Míster,
mira si las cosas van mal que, hace un rato, nada más despertarme de la siesta, me he enterado de que se ha declarado una guerra. Me dirás que lejos, sí, pero tú también lo estás y la guerra en internet se ve demasiado cercana, más que tú que, desde hace años, no me das tema ni de temor ni de alegría, mientras que ésta ya me está dando pie a las dos cosas: tanto al ceñar que luzco desde hace un rato, al que acompaño con el pensamiento "joder, otra guerra", como a la felicidad de por fin tener una excusa para enviarte una carta.
La guerra pinta lejos, tienes razón, pero las fotos de los periódicos son tan grandes, las caras de los protagonistas tan conocidas y los procedimientos y sus resultados tan poco novedosos, que no encuentro suficientes argumentos para decir que no es la nuestra: Asco de aleph, asco de adsl, asco de tiempo real, que todo nos lo acaban metiendo en casa, que me hacen sufrir porque tú estés leyendo esto al mismo ritmo que lo voy escribiendo, que veas mis comas mal puestas y hasta lo que pienso pero que, por muy poco, no llego a ponerte aquí.
En fin, vuelve pronto. Tengo tantas ganas de verte que me he puesto a escribir un cuento sobre el compositor de música de despertadores. Es el décimo que escribo desde que te fuiste. Cuando te vea, "He escrito diez cuentos" es lo primero que pienso decirte para que te hagas una idea de cuánto tiempo ha pasado, tanto, que hasta -hoy a la hora de la siesta- han acabado acabado declarando una guerra.
Isabel.
dissabte, 19 de març del 2011
dijous, 17 de març del 2011
(De cuando le explico a alguien a quien no conozco demasiado lo mucho muchísimo que me fascina esta entrevista a Camilo Sesto
y luego identifico este hecho como la prueba definitiva de que mi verborrea siempre gana de largo a cualquier intención que pudiera tener yo de quedar más o menos bien).
¡¡Yey!! ¿¡¿¡¿Hablo yo o pasa un carro?!?!?
y luego identifico este hecho como la prueba definitiva de que mi verborrea siempre gana de largo a cualquier intención que pudiera tener yo de quedar más o menos bien).
¡¡Yey!! ¿¡¿¡¿Hablo yo o pasa un carro?!?!?
dimarts, 15 de març del 2011
dissabte, 12 de març del 2011
Qué pesadica es la gente. A cada aniversario tétrico, a cada tropezón ajeno o propio, a cada barba pelada de vecino, venga todos con la cancioncita. Como si uno tuviera algo que hacer en eso, como si uno no se limitara simplemente a pasar por ahí sin evitar ni propiciar nada.
De ésta no te has muerto y ya está. Y ni en no morirte has tenido tampoco nada que hacer.
Perdonen, ¿eh? Es que llueve desde hace un rato así como si fuera el diluvio universal (yo pongo la pareja de gatos) y estoy escuchando Mishima, esta versión del "Llavors tu simplement" en concreto, que no sé si me encanta o si es una mierda porque parece que la tocan como queriendo quitársela de encima para irse a hacer sus cosas (otras) cuanto antes.
Además tengo en la cabeza que ha pasado poco más de un día de la cosa tectónica, primero, marítima, después, de Japón y ahora mismo todo Japón debe de estar dividido en dos tipos de japoneses: los que se han muerto y los que no. Y los que no deben de andar paseándose por allí pensando uy, ¡que he vuelto a nacer!, y luego, a cada paso que encuentran alguien que no lo ha hecho, pensando ojalá no lo hubiera hecho yo tampoco.
Tooodo Japón lleno de japoneses a punto de empezar a sentirse culpables por seguir vivos, que es lo que dice Imre Kertész que pasa cuando uno sobrevive a una catástrofe.
También es que estoy muy contenta por cómo me están yendo las cosas y, en temporadas así, es como si lo trágico del mundo me molestara y me dejara en un permanente estado de pensar tío, pero ¿qué me estás contando? ¿Qué es este fallo de raccord en mi felicidad? ¿No ves que hay un decalage muy bestia aquí? ¿Que esto -ni la lluvia ni la terrible furia de la naturaleza- no pegan nada en este momento? ¿Podría usted, Señor Mundo, intentar ser un poquito más coherente conmigo, por favor?
En fin, que poco puedo hacer a parte de elegir mejor la banda sonora de los días lluviosos.
Bendita inconsciencia.
De ésta no te has muerto y ya está. Y ni en no morirte has tenido tampoco nada que hacer.
Perdonen, ¿eh? Es que llueve desde hace un rato así como si fuera el diluvio universal (yo pongo la pareja de gatos) y estoy escuchando Mishima, esta versión del "Llavors tu simplement" en concreto, que no sé si me encanta o si es una mierda porque parece que la tocan como queriendo quitársela de encima para irse a hacer sus cosas (otras) cuanto antes.
Además tengo en la cabeza que ha pasado poco más de un día de la cosa tectónica, primero, marítima, después, de Japón y ahora mismo todo Japón debe de estar dividido en dos tipos de japoneses: los que se han muerto y los que no. Y los que no deben de andar paseándose por allí pensando uy, ¡que he vuelto a nacer!, y luego, a cada paso que encuentran alguien que no lo ha hecho, pensando ojalá no lo hubiera hecho yo tampoco.
Tooodo Japón lleno de japoneses a punto de empezar a sentirse culpables por seguir vivos, que es lo que dice Imre Kertész que pasa cuando uno sobrevive a una catástrofe.
También es que estoy muy contenta por cómo me están yendo las cosas y, en temporadas así, es como si lo trágico del mundo me molestara y me dejara en un permanente estado de pensar tío, pero ¿qué me estás contando? ¿Qué es este fallo de raccord en mi felicidad? ¿No ves que hay un decalage muy bestia aquí? ¿Que esto -ni la lluvia ni la terrible furia de la naturaleza- no pegan nada en este momento? ¿Podría usted, Señor Mundo, intentar ser un poquito más coherente conmigo, por favor?
En fin, que poco puedo hacer a parte de elegir mejor la banda sonora de los días lluviosos.
Bendita inconsciencia.
dijous, 3 de març del 2011
Intercambiaba mails ayer con Miquel sobre los poderes que, vete a saber por qué, se nos han otorgado, que en el fondo no son más que obligaciones, pero que a mí me ha dado por pensar en ellos así: como poderes. La Dictadura Sucunza, he denominado al asunto.
Me explico.
Me ponen tres libros en la mesa. De los tres, uno me fascina, otro me lo leo en plan psché y el tercero lo empiezo y una semana después descubro que no he sido capaz de pasar de la décima página. Decido que el primero es el bueno (¿por qué? porque yo lo digo): convenzo a la mitad de mis amigos y a parte del extranjero de que se lo compren, lo lean y convenzan a los suyos de que deben leerlo. Y funciona, tú. Y mis jefes, encantados, porque parte de mi última acción dictatorial consiste también en eliminar para ellos dos de los tres libros con los que había empezado la historia: sólo ven lo bien que funciona el primero.
Matemáticamente, es un 2-1 en mi contra, o sea, una derrota en toda regla. Pienso en mi padre cuando me decía "un cinco, un seis, un siete... son suspensos: si lo hubieras estudiado todo, te habrían puesto un diez" y pienso si no habré dedicado mi vida a desarrollar un método por el cual, ante mis gordas limitaciones para aprenderlo todo, he aprendido a relativizar la importancia de lo que no he podido aprender o hacer bien, hasta hacerlo desaparecer no sólo para mí sino también para el resto de la humanidad. O eso me creo, que desaparece... hasta que viene alguien y descubre el pastel: apunta directo a los goles encajados, decido que me cae mal y lo hago desaparecer también, a ese alguien. O eso me vuelvo a creer...
Pero yo, ¿quién me he creído?
(... en el proceso de escribir aquí estas escalofriantes reflexiones sobre mis fracasos personales, así, en plural -yo, señalando con el dedo a los goles encajados es la prueba definitiva de mi fracaso en el intento de hacerlos desaparecer: soy una fracasada por partida doble-, he vuelto a descubrir que no puedo acabar una frase según qué canción esté sonando; que se me abren vías de escape de doble sentido; desembocaduras de ideas en las que se desata el reflujo de la frase por hacer que sale, contra la frase ya acabada que entra. Y gana -de calle, gana- la de afuera cuando acabo escribiendo aquí que ya nada será igual tras el día de la gran broma final.)
Me explico.
Me ponen tres libros en la mesa. De los tres, uno me fascina, otro me lo leo en plan psché y el tercero lo empiezo y una semana después descubro que no he sido capaz de pasar de la décima página. Decido que el primero es el bueno (¿por qué? porque yo lo digo): convenzo a la mitad de mis amigos y a parte del extranjero de que se lo compren, lo lean y convenzan a los suyos de que deben leerlo. Y funciona, tú. Y mis jefes, encantados, porque parte de mi última acción dictatorial consiste también en eliminar para ellos dos de los tres libros con los que había empezado la historia: sólo ven lo bien que funciona el primero.
Matemáticamente, es un 2-1 en mi contra, o sea, una derrota en toda regla. Pienso en mi padre cuando me decía "un cinco, un seis, un siete... son suspensos: si lo hubieras estudiado todo, te habrían puesto un diez" y pienso si no habré dedicado mi vida a desarrollar un método por el cual, ante mis gordas limitaciones para aprenderlo todo, he aprendido a relativizar la importancia de lo que no he podido aprender o hacer bien, hasta hacerlo desaparecer no sólo para mí sino también para el resto de la humanidad. O eso me creo, que desaparece... hasta que viene alguien y descubre el pastel: apunta directo a los goles encajados, decido que me cae mal y lo hago desaparecer también, a ese alguien. O eso me vuelvo a creer...
Pero yo, ¿quién me he creído?
(... en el proceso de escribir aquí estas escalofriantes reflexiones sobre mis fracasos personales, así, en plural -yo, señalando con el dedo a los goles encajados es la prueba definitiva de mi fracaso en el intento de hacerlos desaparecer: soy una fracasada por partida doble-, he vuelto a descubrir que no puedo acabar una frase según qué canción esté sonando; que se me abren vías de escape de doble sentido; desembocaduras de ideas en las que se desata el reflujo de la frase por hacer que sale, contra la frase ya acabada que entra. Y gana -de calle, gana- la de afuera cuando acabo escribiendo aquí que ya nada será igual tras el día de la gran broma final.)
dimecres, 2 de març del 2011
A ver: Uno se pone una armadura y se sube, cargado de dagas, mazas y demás cosas que hacen bastante pupa, a un caballo, dispuesto a luchar a muerte por una doncella contra otro, cargado también de dagas, mazas y demás cosas que hacen bastante pupa.
Partimos ya de la base de que estos dos individuos, tranquilos, delicados y bienintencionados, no son. Uno de los dos sanguinarios caballeros gana el duelo y, en pleno subidón de endorfinas, se acerca a la doncella en cuestión, ¿qué hará? ¿regalarle una margarita, darle besitos de amor y hacer manitas mientras juntos observan cómo se pone el sol en el horizonte? mmmm...
¿Pero qué historia nos han vendido? Suerte que ha venido Todó y ha puesto las cosas en su sitio: Si una lleva separada de su amante no sé cuánto tiempo, no suspirará y se quedará mirando a la luna -ay, esa misma luna que debe de estar mirando él, snif-, alelada por la ventana cada vez que reciba una carta suya; si uno se va de farra con los amigos, no volverá a casa en el asiento de atrás de un coche pensando qué bonitas las montañas de la sierra cuando los árboles se recortan contra el fondo del cielo que comienza a clarear; si uno llega a Barcelona en tren desde el pueblo con los colegas y dos garrafas de vino, no se pondrá a reflexionar arrebolado sobre las posibilidades que le brinda el desembarco en la urbe...
Suerte que ha venido Todó a acabar con el alelamiento victoriano este que nos vomitan encima cines, libros y canciones. Suerte que ha venido Todó a soltar un gran déjate de historias. Suerte que ha venido Todó a decir Labreu, ¿a dónde vas publicando sólo poesía?
Suerte que ha venido Todó con su "A butxacades", ese gran los reyes son los padres que algú havia de dir.
Cómprenlo: es bueno, bonito (muy bonito!) y barato. Lo encontrarán así: A butxacades. Joan Todó. Labreu, 2011, en cualquier librería.
Partimos ya de la base de que estos dos individuos, tranquilos, delicados y bienintencionados, no son. Uno de los dos sanguinarios caballeros gana el duelo y, en pleno subidón de endorfinas, se acerca a la doncella en cuestión, ¿qué hará? ¿regalarle una margarita, darle besitos de amor y hacer manitas mientras juntos observan cómo se pone el sol en el horizonte? mmmm...
¿Pero qué historia nos han vendido? Suerte que ha venido Todó y ha puesto las cosas en su sitio: Si una lleva separada de su amante no sé cuánto tiempo, no suspirará y se quedará mirando a la luna -ay, esa misma luna que debe de estar mirando él, snif-, alelada por la ventana cada vez que reciba una carta suya; si uno se va de farra con los amigos, no volverá a casa en el asiento de atrás de un coche pensando qué bonitas las montañas de la sierra cuando los árboles se recortan contra el fondo del cielo que comienza a clarear; si uno llega a Barcelona en tren desde el pueblo con los colegas y dos garrafas de vino, no se pondrá a reflexionar arrebolado sobre las posibilidades que le brinda el desembarco en la urbe...
Suerte que ha venido Todó a acabar con el alelamiento victoriano este que nos vomitan encima cines, libros y canciones. Suerte que ha venido Todó a soltar un gran déjate de historias. Suerte que ha venido Todó a decir Labreu, ¿a dónde vas publicando sólo poesía?
Suerte que ha venido Todó con su "A butxacades", ese gran los reyes son los padres que algú havia de dir.
Cómprenlo: es bueno, bonito (muy bonito!) y barato. Lo encontrarán así: A butxacades. Joan Todó. Labreu, 2011, en cualquier librería.
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