto que hace ni en cuánto dobla las rodillas ni en qué ángulo tiene sujeto el palo. Y es entonces cuando le salen los mejores golpes, cuando las bolas empiezan a ir a parar más o menos al mismo sitio y cuando él puede anticipar dónde van a caer y siente que domina el juego.

Otra cosa es que te pongan el agujero delante, dice también mi hermano, ahí es cuando te das cuenta de que no tienes ni puñetera idea. Se va al fondo de la tienda, coloca la pila de camisas en su sitio y vuelve.

Y eso es lo que te está pasando a ti con toda esta historia del libro, concluye.

Suena J-Lo y la ropa de invierno es mucho más complicada de perfilar que la de verano.

Cuando hay fútbol, no entra en la tienda ni el tato.

Macson, I'm back.