Carles Miró ya explicó en su blog en marzo porqué se ha desaparecido de las redes sociales. Hoy Núvol recupera la entrada. Hace un rato, yo la iba leyendo de nuevo e iba pensando exactamente lo mismo que pensé entonces, hace tres meses y pico: ¿hace falta explicación? Yo creo que no.
Hay actos a los que, dándoles vueltas a posteriori, lo único que hacemos es añadirles una colección de excusas que luego nos acabamos tragando como teorías sociales; teorías falsas elaboradas sobre la marcha y de gran nivel autocomplaciente. Además, todo el mundo sabe que, si bien para la teoría no, para la excusa lo mismo nos vale un arre que un so. Que si Miró ahora dijera que lo dejó porque le dedicaba demasiado tiempo nos dejaría igual que si dijera que lo dejó porque no le dedicaba nada de tiempo. La cuestión es que Carles Miró lo dejó, igual que lo cogió en su momento, porque le daba la gana.
Hace unos años nos inventamos las redes sociales y las hemos acabado convirtiendo en redes de arrastre: entras, te enredas y llega un momento en que parece que o sacas la navaja y destrozas un poco el invento o no vas a poder salir de allí jamás. Una red funciona mejor o peor dependiendo de su tupidez y todos sabemos con qué rima eso.
Los amigos -virtuales o no- hacen cojín, sí, pero los cojines, depende del lado de la cabeza que se pongan, también ahogan. Y es responsabilidad del amigo -o del conocido o del saludado (virtual o no)-, es responsabilidad de la persona, al final, reconocerse en esa dualidad de ser ahogo o de ser reposo. También es responsabilidad de la persona indicarle al amigo si está siendo ahogo o está siendo reposo, igual que es obligación del amigo no tener que obligarle a decirlo.
Miró se ha ido, ya volverá o no. O ya nos encontraremos por ahí, que aquí no hay contrato de por medio, ¿verdad que no nos hicieron firmar nada para entrar? Pues no vamos a ir a hora a pedir cartas de renuncia.
See you soon, Miró!
dilluns, 8 de juliol del 2013
dimarts, 2 de juliol del 2013
diumenge, 30 de juny del 2013
Lo que pasa con Amour, de Haneke, es que cuenta cosas que yo pensaba que eran imposibles de explicar.
Cómo cambiar el pañal sin sacar a la persona de la cama, cómo obligarle a abrir la boca para comer, cómo levantarla de la silla, bañarla... Todo eso, nada; es incluso aprendible; es sólo técnica.
Cómo hablar con ella sabiendo que no te entiende, cómo cantar juntos, riendo sin parar, canciones tontas, cómo aguantarte las ganas de darle un sopapo y sobre todo aprender a no pensar que eres la peor persona del mundo cada vez que las ganas de darle un sopapo te vengan a la cabeza, o como aprender a dormirte mientras oyes sus grititos recurrentes en la habitación de al lado, eso es lo que yo no he sido capaz de explicar nunca y por tanto, yo soy así, pensaba que era rotundamente inexplicable.
Y Haneke lo explica.
Es una obra maestra.
Cómo cambiar el pañal sin sacar a la persona de la cama, cómo obligarle a abrir la boca para comer, cómo levantarla de la silla, bañarla... Todo eso, nada; es incluso aprendible; es sólo técnica.
Cómo hablar con ella sabiendo que no te entiende, cómo cantar juntos, riendo sin parar, canciones tontas, cómo aguantarte las ganas de darle un sopapo y sobre todo aprender a no pensar que eres la peor persona del mundo cada vez que las ganas de darle un sopapo te vengan a la cabeza, o como aprender a dormirte mientras oyes sus grititos recurrentes en la habitación de al lado, eso es lo que yo no he sido capaz de explicar nunca y por tanto, yo soy así, pensaba que era rotundamente inexplicable.
Y Haneke lo explica.
Es una obra maestra.
diumenge, 23 de juny del 2013
Ayer, huyendo -yo, al menos, lo hacía- nos fuimos hasta el Empordà. La cosa fue así: hace unos días Xavi dijo 'el sábado toco allá', 'voy contigo' dije yo sin dejarle acabar la frase. Llevaba una semana de estrenar aire acondicionado en el trabajo. A mí, que me soplen, me repatea, sobre todo si es una máquina que encima sopla frío: dolor de cabeza todas las tardes y pocas ganas de cenar. Súmenle las noches de terraza recién estrenada delante de casa y petardos ocasionales, de los que convierten las noches en sucesión de primeras cabezadas. 'Así que me voy contigo, Xavi', le dije. Y quedamos al mediodía para llegar allí a comer a las cuatro, que es la hora del plato combinado de costa en el restaurante El Català, el único que, con camarera china, no está ya descongelando el sofrito de la paella de las cenas a media tarde de los franceses; el único que sabe que, si vienes de Barcelona y has salido a la hora del vermú, lo que toca todavía es comer.
Comimos, nos fuimos a la playa y, con Teresa, que también se había apuntado, dormida al lado y el escenario del día de la música a cincuenta metros, estuve un rato con la piel de gallina y la argamasa de sal y bronceador en brazos y piernas en plena coagulación, intentando leer. No pude. Se me colaba todo el rato el estribillo 'mañana, cuando despierte, ya no estarás aquí' de la canción del cantautor de veinte añitos que en ese momento probaba sonido. El estribillo suyo y el pensamiento mío 'y este niño, qué sabrá de estar o no por las mañanas que no sean películas aún'. Y pensé que estaba llamando a la mala suerte el cantautor; que estaba llamando a la mañana en que ella no estuviera cuando él despertara para poder entonces revolcarse en el pírrico consuelo de que él, todo eso, ya lo había cantado; de que la letra de sus canciones tenía razón.
Tocó Xavi.
Con los amigos que cantan pasa que los has visto ya tantas veces que no tienen hits porque todo son hits y que siempre buscan la manera de, implícita o explícitamente, dedicarte una canción. La mía, ayer, sonó con el mar de fondo y un solarro que iba haciendo para ponerse; con la piel de gallina y el bikini mojado todavía yo.
Habíamos ido sin plan para volver, estábamos un poco a lo que surgiera y lo que surgió fue no quedarnos a dormir, que ya era también parte del plan. Y yendo en el coche, de noche, yo en el asiento de atrás, Teresa y Xavi hablaban de novios, rollos y exes, y yo pensaba que las canciones del cantautor veintenañero, efectivamente, siempre acababan teniendo razón. Eché mano al teléfono para marcarme un tuit que dijera algo así como '¿Podéis parar todos de haceros canalladas? ¿Podéis pensar un poco más en el otro? ¿No véis que yo todo lo hago mío y, a este paso, voy a acabar no fiándome ni de mi padre?', pero vi que no me cabía en ciento cuarenta caracteres, pensé además que iba a decir nada nuevo y acabé dejándolo estar.
Llegamos a Barcelona hacia las doce. Esta noche, por fin, he podido dormir.
Comimos, nos fuimos a la playa y, con Teresa, que también se había apuntado, dormida al lado y el escenario del día de la música a cincuenta metros, estuve un rato con la piel de gallina y la argamasa de sal y bronceador en brazos y piernas en plena coagulación, intentando leer. No pude. Se me colaba todo el rato el estribillo 'mañana, cuando despierte, ya no estarás aquí' de la canción del cantautor de veinte añitos que en ese momento probaba sonido. El estribillo suyo y el pensamiento mío 'y este niño, qué sabrá de estar o no por las mañanas que no sean películas aún'. Y pensé que estaba llamando a la mala suerte el cantautor; que estaba llamando a la mañana en que ella no estuviera cuando él despertara para poder entonces revolcarse en el pírrico consuelo de que él, todo eso, ya lo había cantado; de que la letra de sus canciones tenía razón.
Tocó Xavi.
Con los amigos que cantan pasa que los has visto ya tantas veces que no tienen hits porque todo son hits y que siempre buscan la manera de, implícita o explícitamente, dedicarte una canción. La mía, ayer, sonó con el mar de fondo y un solarro que iba haciendo para ponerse; con la piel de gallina y el bikini mojado todavía yo.
Habíamos ido sin plan para volver, estábamos un poco a lo que surgiera y lo que surgió fue no quedarnos a dormir, que ya era también parte del plan. Y yendo en el coche, de noche, yo en el asiento de atrás, Teresa y Xavi hablaban de novios, rollos y exes, y yo pensaba que las canciones del cantautor veintenañero, efectivamente, siempre acababan teniendo razón. Eché mano al teléfono para marcarme un tuit que dijera algo así como '¿Podéis parar todos de haceros canalladas? ¿Podéis pensar un poco más en el otro? ¿No véis que yo todo lo hago mío y, a este paso, voy a acabar no fiándome ni de mi padre?', pero vi que no me cabía en ciento cuarenta caracteres, pensé además que iba a decir nada nuevo y acabé dejándolo estar.
Llegamos a Barcelona hacia las doce. Esta noche, por fin, he podido dormir.
dissabte, 22 de juny del 2013
¿Se acuerdan de los modernos? Nos los cambiaron por los hipsters y ni nos dimos cuenta, igual que no nos daremos cuenta de que a estos últimos también nos los habrán cambiado por otra cosa -que acabará siendo más de lo mismo- por mucho que salgan grupos nórdicos con el palabro en el nombre.
Así vamos: nos cambian las cosas, hasta las fachadas, que es lo que más se ve, y no lo vemos hasta que Nicola Padovan empieza a cruzar tuits, Javier Pérez Andujar escribe un artículón. Y ni por esas, o si sí, venga a echarle la culpa al otro, como si nosotros no tuviéramos nada que ver; como si no votáramos, como si no hiciéramos temporada alta en verano o en invierno según si nadar o esquiar, y como si nunca hubiéramos dado las gracias al cielo por el paqui que nos soluciona el vermutillo de media mañana y hasta la comida del domingo de después de un sabado perro en el sofá.
A mí últimamente, me han cambiado hasta algunos amigos de antes: se han dejado todos barba y se han colocado orbitalmente en el punto más alejado. Todo apunta a que me quedo sin fiesta de Sant Joan. Llevo una semana entre el enfurruñamiento y el que us bombin a tots, y con el Copérnico de turno no parando de insistir en que, desde el principio, quien estaba girando era yo.
Así vamos: nos cambian las cosas, hasta las fachadas, que es lo que más se ve, y no lo vemos hasta que Nicola Padovan empieza a cruzar tuits, Javier Pérez Andujar escribe un artículón. Y ni por esas, o si sí, venga a echarle la culpa al otro, como si nosotros no tuviéramos nada que ver; como si no votáramos, como si no hiciéramos temporada alta en verano o en invierno según si nadar o esquiar, y como si nunca hubiéramos dado las gracias al cielo por el paqui que nos soluciona el vermutillo de media mañana y hasta la comida del domingo de después de un sabado perro en el sofá.
A mí últimamente, me han cambiado hasta algunos amigos de antes: se han dejado todos barba y se han colocado orbitalmente en el punto más alejado. Todo apunta a que me quedo sin fiesta de Sant Joan. Llevo una semana entre el enfurruñamiento y el que us bombin a tots, y con el Copérnico de turno no parando de insistir en que, desde el principio, quien estaba girando era yo.
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