El Fernandito
metiendo goles.
dissabte, 5 de novembre del 2011
Ricky Martin se hace español para casarse con su novio.
Me ha hecho pensar en mí hace tres años cuando tenía decididísimo que me casaba para ser francesa. Al final, me desdecidí. Y miren que igual debería haberlo hecho: el individuo en cuestión era, además, medio francés medio suizo, una carambola perfecta, como pueden ver. Pasó que se nos murió el amor en medio de tanto papeleo ¿Sabían que para ser suizo hay que enviar una carta a Suiza explicando tu gran amor por el país? Pues yo me sentaba a escribirla y no podía parar: que si los quesos, que si las raclettes, que si los relojes que si los bancos, que si los búnkers camuflados en las montañas, que si ese histórico no mojarse y ese delirio por el reciclaje; en cambio, si me tuviera que haber sentado a escribir una carta explicando mi gran amor por el suizofrancés y enviarla a la oficina del amor en ese momento, me hubiera quedado en blanco seguro. Así que llegó el día en el que, con más dolor de pasaporte que de coeur, tomé una decisión: lo siento Suiza, lo siento Francia, lo siento yo, no me caso.
A Ricky Martin no le pasará eso. Ricky Martin firmará la nueva nacionalidad sin que se le despeine un pelo. No llegará el día en el que Ricky Martin se pare a pensarlo, llame a su novio y le diga: lo siento novio, no puedo seguir adelante con esto de la nacionalidad española; ¿tú has leído los periódicos últimamente? Cristiano Ronaldo ha acabado con el poco amor que me quedaba por Madrid; el diari Ara, con el que me quedaba por Catalunya; y el complejo de juego Las Vegas style más la campaña electoral, con el cariño que podía tener por cualquiera de las dos. No nos casamos, ya iré a verte si eso de vez en cuando.
¿Pero ustedes creen que a Ricky Martin le importa todo eso? No. Ricky Martin tiene un objetivo que va más allá y que le hace obviar, ni eso porque ni si quiera ha pensado en ello antes, todas estas vagatelitas: el objetivo de Ricky Martin es casarse con su novio. Igual es que yo no estaba suficientemente enamorada de Suiza y de Francia después de todo para seguir adelante con mi relación con el francosuizo por mor de la triple -¡triple!- nacionalidad. Ricky Martin, en cambio, está tan enamorado de su novio que es capaz de pasar por alto los lagrimones y desmayos de su club de fans de Tomelloso en ese mismo momento y hasta la semana posterior a su jura de bandera, las pegatinas con su perfil sobre un fondo rojigualdo y la comitiva de niñas histéricas que le seguirá y le esperará fuera cuando pose su mano sobre la Constitución.
Así que Ricky Martin se nacionalizará español porque a Ricky Martin le importa un pito nacionalizarse lo que sea. Suiza nunca toleraría esto. Suiza no va por el mundo reafirmándose en cantantes o futbolistas latinos. Suiza es más Suiza que mundiales ganados, conciertos multitudinarios y golpes de cadera que aseguran lipotimias varias contra las vallas de seguridad.
Joder, ¿la nacionalidad adquirida por matrimonio se pierde por divorcio? Igual sí que me tenía que haber casado.
Me ha hecho pensar en mí hace tres años cuando tenía decididísimo que me casaba para ser francesa. Al final, me desdecidí. Y miren que igual debería haberlo hecho: el individuo en cuestión era, además, medio francés medio suizo, una carambola perfecta, como pueden ver. Pasó que se nos murió el amor en medio de tanto papeleo ¿Sabían que para ser suizo hay que enviar una carta a Suiza explicando tu gran amor por el país? Pues yo me sentaba a escribirla y no podía parar: que si los quesos, que si las raclettes, que si los relojes que si los bancos, que si los búnkers camuflados en las montañas, que si ese histórico no mojarse y ese delirio por el reciclaje; en cambio, si me tuviera que haber sentado a escribir una carta explicando mi gran amor por el suizofrancés y enviarla a la oficina del amor en ese momento, me hubiera quedado en blanco seguro. Así que llegó el día en el que, con más dolor de pasaporte que de coeur, tomé una decisión: lo siento Suiza, lo siento Francia, lo siento yo, no me caso.
A Ricky Martin no le pasará eso. Ricky Martin firmará la nueva nacionalidad sin que se le despeine un pelo. No llegará el día en el que Ricky Martin se pare a pensarlo, llame a su novio y le diga: lo siento novio, no puedo seguir adelante con esto de la nacionalidad española; ¿tú has leído los periódicos últimamente? Cristiano Ronaldo ha acabado con el poco amor que me quedaba por Madrid; el diari Ara, con el que me quedaba por Catalunya; y el complejo de juego Las Vegas style más la campaña electoral, con el cariño que podía tener por cualquiera de las dos. No nos casamos, ya iré a verte si eso de vez en cuando.
¿Pero ustedes creen que a Ricky Martin le importa todo eso? No. Ricky Martin tiene un objetivo que va más allá y que le hace obviar, ni eso porque ni si quiera ha pensado en ello antes, todas estas vagatelitas: el objetivo de Ricky Martin es casarse con su novio. Igual es que yo no estaba suficientemente enamorada de Suiza y de Francia después de todo para seguir adelante con mi relación con el francosuizo por mor de la triple -¡triple!- nacionalidad. Ricky Martin, en cambio, está tan enamorado de su novio que es capaz de pasar por alto los lagrimones y desmayos de su club de fans de Tomelloso en ese mismo momento y hasta la semana posterior a su jura de bandera, las pegatinas con su perfil sobre un fondo rojigualdo y la comitiva de niñas histéricas que le seguirá y le esperará fuera cuando pose su mano sobre la Constitución.
Así que Ricky Martin se nacionalizará español porque a Ricky Martin le importa un pito nacionalizarse lo que sea. Suiza nunca toleraría esto. Suiza no va por el mundo reafirmándose en cantantes o futbolistas latinos. Suiza es más Suiza que mundiales ganados, conciertos multitudinarios y golpes de cadera que aseguran lipotimias varias contra las vallas de seguridad.
Joder, ¿la nacionalidad adquirida por matrimonio se pierde por divorcio? Igual sí que me tenía que haber casado.
dimecres, 2 de novembre del 2011
Viene mi jefe y pone encima de mi mesa una bolsa llena de tarjetones en los que ha ido apuntando chistes durante años y años. Me dice que me los lea y que busque algún tipo de clasificación posible, que los publicaremos en libritos.
Se va y yo me quedo pensando que no sé en qué coño de momento todo el mundo ha decidido perder toda sutileza a la hora de decirme -ordenarme, mejor dicho- ahora te vas a reír y ahora vas a llorar.
Se va y yo me quedo pensando que no sé en qué coño de momento todo el mundo ha decidido perder toda sutileza a la hora de decirme -ordenarme, mejor dicho- ahora te vas a reír y ahora vas a llorar.
dimarts, 1 de novembre del 2011
Servidora es de Pamplona, sitio entre montañas, tierra adentro. Servidora de pequeña odiaba el momento del año en el que empezaba a hacer buen tiempo y sus padres decidían que había llegado la temporada de fines de semana de playa. Ir a la playa en Pamplona quería decir ir a San Sebastián (era San Sebastián, entonces: Donosti volvió luego del mismo tiempo pasado del que volvió Iruña también). Ir a San Sebastián era pasar el puerto de Belate, pasar Belate era vomitar el colacao del desayuno. Mi padre calculaba la hora a la que llegaríamos a San Sebastián así: salimos a las nueve, hora y cuarto de viaje, un cuarto de hora para que vomite Isabel... a las diez y media estamos allá.
Así pasaron viernes tras viernes de irme a dormir rezando porque lloviera al día siguiente; así pasaron fines de semana tras fines de semana de dar gracias a Dios por vivir en el Pamplona y no en el Huelva, por ejemplo, si llovía, o de ir perdiendo la fe si hacía sol. Ya ven: si fue la lluvia de fin de semana la que me hizo amar el Norte, fue el sol de fin de semana el que me hizo atea desengañada.
Entraba por Intxaurrondo destrozada y solo recuperaba el color un rato después de bajar del coche, al poner un pie en La Concha. La conclusión de mi madre era rotunda: a Isabel el mar le sienta bien. No te jode.
Es una idea muy extendida, esta de que el mar sienta bien. Es una chorrada como una casa, también. Claro que el mar sienta bien si eres de un sitio de costa, si llevas una temporada lejos y si vuelves unos días allí. Pero se llama morriña curada, no mar, lo que te hace sentir bien. Claro que el mar sienta bien si eres de Cuenca, llevas todo el año trabajando y te escapas unos días a Benidorm -fíjense lo que digo: ¡Benidorm!-. Pero se llama vacaciones, no mar, eso que hace sentir bien.
Así que déjense de campañas de publicidad sobre los efectos curativos del mar. Si Belate hubiera estado entre Pamplona y un merendero al lado de una estación de servicio Repsol al que mis padres les hubiera entrado unas ansias irreprimibles de ir cada semana, ¿hubiera dictaminado mi madre: a Isabel le sientan bien las áreas de servicio Repsol? Es pura fama muy conseguida pero nada merecida la del mar.
Por eso esta mañana, cuando me ha pasado por la cabeza, por pura inercia, que igual acercarme hasta la playa me hubiera ido bien, he pensado bah, he cogido un libro, me he sentado en el sofá y me he puesto a leer. Tampoco me he sentido mucho mejor pero, por lo menos, me he ahorrado las ganas de vomitar a medio camino.
Así pasaron viernes tras viernes de irme a dormir rezando porque lloviera al día siguiente; así pasaron fines de semana tras fines de semana de dar gracias a Dios por vivir en el Pamplona y no en el Huelva, por ejemplo, si llovía, o de ir perdiendo la fe si hacía sol. Ya ven: si fue la lluvia de fin de semana la que me hizo amar el Norte, fue el sol de fin de semana el que me hizo atea desengañada.
Entraba por Intxaurrondo destrozada y solo recuperaba el color un rato después de bajar del coche, al poner un pie en La Concha. La conclusión de mi madre era rotunda: a Isabel el mar le sienta bien. No te jode.
Es una idea muy extendida, esta de que el mar sienta bien. Es una chorrada como una casa, también. Claro que el mar sienta bien si eres de un sitio de costa, si llevas una temporada lejos y si vuelves unos días allí. Pero se llama morriña curada, no mar, lo que te hace sentir bien. Claro que el mar sienta bien si eres de Cuenca, llevas todo el año trabajando y te escapas unos días a Benidorm -fíjense lo que digo: ¡Benidorm!-. Pero se llama vacaciones, no mar, eso que hace sentir bien.
Así que déjense de campañas de publicidad sobre los efectos curativos del mar. Si Belate hubiera estado entre Pamplona y un merendero al lado de una estación de servicio Repsol al que mis padres les hubiera entrado unas ansias irreprimibles de ir cada semana, ¿hubiera dictaminado mi madre: a Isabel le sientan bien las áreas de servicio Repsol? Es pura fama muy conseguida pero nada merecida la del mar.
Por eso esta mañana, cuando me ha pasado por la cabeza, por pura inercia, que igual acercarme hasta la playa me hubiera ido bien, he pensado bah, he cogido un libro, me he sentado en el sofá y me he puesto a leer. Tampoco me he sentido mucho mejor pero, por lo menos, me he ahorrado las ganas de vomitar a medio camino.
diumenge, 30 d’octubre del 2011
-Preste atención, se lo ruego. Vayamos a los hechos. Una tal Maria Tataróvich abandona su patria. Después de lo cual, Maria Tataróvich, mire usted por dónde, pide que la dejen regresar... Uno tiene la impresión de que para algunos la patria es como si fuera una magnitud cambiante. Hoy quiero y me marcho, en cambio mañana me lo pienso mejor y vuelvo. Como si estuviéramos en una tienda de comestibles o en el mercado. Y sin embargo, no se ofenda usted, entretanto se ha cometido una vil traición. Y por consiguiente, hay una culpa que expiar. De modo que, solo después de expiarla, ciudadana Tataróvich, se decidirá si se la deja volver. O no se le concede el permiso... Pero incluso en caso favorable, la decisión demandará, no lo olvide usted, de una condescendencia ilimitada. Pues sepa usted que hasta el humanismo socialista tiene sus límites.
-Y tanto que los tiene- afirmó convencido Zhora.
Se produjo una pausa. Se oía el aire acondicionado. La nevera se ponía a vibrar a cada momento.
Marusia preguntó insegura:
-¿Y qué me aconseja usted entonces?
Kókorev tardó en responder, pero luego dijo:
-Pues escriba algo, Maria Fiórdorovna.
-¿Qué?
-Un artículo, una nota, o algo similar.
-¿Yo? ¿Sobre qué?
-Pues sobre todo. Exponga con detalle tal como sucedió todo. Cómo vivía usted sin problemas ni contratiempos. Cómo calaron en su mente las conversaciones con Tsejnovítser. Y cómo luego dio usted este mal paso. Cómo ahora se arrepiente de su decisión... ¿Está claro? Comparta con los demás sus ideas...
-¿Y de dónde las saco?
-¿De dónde saca qué?
-Las ideas.
-Las ideas se las soplo yo- intervino Zhora.
-Las ideas no son problema- coincidió Kókorev.
Balíev inesperadamente observó:
-Unos tienen ideas, otros ideólogos.
-Bien- dijo Musia -. Supongamos que escribo todo eso. ¿Y después qué?
-Después lo publicaremos. Su caso servirá de lección para los demás.
-¿Quién lo publicará?- preguntó Marusia.
-Cualquier revista. ¡Con nuestras recomendaciones! Aunque sea la Literatúrnaya gazeta.
-O el New York Times- añadió Zhora.
-Pero si yo no sé escribir.
-Hágalo como pueda. Al fin y al cabo, no son versos. Aquí lo importante son los hechos. Y si hace falta, ya lo redactaremos.
-Mujer- espetó con cara de payaso Zhora -, no te hagas de rogar y acepta.
-Se lo pediré a Dovlátov- dijo Musia.
-¿A quién?
-¡No me digan que no conocen a Dovlátov! Escribe como Turguénev. Mejor incluso.
La extranjera. Serguey Dovlátov. Ikusager Ediciones, 2008.
-Y tanto que los tiene- afirmó convencido Zhora.
Se produjo una pausa. Se oía el aire acondicionado. La nevera se ponía a vibrar a cada momento.
Marusia preguntó insegura:
-¿Y qué me aconseja usted entonces?
Kókorev tardó en responder, pero luego dijo:
-Pues escriba algo, Maria Fiórdorovna.
-¿Qué?
-Un artículo, una nota, o algo similar.
-¿Yo? ¿Sobre qué?
-Pues sobre todo. Exponga con detalle tal como sucedió todo. Cómo vivía usted sin problemas ni contratiempos. Cómo calaron en su mente las conversaciones con Tsejnovítser. Y cómo luego dio usted este mal paso. Cómo ahora se arrepiente de su decisión... ¿Está claro? Comparta con los demás sus ideas...
-¿Y de dónde las saco?
-¿De dónde saca qué?
-Las ideas.
-Las ideas se las soplo yo- intervino Zhora.
-Las ideas no son problema- coincidió Kókorev.
Balíev inesperadamente observó:
-Unos tienen ideas, otros ideólogos.
-Bien- dijo Musia -. Supongamos que escribo todo eso. ¿Y después qué?
-Después lo publicaremos. Su caso servirá de lección para los demás.
-¿Quién lo publicará?- preguntó Marusia.
-Cualquier revista. ¡Con nuestras recomendaciones! Aunque sea la Literatúrnaya gazeta.
-O el New York Times- añadió Zhora.
-Pero si yo no sé escribir.
-Hágalo como pueda. Al fin y al cabo, no son versos. Aquí lo importante son los hechos. Y si hace falta, ya lo redactaremos.
-Mujer- espetó con cara de payaso Zhora -, no te hagas de rogar y acepta.
-Se lo pediré a Dovlátov- dijo Musia.
-¿A quién?
-¡No me digan que no conocen a Dovlátov! Escribe como Turguénev. Mejor incluso.
La extranjera. Serguey Dovlátov. Ikusager Ediciones, 2008.
dissabte, 29 d’octubre del 2011
Hay un episodio de Twin Peaks en el que el Agente Cooper se marca una loa al amor por la vida que ha encontrado en ese mismo pueblo al que ha llegado a investigar un asesinato del que pocos, en un principio, escapan de sospechosos y cuya investigación va destapando, una tras otra, personalidades maléficas entre los habitantes del supuesto pueblo del amor.
Hay otro, en el que Bobby, el novio de Laura Palmer, la asesinada, entra en furia y grita hipócritas, hipócritas, a toda la gente que se ha reunido para el funeral, después de que el cura cante las bondades y la belleza de la muerta en cuestión.
Y otro, en el que el mismo Bobby le cuenta al psicólogo (qué gran personaje el del psicólogo), cómo la muerta, que para todos era una especie de dechado de virtudes, en realidad vivía de sacar lo peor de las personas, moviéndolas siempre a hacer cosas terribles que ni siquiera sabían que eran capaces de hacer.
Twin Peaks me supera. Creo que hace casi veinte años, cuando lo pasaban por la tele, me quedaba corta al pensar que, si no podía ver un episodio entero sin apretar el OFF del mando a distancia cada vez que la imagen empezaba a saturarse de color y el ambiente empezaba a ponerse un poco espesito, era porque los sueños del Agente Cooper y las visiones de la madre de Laura me mataban de miedo y me provocaban el levantarme de un salto del sofá para hacer el trayecto hasta mi habitación encendiendo todas las luces -pasillo, lavabo, habitación- que tenía por delante en mi recorrido, antes de apagar todas la luces -salón, pasillo, lavabo- que en mi recorrido iban quedando atrás.
En Twin Peaks hay algo más que rojos subidos y ambientes enrarecidos que hace estrechar el nudo en el estómago: hay una ignorancia de los conceptos de bondad y maldad generalizada entre los personajes. Todo el mundo tiene sus cositas tan relativizadas que todo el mundo pasa por ser así como es, ni bueno ni malo, y punto. Sólo cuando hay una prueba material de la maldad -el cadáver de Laura Palmer- y cuando llega alguien foráneo capaz de apreciar la bondad, la belleza y el placer -el agente Cooper-, empiezan a estar más claras las cosas, más definidas las personas.
Esa ignorancia, ese aislamiento de los 51.201 habitantes de Twin Peaks (¿se han fijado que no hay niños en la serie? ¿No suelen ser los niños quienes tienen siempre clara la distinción bueno-malo, quienes no admiten matices?) son los que provocan que Bobby, el novio de Laura Palmer, que es un bully de insituto de manual al principio de la serie, solo una vez muerta ella pueda tomar conciencia de que aquello que ella le empujaba a hacer era pura maldad; o que Jacques cuente entre risas cómo Leo disfrutaba viendo cómo Waldo, el pájaro hablador, se liaba a picotazos con Laura antes de morir esta. Bobby hacía lo que hacía simplemente por ser el novio de Laura, Leo ató a Laura a la silla simplemente porque ella se lo pidió y él disfrutaba con aquello, y Jacques reía porque aquella tarde, antes de que hubiera ningún cadáver, aquello era una fiesta. Sin más, sin juicios: cada uno estaba en su papel luego todo estaba bien.
Esa ignorancia es la que ahora, veinte años después, me haría correr a dormir si no me pudiera la curiosidad. Esa ignorancia da más miedo que todos los enanos del mundo bailando melodías inquietantes entre cortinas rojas. Esa justificación de la maldad, ese yo soy así y no le des más vueltas, ese conformismo en el que uno se queda atascado cuando, por fin, por aislamiento ha acabado perdiendo toda la perspectiva o por haber ido demasiado lejos ya ni siquiera llega a alcanzar con la vista una referencia más o menos objetiva; cuando ha llegado, en fin, a un punto de no retorno en el que todo lo mide y lo valora según intenciones y motivos puramente personales. Y da miedo en Twin Peaks, esa ignorancia, pero es que aún lo da mucho más en la vida real.
Hay otro, en el que Bobby, el novio de Laura Palmer, la asesinada, entra en furia y grita hipócritas, hipócritas, a toda la gente que se ha reunido para el funeral, después de que el cura cante las bondades y la belleza de la muerta en cuestión.
Y otro, en el que el mismo Bobby le cuenta al psicólogo (qué gran personaje el del psicólogo), cómo la muerta, que para todos era una especie de dechado de virtudes, en realidad vivía de sacar lo peor de las personas, moviéndolas siempre a hacer cosas terribles que ni siquiera sabían que eran capaces de hacer.
Twin Peaks me supera. Creo que hace casi veinte años, cuando lo pasaban por la tele, me quedaba corta al pensar que, si no podía ver un episodio entero sin apretar el OFF del mando a distancia cada vez que la imagen empezaba a saturarse de color y el ambiente empezaba a ponerse un poco espesito, era porque los sueños del Agente Cooper y las visiones de la madre de Laura me mataban de miedo y me provocaban el levantarme de un salto del sofá para hacer el trayecto hasta mi habitación encendiendo todas las luces -pasillo, lavabo, habitación- que tenía por delante en mi recorrido, antes de apagar todas la luces -salón, pasillo, lavabo- que en mi recorrido iban quedando atrás.
En Twin Peaks hay algo más que rojos subidos y ambientes enrarecidos que hace estrechar el nudo en el estómago: hay una ignorancia de los conceptos de bondad y maldad generalizada entre los personajes. Todo el mundo tiene sus cositas tan relativizadas que todo el mundo pasa por ser así como es, ni bueno ni malo, y punto. Sólo cuando hay una prueba material de la maldad -el cadáver de Laura Palmer- y cuando llega alguien foráneo capaz de apreciar la bondad, la belleza y el placer -el agente Cooper-, empiezan a estar más claras las cosas, más definidas las personas.
Esa ignorancia, ese aislamiento de los 51.201 habitantes de Twin Peaks (¿se han fijado que no hay niños en la serie? ¿No suelen ser los niños quienes tienen siempre clara la distinción bueno-malo, quienes no admiten matices?) son los que provocan que Bobby, el novio de Laura Palmer, que es un bully de insituto de manual al principio de la serie, solo una vez muerta ella pueda tomar conciencia de que aquello que ella le empujaba a hacer era pura maldad; o que Jacques cuente entre risas cómo Leo disfrutaba viendo cómo Waldo, el pájaro hablador, se liaba a picotazos con Laura antes de morir esta. Bobby hacía lo que hacía simplemente por ser el novio de Laura, Leo ató a Laura a la silla simplemente porque ella se lo pidió y él disfrutaba con aquello, y Jacques reía porque aquella tarde, antes de que hubiera ningún cadáver, aquello era una fiesta. Sin más, sin juicios: cada uno estaba en su papel luego todo estaba bien.
Esa ignorancia es la que ahora, veinte años después, me haría correr a dormir si no me pudiera la curiosidad. Esa ignorancia da más miedo que todos los enanos del mundo bailando melodías inquietantes entre cortinas rojas. Esa justificación de la maldad, ese yo soy así y no le des más vueltas, ese conformismo en el que uno se queda atascado cuando, por fin, por aislamiento ha acabado perdiendo toda la perspectiva o por haber ido demasiado lejos ya ni siquiera llega a alcanzar con la vista una referencia más o menos objetiva; cuando ha llegado, en fin, a un punto de no retorno en el que todo lo mide y lo valora según intenciones y motivos puramente personales. Y da miedo en Twin Peaks, esa ignorancia, pero es que aún lo da mucho más en la vida real.
dimecres, 26 d’octubre del 2011
Talk about darle la vuelta a la tortilla.
Ayer tuve un momento de lucidez en la radio: antes y después de entrar en antena (yo preferiría tener estos momentos mientras estoy en antena pero no, ya ven, ahí dentro solo consigo que me tiemble la voz y no ser capaz de escuchar nada de lo que pasa ni antes ni después de mi intervención: así no hay manera de parecer inteligente de cara a la galería, qué le vamos a hacer).
Miren, ayer estaba esperando con Marina Espasa para entrar en el estudio, las dos ahí, sentadicas, esperando a que nos llamaran para hablar de libros, cuando viene la productora del programa y nos pregunta si queremos tomar algo. Agua, digo yo; agua yo también, dice Marina. La productora se va a buscar los botellines y yo le digo a Marina: Dios mío, ella es yo hace unos meses.
Entramos, decimos la nuestra, acabamos, nos levantamos y vemos en el estudio a Eva Cuenca. Meten la canción, cierran los micros para hacer el cambio y Eva nos dice: ¡míralas, qué graciosas! Ay, nos preguntábamos qué habría sido del equipo (del equipo de L'hora del lector, que era donde trabajábamos Marina y yo hasta hace unos meses). Eva Cuenca trabaja en Random House Mondadori, la conocemos porque había venido unas cuantas veces al programa a acompañar a escritores. Nos pregunta qué hacemos ahora: Yo trabajo en una editorial, le cuento.
Zas: yo soy la chica que atiende a los invitados, yo soy la chica que recibía a Eva Cuenca cuando venía a la tele; ahora yo soy Eva Cuenca; sí, claro, ya me gustaría..., dejémoslo en que voy a la radio y trabajo en una editorial; yo soy también el escritor al que acompaña; bueeeeno, dejémoslo en que tengo una editora a quien le envío textos que, por lo visto, acabarán siendo un libro.
¿Se dan cuenta? Me he pasado al otro bando: he hecho casi sin planearlo un salto de 180 grados, estoy al otro lado de la barrera y lo fuerte es que tengo la sensación de que yo no me he movido del sitio, de que simplemente he levantado los pies y ha sido el mundo el que se ha dado la vuelta antes de que yo volviera a bajarlos.
Yo a veces tengo la sensación de que no soy yo quien se mueve sino todos los demás quienes cambian de sitio. A veces pienso que tengo mucha suerte y otras que tengo mucho morro. Otras veces también me da por pensar que debería poner orden, que debería decir: quietos todos, ahora me muevo yo.
Lo que no logro conseguir, desde hace unos meses, es borrar de mi cara esta expresión de sorpresa, así como de que todo esto que está pasando me hace muchísima gracia.
Ayer tuve un momento de lucidez en la radio: antes y después de entrar en antena (yo preferiría tener estos momentos mientras estoy en antena pero no, ya ven, ahí dentro solo consigo que me tiemble la voz y no ser capaz de escuchar nada de lo que pasa ni antes ni después de mi intervención: así no hay manera de parecer inteligente de cara a la galería, qué le vamos a hacer).
Miren, ayer estaba esperando con Marina Espasa para entrar en el estudio, las dos ahí, sentadicas, esperando a que nos llamaran para hablar de libros, cuando viene la productora del programa y nos pregunta si queremos tomar algo. Agua, digo yo; agua yo también, dice Marina. La productora se va a buscar los botellines y yo le digo a Marina: Dios mío, ella es yo hace unos meses.
Entramos, decimos la nuestra, acabamos, nos levantamos y vemos en el estudio a Eva Cuenca. Meten la canción, cierran los micros para hacer el cambio y Eva nos dice: ¡míralas, qué graciosas! Ay, nos preguntábamos qué habría sido del equipo (del equipo de L'hora del lector, que era donde trabajábamos Marina y yo hasta hace unos meses). Eva Cuenca trabaja en Random House Mondadori, la conocemos porque había venido unas cuantas veces al programa a acompañar a escritores. Nos pregunta qué hacemos ahora: Yo trabajo en una editorial, le cuento.
Zas: yo soy la chica que atiende a los invitados, yo soy la chica que recibía a Eva Cuenca cuando venía a la tele; ahora yo soy Eva Cuenca; sí, claro, ya me gustaría..., dejémoslo en que voy a la radio y trabajo en una editorial; yo soy también el escritor al que acompaña; bueeeeno, dejémoslo en que tengo una editora a quien le envío textos que, por lo visto, acabarán siendo un libro.
¿Se dan cuenta? Me he pasado al otro bando: he hecho casi sin planearlo un salto de 180 grados, estoy al otro lado de la barrera y lo fuerte es que tengo la sensación de que yo no me he movido del sitio, de que simplemente he levantado los pies y ha sido el mundo el que se ha dado la vuelta antes de que yo volviera a bajarlos.
Yo a veces tengo la sensación de que no soy yo quien se mueve sino todos los demás quienes cambian de sitio. A veces pienso que tengo mucha suerte y otras que tengo mucho morro. Otras veces también me da por pensar que debería poner orden, que debería decir: quietos todos, ahora me muevo yo.
Lo que no logro conseguir, desde hace unos meses, es borrar de mi cara esta expresión de sorpresa, así como de que todo esto que está pasando me hace muchísima gracia.
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