La prueba de que algo de razón tiene Cataluña cuando alega motivos de expolio en su proceso independentista es que la acusan de insolidaria cuando hace amago de marcharse: no se le acusa de insolidario a alguien que alega el hecho de ser una carga como motivo para quitarse de enmedio, al revés: cuando el abuelo se siente una carga y casi que fantasea con la idea de morirse para no seguir molestando, lo que da es mucha pena, se le intenta quitar la idea de la cabeza y todo el mundo se pone a pensar en lo bueno que es el abuelo y en qué han hecho ellos mal.
Me acaban de impeler en los comentarios a la entrada anterior a que, en vez de pensar en separarme, piense en unirme, que lo haga por los trabajadores de los astilleros de Rota, por ejemplo. ¿No se dan cuenta de que de eso es precisamente de lo que hablamos cuando hablamos de expolio? Entrando en su juego, podría hacerles la lista de trabajadores en los que nadie ha pensado: los del mueble de las Terres de l'Ebre o los de los del campo de Lleida, sería caer en su trampa, claro está, porque está claro que esto del reparto de las ayudas y de la riqueza, igual que no ha funcionado en España con Cataluña dentro, está por ver si funcionaría en Cataluña con España fuera, que me temo que tampoco; es lo que venía a decir cuando hablaba de políticos chorizos en la entrada anterior, y ya que me mencionan también lo del 15M, les diré que creo que, en el caso de conseguirla, la independencia, seguramente después hará falta currarse un 15M también aquí, a ver si a base de insistir, la cosa acaba cuajando un poco más.
Estaba dando otros motivos, pero los motivos -anticuados- de siempre no hay manera de quitárselos de encima. Es como pasar la pantalla de la Game Boy y que el cacharro se empeñe en recargarte siempre la pantalla anterior.
Me han acabado, en los comentarios (y hay un emoticono para la cara que se me ha quedado cuando he leído esto), llamando manipuladora por escribir en castellano. Está claro que algunos no quieren ampliar la argumentación; o no conviene o la mente no está preparada para hacerlo porque, cuidado, se abriría un campo de discusión en el que las partes estarían más igualadas; en el que no estaría tan claro quién es el bueno y quién es el malo aquí.
dilluns, 7 d’octubre del 2013
dimecres, 2 d’octubre del 2013
Igual que mis padres fueron niños navarros de la posguerra, yo fui una niña navarra del postfranquismo. Me crié en Peralta, un pueblo de, entonces, 5.000 habitantes, en la Ribera. Ayer estuve tomando unas cervezas con un tío de mi edad que creció en el pueblo de al lado. A ratos, lo escuchaba hablar -me hizo un discurso super convencido sobre por qué nunca, jamás, viviría en una ciudad- y era como si me estuviera hablando en japonés; yo reconocía los lugares comunes, reconocía incluso el sentimiento de felicidad del que hablaba cuando hablaba de entrar en un bar y que te conociera todo el mundo; reconocía también la sensación aquella de pensar que todo el mundo hablaba de ti al salirte de lo habitual y la norma de supervivencia número uno en un pueblo: aún sabiendo que hablan de ti, tú a lo tuyo. A quien no me reconocía era a mí, viviendo en un pueblo.
Luego nos fuimos a vivir a Pamplona. Me metieron en un cole público primero y en un cole privado de curas después. Mis padres son de misa semanal; yo también lo fui con ellos. Hice la comunión, la confirmación, retiros espirituales en Semana Santa y campamentos con oración por las mañanas en verano en los que subíamos a la montaña. No me reconozco ni en Pamplona ni en misa ni comulgando ni haciendo via crucis ni mucho menos subiendo a ninguna montaña.
De adolescente me enviaron a estudiar a un pueblo de Minnesota. No me reconozco haciendo esquí acuático en primavera ni esquí de fondo en invierno ni votando demócrata ni republicano. El inglés no me parece un idioma especialmente bonito y nunca he mostrado una especial tendencia a preocuparme por si se me congela la cosecha ni por si los Vikings se clasifican o no para las finales de la Superbowl.
Estudié periodismo en la Universidad de Navarra. No me siento sucia por llevar faldas cortas ni pienso que mi misión en este mundo sea tener hijos ni amar a Dios. Cogía prestado "Camino" de la biblioteca para leerlo en voz alta con mis amigos y partirnos la caja/escandalizarnos a partes iguales. Vi "Camino", la de Fresser, y me pareció buenísima y necesaria precisamente para quien nunca la vería. No voy a las reuniones de antiguos alumnos que monta el IESE. Tampoco rajo demasiado de la universidad; recuerdo aquellos años precisamente como ultrafelices.
Me vine a Barcelona a los 27? 28? No me acuerdo.
No frecuenté a independentistas. Viví en un piso compartido con Adela, de Figueres, Antonio y Óscar, de Barcelona; hablábamos en castellano. Yo trabajaba en la Guía del ocio, allí escribía y hablaba en castellano también. Poco después me fui a otro piso, allí me hablaban en catalán porque yo les insistí en que lo hicieran, para aprender, y ellos (gracias) tuvieron la santa paciencia de echarme una mano. Ahora, trabajo en Barcelona en una editorial en la que publicamos libros en castellano. Distribuímos en Madrid y en Sudamérica y, un día, hace poco, escribí un mail en catalán a los distribuidores sin darme cuenta de que entre ellos estaba la de Madrid. Mi jefe, con quien hablo siempre en catalán, vino a mi despacho y me dijo que siempre que hubiera alguien de Madrid entre los destinatarios, hiciera el favor de fijarme y escribir en castellano. Pienso que tenía razón.
No estoy metida en asociaciones, ni en colectivos, ni en protopartidos, ni en partidos favorables a la causa catalana. No participé en la Vía catalana. No soporto los artículos del Ara ni los de La Vanguardia. El rock catalá me parece horroroso, Dyango también. ERC me parece una cosa trasnochadísima. CiU me parece la derechona más carca. Y unos chorizos. Me parece que la gente que dice que el paro bajará si Cataluña se independiza simplemente ha hecho una resta de porcentajes.
Si hay un referendum -que creo que lo tiene que haber- voy a votar sí.
Pero no me digan que estoy condicionada. Ni por unos ni por otros.
Por Vargas Llosa, en cambio, por Almudena Grandes, por Elvira Lindo, por Muñoz Molina, por Rafael Reig... por todos esos no voy a decir que haya sido condicionada pero sí que diré que me han dado el último empujoncito hacia el convencimiento. Y Bauzà también, un poco. Y los del ataque a Blanquerna. Y la alcaldesa de Quijorna. Y el suegro de Gallardón. Porque todos estos, podrían haberse preocupado por estar más o menos informados, igual que me he preocupado yo. Con más motivo deberían haberse informado ellos, que cobran para eso o actúan basándose en informaciones que les llegan.
¿Qué quieren? Mi sentido de la responsabilidad crece conforme el suyo desaparece, si es que alguna vez estuvo ahí en alguna parte.
Ahí tienen mis últimos motivos, no mi condicionamiento.
He empezado a escribir una entrada sobre esta noticia que ha aparecido hoy en El Periódico, en la que se cuenta que en Planeta el responsable de prensa de cada sello editorial va a dejar de depender directamente del editor para pasar a depender del director de marketing.
He parado de escribirla cuando llevaba unas diez líneas porque tenía la sensación de que estaba diciendo todo el rato obviedades sobre el libro como producto y el escritor como promocionador de éste o, directamente, como producto también. O como marca. O como cualquier cosa menos como escritor, igual que el libro como cualquier cosa menos como literatura, vaya. Y he decidido tirar por la directa y explicar que no es esta que Planeta dice que van a hacer ahora una decisión tomada de la noche a la mañana; que al libro ya se le venía tratando desde hace tiempo como producto de marketing y que en muchos casos la figura del editor ya pendía del hilo de las ventas más que del de la calidad literaria, pero vaya, que por lo menos seguía existiendo esta figura y haciendo como que cortaba y pinchaba aunque sólo fuera un poco.
Se me ha ocurrido que en vez de explicarles todo esto, podría presentarles a algunos de estos jefes de marketing que a partir de ya, oficialmente, van a ser quienes decidan qué van a leer ustedes. Está por ejemplo ésta, que tras vender cosas en Myrurgia, en el grupo Planeta en general y en Seix Barral en particular, ahora decide qué leen sus hijos; o ésta, que antes les decía qué grabadora Panasonic comprar y ahora les va a decir qué libros de Planeta poner en sus estanterías; o esta otra, mi preferida, que tras decirles qué chocolates comer y qué leches beber, les ha dicho durante una temporada qué revistas de RBA leer mientras les coge el tinte en la pelu y ahora les está indicando en qué materias primas agrarias, animales vivos y/o materias textiles gastarse los duros.
Son gente muy preparada; todos tienen sus másters, así que no se corten, háganles caso, que igual hay suerte y resulta que alguno de ellos encima tiene criterio literario. O eso, o apuesten por las editoriales pequeñas, que no saben nada de vender cremas ni animales ni chocolates ni radiocasetes, que a lo peor no saben ni de vender libros, pero que de literatura y de escritores saben un mogollón.
He parado de escribirla cuando llevaba unas diez líneas porque tenía la sensación de que estaba diciendo todo el rato obviedades sobre el libro como producto y el escritor como promocionador de éste o, directamente, como producto también. O como marca. O como cualquier cosa menos como escritor, igual que el libro como cualquier cosa menos como literatura, vaya. Y he decidido tirar por la directa y explicar que no es esta que Planeta dice que van a hacer ahora una decisión tomada de la noche a la mañana; que al libro ya se le venía tratando desde hace tiempo como producto de marketing y que en muchos casos la figura del editor ya pendía del hilo de las ventas más que del de la calidad literaria, pero vaya, que por lo menos seguía existiendo esta figura y haciendo como que cortaba y pinchaba aunque sólo fuera un poco.
Se me ha ocurrido que en vez de explicarles todo esto, podría presentarles a algunos de estos jefes de marketing que a partir de ya, oficialmente, van a ser quienes decidan qué van a leer ustedes. Está por ejemplo ésta, que tras vender cosas en Myrurgia, en el grupo Planeta en general y en Seix Barral en particular, ahora decide qué leen sus hijos; o ésta, que antes les decía qué grabadora Panasonic comprar y ahora les va a decir qué libros de Planeta poner en sus estanterías; o esta otra, mi preferida, que tras decirles qué chocolates comer y qué leches beber, les ha dicho durante una temporada qué revistas de RBA leer mientras les coge el tinte en la pelu y ahora les está indicando en qué materias primas agrarias, animales vivos y/o materias textiles gastarse los duros.
Son gente muy preparada; todos tienen sus másters, así que no se corten, háganles caso, que igual hay suerte y resulta que alguno de ellos encima tiene criterio literario. O eso, o apuesten por las editoriales pequeñas, que no saben nada de vender cremas ni animales ni chocolates ni radiocasetes, que a lo peor no saben ni de vender libros, pero que de literatura y de escritores saben un mogollón.
dilluns, 30 de setembre del 2013
Esta mañana, niños queridos, hay algo nuevo en el aula; hay algo nuevo que vosotros podéis ver. Me refiero a esos dos señores que hay ahí al fondo. Y hay algo nuevo que vosotros no podéis ver todavía, porque sois muy pequeños, pero que yo os voy a enseñar a ver o, por lo menos, lo voy a intentar porque ésa es mi obligación; quizás mi única obligación. Hoy hay en esta clase una falta absoluta de libertad. Esos dos señores, que no son niños, que no son yo mismo, y a quienes he intentado impedir que entren en el aula, se han colado aquí y, lo que es mucho más grave aún, me han exigido que os haga un examen para que ellos puedan calibrar cuál es el estado actual de vuestros conocimientos, y, después de todo esto, os diré que pretenden, ¡ja, reíros conmigo, oh, niños! que la suya es una ocupación pacífica del pueblo. ¿¡¿Qué mayor violencia que la que se ejerce contra el espíritu?!?
Examen. Tomad nota de las preguntas:
- El inglés, su importancia geográfica.
- ¿Es verdad el inglés?
- Historia del inglés.
- El inglés en la actualidad.
- El inglés de los americanos.
- ¿Cómo hay que tocar el inglés?
- El ruido del inglés.
- El inglés más famoso.
- El inglés y la literatura.
- Un kilo de inglés.
- El inglés de los niños.
- El inglés y la cabeza; relación si la hubiera.
- El inglés en andalucía. Y el clavel.
- Teoría general del Estado y el inglés.
- El inglés negro.
- ¿Hay un inglés o hay muchos ingleses?
- El inglés de los actores.
- El inglés y Dios.
- No ha nacido todavía el inglés que me domine.
- El inglés descabalado. Su porqué.
- El inglés puto.
- Dibujo a mano del inglés.
- ¿Es carne el inglés?
- El jaque al inglés.
- ¿Satisface hoy en día un inglés?
- ¿Qué inglés?
(vídeo original, aquí)
Examen. Tomad nota de las preguntas:
- El inglés, su importancia geográfica.
- ¿Es verdad el inglés?
- Historia del inglés.
- El inglés en la actualidad.
- El inglés de los americanos.
- ¿Cómo hay que tocar el inglés?
- El ruido del inglés.
- El inglés más famoso.
- El inglés y la literatura.
- Un kilo de inglés.
- El inglés de los niños.
- El inglés y la cabeza; relación si la hubiera.
- El inglés en andalucía. Y el clavel.
- Teoría general del Estado y el inglés.
- El inglés negro.
- ¿Hay un inglés o hay muchos ingleses?
- El inglés de los actores.
- El inglés y Dios.
- No ha nacido todavía el inglés que me domine.
- El inglés descabalado. Su porqué.
- El inglés puto.
- Dibujo a mano del inglés.
- ¿Es carne el inglés?
- El jaque al inglés.
- ¿Satisface hoy en día un inglés?
- ¿Qué inglés?
(vídeo original, aquí)
Gracis, profes; gracis, Mallorca.
diumenge, 29 de setembre del 2013
El cuento del culturista catalán que han tenido a bien publicarme los del Clift Fanzine en su número 6 (éste) va justamente de esto que dice aquí Jorge Bustos, bueno, de eso que dijo sobre el kitsch Milan Kundera en "La insoportable levedad del ser" y que ahora, en su artículo, Bustos cita tan extensamente.
Dice Kundera: Cuando digo totalitario quiero decir que todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio)...”. Sí, sí y sí. Y ese es precisamente el problema de Dempeus, el prota del cuento, culturista que quiere poner sus músculos al servicio de la independencia pero que se encuentra con que lo suyo no puede encajar, por individualista, en una corriente que ahora es colectiva.
Falla Bustos sin embargo al aplicar al caso catalán algunas de sus conclusiones derivadas de la definición de Kundera. Falla con ésta, por ejemplo: El kitsch catalán es un biombo que oculta la ruina. Y con esta otra: Es un precinto que aísla de la mierda a los soñadores. Un festivo certamen de castellets erigidos sobre el agujero de un donut, sobre la nada decimonónica y sentimental. Y falla Bustos porque no ha entendido qué hay en este caso detrás de tanto kitsch: no es que el kitsch sea el biombo, es que el kitsch es la propia ruina; si hubiera leído a Valero Sanmartí o a Antonio Baños, esto, Bustos lo sabría, como también sabría que gran parte la mayoría silenciosa que el PP ha entendido tan mal está formada por gente que renegando y no habiendo querido participar en vías, manifestaciones que parecen cabalgatas de reyes ni habiéndose planteado nunca, jamás, ni arrimarse a los castells -no castellets- a hacer piña, votará SÍ, si la pregunta finalmente es de sí o no, en el próximo referéndum sobre la independencia.
Supongo que es este párrafo de Kundera el que probablemente haya despistado a Bustos: Nadie lo sabe mejor que los políticos. Cuando hay una cámara fotográfica cerca, corren enseguida hacia el niño más próximo para levantarlo y besarle la mejilla, que como afirmación es impecablemente cierta pero que no es aplicable al caso catalán: nunca un político había rehuído tanto lo kitsch como lo ha venido haciendo Mas en los últimos meses: ni participó en la manifestación del 11S de 2012 ni en la vía catalana; ni él ni el partido, y no me digan que ambas ocasiones no las pintaban calvas para hacerse fotos hasta con el apuntador.
Al final del cuento, Dempeus, el culturista catalán pierde la ilusión por participar de lo kitsch, de lo colectivo, decide sin embargo seguir trabajando en lo del culturismo y en lo de lo catalán; es parte de la mayoría silenciosa Dempeus, pero no de la que se piensan allá en Madrid, sino de la que llena el agujero del donut que, según Bustos, está tan vacío; de la que no se hace fotos, la que no se pinta la cara, la que acabará por salir y demostrará que es precisamente lo kitsch la ruina que no está dejando ver bien la verdad más profunda que hay detrás.
Dice Kundera: Cuando digo totalitario quiero decir que todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio)...”. Sí, sí y sí. Y ese es precisamente el problema de Dempeus, el prota del cuento, culturista que quiere poner sus músculos al servicio de la independencia pero que se encuentra con que lo suyo no puede encajar, por individualista, en una corriente que ahora es colectiva.
Falla Bustos sin embargo al aplicar al caso catalán algunas de sus conclusiones derivadas de la definición de Kundera. Falla con ésta, por ejemplo: El kitsch catalán es un biombo que oculta la ruina. Y con esta otra: Es un precinto que aísla de la mierda a los soñadores. Un festivo certamen de castellets erigidos sobre el agujero de un donut, sobre la nada decimonónica y sentimental. Y falla Bustos porque no ha entendido qué hay en este caso detrás de tanto kitsch: no es que el kitsch sea el biombo, es que el kitsch es la propia ruina; si hubiera leído a Valero Sanmartí o a Antonio Baños, esto, Bustos lo sabría, como también sabría que gran parte la mayoría silenciosa que el PP ha entendido tan mal está formada por gente que renegando y no habiendo querido participar en vías, manifestaciones que parecen cabalgatas de reyes ni habiéndose planteado nunca, jamás, ni arrimarse a los castells -no castellets- a hacer piña, votará SÍ, si la pregunta finalmente es de sí o no, en el próximo referéndum sobre la independencia.
Supongo que es este párrafo de Kundera el que probablemente haya despistado a Bustos: Nadie lo sabe mejor que los políticos. Cuando hay una cámara fotográfica cerca, corren enseguida hacia el niño más próximo para levantarlo y besarle la mejilla, que como afirmación es impecablemente cierta pero que no es aplicable al caso catalán: nunca un político había rehuído tanto lo kitsch como lo ha venido haciendo Mas en los últimos meses: ni participó en la manifestación del 11S de 2012 ni en la vía catalana; ni él ni el partido, y no me digan que ambas ocasiones no las pintaban calvas para hacerse fotos hasta con el apuntador.
Al final del cuento, Dempeus, el culturista catalán pierde la ilusión por participar de lo kitsch, de lo colectivo, decide sin embargo seguir trabajando en lo del culturismo y en lo de lo catalán; es parte de la mayoría silenciosa Dempeus, pero no de la que se piensan allá en Madrid, sino de la que llena el agujero del donut que, según Bustos, está tan vacío; de la que no se hace fotos, la que no se pinta la cara, la que acabará por salir y demostrará que es precisamente lo kitsch la ruina que no está dejando ver bien la verdad más profunda que hay detrás.
dimarts, 24 de setembre del 2013
A los 13 años, servidora se reveló como negada para los números mediante un, en casa, sonorísimo cate en matemáticas. Mis padres me apuntaron a clases particulares con un profe vecino, un señor de unos cincuenta años que tenía el despacho en el que me daba la lección lleno de estanterías de libros del suelo al techo. El profe, viéndome incapaz de centrarme en la ecuación de segundo grado que tenía delante por quedarme mirando embobada los lomos de los libros que nos rodeaban, un día, señalándome los numericos del papel, me dijo: 'céntrate, resolvemos esto primero y si lo conseguimos, -señalando entonces los libros de la pared- te regalo uno'.
Me regaló "La ciudad y los perros" de Vargas Llosa y me dijo que, si me gustaba, podría coger todos los que quisiera. A partir de entonces, cada día, al final de la clase, me quedaba un rato a mirar los libros y a hablar con él de lo que había leído.
Al César lo que es del César: El profe de mates y Vargas Llosa fueron importantísimos, más de lo que me pensaba en aquel momento, para todo lo que ha venido después.
Me regaló "La ciudad y los perros" de Vargas Llosa y me dijo que, si me gustaba, podría coger todos los que quisiera. A partir de entonces, cada día, al final de la clase, me quedaba un rato a mirar los libros y a hablar con él de lo que había leído.
Al César lo que es del César: El profe de mates y Vargas Llosa fueron importantísimos, más de lo que me pensaba en aquel momento, para todo lo que ha venido después.
dilluns, 23 de setembre del 2013
Hace unos días colgaba este texto sacado de 'Incerta Glòria' aquí, en referencia la peli aquella de zombies que han hecho sobre la II Guerra Mundial:
Tothom contra els dolents; tothom, sempre, a tot arreu, a favor dels bons. ¡Quina monotonia, Déu meu! ¿És que no hi ha ningú amb una mica d'imaginació en aquest planeta? Però el que tenen de pitjor les guerres és que després se'n fan novel·les; pel que respecta a aquesta (que t'ho asseguro, és una guerra de merda com tantes), se'n faran unes novel·les particularment idiotes, d'un rosa i d'un verd molt pujats...
Pues me equivoqué un poco entonces: me creí muy lista haciendo la traslación 'donde Sales dice novela, ahora se tiene que decir película', ya saben, porque ha pasado el tiempo y tal; ¡como si cuando Sales no hubiera ya películas! Me quedé corta avanzando, cortísima, la cosa es mucho peor. Ha pasado el tiempo, sí, y lo que ha sobrevenido a Sales no ha sido el cine, que ya estaba, ha sido la inmediatez, la prisa, la generalización del acceso a los contenidos y, por tanto, su banalización: el artículo de urgencia, el 'algo tengo que decir sobre esto de lo que ahora se habla tanto', y así, claro, uno se acaba encontrando con columnas como los que hemos leído estos días: sensibleras, imprecisas, tendenciosas, manipuladoras, hasta cargadas de la jeta infinita que hace falta para decir sin despeinarse 'de esto no entiendo nada, pero voy a opinar'.
Lo de los columnistas se está revelando como timo, como inflación. Es timar al nobel de literatura ofrecerle un espacio semanal en un diario de actualidad; es decirle que confías en él para hacer precisamente todo lo contrario a lo que sabe hacer, a la reflexión pausada, a disponer del tiempo de documentarse, de dejar que lo escrito haga chupchup. Es convertir su trabajo en cantidad, no en calidad; en rutina fastidiosa de aquellas que te exigen pensar antes en qué quieren oír que en lo que quieres decir. Firmar para un diario de los de hoy lleva implícita una carga elevadísima de autocensura; tan implícita, tan esencial, que a la que llevas un tiempo te descubres loando al escritor de la columna de al lado, saliendo en su defensa sin tener tiempo de fijarte siquiera en los recursos cutresalchicheros que éste, timado también a base de renombre, a base de dinero, acostumbra a utilizar. Y que un Nobel acepte estas condiciones laborales supone que el Nobel nos está timando también; se está incluso timando a sí mismo.
Es inflación. Dar de leer algo, cualquier cosa, firmado por un premio Nobel no quiere decir que ese algo sea digno de premio Nobel también. Pensar que cualquier artículo de Vargas Llosa es una filigrana literaria, el colmo de la sabiduría y de la pureza del pensamiento universal, sería como pensar que el saltito que da la gimnasta olímpica todos los días al bajar el último peldaño de la escalera de su casa es merecedor de una medalla de oro también. Pero nos lo venden así, lo del Nobel, y lo cree así el Nobel también; y ahí está la inflación consciente, que es falta de respeto, claro: sabiéndose respetado por la gente que lo lee, el Nobel decide ignorarlo o acomodarse en ello y hacer tu trabajo con el mínimo esfuerzo; lanzar opiniones como si fueran verdades, porque sabes que se las van a tomar como tal, sin interesarse por los resultados de las últimas elecciones ni por la historia de Cataluña de los últimos cuarenta años, sobre la cual, encima, vas a hablar.
Estas últimas entradas del First Swimming Lesson están jugadas en el terreno de la independencia, sí, van de eso: es una cosa que me preocupa y que creo que estoy teniendo muchísima suerte pudiendo vivirla in situ; pero van también de la degradación de la profesión; de los articles de merda que s'estan fent; de la dejadez, de la vagancia, de la vacía manera de pontificar que tienen algunos; de cómo se creen que son ellos quienes van escribiendo la opinión, quienes van inventándosela e, inventándosela, se creen también que pueden inventarse la historia: la que ha pasado y la que vendrá.
Ya lo dije el otro día en un twitt: tenemos una cancha de tenis de lujo -la independencia- y estamos dejando que se nos metan a jugar tenistas vagos y descuidados. Y no: eso no se puede permitir.
Tothom contra els dolents; tothom, sempre, a tot arreu, a favor dels bons. ¡Quina monotonia, Déu meu! ¿És que no hi ha ningú amb una mica d'imaginació en aquest planeta? Però el que tenen de pitjor les guerres és que després se'n fan novel·les; pel que respecta a aquesta (que t'ho asseguro, és una guerra de merda com tantes), se'n faran unes novel·les particularment idiotes, d'un rosa i d'un verd molt pujats...
Pues me equivoqué un poco entonces: me creí muy lista haciendo la traslación 'donde Sales dice novela, ahora se tiene que decir película', ya saben, porque ha pasado el tiempo y tal; ¡como si cuando Sales no hubiera ya películas! Me quedé corta avanzando, cortísima, la cosa es mucho peor. Ha pasado el tiempo, sí, y lo que ha sobrevenido a Sales no ha sido el cine, que ya estaba, ha sido la inmediatez, la prisa, la generalización del acceso a los contenidos y, por tanto, su banalización: el artículo de urgencia, el 'algo tengo que decir sobre esto de lo que ahora se habla tanto', y así, claro, uno se acaba encontrando con columnas como los que hemos leído estos días: sensibleras, imprecisas, tendenciosas, manipuladoras, hasta cargadas de la jeta infinita que hace falta para decir sin despeinarse 'de esto no entiendo nada, pero voy a opinar'.
Lo de los columnistas se está revelando como timo, como inflación. Es timar al nobel de literatura ofrecerle un espacio semanal en un diario de actualidad; es decirle que confías en él para hacer precisamente todo lo contrario a lo que sabe hacer, a la reflexión pausada, a disponer del tiempo de documentarse, de dejar que lo escrito haga chupchup. Es convertir su trabajo en cantidad, no en calidad; en rutina fastidiosa de aquellas que te exigen pensar antes en qué quieren oír que en lo que quieres decir. Firmar para un diario de los de hoy lleva implícita una carga elevadísima de autocensura; tan implícita, tan esencial, que a la que llevas un tiempo te descubres loando al escritor de la columna de al lado, saliendo en su defensa sin tener tiempo de fijarte siquiera en los recursos cutresalchicheros que éste, timado también a base de renombre, a base de dinero, acostumbra a utilizar. Y que un Nobel acepte estas condiciones laborales supone que el Nobel nos está timando también; se está incluso timando a sí mismo.
Es inflación. Dar de leer algo, cualquier cosa, firmado por un premio Nobel no quiere decir que ese algo sea digno de premio Nobel también. Pensar que cualquier artículo de Vargas Llosa es una filigrana literaria, el colmo de la sabiduría y de la pureza del pensamiento universal, sería como pensar que el saltito que da la gimnasta olímpica todos los días al bajar el último peldaño de la escalera de su casa es merecedor de una medalla de oro también. Pero nos lo venden así, lo del Nobel, y lo cree así el Nobel también; y ahí está la inflación consciente, que es falta de respeto, claro: sabiéndose respetado por la gente que lo lee, el Nobel decide ignorarlo o acomodarse en ello y hacer tu trabajo con el mínimo esfuerzo; lanzar opiniones como si fueran verdades, porque sabes que se las van a tomar como tal, sin interesarse por los resultados de las últimas elecciones ni por la historia de Cataluña de los últimos cuarenta años, sobre la cual, encima, vas a hablar.
Estas últimas entradas del First Swimming Lesson están jugadas en el terreno de la independencia, sí, van de eso: es una cosa que me preocupa y que creo que estoy teniendo muchísima suerte pudiendo vivirla in situ; pero van también de la degradación de la profesión; de los articles de merda que s'estan fent; de la dejadez, de la vagancia, de la vacía manera de pontificar que tienen algunos; de cómo se creen que son ellos quienes van escribiendo la opinión, quienes van inventándosela e, inventándosela, se creen también que pueden inventarse la historia: la que ha pasado y la que vendrá.
Ya lo dije el otro día en un twitt: tenemos una cancha de tenis de lujo -la independencia- y estamos dejando que se nos metan a jugar tenistas vagos y descuidados. Y no: eso no se puede permitir.
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