divendres, 3 de juny del 2011

Un poco de dietario sentimentale de lo que viene siendo el día

Le comento a Marina que hace tiempo que no vemos a Miquel y que tengo ganas de quedar con él a tomar una cerveza. Estamos grabando. Tres figurones de la cultura actual hablando entusiasmados, como si fueran niños pequeños, sobre Literatura y Arte. Pero figurones, figurones -no digo tontería- y sobre Literatura y Arte –no pongo mayúsculas porque sí-, y yo pienso en Miquel y en hace cuánto que no tomamos una cerveza, y se lo digo a Marina y Marina me dice que sí. Y volvemos a quedarnos las dos absortas mirando en un monitor lo que está pasando al otro lado de la pared de la habitación en la que estamos nosotras.

Acaba el programa. Que acabe un programa ahora no es como cuando acababa un programa hace tres ni hace dos meses ni hace uno. Que acabe un programa ahora es como ir leyendo en el metro, ver que sólo quedan tres paradas y hacer riiiiias con las páginas que vienen del libro para ver si te da tiempo de acabar el capítulo antes de llegar. Y ver que no.

Y durante todo este rato, yo sigo con el runrún de que hace mucho tiempo que no tomamos una cerveza con Miquel y caigo en que si me preocupa tanto que hace tanto tiempo que no tomamos una cerveza con Miquel, es seguramente porque estoy bajo los efectos del síndrome del final de las cosas importantes, por el que una acaba pensando que son todas, y no sólo una, las cosas importantes que van a acabar.

Todo esto que les acabo de contar, ha provocado que acabe en un mode tirando a dramático de más, escribiendo un email no sólo a Miquel sino también a Joan, al que ellos, si estuvieran leyendo ahora mismo como servidora las cartas que Armand Obiols envió a Mercè Rodoreda, responderían con un tranquilizador “no estiguis trista, Isabel, si us plau: no ho estiguis”.

dimecres, 1 de juny del 2011

Viene mi jefe y me dice que, como hace dos años entraron a robar en la oficina, de vez en cuando lo graban todo. Me pongo de los nervios y me pasan los cinco meses que llevo trabajando aquí ante los ojos. Me enseña un USB de 16GB y me dice que grabe ahí los documentos importantes que tenga en el ordenador por si vuelven a entrar a robar.

Sólo cuando se ha ido y me ha dejado temblando, con el USB en la mano, me paro a pensar que lo único que podría echarme en cara –sólo si no tuviera un mínimo sentido del ritmo- serían los bailecitos que me pego en el trayecto de la mesa a la cafetera los viernes, cuando ellos no están y, como no molesto a nadie, me pongo la musiquita a un poco más volumen del normal mientras trabajo.

Yo no puedo vivir en este régimen del terror que tengo montado en mi cabeza.
De la cosa esta del periodismo y la literatura gonzo que ahora parece estar en boca de todos. ¿Hay otros? ¿Cuáles? ¿El periodismo y la literatura google? No me jodas.
-Mi jefe quiere que le pase una lista de cosas que hago durante el mes. Dice que no me oye hablar demasiado por teléfono y que como ahora todo se hace por internet y eso no deja rastro de papeles -rastro de papeles, dice- él no puede saber si hago mucho o poco. En el fondo, tiene un poco de razón; me paga por horas y supongo que estaría más tranquilo si oyera o notara actividad frenética en mi despacho durante la media jornada diaria que estoy allí encerrada. Más de una vez le he dicho he hablado con éste o estoy organizando esto otro, y me ha respondido, incrédulo, ¿Sí? Me estoy planteando seriamente empezar a aporrear el teclado del ordenador para que suene como si fuera una máquina de escribir en pleno delirio creativo, mío, o ponerme a cantar o a recitar rítmicamente los números de los albaranes que, a veces, me hace repicar en documentos exel para enviarlos después por mail a distribuidores y proveedores (él no tiene ordenador para hacerlo él mismo). Poner una campana a modo de chivato de las propinas de bar y hacerla sonar cada vez que descubro una crítica de un libro nuestro publicada en prensa también sería una opción.
El no sólo tienes que ser; también tienes que parecer que eres -consejo de mi madre rechazado infinitas veces por mí- parece que tiene sentido ahora más que nunca.

-Mi amiga S. está por aquí haciendo entrevistas de trabajo. Ha conocido a un tipo que, si la cosa va, será su próximo jefe: Alguien que no le mira a la cara cuando habla y al que parece no importarle un pito nada de lo que le cuenta. Está con ella en las entrevistas también una persona de la empresa de selección con la que parece que este tipo sí que comenta la jugada cuando S. se va. Luego le llaman y le dicen: le has gustado, pero dice que no acaba de verte capaz de soportar la presión. Yo le digo que se piense si realmente le apetece trabajar con este tío de jefe. Hoy ha ido a hacer otra entrevista a otra empresa. Hemos preparado el guión para cuando le den el trabajo de esta segunda empresa: debería -DEBE- llamar a la persona de la empresa de selección y, sin decirle que ya ha encontrado otro trabajo, debería -DEBE- decirle: Dile al tipo este que abandono el proceso, que no me interesa trabajar para alguien como él; no hay nada peor que tener un jefe maleducado. Eso es lo que debería decirle, de hecho, hoy mismo. Hace una semana, debería habérselo dicho ya.

-Qué extraño resulta cuando tienes línea directa con alguien, parece que sabes muchas sobre él y, de repente, te llegan noticias suyas por otro lado que te hablan de una persona distinta a la que tú crees conocer. A saber si el otro es siempre el mismo y lo que varía es la percepción de quien lo escucha, si el otro es quien cambia dependiendo de a quién tiene delante o si las dos cosas se dan un poco. Que abandonados estamos, en cualquier caso, tanto a los designios de nuestra percepción como a la voluntad de parecer del otro... Lo que me lleva a rechazar de nuevo el consejo de mi madre: a veces el parecer se convierte en una trampa -en muchas trampas- para quien es.

dijous, 26 de maig del 2011

De cuando una vuelve en bici a casa pensando que a pesar de que la gente se empeña desde bien joven en decidir quién le va a acompañar toda la vida, esa es una cosa que debería, más que decidirse al principio, celebrarse porque ya ha sido al final. El problema es cuándo es el final para los dos, claro, pero bueno, ese mismo es también el problema en el primer caso.