dimecres, 20 d’abril del 2011

Hoy

(o el día en que me mandaron un mail de la Editorial Minúscula diciendo que les habían devuelto una carta que me habían enviado a casa, a la dirección correcta, con la excusa de que ahí no vivía yo, y yo empecé a sospechar que estaba desapareciendo, que es una cosa muy poco original de sospechar pero muy literaria: o, de tan literaria, muy poco original. ¿Acaba la literatura con la originalidad de las cosas? Me estoy liando. Me lío, luego existo; igual no estoy desapareciendo del todo, buf, menos mal).
Estaba escribiendo una cosa en castellano y me ha salido, así, de carrerilla, la palabra traspuar. Me la he mirado desconfiada; a veces me pasa que escribo palabras que me salen del tirón y, en cuanto acabo de ponerles la última letra, me chirrían: Paro los dedos, me reclino en la silla y me las miro de reojo. Me voy al DRAE: Traspuar no consta. Me voy al DIEC: Ahí está; resulta que es catalán. (Quiere decir empapar, rezumar) y me paso un buen rato pensando en qué momento mi cabeza ha asimilado (aunque no del todo, ya les he dicho que me ha chirriado) como castellana aquella palabra.

Pienso en una conversación que tuvimos una vez con Ferran y con Xavi sobre el bilingüismo. Si yo fuera bilingüe, que no lo soy, tendría las dos lenguas guardadas en dos compartimentos estancos del cerebro, sería capaz de activar uno o activar el otro sin ningún tipo de problema ni tiempo ni espacio para la transición. Hablaría igual en uno que en otro idioma y, sobre todo, sería capaz de escribir al mismo nivel tanto en uno como en otro idioma. No lo soy; está claro que me traspúan las palabras y los conceptos más en una dirección que en la otra, por la pared que teóricamente separaría a esas dos estancias cerebrales de cuya existencia dudo tanto -¿No será sólo una con el potipoti ahí montado, la barreja, el mogollón de términos a la espera de que la lengua vaya cogiéndolos y escupiéndolos a medida que transcurre la conversación sin pararse a pensar demasiado con quién ni dónde está hablado?- (Recuerdo aquí carcajadas de mis amigos de Pamplona a cada patada mía involuntaria al diccionario pamplonica, tan traspuante también de términos y sintaxis euskaldunes).

En fin. Desbarro a las 7:30 de la mañana. Todo esto no es más que otro ejemplo de las cosas que tengo por partida doble y que, por lo tanto, tengo a medias. Otro día les cuento otra mucho más lúdica y morbosita que la cuestión esta del lenguaje. O no: Igual sólo me estoy haciendo la interesante ahora. Ya veremos.

dimarts, 19 d’abril del 2011

(El lamento del martes).

Cuando una vive rodeada de gente fascinada por lo que hace y, además, tiene cierta tendencia a empatizar hasta con el cyclamen del balcón, la vida acaba siendo como la del gato que decide ir a comer y, en el camino hacia el plato, se le cruza, volando, una polilla: El plato y el hambre siguen ahí, pero ya no hay otra cosa que perseguir a la polilla, y ¿ustedes han visto cómo vuela una polilla, tan sin rumbo? Pues una venga a lanzar zarpazos, soñando que vuela con ella.

Hay demasiadas polillas en el mundo.

No sé si ustedes entienden lo frágil que se vuelve todo al vivir en tan constante estado de fascinación.

dilluns, 18 d’abril del 2011

En palabras nada armónicas, las cosas, tal como están puestas en la Tierra, están mal puestas. Los ciervos procrean a unos kilómetros de donde una manada de felinos comienzan a sentir vacío el estómago, los tiburones se acercan lo suficiente a las focas que juegan dentro del mar y les desgarran esa piel tan dura y lisa, y los autos pasan sobre el cuerpo de un perro despedazado en el carril del periférico. Perros y periféricos en el mismo sitio, eso sí que es una miseria.-Hotel DF. Guillermo Fadanelli.

diumenge, 17 d’abril del 2011


Jaume inmortalizó el momento en el que Javier acababa de echar cuentas de cuántas horas seguidas llevaba Antonio hablando y servidora comprobaba que, efectivamente, habían sido tantas que se había hecho de noche, primero, y de nuevo de día, después.

(Segundos más tarde, tras acordar que seguiríamos queriendo a Antonio igual o más, continuamos bailando como si nada).

divendres, 15 d’abril del 2011

(De cuando una comenta, el otro se piensa que propone, una se da cuenta dos frases más allá de que la acaban de rechazar, duda por un momento de si comentaba o proponía y acaba pensando que, en cualquier caso, ahora tiene una información que no sabe si necesitaba tener).

Digo: Mañana tocan Salaíto y Puchero en el Taller de Músics.
Dice: Mañana no puedo y el sábado tampoco.
Pienso: Bueno, el sábado no tocan...
...
...
Aaah...
Ayer pasé parte de la tarde escribiendo un mail lleno de órdenes: que si hace falta que nos hagas un nuevo catálogo en el que haya esto, esto y esto otro, y en el que, respecto del último que nos hiciste, me corrijas un par de cosas que estaban mal. Pienso en la imagen debe de tener de mí Merche, la persona a la que va dirigido.

Supongo que le debe de sentar como una patada en el culo recibir esto que le estoy escribiendo un jueves, a última hora de la tarde, justo la semana antes de Semana Santa. Me pongo en su cabeza. Su cabeza, en la mía, está diciendo: Una mañanita mááááás y... vacaciones! Y de repente, tacatá! Que me hagas el catálogo de Terapias Verdes para ayer. Supongo que lo que piense Merche me tiene que importar un pimiento siempre que tenga el catálogo acabado para la semana que viene, que nos llegan los libros nuevos de los 50 ejercicios. Merche, tú, haz y piensa lo que quieras.

Pienso en la gente con la que tengo contacto puntual, de un tipo y de otros. Pienso en las diferentes yo de debe de haber repartidas por el mundo. La Sucunza tal, la Sucunza cual, ostras la Sucunza, qué maja, qué gilipollas, que petarda... Me canso mucho de repente y acabo pensando de nuevo que me tiene que importar un pimiento.

Pienso que hay gente que, de esto de controlar o no los yos que es, te hace un libro maravilloso, como el que presentaron (rebentaron) ayer en el (H)original, de Anaïs Nin; Una espía en la casa del amor. Y pienso en la cantidad de experiencias, sentimientos, informaciones y conocimientos que hay desperdiciados por el mundo sin nadie, como Anaïs Nin, que los coja y te haga de ellos un libro maravilloso, como el que presentaron (rebentaron) ayer en el (H)orginal.

Pienso si la verdadera obligación de un escritor no será coger la anécdota, el hecho histórico, el desvarío, el pensamiento cotidiano, ya universales de por sí; señalarlos con el dedo y decir, por si nadie se había dado cuenta: Eh, que sí: Que son universales. Pienso en la cantidad de escritores que hacen todo lo contrario y sólo consiguen apuntar para decir: Mirad lo que me pasa a mí y sólo a mí.

Pienso en cuánto se van a forrar estos últimos de aquí a dos domingos y vuelvo a cansarme mucho, de repente.