dijous, 5 de juliol del 2012

¡Qué gusto cuando pillas una racha de aquellas en las que solo te entran por los ojos y las orejas cosas buenas!

Para muestra, botones (3)

1.
Nit Labreu (al jardí de l'Ateneu).

2. 

y 3. 'Los huerfanitos', de Azcona, perdón, Santiago Lorenzo. (Es todo lo que dice Marcos Ordóñez palabra por palabra).

dimarts, 3 de juliol del 2012

Yo quería que me tocara la noche en el monestir de Sant Benet que sorteaban entre los participantes en el concurso escoja usted el título de la nueva novela de Martí Gironell entre estos tres que les damos a elegir, pero no me ha tocado.

Quería que me tocara por puritica maldad, para luego contar aquí que me parece una cutrada como una casa que un escritor se preste a que un grupo de gente que no ha leído la novela elija por él el título de esta. Me parece una cutrada al nivel de la del periodista que el día antes de entrevistar a alguien pregunta a los lectores de su diario o a los espectadores u oyentes de su programa qué quieren que le pregunte. Es como si un banderillero preguntara por twitter a sus seguidores cuántos pares de banderillas quieren que le meta al tercer toro de la corrida de esta tarde; como si un taxista preguntara a los oyentes de RadioTaxi cuántos euros quieren que les clave a los turistas que coja en la siguiente carrera.

No me ha tocado y lo he escrito igual, pero no sé qué me da que lo habría escrito muuuucho más a gusto mientras pasaba el fin de semana inspirándome entre monjos. Es pura maldad, ya lo sé, pero bueno, Gironell también podría haber escrito la novela desde su casita, ¿no? Podría incluso haberle puesto el título él mismo.
Dietario de la tienda. Día 3

He vuelto a hacer una cosa que se supone que no debería hacer o, más bien, que nadie espera que haga. Manías mías: si hay letras, me pongo a leerlas sin contar que a veces hay letras que están ahí puestas contando con que nadie va a pararse a ver qué dicen. Es el caso de las camisetas estampadas que tenemos en la tienda.

National Reserve Project
Fari Tour and Wildli... esto está cortado.

O esta otra:

To the highest standards
Replacement part downpipe manifold
Manufactured for tough we... se corta aquí también.

¿Y esta?

Human rights to live in their native habitat.
No death should be allowed and unpunished.

Es el mensaje de un sheriff chungo defensor de los derechos humanos de los nativos de cualquier lado.

Nadie lee el texto de este tipo de camisetas. Las letras están ahí puestas a modo de... no sé, estampado al que nadie -más que yo, en un rato que no entran clientes- se va a poner buscarle significado. Ni siquiera la persona que se la compra. Nadie pregunta: ¿Esta del tour del Fari, la tenéis con cuello de pico? O ¿tenéis una talla más de la de la prohibición de la muerte? Todo el mundo las pide por colores: ¿No la tenéis en verde? ¿No la tenéis en rojo? Luego salen contentos de la tienda porque ya tienen camiseta para combinar con los pantalones caqui, pero para nada dispuestos a pasear orgullosos un mensaje que diga que son personas con standards elevadísimos... porque nadie, en la calle, igual que ellos no lo han hecho, se va a poner a leer el mensaje de la camiseta.

En mis sueños más perversos, soy diseñadora de este tipo de camisetas: me dedico a imprimir mensajes de contenido políticamente incorrecto, escritos con tipografías más o menos agresivas, sobre fondos de skylines difuminados de ciudades inventadas. A veces, incluso me atrevo a meter un escudo militar de alguna potencia atómica entrelazado con las letras y con una de las antenas de comunicaciones de alguno de los edificios del fondo. En alguna, meto incluso el perfil de Stalin de forma que solo se pueda intuir cuando uno lleva mirando la camiseta fijamente sin interrupción durante un minuto, cosa que nadie, nadie, se molestará en hacer.

Si veo que el conjunto me ha quedado demasiado evidente, cojo un símbolo de la paz y lo estampo en grande y a todo color: eso anula, en apariencia, el resto del mensaje.

Yendo un paso más allá, en mis sueños con delirios de destrucción masiva, lo que pasa es que, a fuerza de llevar puestas las camisetas, la gente acaba inconscientemente interiorizando el mensaje para acabar actuando a su dictado. Si la llevan durante una temporada, al final de esta, los que han llevado el mismo modelo empiezan a buscarse entre ellos. Empiezan, con extraña elevada frecuencia, a darse comentarios del tipo: anda, qué casualidad, tenemos la misma camiseta, entre gente que no se conoce de nada. La temporada termina, se saca la ropa de invierno, y la cosa no va a más.

En la segunda temporada, los cocamiseteros empiezan a encontrarse con casual y extraña habitualidad. Y se ponen a hablar entre ellos con sorprendente confianza.

En la tercera, empiezan a sentirse grupo exclusivo y a desarrollar una fuerte animadversión hacia quienes no están en su bando, quienes no llevan su camiseta. Acaban organizándose en paraejércitos; el uniforme ya lo tienen.

Por esta mecánica de los acontecimientos, las camisetas de H&M, por ejemplo, no van a ningún lado: ninguna dura más de una temporada. Las de Macson, en cambio, pensadas para durar años y años, son peligrosísimas y prometen un futuro de caos, de encarizadas guerras entre fans del Fari y defensores del alto standard en cualquier aspecto.

La de los radicales antimuerte es la más peligrosa: acaban aspirando al infierno de la última temporada de Torchwood; acaban diseñando instrumentos de tortura pensados para hacer el mayor daño posible a sabiendas de que nadie, nadie, puede llegar a morir. Que se la juegan si eso pasa, que acabarían siendo ellos los torturados, los castigados, si en alguna ocasión la cosa se les fuera de las manos.

Entonces me despierto, vuelvo a la tienda, y miro atentamente a quien se detiene delante del burro de las camisetas y distraídamente pasa el dedo por las perchas intentando decidir qué color se quiere llevar.
El color. Eso es lo que ellos se piensan, inocentemente, que están decidiendo.

dilluns, 2 de juliol del 2012

De escudarse en minusvalías propias:

Trencadisses
(Salvador Sostres)
 
Algú em pregunta què em va passar amb l’E. si érem tan amics i l’altre dia el Lluís em va preguntar si encara érem amics amb en J. i que per què no anàvem a dinar plegats un dia d’aquests. Dissabte vaig veure passar un amic que mai no m’hagués pensat que ho deixaria de ser. Em sap un greu espantós, em sap realment molt greu. De vegades els grans afectes se’m desfan. Alguna baralla provoca alguna trencadissa dins meu, de vegades és la decepció, de vegades sóc jo quin no estic a l’alçada de les circumstàncies i que en lloc de donar la cara m’amago o me’n vaig.

Només l’amor ens salva i la generositat és el resum de tots els sentiments. Ho sé i ho he pogut constatar en cada experiència positiva i negativa, en cada benvinguda i en cada comiat. Malgrat tot, la bèstia juga també el seu paper, la bèstia cega i incontestable que arriba sempre per sorpresa, fa el seu escampall i després se’n va sense dir res, i sense deixar res dempeus al seu voltant.

Fins i tot en els casos més flagrants, fins i tot en els casos dels amics que m’han decebut, m’han enganyat o fins i tot m’han estafat, m’entristeix que arribi el final, i que arribi de la mà de la bèstia. No sé marxar de cap altra manera, potser en proporció amb què tampoc sé estimar moderadament. Algunes vegades algú m’ho retreu. Jo m’ho retrec sempre, però no sabria com fer-ho millor.

És tanta la ira, és tant el dolor quan els grans afectes es desfan, quan les decepcions arriben, quan pel que sigui hi ha alguna trencadissa, que no tinc cap control racional ni contemporitzador i tot el que sé i puc fer és seure i escriure el que ha passat, cridant al text el que no sé com cridar a la vida. Hi ha qui diu que és perillós ser amic meu. No podria assegurar-t’ho. Potser sí que sigui un mal negoci.

Voldria no haver escrit algunes coses que he escrit sobre alguns que foren amics meus. Totes elles eren veritat, però m’hauria estimat més no escriure-les, perquè hi ha un passat que també és meu, i on vaig ser feliç, que s’ensorra en els articles més salvatges. També és veritat que aquesta ràbia és només el rebot de la incondicionalitat amb què vaig estimar-te, i que al capdavall mai no ens interessaren ni les aigües tèbies ni els camins del mig.  


... que siempre me ha parecido de una jeta supina.

diumenge, 1 de juliol del 2012

Dietario de la tienda. Día 2.

La Patri: Yo quiero tener cuatro hijos.
Ahora es Manoli, la otra dependienta, que tiene dos, quien me mira con cara de buf.
Yo: Tú primero acaba de hacer botellones y luego ya verás lo que haces.

Acaban de salir de la tienda tres señoras. Una ha entrado hasta el fondo, las otras dos se han quedado al lado de la caja.
Señora 1: Pero Marisa desafina, ¿no?
Señora 2: Sí, pero bueno, sigue el ritmo, no como Carmen, que desafina y no tiene ritmo y se nota muchísimo más.
Señora 1: Es verdad. ¿Y has visto cómo los críos de su coro desafinan igual que ella?
Señora 2: Pues claro, les enseña a cantar desafinando...
Vuelve la señora desde el fondo. Que solo tienen de caballero, les dice a sus dos amigas. Se van.

Salgo a fumar.
Un señor que pasa por la calle: Mireia, ¡¡¡¡STOP!!!!
Una niña de unos tres años, rubia, con ricitos y un vestido monísimo que va corriendo se para en seco. El padre la alcanza. Se agacha. Le mira muy serio: ¿Qué he dicho? ¡Stop! ¡Stop!, he dicho ¡stop! La próxima vez que diga ¡stop! si no haces ¡stop!, nos vamos a casa. ¿Lo has entendido?
La niña asiente con la cabeza.
Ante tal despliegue de supernannismo aplicado, me quedo pensando que, si todo va según el guión, la niña volverá a correr, el padre volverá a gritar ¡stop!, se irán inmediatamente a casa y el padre le acompañará directamente al rincón de pensar. Castigar a los niños enviándoles a pensar. Pensar como estímulo negativo, como el peor de los castigos. Pensar como sustituto del bofetón. Educar a los niños en la creencia de que pensar es una cosa que solo se hace obligado, si te portas mal.
El deseo lógico de Mireia cuando tenga doce años y empiece a rebelarse adolescentemente contra la autoridad paterna no podrá ser otro que: Tengo ganas de ser mayor para hacer lo que me dé la gana y no tener que volver a pensar nunca más. #usfelicitopares

Vuelvo a entrar en la tienda. Manoli y la Patri siguen dándole vueltas a lo de los cuatro hijos que dice que quiere tener la Patri.
Manoli: Dices eso porque no tienes ninguno. Uno solo ya es mucho trabajo, aunque te salga bueno. Dos es la locura. Cuatro... no me lo quiero ni imaginar.

Cuatro hijos. Cuatro niños alumnos de la clase de canto de Carmen. Un coro entero de niños desafinando al unísono, convencidos de que tiene que sonar así, que solo paran si les gritas ¡stop! y que, si no lo hacen, acabarán desarrollando un rechazo infinito a la simple idea de ponerse a pensar.
Dietario de la tienda. Día 1

La Patri.

-¿Cuántos años tienes, Patri?
-Veinte.
-¡¡Madredediós!! ¿Cuántos años tiene tu madre?- Estoy un poco obsesionada con la edad de las madres de la gente desde que me enteré de que la de Luna Miguel es de mi quinta.
-Cincuenta y siete. Dice que quería disfrutar de la vida,
-Joder, menos mal. ¿Cuánto llevas trabajando en la tienda?
-En esta, un mes. En Macson, desde hace mogollón: un año. He pasado por todas las tiendas de Barcelona, bueno, me faltan las del lado de L'Hospitalet. Y en todas he sido la más pequeña. Está bien porque me miman.
-Pues ahora vas y desdoblas todas esas camisas y las vuelves a doblar.
-Jaja.
-Jaja.

Sigo a lo mío en la caja mientras ella, en la mesa de al lado, dobla y desdobla camisetas.
Miro.
Me está mirando.
-¿Tú en qué trabajas?
-En una editorial, por las mañanas.
-Qué guay.
Vuelvo a lo mío. Ella sigue doblando.

Miro.
Me está mirando.
-¿Qué estudiaste?
-Periodismo.
Vuelvo lo mío. Ella sigue doblando.

Miro.
Me está mirando.
-¿Dónde?
-En Pamplona.
Vuelvo a lo mío. Ella sigue doblando.

Miro.
Me está mirando.
-Pero la universidad de Pamplona...
-Es del Opus, sí.
-Mi ex era del Opus.
-Qué horror.
-Bueno, su familia.
-Pues hiciste muy bien en quitártelo de encima.

Antes me había contado que su ex le había dejado de malas maneras, que unos días después se presentó en la tienda en la que trabajaba entonces y ella, nada más verle, se había puesto a llorar. Que su jefa le vió y le dijo al tío: vete, que la Patri está trabajando. Y ella siguió llorando un rato. Luego fue y se hizo un tatuaje. Este. Me enseña la muñeca, se aparta el apósito de plástico -Tu hermano me dice que me envuelvo los tatuajes como si fueran bocadillos de chorizo, ¡jaja!- y me enseña una letra china. Le pregunto qué quiere decir y me dice: Fuerza, porque tía, me dejó fatal.
-Pero ¿cuándo te dejó? ¿Antesdeayer?
-No, hace mogollón: en diciembre. Lo llevo tapado porque la semana pasada me lo repasé aprovechando que fui a hacerme este otro -se baja la cinturilla del pantalón, y me enseña una frase entera en árabe- y este -levanta el pie y me enseña una cruz pequeñita en el talón-. Este -me dice señalando la minúscula cruz- me dolió mogollón. El que más-.
-Ha sido una cruz hacerse ese- bromeo.
-Ya te digo -me responde superseria.

Un señor sale del probador con una camisa a medio abrochar. La señora, mientras se la acaba de arreglar, le dice: pruébate también esta otra. El señor le mira fijamente a la cara, ni siquiera se molesta en bajar a la vista a la camisa, y con media sonrisa irónica le contesta: ¿Tengo que ni siquiera contestarte a eso? La señora, mirando al suelo, deja la camisa en la mesa.
Miro a la Patri. Me mira y levanta las cejas con cara de buf. Muevo los labios diciendo: imbécil.
-Sí- contesta ella en voz alta -no hay otra palabra. ¿Qué?- dirigiéndose jovialmente a ellos -¿le va bien?

La Patri: Lleva un tatuaje en chino, otro en árabe y una cruz. Hacerse la cruz fue una cruz y diciembre fue hace mogollón. Un día vino a la tienda con una botella de ron porque luego se iba de botellón. Y mañana, media hora antes de salir, se va a quitar la camiseta negra y se va a poner la de la selección española, la falsa, la que le regalaron sus tíos, porque ha quedado con un amigo (que llevará la camiseta de Casillas) para ver el partido. Es superfutbolera (se ha visto todos los partidos de la Eurocopa) porque desde que era pequeña, en su casa, tenían el plus. Y si yo no lo soy es porque en mi casa no lo teníamos y no estoy acostumbrada, me ha dicho toda convencida para aclararme de una vez por todas cómo es que a mí no me gusta el fútbol. Le queda un año más una asignatura que tiene colgada de empresariales, aunque quería haber estudiado periodismo, y va al cine dos veces por semana, a ver qué va a hacer si están todos de exámenes y no pueden salir. Es de Barberà.
-Yo no he estado nunca en Barberà.
-Pues tampoco hay nada que ver allá.

Un, dos, tres: todo el mundo a adorar a la Patri. Yo ya lo hago.

divendres, 29 de juny del 2012

Hace años trabajé durante seis meses como productora y regidora en el programa Telemonegal. Yo curraba en BTV, en el Saló de Lectura. La casa decidió terminar con el programa. Tuvieron la amabilidad de recolocarme en el equipo de Monegal. Yo no veía la tele pero mis padres y mi hermano sí. A mis padres les encanta Telemonegal, se pusieron contentísimos cuando se lo dije. Mi hermano me dijo: hombre, este sí que lo veré, que es divertido. Yo no tenía ni idea de qué hacer en ese momento así que acepté. De repente me encontré trabajando en un despacho de Via Laietana, lleno de teles y de gente con auriculares puestos que veía la tele y tomaba notas a lo largo de toda la jornada laboral. Yo me pasaba el día hablando por teléfono y viendo vídeos ya montados que mostraban lo peor de la televisión.

Básicamente, mi trabajo se centraba en los últimos tres cuartos de hora del programa: los de la entrevista al invitado.

Me decían: queremos que venga fulanito. Y yo me las ingeniaba para contactar con él (no era tan difícil: a través de gabinetes de prensa de cadenas de televisión o pidiéndole el teléfono directamente al jefe -esa gran agenda de Ferran Monegal-, la cosa era coser y cantar).

Me encontraba con tres tipos de persona al otro lado del teléfono: la que se tomaba un poco como parte de su trabajo esto de ser un personaje público, la que se moría por venir y la que no quería venir ni de coña.
Los primeros solían ser gente que más o menos estaba orgullosa de su trabajo; eran un poco los 'profesionales', venían a contar de qué iba lo que hacían y conectaban inmediatamente con Monegal. La entrevista solía ser bastante de 'massatge', como dice el jefe: todo muy cordial y en medio de un ambiente de respeto. Estos, generalmente, en la sala de espera de invitados, con la tele puesta, antes de entrar al plató, aborrecían la primera parte del programa: la de sang i fetge. Entraban al plató y era lo primero que comentaban con Monegal. Estoy pensando en Núria Ribó, por ejemplo, o José María García, sí, flipé con García: se quería llevar a Monegal a Madrid.

La que se moría por venir, ya podía hacer el programa más horroroso de la historia de las ondas, que le importaba un pimiento: llegaban a BTV envueltos en un halo de polvo de estrellas y dispuestos a hacer su papel hasta el último minuto. El programa que hacían pasaba a un segundo plano inmediatamente, la conversación se centraba en el yo soy así y asá; venían totalmente disfrazados y se dedicaban a soltar barbaridades que hacían ulular al público. Recuerdo en esta categoría a Risto Mejide, por ejemplo, que no se quitó las gafas de sol ni para maquillarse. La relación que solían establecer con Monegal durante los tres cuartos de hora largos de entrevista era de falso colegueo. Ya podía estar el jefe dándoles una tunda hasta en el carnet de identidad, que ellos le reían las gracias e incluso llegaban a darle la razón cuando este les decía que lo suyo era una mierda. Lo suyo era una mierda, sí, pero ellos eran guays, ¿eh? Sí, vamos, guayísimos. Fumando el último cigarro en la puerta de BTV, cuando ya se habían ido, el equipo entero aún andaba con cara de asco.

Los que no querían venir ni de coña: Isabel Sansebastián y Curri Valenzuela.

Y Javier Sardà.

Las dos primeras, ni me cogían el teléfono. Una vez hablé con una persona de prensa de Telemadrid que me dijo que Curri Valenzuela ya conocía el programa y que cómo podíamos pensar que quisiera venir de invitada. Yo, mentalmente, le dí un poco la razón: en realidad, la propuesta de Telemonegal al invitar a alguien de esta calaña, estaba llena también de mala intención; la misma mala intención que vuelcan Sansebastián y Valenzuela en sus guiones, al elegir sus temas: lo que les estaba pidiendo por teléfono no era otra cosa que que se prestaran a un escarnio a cara descubierta y encima jugando fuera de casa. Y en directo además. El caso es que ambas sabían que viniendo, se encontrarían con eso. Y lo sabían porque sabían perfectamente que lo que hacían en sus programas era carne de escarnio.

Durante los seis meses que estuve en Telemonegal tragando, por motivos laborales, mierda televisiva, una de las preguntas que me acompañaron fue ¿cómo pueden algunos vivir tranquilos haciendo el trabajo que hacen? Me respondía a mí misma que probablemente tenían una perspectiva de qué era la realidad diferente a la mía, que probablemente ellos estaban tan convencidos como Monegal de que eso que hacían era un servicio utilísimo para la sociedad. No queriendo venir estas dos, entendí que no; entendí que ni ellas mismas se veían capaces de defender su trabajo.

El otro día, Sardà por fin accedió a ir al Telemonegal. Estuvo a la defensiva desde el minuto cero. Se aferró a la defensa de las horas de trabajo que suponía hacer un programa diario, coordinar un equipo tan bestia. Se aferró a los minutos de programa de calidad que en cada Crónicas marcianas convivían con horas absolutamente escarniables (toma palabro) mientras Monegal volvía y volvía sobre la parte negativa del trabajo de Sardà. Monegal, venga a tirarle vídeos deplorables. Sardà, venga a reclamar imágenes de los momentos sublimes. Era imposible que se entendieran: ninguno de los dos estaba dispuesto a mirar globalmente el trabajo del otro. Ambos buscaban lo peor del otro.

Ganó Sardà: le destrozó a Monegal el último programa de la temporada. Se reveló como alguien más profesional que cutresalchichero y dejó a Monegal como más cutresalchichero que profesional. La clave de la victoria fue que mientras Sardà apuntaba al aspecto del Telemonegal que todo el mundo intuye pero nadie acaba de decir (quien lo dice no vuelve a ver el programa y no vuelve a hablar del tema), Monegal apuntaba al aspecto del trabajo de Sardà que aunque todo el mundo conoce de sobras, no constituía motivo para dejar de ver Crónicas marcianas sino todo lo contrario.

Sardà sabía y controlaba la cantidad de buena tele y la cantidad de truño que había en Crónicas Marcianas. Monegal piensa que su programa es solo buena tele. Hasta la sección del Papitu, piensa que es buena tele. Ese es el problema de Monegal. Ese es el limbo al que lo han elevado temporadas y temporadas de Telemonegal; miles de espectadores que tampoco están seguros de qué es buena tele y qué no, y que agradecen que se lo apunten para pensar: ah, ya tenía razón yo escandalizándome por esto o cuando me gustaba esto otro.