dilluns, 7 de febrer del 2011

Y ahora, me pongo pluralmayestática y digo que el sábado por la noche fuimos felices. Que en el CCCB estaba casi todo el mundo que importaba (sólo faltaban Gemma y la Obi) y que si un día tengo un cumpleaños multitudinario, quiero que sea así como fue: con Ramiro poniendo música, Javier bailando conmigo y el bigote de Albert Serra asomando por la sala. Con ahoramevoyperonosvemosluegoallís y viendonosluegoallís de verdad. Y con artistas con maleta que no se retiran por menos de un millón de euros (aaara t'escolto! -Ho pilles, Cuts?- Tot va de posar-se un preu). Y si se lo dan, el millón de euros, harán arte de eso también.

Lo mejor que podía programar un museo era lo que no podía programar: nosotros entrando por la puerta. Ole todos.

divendres, 4 de febrer del 2011

Ayer, ver bailar juntos a la Farruca y al Farruco, me dejó pensando un buen rato. Me dejó pensando en todos los niño, estate quieto; niño, ahora no; niño, el parquet; niño, eso déjalo para la noche, que debían sonar hace años y quién sabe si aún ahora, en casa de los Farrucos. Pero sobre todo me dejó pensando en la cara de felicidad de la Farruca bailando con su niño: sudando la gota gorda y así medio rozando las palmas, con los ojillos achinados por la sonrisa integral y el vaivén de la cabeza, que se le iba a los pies hasta, de un salto, tacatá rotundo, cerrarle el compás al niño y hacerle volver del trance (que de volar tan alto no se le pierda el niño). Y el niño quitándose de la cara el pelo para mirarla sonriendo también.

Mientras baila, al Farruco se le oye respirar. Y ya no son sólo cante, guitarra, tacones y palmas: son cante, guitarra, tacones, palmas y respiración. Respiración como la que les oyes a los toros en Pamplona si estás en primera fila del vallao en la curva de Mercaderes con Estafeta, en ésa en la que siempre patinan y se caen.

Al Farruco creí verle también un poco del chamanismo aquel que decías, Javier; esa mirada, ese venirse arriba y esa cosa desafiante en cada taconazo final que arranca oles así como que te suben por el esófago y te dejan después totalmente alucinada porque suenan a veinte oles juntos arrancados de otros veinte estómagos a la vez.

Y lo mejor, Javier (joder, qué regalazo me has hecho), reconocí las alegrías del final. Me pareció reconocerlas, al menos. Me hizo muchísima ilusión. Y mientras las reconocía, pensé en este trocito del libro de Ferrer Lerín: Iniciarse en un nuevo campo del saber, en una disciplina que aun perteneciendo a tu área profesional, es desconocida, produce una sensación de despegue, de apertura, de constatar día a día, hora a hora, cómo se amplían tus conocimientos y cómo, por lo tanto, tu capacidad de comprensión de los fenómenos naturales.




(Los Farrucos estarán un par de semanas bailando en el Tablao Cordobés de La Rambla. Pásense por allá a la mínima oportunidad que tengan porque, encima, Cristina y compañía, les tratarán como a reyes).

dijous, 3 de febrer del 2011

Ostras con los críos. Ves una foto de uno que ya no lo es tanto y es como ver una foto del tiempo que ha pasado, todo ahí, de golpe. Y me da por pensar que lo que para nosotros era el todo cuando ese crío acababa de nacer, ya no lo es: se ha convertido en un peldañito más que teníamos que subir y que ahora veo que lo hemos subido y que hemos subido unos cuantos más después. Nuestro todo de entonces se quedó ahí, cuando el crío aún estaba enganchado a la teta. Era un todo en pañales que se cagaba encima, y lo único que me sale ahora es mirarlo con cariño.

Y ahora, viendo la foto del hijo de Farshid, resulta que estoy orgullosa de nosotros, así, tan torpes y tan de darnos cabezazos contra la pared.

Somos los mejores.

dimecres, 2 de febrer del 2011

Desde que voy pillada de tiempo, he tenido que hacer limpieza en mi lista de blogs y webs de consulta diaria y me acabo de dar cuenta de que he eliminado las visitas a unos cuantos sitios regidos por gente siniestra. Siniestra para mí: por la elevada siniestralidad que me provocaban en el ánimo, más que nada lo digo, o sea vuelvo a hablar desde la más pura subjetividad. Toda esta gente, puede que sean las más bellas personas sobre la faz de la tierra, pero mira por dónde a mí me agriaban la leche del café cada mañana. El caso es que volvía y volvía a ellos, así como para matar el rato y tener discusiones mentales conmigo misma, incluso con ellos mismos, que se evaporaban inmediatamente después de pasar por la ducha. (Nota mental: reflexionar sobre la ducha como sitio en el que recuperar el equilibrio emocional: empezar por ejemplo preguntándome si no me ha contagiado un poco esto la prota de "Primavera, estiu, etcètera", de Marta Rojals).

Pero no crean que con esto he acabado con las discusiones mentales mías: ahora me discuto por qué me empeñaba en visitar aquellos sitios si tan perniciosos eran para mi personita. Y no lo sé. No llego a ninguna conclusión, la verdad. Además, no tengo tiempo para esto tampoco. Voy a darme una ducha.
Escribir, ¿para qué?
Bueno, tampoco creo que las urracas sepan para qué recogen cosas brillantes.

(Hostia, esta respuesta es muy buena para muchas preguntas)

dimarts, 1 de febrer del 2011

(De la gente que te entra así como a contrapelo)
(... que la hay)


No puedo con la gente expansiva. No puedo. Me comen el terreno, me ofenden los oídos (suelen hablar a un volumen tirando a estridente), me ocupan el espacio vital. Y además, tengo todo el rato la sensación de que lo hacen con toda la intención. Que notan que yo retrocedo y les miro de reojo y enseño un poco los colmillos al verlos entrar en mi radio de acción. Y que eso los envalentona.

Me dan mucha rabia y soy capaz de cerrar la boca y pasarme callada (¡yo, callada!) el tiempo delimitado por su entrada y salida en escena, pensando gilipollez, gilipollez, gilipollez, a cada frase que sueltan.

Me pasa tanto de manera presencial como no presencial: hoy mismo, en lo que va de día (y va muy poco de día), le he enseñado los colmillos en dos ocasiones al monitor del ordenador: una leyendo una entrevista en un diario y otra, leyendo unos cuantos comentarios sueltos en Facebook.

No puedo con ellos. Me provocan una necesidad irracional de salir corriendo, soltando bufidos por aquí y por allá, hacia la ducha más cercana. Arg.

dilluns, 31 de gener del 2011

Así como medio trastocada por culpa de un gatito que el sábado me encontré en el portal. Suerte que no lo tengo en casa -está en casa de Jaume- y que no he sucumbido a la tentación de inventarle un nombre -Jaume lo ha hecho (Tomeu) y se ha creído el milagro de haber superado, de la noche a la mañana, una alergia que él sabe que no se va, que ayer se despertó llorando-.

Yo sé que en el fondo lo mío es sólo nostalgia: el gatito en cuestión es igualito igualito que el Koldo de pequeñín, un poco más grande que cuando lo encontramos. Por suerte no tiene un ojo infectado ni una vértebra (¿son aún vértebras las de la cola?) fuera de sitio. Tampoco tiene el miedo atroz que tenía y aún tiene el Koldo al género humano en general. De hecho, estas tres cosas son las que le he contado al veterinario: "No tiene infecciones en el ojo ni huesos fuera de sitio ni miedo", y me he dado cuenta de que se lo contaba señalando al gatito con mediodesprecio. Pura fachada: todo el mundo sabe que me lo quedaría, que me pasaría el día haciéndole carantoñas y que le pondría de nombre Kurtz (coronel), por seguir con la K de Koldo y Kika y por haber coincidido su aparición con la mía en la editorial Navona (con el gran Conrad en el catálogo). Pero no.

Adóptenlo, por favor, o llévense a Jaume a Lourdes a ver si se cura de verdad y me puedo quedar con el coronel (al que disimuladamente llamaré Tomeu) aunque sólo sea como vecino de escalera.