Me encuentro con Roser, una conocida de mis jefes -ellos me han hablado de ella muchas veces-, voy a saludarla y me presento. Me pregunta por ellos, dice que hace tiempo que no los ve, se interesa por la cadera de él y me dice 'claro, claro' cuando le digo que ella, mi jefa, también está en el despacho con nosotros. Me sorprende que no se hayan visto en tanto tiempo: ellos hablan de Roser como si se hubieran encontrado antes de ayer; se lo comento y responde que claro, a sus edades el tiempo...
Mis jefes rondan los ochenta años, Roser también los debe de tener. A los ochenta, el tiempo...
Últimamente hablo mucho con Mar sobre la gente que se va quedando en el camino. La gente a la que dejas de ver, quiero decir. Yo lo llevo muy mal, por eso hablo con Mar sobre ello, porque hay una idea que me obsesiona: ¿qué pasa si yo o esa persona nos morimos de repente? ¿qué pasa si no nos volvemos a ver nunca más, jamás? Ya, ya: suena tremendo, pero bueno, puede pasar y cuando pasa, lo primero que piensas es en la última vez que viste a aquella persona. ¿Y si la última vez fue una mierda? ¿Y si fue un desencuentro brutal?
Yo no sé si a los ochenta voy a ser capaz de no tomarme todas las veces como posibles últimas veces y seguir viviendo tan tranquila. Supongo que la templanza de no hacerlo es parte de aquello a lo que llaman sabiduría de la vejez, igual que parte de la sabiduría de la vejez debe de ser experimentar un cierto cambio de la gestión del tiempo, que esto también lo he visto que pasa: parece que llega un momento en el que manejas el tiempo pasado y el tiempo futuro por su cantidad, el tiempo presente, en cambio, lo valoras por su calidad. Lo veo cuando mi jefa le abre la puerta a cualquier proveedor: inmediatamente, aunque el individuo en cuestión haya aparecido por allá simplemente para entregar cualquier historia, le sirve un café, le hace sentar y habla con él de su familia, de las elecciones, del tiempo y de las vacaciones; mi jefe, en cambio va directo al trabajo, elimina toda retórica, ir al grano es su moto.
Mi jefa alarga el presente: creo que debe de ser más de las que piensan en las veces como posibles últimas veces; mi jefe tiene muy presente en cambio la brevedad del futuro: él no debe de pensar demasiado en el ¿y si no lo vuelvo a ver?
Yo mientras, les oigo hacer desde mi despacho, intentando entender las cosas antes de tiempo y acabando sintiéndome un poco, como siempre, en este plan:
dissabte, 12 de novembre del 2011
divendres, 11 de novembre del 2011
dijous, 10 de novembre del 2011
¡Lars von Trier se ha cascado una peli con unos personajones tan bestias! Son tres maneras de afrontar la vida tan diferentes, tan bien perfiladas, tan frágiles las tres pero tan reconocibles y tan válidas para ir por la vida... Con sus disgustillos y alegrías, sus mentiras y verdades propias, sus aciertos y sus fallos, tan torpes todos pero tan corrientes... Ves la peli y te reafirmas en aquello que sospechabas todo el rato: que la vida pasa igual seas un hijo de puta o un ángel de bondad; seas alegre o seas triste; disfrutes o no... Igual, pasa igual. Y la muerte, pues tres cuartos de lo mismo.
"Melancholia", que le dicen en original, es preciosa. Lars von Trier es un tío que a mí siempre consigue ponerme los pelos de punta no tanto por lo que cuenta sino por lo bien que parece que conoce lo que cuenta.
A mí solo me ha quedado una duda después de verla: ¿hacía falta la imagen tan, tan de preescolar, por lo evidente, de la idea melancolia en forma de planeta de proporciones desmesuradas que acaba engullendo la Tierra?
No voy a hacer en tiempos del 3D una defensa del Dogma pero todo esto que he contado, ¿no lo conseguía ya Von Trier en sus primeras películas sin tanto artificio?
Vayan a verla y verán que el planeta no sirve más que para hacer bonito; que a nada que hayas puesto un pie dentro de la melancolia de verdad -no la que orbita tan caprichosamente directa hacia la Tierra con momento engañoso de uyyyyy hacia el final de la peli, sino la que vive aquí mismo, la que no viene del espacio exterior-; solo con que te haya pasado rozando alguna vez la melancolia que vive dentro -no la que viene de fuera-, no habría hecho falta que Von Trier se encerrara tantas horas en una cabina de postproducción: con los tres personajes le habría bastado y sobrado para recordarte lo desproporcionadamente grande y arrasador que puede ser el sentimiento del que habla, con tanta eficacia, durante toda la película.
"Melancholia", que le dicen en original, es preciosa. Lars von Trier es un tío que a mí siempre consigue ponerme los pelos de punta no tanto por lo que cuenta sino por lo bien que parece que conoce lo que cuenta.
A mí solo me ha quedado una duda después de verla: ¿hacía falta la imagen tan, tan de preescolar, por lo evidente, de la idea melancolia en forma de planeta de proporciones desmesuradas que acaba engullendo la Tierra?
No voy a hacer en tiempos del 3D una defensa del Dogma pero todo esto que he contado, ¿no lo conseguía ya Von Trier en sus primeras películas sin tanto artificio?
Vayan a verla y verán que el planeta no sirve más que para hacer bonito; que a nada que hayas puesto un pie dentro de la melancolia de verdad -no la que orbita tan caprichosamente directa hacia la Tierra con momento engañoso de uyyyyy hacia el final de la peli, sino la que vive aquí mismo, la que no viene del espacio exterior-; solo con que te haya pasado rozando alguna vez la melancolia que vive dentro -no la que viene de fuera-, no habría hecho falta que Von Trier se encerrara tantas horas en una cabina de postproducción: con los tres personajes le habría bastado y sobrado para recordarte lo desproporcionadamente grande y arrasador que puede ser el sentimiento del que habla, con tanta eficacia, durante toda la película.
dimecres, 9 de novembre del 2011
Ayer, volviendo a casa, caminé un trocito de calle con unas señoras delante que hablaban del nieto de una de ellas. "Es cariñoso...", decía la abuela. "Cada vez que le doy un beso, me da también un abrazo". Un nieto suele ser una persona pequeña, de este hablaban como si se tratara de prácticamente un bebé. La abuela era una persona adulta de tamaño normal. Me la imaginé cogiendo en brazos al chiquillo cada dos por tres para que le diera besos. Coger en brazos a alguien implica abrazo, claro, y más para un bebé. Pensé en cuántos bebés se apartaban en vez de dar un abrazo cuando sus abuelas los cogían en brazos. Pensé que no debían de ser demasiados. Y me vino a mi cabeza mi tía Carmen, hermana soltera de mi abuelo que llevaba peluca blanca, hecha un moño. Había sido maestra en casa y se empeñaba en ser aleccionadora con nosotros también: "Los niños que piden regalos a los reyes no reciben nada: no hay que pedir nunca nada y agradecer siempre por lo que venga sin ser esperado", nos decía cuando días antes de Navidad íbamos cantando los tres la lista de anuncios de la tele que queríamos ver materializarse en nuestros zapatos. Y nos lo decía muy seria, con su peluca, sentada en su butaca colocada en el salón a la diestra del Padre, que era mi abuelo.
Y nos daba miedo, claro, sabíamos que si fuera por ella, en aquella casa todos iríamos vestidos impecables y repeinados, hablando solo cuando nos preguntaran y dirigiéndonos siempre de usted a nuestros padres y abuelos. Además, olía raro, igual que su habitación.
Se me ocurrió que ese era el modelo de abuela que un niño siempre quiere mirar desde la distancia y de la que tiene el instinto de apartarse cuando viene a darle un beso. Luego se me ocurrió que la tía Carmen nunca venía a dar un beso, éramos nosotros quienes desfilábamos hasta su butaca a la orden de mi madre o de mi abuela de "dadle un beso a la tía Carmen", y ni en aquel momento la tía Carmen estiraba los brazos por el abrazo extra, como mucho, con una mano, te sujetaba la barbilla en el momento del ósculo, porque eran ósculos, que son más de respeto que de otra cosa, más que besos, aquellos.
Se me ocurrió que la tía Carmen recibía el cariño que ella demostraba que quería recibir. El que demostraba, digo, porque probablemente necesitaba más amor, la tía Carmen, pero tenía la barrera de lo que ella entendía por respeto colocada de tal manera que le impedía todo gesto físico que pudiera provocarle un descolocamiento mínimo de peluca, y todo el mundo sabe que para hablar con un niño cara a cara hay que, al menos, bajar un poco la cabeza: pues justo ahí, bajo la barbilla, tenía colocada la barrera de lo que ella creía que era el respeto, la tía Carmen. Y nosotros, en respuesta, habríamos estirado los brazos contra ella, también a modo de barrera, pero del miedo, no del respeto, si no fuera porque nuestra madre nos empujaba por detrás.
Luego pensé que en realidad todo el mundo recibe el amor que demuestra que quiere recibir. Y que seguramente hay gente que lo está pidiendo a gritos por dentro pero que ha crecido para acabar levantando todo tipo de barreras que ha identificado como necesarias para evitar que el amor que reciben acabe haciendo daño. Y en lo difícil que es encontrar el equilibrio que te permita recibir el amor que necesitas sin dejar de tener las espaldas bien cubiertas.
Y luego concluí que no se puede pretender mantener ese equilibrio: que con corazas, te acabas privando de recibir demasiadas cosas, que a lo mejor la tía Carmen habría sido más feliz si hubiera cedido un poco y nos hubiera permitido llamarla de tú una sola vez. Y que habría sido la tía más guay de la historia, eso por descontado, si me hubiera dejado una sola vez ponerme su peluca para hacerme una foto, pero que, para ello, ella tendría que haberse quitado la peluca antes y seguramente no se habría sentido muy bien la tía Carmen, que ella estaría pensando antes en lo desnuda que estaba que en lo guay que era, porque también concluí ayer que la gente que levanta barreras está siempre pensando más en ellos mismos que en lo feliz que pueden llegar a hacer al otro.
Y nos daba miedo, claro, sabíamos que si fuera por ella, en aquella casa todos iríamos vestidos impecables y repeinados, hablando solo cuando nos preguntaran y dirigiéndonos siempre de usted a nuestros padres y abuelos. Además, olía raro, igual que su habitación.
Se me ocurrió que ese era el modelo de abuela que un niño siempre quiere mirar desde la distancia y de la que tiene el instinto de apartarse cuando viene a darle un beso. Luego se me ocurrió que la tía Carmen nunca venía a dar un beso, éramos nosotros quienes desfilábamos hasta su butaca a la orden de mi madre o de mi abuela de "dadle un beso a la tía Carmen", y ni en aquel momento la tía Carmen estiraba los brazos por el abrazo extra, como mucho, con una mano, te sujetaba la barbilla en el momento del ósculo, porque eran ósculos, que son más de respeto que de otra cosa, más que besos, aquellos.
Se me ocurrió que la tía Carmen recibía el cariño que ella demostraba que quería recibir. El que demostraba, digo, porque probablemente necesitaba más amor, la tía Carmen, pero tenía la barrera de lo que ella entendía por respeto colocada de tal manera que le impedía todo gesto físico que pudiera provocarle un descolocamiento mínimo de peluca, y todo el mundo sabe que para hablar con un niño cara a cara hay que, al menos, bajar un poco la cabeza: pues justo ahí, bajo la barbilla, tenía colocada la barrera de lo que ella creía que era el respeto, la tía Carmen. Y nosotros, en respuesta, habríamos estirado los brazos contra ella, también a modo de barrera, pero del miedo, no del respeto, si no fuera porque nuestra madre nos empujaba por detrás.
Luego pensé que en realidad todo el mundo recibe el amor que demuestra que quiere recibir. Y que seguramente hay gente que lo está pidiendo a gritos por dentro pero que ha crecido para acabar levantando todo tipo de barreras que ha identificado como necesarias para evitar que el amor que reciben acabe haciendo daño. Y en lo difícil que es encontrar el equilibrio que te permita recibir el amor que necesitas sin dejar de tener las espaldas bien cubiertas.
Y luego concluí que no se puede pretender mantener ese equilibrio: que con corazas, te acabas privando de recibir demasiadas cosas, que a lo mejor la tía Carmen habría sido más feliz si hubiera cedido un poco y nos hubiera permitido llamarla de tú una sola vez. Y que habría sido la tía más guay de la historia, eso por descontado, si me hubiera dejado una sola vez ponerme su peluca para hacerme una foto, pero que, para ello, ella tendría que haberse quitado la peluca antes y seguramente no se habría sentido muy bien la tía Carmen, que ella estaría pensando antes en lo desnuda que estaba que en lo guay que era, porque también concluí ayer que la gente que levanta barreras está siempre pensando más en ellos mismos que en lo feliz que pueden llegar a hacer al otro.
dimarts, 8 de novembre del 2011
Miren qué pereza de imagen:

Parecen los niños de San Ildefonso. Y lo son, un poco.
Yo ayer me preguntaba sobre qué mueve a la gente a tragarse el debate, yo no lo ví: mientras duraba, acabé de ver un episodio de Mad Men que tenía pendiente de acabar y empecé a leer 'Bajo el volcán', de Malcolm Lowry, que era lo que tocaba leer, emulando al prota de 'Vulcano', de Max Besora, que lo lee mientras todo el pueblo se le va al garete, ya que ayer aquí todo el país veía cómo todo el país se irá un poquito más a la mierda en los próximos años; todo el país lo veía con formas descreídas aprendidas a golpe de 'Ala oeste' pero fondos entregados a lo último de lo último de la asesoría de imagen y la escritura de guión de altos (¡ejem!) vuelos.
Estos dos parecen los niños de San Ildefonso porque la gente se los mira como tal. Se sienta en el sofá, la gente, con su numerito en la mano: los jubilados con el numerito acabado en pensiones, los gays con el numerito acabado en matrimonio, los parados con el que acaba en trabajo y los enfermos con la terminación en sanidad. Y va transcurriendo el sorteo y de buenas a primeras ya se ve, por ejemplo, que la terminación en catalán no toca, que ha salido ya el italiano, uyyyy, por poco pero no. Los gallegos pierden igual cuando sale el portugués, a los parados les suena un poco como que les ha tocado la pedrea cuando los mencionan, pero no quieren cantar victoria hasta que vean la cosa en los periódicos o un señor de la Administración les ponga un papelito delante para firmar. Ya veremos, ya veremos... no saques aún el champán que además dicen que esto de ganar algo es una trampa... Y así con todo, porque la gente nunca se mira la lotería con ilusión sino más bien con la idea del no tengo otra que participar, no les vaya a tocar a todos los vecinos y a mí no.
Ya está, ya acabado el sorteo y en El País dan la victoria por poquísimo margen al niño más alto, como si en la lotería pudieran sen pírricas las diferencias, y entonces, sí la gente se olvida de trabajos, pensiones, matrimonios y médicos y se acuerda de que hay solo dos números que, además, no se cobran, solo sirven para enmarcar y colgarse la chapita en la solapa que te asegura la conversación en el bar, te acredita como comprador de tal diario o tal otro y hace que mires a tus vecinos, que compraron el otro número, durante unos días así un poco por encima del hombro, como si fueran más pobres que tú por un momento, como si no fueran los próximos cuatro años de irnos haciendo un poco más pobres todos día tras día, hasta que llegue el próximo sorteo que nos vuelva a sentar a todos en el sofá, con los dedos cruzados, a ver si esta vez sí salen los trabajos, las pensiones, las bodas y la sanidad.

Parecen los niños de San Ildefonso. Y lo son, un poco.
Yo ayer me preguntaba sobre qué mueve a la gente a tragarse el debate, yo no lo ví: mientras duraba, acabé de ver un episodio de Mad Men que tenía pendiente de acabar y empecé a leer 'Bajo el volcán', de Malcolm Lowry, que era lo que tocaba leer, emulando al prota de 'Vulcano', de Max Besora, que lo lee mientras todo el pueblo se le va al garete, ya que ayer aquí todo el país veía cómo todo el país se irá un poquito más a la mierda en los próximos años; todo el país lo veía con formas descreídas aprendidas a golpe de 'Ala oeste' pero fondos entregados a lo último de lo último de la asesoría de imagen y la escritura de guión de altos (¡ejem!) vuelos.
Estos dos parecen los niños de San Ildefonso porque la gente se los mira como tal. Se sienta en el sofá, la gente, con su numerito en la mano: los jubilados con el numerito acabado en pensiones, los gays con el numerito acabado en matrimonio, los parados con el que acaba en trabajo y los enfermos con la terminación en sanidad. Y va transcurriendo el sorteo y de buenas a primeras ya se ve, por ejemplo, que la terminación en catalán no toca, que ha salido ya el italiano, uyyyy, por poco pero no. Los gallegos pierden igual cuando sale el portugués, a los parados les suena un poco como que les ha tocado la pedrea cuando los mencionan, pero no quieren cantar victoria hasta que vean la cosa en los periódicos o un señor de la Administración les ponga un papelito delante para firmar. Ya veremos, ya veremos... no saques aún el champán que además dicen que esto de ganar algo es una trampa... Y así con todo, porque la gente nunca se mira la lotería con ilusión sino más bien con la idea del no tengo otra que participar, no les vaya a tocar a todos los vecinos y a mí no.
Ya está, ya acabado el sorteo y en El País dan la victoria por poquísimo margen al niño más alto, como si en la lotería pudieran sen pírricas las diferencias, y entonces, sí la gente se olvida de trabajos, pensiones, matrimonios y médicos y se acuerda de que hay solo dos números que, además, no se cobran, solo sirven para enmarcar y colgarse la chapita en la solapa que te asegura la conversación en el bar, te acredita como comprador de tal diario o tal otro y hace que mires a tus vecinos, que compraron el otro número, durante unos días así un poco por encima del hombro, como si fueran más pobres que tú por un momento, como si no fueran los próximos cuatro años de irnos haciendo un poco más pobres todos día tras día, hasta que llegue el próximo sorteo que nos vuelva a sentar a todos en el sofá, con los dedos cruzados, a ver si esta vez sí salen los trabajos, las pensiones, las bodas y la sanidad.
dilluns, 7 de novembre del 2011
Que estaba yo como sufriendo por si no seré un poco así de querer mantener amistades a toda costa independientemente de que me interesen o no, obviando experiencias chungas sin ningún otro criterio que el de la amistad por la amistad y por el estar arropadita todo el tiempo; dándole vueltas a si hago cosas a veces por miedo a quedarme sola en el mundo a o vete a saber por qué, cuando me llega un mail de un ex diciéndome que viene este fin de semana y que si quedamos el sábado para tomar un café, y voy y le respondo casi sin pensar que no tengo nada particular que contarle y que mejor mande un mail para quedar con todo el mundo y que ya veremos cuál es el mejor plan para todos, y me quedo tan ancha, tú.
Mode ça ne me dit rien de faire: ON
Mode now I'm talking: también ON
Mode ça ne me dit rien de faire: ON
Mode now I'm talking: también ON
diumenge, 6 de novembre del 2011
Hace años, coincidí trabajando con Itziar González Virós, en un programa de televisión al que ella venía de colaboradora.
A algunos de ustedes, Itziar les sonará por su etapa política: durante un tiempo hace no mucho fue regidora de Ciutat Vella. Antes de eso -y durante eso también pero menos- Itziar era arquitecta, pero aquitecta de las que vacían, no de las que construyen, dijo un día después del programa, tomando una cerveza. Yo le pregunté a qué se refería y ella me dijo algo así como que, cuando le tocaba rehabilitar un edificio, más que recuperar paredes originales o añadir elementos, ella miraba primero qué podía quitar de enmedio para sanearlo. Hace tiempo de esto e igual lo recuerdo mal o pasado por filtros propios pero me impactó bastante lo que dijo el rato que estuvo luego explicando cómo ella creía que la estructura de un edificio influye, y mucho, en la gente que vive dentro de él. Yo por entonces vivía absolutamente feliz en la calle Trafalgar, en una casona del Eixample, con unas escaleras de a tres tramos por piso con un estupendo hueco perfectamente cuadrado en el centro en el que soñábamos con instalar una polea siempre que subíamos cargados con las bolsas de la compra: eran cuatro pisos, de a tres tramos de escaleras, recuerden: eran pisos de techos altísimos que valían casi por dos de los de los edificios del Raval. Teníamos una terraza enorme también, en aquel edificio de la calle Trafalgar.
Poco tiempo después de la conversación con Itziar sobre edificios más sanos cuanto más vacíos, empezaron no solo a construir un ascensor en aquel hueco de la escalera de la casa de Trafalgar sino también a montar un piso con terraza propia, privada, robada del espacio abierto que antes era todo nuestro, en el palomar. El silogismo fue fácil: si Itziar decía que un edificio con espacios abiertos y vacíos era un edificio sano, luego la gente que vivía en él era gente sana y feliz, la gente que vivíamos en aquella casa de Trafalgar a la que le habían empezado a robar tantos espacios libres, no podíamos seguir siendo sanos y felices durante demasiado tiempo más. Y no lo fuimos. Y yo, aunque nunca se lo conté a nadie porque sonaba a cosa de locos, no podía evitar pensar que el nuevo ascensor y aquella terraza absurdamente vallada tenían parte de culpa en todo aquello.
Me mudé de Trafalgar al Raval, a un piso en la calle Carretes al que un día Itziar me dijo que ni se me ocurriera mudarme, que todas las calles del Raval que van en dirección montaña-mar eran originalmente ramblas y que aquello estaba construido encima de antiguas corrientes de agua que, tal y como era yo, no me iban a traer nada bueno. No le hice caso. Decidí obviar aquello de las corrientes de agua porque, aunque no me sentía demasiado fuerte en aquel momento, sí que había tomado la decisión de empezar a tomar más las riendas de las cosas, independientemente de si vivía o no entre estupendos tragaluces, si por debajo de mi casa corrían o no las cataratas del Niágara o si la terraza de arriba me permitía o no subir todas las mañanas a correr medias maratones.
Un día, poco después de trasladarme, me encontré con Itziar y nos tomamos un café. Le dije que me había quedado finalmente con el piso de Carretes y que las cosas no me iban tan mal a pesar de las aguas subterráneas. Se sonrió y me dijo que igual más que necesitar yo un sitio libre de corrientes para que las cosas me fueran bien, eran las corrientes las que me necesitaban a mí para que las cosas dejaran de ir mal.
Yo no sé si Itziar cuando hablaba era consciente de la nota mental que tomaba yo de algunas de las cosas que decía, pero sí sé que en momentos así raros de mi vida, como este de ahora mismo, recurro al vaciar y al hacerme consciente de que soy yo lo único que necesito para que las cosas dejen de ir mal.
Le estoy muy agradecida, a Itziar por todo esto.
A algunos de ustedes, Itziar les sonará por su etapa política: durante un tiempo hace no mucho fue regidora de Ciutat Vella. Antes de eso -y durante eso también pero menos- Itziar era arquitecta, pero aquitecta de las que vacían, no de las que construyen, dijo un día después del programa, tomando una cerveza. Yo le pregunté a qué se refería y ella me dijo algo así como que, cuando le tocaba rehabilitar un edificio, más que recuperar paredes originales o añadir elementos, ella miraba primero qué podía quitar de enmedio para sanearlo. Hace tiempo de esto e igual lo recuerdo mal o pasado por filtros propios pero me impactó bastante lo que dijo el rato que estuvo luego explicando cómo ella creía que la estructura de un edificio influye, y mucho, en la gente que vive dentro de él. Yo por entonces vivía absolutamente feliz en la calle Trafalgar, en una casona del Eixample, con unas escaleras de a tres tramos por piso con un estupendo hueco perfectamente cuadrado en el centro en el que soñábamos con instalar una polea siempre que subíamos cargados con las bolsas de la compra: eran cuatro pisos, de a tres tramos de escaleras, recuerden: eran pisos de techos altísimos que valían casi por dos de los de los edificios del Raval. Teníamos una terraza enorme también, en aquel edificio de la calle Trafalgar.
Poco tiempo después de la conversación con Itziar sobre edificios más sanos cuanto más vacíos, empezaron no solo a construir un ascensor en aquel hueco de la escalera de la casa de Trafalgar sino también a montar un piso con terraza propia, privada, robada del espacio abierto que antes era todo nuestro, en el palomar. El silogismo fue fácil: si Itziar decía que un edificio con espacios abiertos y vacíos era un edificio sano, luego la gente que vivía en él era gente sana y feliz, la gente que vivíamos en aquella casa de Trafalgar a la que le habían empezado a robar tantos espacios libres, no podíamos seguir siendo sanos y felices durante demasiado tiempo más. Y no lo fuimos. Y yo, aunque nunca se lo conté a nadie porque sonaba a cosa de locos, no podía evitar pensar que el nuevo ascensor y aquella terraza absurdamente vallada tenían parte de culpa en todo aquello.
Me mudé de Trafalgar al Raval, a un piso en la calle Carretes al que un día Itziar me dijo que ni se me ocurriera mudarme, que todas las calles del Raval que van en dirección montaña-mar eran originalmente ramblas y que aquello estaba construido encima de antiguas corrientes de agua que, tal y como era yo, no me iban a traer nada bueno. No le hice caso. Decidí obviar aquello de las corrientes de agua porque, aunque no me sentía demasiado fuerte en aquel momento, sí que había tomado la decisión de empezar a tomar más las riendas de las cosas, independientemente de si vivía o no entre estupendos tragaluces, si por debajo de mi casa corrían o no las cataratas del Niágara o si la terraza de arriba me permitía o no subir todas las mañanas a correr medias maratones.
Un día, poco después de trasladarme, me encontré con Itziar y nos tomamos un café. Le dije que me había quedado finalmente con el piso de Carretes y que las cosas no me iban tan mal a pesar de las aguas subterráneas. Se sonrió y me dijo que igual más que necesitar yo un sitio libre de corrientes para que las cosas me fueran bien, eran las corrientes las que me necesitaban a mí para que las cosas dejaran de ir mal.
Yo no sé si Itziar cuando hablaba era consciente de la nota mental que tomaba yo de algunas de las cosas que decía, pero sí sé que en momentos así raros de mi vida, como este de ahora mismo, recurro al vaciar y al hacerme consciente de que soy yo lo único que necesito para que las cosas dejen de ir mal.
Le estoy muy agradecida, a Itziar por todo esto.
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