Hace años trabajé durante seis meses como productora y regidora en el programa Telemonegal. Yo curraba en BTV, en el Saló de Lectura. La casa decidió terminar con el programa. Tuvieron la amabilidad de recolocarme en el equipo de Monegal. Yo no veía la tele pero mis padres y mi hermano sí. A mis padres les encanta Telemonegal, se pusieron contentísimos cuando se lo dije. Mi hermano me dijo: hombre, este sí que lo veré, que es divertido. Yo no tenía ni idea de qué hacer en ese momento así que acepté. De repente me encontré trabajando en un despacho de Via Laietana, lleno de teles y de gente con auriculares puestos que veía la tele y tomaba notas a lo largo de toda la jornada laboral. Yo me pasaba el día hablando por teléfono y viendo vídeos ya montados que mostraban lo peor de la televisión.
Básicamente, mi trabajo se centraba en los últimos tres cuartos de hora del programa: los de la entrevista al invitado.
Me decían: queremos que venga fulanito. Y yo me las ingeniaba para contactar con él (no era tan difícil: a través de gabinetes de prensa de cadenas de televisión o pidiéndole el teléfono directamente al jefe -esa gran agenda de Ferran Monegal-, la cosa era coser y cantar).
Me encontraba con tres tipos de persona al otro lado del teléfono: la que se tomaba un poco como parte de su trabajo esto de ser un personaje público, la que se moría por venir y la que no quería venir ni de coña.
Los primeros solían ser gente que más o menos estaba orgullosa de su trabajo; eran un poco los 'profesionales', venían a contar de qué iba lo que hacían y conectaban inmediatamente con Monegal. La entrevista solía ser bastante de 'massatge', como dice el jefe: todo muy cordial y en medio de un ambiente de respeto. Estos, generalmente, en la sala de espera de invitados, con la tele puesta, antes de entrar al plató, aborrecían la primera parte del programa: la de sang i fetge. Entraban al plató y era lo primero que comentaban con Monegal. Estoy pensando en Núria Ribó, por ejemplo, o José María García, sí, flipé con García: se quería llevar a Monegal a Madrid.
La que se moría por venir, ya podía hacer el programa más horroroso de la historia de las ondas, que le importaba un pimiento: llegaban a BTV envueltos en un halo de polvo de estrellas y dispuestos a hacer su papel hasta el último minuto. El programa que hacían pasaba a un segundo plano inmediatamente, la conversación se centraba en el yo soy así y asá; venían totalmente disfrazados y se dedicaban a soltar barbaridades que hacían ulular al público. Recuerdo en esta categoría a Risto Mejide, por ejemplo, que no se quitó las gafas de sol ni para maquillarse. La relación que solían establecer con Monegal durante los tres cuartos de hora largos de entrevista era de falso colegueo. Ya podía estar el jefe dándoles una tunda hasta en el carnet de identidad, que ellos le reían las gracias e incluso llegaban a darle la razón cuando este les decía que lo suyo era una mierda. Lo suyo era una mierda, sí, pero ellos eran guays, ¿eh? Sí, vamos, guayísimos. Fumando el último cigarro en la puerta de BTV, cuando ya se habían ido, el equipo entero aún andaba con cara de asco.
Los que no querían venir ni de coña: Isabel Sansebastián y Curri Valenzuela.
Y Javier Sardà.
Las dos primeras, ni me cogían el teléfono. Una vez hablé con una persona de prensa de Telemadrid que me dijo que Curri Valenzuela ya conocía el programa y que cómo podíamos pensar que quisiera venir de invitada. Yo, mentalmente, le dí un poco la razón: en realidad, la propuesta de Telemonegal al invitar a alguien de esta calaña, estaba llena también de mala intención; la misma mala intención que vuelcan Sansebastián y Valenzuela en sus guiones, al elegir sus temas: lo que les estaba pidiendo por teléfono no era otra cosa que que se prestaran a un escarnio a cara descubierta y encima jugando fuera de casa. Y en directo además. El caso es que ambas sabían que viniendo, se encontrarían con eso. Y lo sabían porque sabían perfectamente que lo que hacían en sus programas era carne de escarnio.
Durante los seis meses que estuve en Telemonegal tragando, por motivos laborales, mierda televisiva, una de las preguntas que me acompañaron fue ¿cómo pueden algunos vivir tranquilos haciendo el trabajo que hacen? Me respondía a mí misma que probablemente tenían una perspectiva de qué era la realidad diferente a la mía, que probablemente ellos estaban tan convencidos como Monegal de que eso que hacían era un servicio utilísimo para la sociedad. No queriendo venir estas dos, entendí que no; entendí que ni ellas mismas se veían capaces de defender su trabajo.
El otro día, Sardà por fin accedió a ir al Telemonegal. Estuvo a la defensiva desde el minuto cero. Se aferró a la defensa de las horas de trabajo que suponía hacer un programa diario, coordinar un equipo tan bestia. Se aferró a los minutos de programa de calidad que en cada Crónicas marcianas convivían con horas absolutamente escarniables (toma palabro) mientras Monegal volvía y volvía sobre la parte negativa del trabajo de Sardà. Monegal, venga a tirarle vídeos deplorables. Sardà, venga a reclamar imágenes de los momentos sublimes. Era imposible que se entendieran: ninguno de los dos estaba dispuesto a mirar globalmente el trabajo del otro. Ambos buscaban lo peor del otro.
Ganó Sardà: le destrozó a Monegal el último programa de la temporada. Se reveló como alguien más profesional que cutresalchichero y dejó a Monegal como más cutresalchichero que profesional. La clave de la victoria fue que mientras Sardà apuntaba al aspecto del Telemonegal que todo el mundo intuye pero nadie acaba de decir (quien lo dice no vuelve a ver el programa y no vuelve a hablar del tema), Monegal apuntaba al aspecto del trabajo de Sardà que aunque todo el mundo conoce de sobras, no constituía motivo para dejar de ver Crónicas marcianas sino todo lo contrario.
Sardà sabía y controlaba la cantidad de buena tele y la cantidad de truño que había en Crónicas Marcianas. Monegal piensa que su programa es solo buena tele. Hasta la sección del Papitu, piensa que es buena tele. Ese es el problema de Monegal. Ese es el limbo al que lo han elevado temporadas y temporadas de Telemonegal; miles de espectadores que tampoco están seguros de qué es buena tele y qué no, y que agradecen que se lo apunten para pensar: ah, ya tenía razón yo escandalizándome por esto o cuando me gustaba esto otro.
divendres, 29 de juny del 2012
dijous, 28 de juny del 2012
Hace años, por los porches de la Plaza del Castillo, los domingos por la tarde se paseaba un ciego que iba oyendo el carrousel deportivo por un transistor que llevaba pegado a la oreja. Yo tengo asociada la imagen del ciego a la lluvia, claro, nosotros nos paseábamos por los porches solo cuando llovía, cuando no corríamos por la plaza a mojarnos con el agua de las fuentes que hay a lado y lado del kiosco que hay en el centro de la plaza. Teníamos no más de diez años y la cuestión era mojarse lloviera o no.
Íbamos arriba y abajo por los porches, decía, y cada vez que nos cruzábamos con el ciego, mi padre nos decía: pregúntale al ciego qué hace el Osasuna. ¿¡¿¡Qué hace el Osasuna!?!?!, le gritábamos los tres a coro, un poco porque éramos críos y los críos en libertad siempre gritan, otro poco para hacernos oír por encima del transistor que llevaba puesto a un volumen considerable y otro poco más porque, como era ciego, pensábamos que también era sordo; ojos y orejas están en la cabeza y los niños tienden a generalizar.
El ciego nos contestaba cero-uno, cero-cero, dos-cero. ¡¡¡Cero-unoooo!!! ¡¡¡Cero-Cerooooo!!! ¡¡¡Dos-ceroooo!!! Le pasábamos la información a mi padre, que no era sordo pero daba igual.
El ciego oía la radio y se hacía mentalmente la composición de los partidos. No dudaba ni un segundo a la hora de responderte el resultado, incluso a veces añadía una coletilla de información que creía que también nos podía interesar: Cero-cero y el Madrid está jugando con nueve, decía. O cero-uno pero al Sevilla le acaban de pitar un penalty. Acabábamos de dar otra vuelta a la plaza y mi padre nos decía: Preguntadle al ciego si el Sevilla ha marcado el penalty. Sí, fulanito de tal, lo ha marcado, respondía él. Y a lo mejor, en ese momento, en el carrousel deportivo estaban hablando de otro partido que no jugaba el Sevilla.
No sé si todavía andará el ciego por los porches los domingos por la tarde.
El caso es que cada frase del ciego contenía mucha más información novedosa -por desconocimiento nuestro, por no estar viendo el partido- que toda la información sumada que dieron ayer todos los locutores de la tele de todo el mundo que retransmitían a la vez el Portugal-España. Lo que quiero decir es que lo de la Carbonero no es un caso aislado: la Carbonero, como todos los comentaristas de la tele, retransmite los partidos y contesta a las preguntas que le hacen como si trabajara en la radio y no en la tele, como si todo el mundo que está viendo el partido fuera ciego.
Los deportes televisados son la negación de la imagen como transmisora de información. Son la prueba de que algunos piensan que todos somos discapacitados.
Y nosotros allá gritando: ¡¡¡UEEEEHHHH!!! Tan contentos.
Íbamos arriba y abajo por los porches, decía, y cada vez que nos cruzábamos con el ciego, mi padre nos decía: pregúntale al ciego qué hace el Osasuna. ¿¡¿¡Qué hace el Osasuna!?!?!, le gritábamos los tres a coro, un poco porque éramos críos y los críos en libertad siempre gritan, otro poco para hacernos oír por encima del transistor que llevaba puesto a un volumen considerable y otro poco más porque, como era ciego, pensábamos que también era sordo; ojos y orejas están en la cabeza y los niños tienden a generalizar.
El ciego nos contestaba cero-uno, cero-cero, dos-cero. ¡¡¡Cero-unoooo!!! ¡¡¡Cero-Cerooooo!!! ¡¡¡Dos-ceroooo!!! Le pasábamos la información a mi padre, que no era sordo pero daba igual.
El ciego oía la radio y se hacía mentalmente la composición de los partidos. No dudaba ni un segundo a la hora de responderte el resultado, incluso a veces añadía una coletilla de información que creía que también nos podía interesar: Cero-cero y el Madrid está jugando con nueve, decía. O cero-uno pero al Sevilla le acaban de pitar un penalty. Acabábamos de dar otra vuelta a la plaza y mi padre nos decía: Preguntadle al ciego si el Sevilla ha marcado el penalty. Sí, fulanito de tal, lo ha marcado, respondía él. Y a lo mejor, en ese momento, en el carrousel deportivo estaban hablando de otro partido que no jugaba el Sevilla.
No sé si todavía andará el ciego por los porches los domingos por la tarde.
El caso es que cada frase del ciego contenía mucha más información novedosa -por desconocimiento nuestro, por no estar viendo el partido- que toda la información sumada que dieron ayer todos los locutores de la tele de todo el mundo que retransmitían a la vez el Portugal-España. Lo que quiero decir es que lo de la Carbonero no es un caso aislado: la Carbonero, como todos los comentaristas de la tele, retransmite los partidos y contesta a las preguntas que le hacen como si trabajara en la radio y no en la tele, como si todo el mundo que está viendo el partido fuera ciego.
Los deportes televisados son la negación de la imagen como transmisora de información. Son la prueba de que algunos piensan que todos somos discapacitados.
Y nosotros allá gritando: ¡¡¡UEEEEHHHH!!! Tan contentos.
Un amigo mío que fue presidente de una potencia mundial me explicó que, cuando llegas al poder, lo primero que descubres es que tienes en tus manos miles de artilugios creados para hacerles la vida imposible a los demás. Y que lo más difícil es resistirse a usarlos. Queda totalmente descartado eliminarlos, ya que antes de que lo consigas, los utilizarán contra ti sin contemplaciones. Tal es la bilis de sus guardianes. Nadie sabe de quién fue la idea y, de todas formas, habría que buscar una palabra para distinguirla de las otras ideas, una palabra fuertemente escatológica que fuera lo bastante universal y no llegara como una advenediza a un mundo en que el cerebro y el culo están más cercanos de lo que sugiere la distancia que los separa.
La humanidad no pertenece a una especie que muere de sed a la orilla de un río seco; más bien lo hace junto a un cauce repleto de agua, sin que nadie pueda entender por qué, aunque sí hacerse una idea de las consecuencias de tal predisposición.
Cómo caza un dromedario. Víctor Nubla. Blackie Books, 2012.
¡¡Visca!!
La humanidad no pertenece a una especie que muere de sed a la orilla de un río seco; más bien lo hace junto a un cauce repleto de agua, sin que nadie pueda entender por qué, aunque sí hacerse una idea de las consecuencias de tal predisposición.
Cómo caza un dromedario. Víctor Nubla. Blackie Books, 2012.
¡¡Visca!!
dimecres, 27 de juny del 2012
Ferran Adrià le está haciendo a Adelson la prueba del pañuelo. Piénsenlo: si Adelson acepta la propuesta de Ferran Adrià de trabajar para él, o sea, si Adelson acepta en plantilla a un elemento extraño a su clan, ¿quién dice que no tirará también de constructores de aquí, por ejemplo?
Ferran Adrià es el caramelito, la cervecita fría cuando hace mucho calor. ¿Quién le dice que no a Ferran Adrià? Y si alguien le dice que no, ¿a quién le va a decir que sí después? A nadie.
Pero no quería hablar de esto. Quería hablar de la cosa del catalán (again).
España no está en contra del catalán, está en contra de la independencia de Catalunya, igual que no está en contra del tabaco (sería absurdo: era una fuente de ingresos vía impuestos brutal para el Estado) sino que está en contra de la libertad de los ciudadanos. Igual que la Generalitat no está a favor de la ludopatía, la prostitución, la mafia... sino que está a favor de la tajada que intuyen que sacarán de Eurovegas (he dicho intuyen, no están seguros del todo, por eso aparece ahora Ferran Adrià: para despejar la duda) .
Nos equivocamos cuando ponemos el grito en el cielo porque en los colegios, en las clases de niños de entre 3 y 6 años, ya no va a ser obligatorio que el catalán sea la lengua vehicular. Digo que no va a ser obligatorio no que vaya a estar prohibido. Seguirá siendo vehicular. El profesorado está preparado para dar las clases en catalán, y el catalán, desde hace años, aquí, es la lengua de encuentro de niños catalanes, españoles, árabes, pakistaníes, senegaleses y dominicanos. Revocar esta ley no sienta jurisprudencia. Si tres padres de niños árabes se plantan y exigen que se enseñe a sus niños en francés o en árabe, ningún tribunal les va a dar la razón. (Ya, ya, ni el francés ni el árabe son lenguas del Estado, pero entienden el ejemplo, ¿no?). Es igual que si tres fumadores exigen que haya bares en los que se pueda fumar, no se va a decidir que la prohibición de fumar deje de estar vigente.
A España le importa una mierda el catalán y está dispuesta a sacrificarlo como quien sacrifica a un peón para salvar al rey, igual que a Catalunya le importa una mierda que se monte aquí el megaputiclub mientras lo que se monte al lado sea la megavacalechera (que lo será o al menos parecerá que va a serlo: el engaño será perfecto, si pasa la prueba de Ferran Adrià, recuerden esto que les digo).
El catalán es el peón, el caballo, como mucho y nuestro error es gastar todas nuestras piezas en defender al peón y olvidarnos de que la mejor partida es una combinación equilibrada entre la defensa y el ataque.
Es que llevo desde ayer pensando (aterrorizada conmigo misma) en el ejército que quería Sales y el gran momento que sería este para declarar una guerrita o dar un golpecito de Estado...
Ferran Adrià es el caramelito, la cervecita fría cuando hace mucho calor. ¿Quién le dice que no a Ferran Adrià? Y si alguien le dice que no, ¿a quién le va a decir que sí después? A nadie.
Pero no quería hablar de esto. Quería hablar de la cosa del catalán (again).
España no está en contra del catalán, está en contra de la independencia de Catalunya, igual que no está en contra del tabaco (sería absurdo: era una fuente de ingresos vía impuestos brutal para el Estado) sino que está en contra de la libertad de los ciudadanos. Igual que la Generalitat no está a favor de la ludopatía, la prostitución, la mafia... sino que está a favor de la tajada que intuyen que sacarán de Eurovegas (he dicho intuyen, no están seguros del todo, por eso aparece ahora Ferran Adrià: para despejar la duda) .
Nos equivocamos cuando ponemos el grito en el cielo porque en los colegios, en las clases de niños de entre 3 y 6 años, ya no va a ser obligatorio que el catalán sea la lengua vehicular. Digo que no va a ser obligatorio no que vaya a estar prohibido. Seguirá siendo vehicular. El profesorado está preparado para dar las clases en catalán, y el catalán, desde hace años, aquí, es la lengua de encuentro de niños catalanes, españoles, árabes, pakistaníes, senegaleses y dominicanos. Revocar esta ley no sienta jurisprudencia. Si tres padres de niños árabes se plantan y exigen que se enseñe a sus niños en francés o en árabe, ningún tribunal les va a dar la razón. (Ya, ya, ni el francés ni el árabe son lenguas del Estado, pero entienden el ejemplo, ¿no?). Es igual que si tres fumadores exigen que haya bares en los que se pueda fumar, no se va a decidir que la prohibición de fumar deje de estar vigente.
A España le importa una mierda el catalán y está dispuesta a sacrificarlo como quien sacrifica a un peón para salvar al rey, igual que a Catalunya le importa una mierda que se monte aquí el megaputiclub mientras lo que se monte al lado sea la megavacalechera (que lo será o al menos parecerá que va a serlo: el engaño será perfecto, si pasa la prueba de Ferran Adrià, recuerden esto que les digo).
El catalán es el peón, el caballo, como mucho y nuestro error es gastar todas nuestras piezas en defender al peón y olvidarnos de que la mejor partida es una combinación equilibrada entre la defensa y el ataque.
Es que llevo desde ayer pensando (aterrorizada conmigo misma) en el ejército que quería Sales y el gran momento que sería este para declarar una guerrita o dar un golpecito de Estado...
dimarts, 26 de juny del 2012
De cómo la cosa Eurovegas ya es una oportunidad perdida para poner a Catalunya en el mapa.
Imagínense, en un mundo ideal, a Artur Mas respondiendo en catalán al interés de Adelson por instalar sus tragaperras en Catalunya con un: No, gracias, su propuesta no encaja con nuestro modelo de país.
O sea, respondiendo como líder de Catalunya, no como presidente de una comunidad autónoma.
Imagínenselo, es lo único que podrán hacer porque no ha pasado, porque no ha sido así, porque Adelson viene a instalarse en España, en un trocito de España en el que hay un gran aeropuerto y playa, y Mas le debe de haber dicho: sí sí sí sí sí, welcome to Spain y no se lea mis discursos, que donde dije digo digo diego y, a partir de que usted se instale, diré digo o diego, dependiendo de lo que usted le parezca bien.
No es que no se haya dado un paso adelante poniéndole a Adelson la alfombra roja, sino que se ha dado un gran paso atrás. Este tío no se corta a la hora de meter mano en política. Entrará pasta -media Europa dejándose los cuartos aquí- pero nos habremos dejado a Catalunya por el camino -media Europa vestida de sevillana, con gorro mexicano en la cabeza, dejándose los cuartos aquí-.
Imagínense, en un mundo ideal, a Artur Mas respondiendo en catalán al interés de Adelson por instalar sus tragaperras en Catalunya con un: No, gracias, su propuesta no encaja con nuestro modelo de país.
O sea, respondiendo como líder de Catalunya, no como presidente de una comunidad autónoma.
Imagínenselo, es lo único que podrán hacer porque no ha pasado, porque no ha sido así, porque Adelson viene a instalarse en España, en un trocito de España en el que hay un gran aeropuerto y playa, y Mas le debe de haber dicho: sí sí sí sí sí, welcome to Spain y no se lea mis discursos, que donde dije digo digo diego y, a partir de que usted se instale, diré digo o diego, dependiendo de lo que usted le parezca bien.
No es que no se haya dado un paso adelante poniéndole a Adelson la alfombra roja, sino que se ha dado un gran paso atrás. Este tío no se corta a la hora de meter mano en política. Entrará pasta -media Europa dejándose los cuartos aquí- pero nos habremos dejado a Catalunya por el camino -media Europa vestida de sevillana, con gorro mexicano en la cabeza, dejándose los cuartos aquí-.
En el hipotetiquísimo caso de que, durante las conversaciones de Mas con Adelson, hubiera salido el tema de la independencia de Catalunya, me imagino a Mas quitándole importancia al asunto y reconduciendo el tema hacia aspectos más económicos y de salas de fumadores. En el más que posible caso de que el tema haya salido hablando con Esperanza Aguirre, me imagino a ella sacándolo y presentándolo como un problema.
Y así. Retrataícos los dos.
Y así. Retrataícos los dos.
dilluns, 25 de juny del 2012
Eurovegas, mon amour. Perdón: Eurovegas, baby. (¿Ven la diferencia?).
(De cómo si yo fuera puta, me habría faltado tiempo para enterarme dónde van a cenar esta noche los Adelson Boys, grabarme un videobook en un cedé y plantarme en la puerta del restaurante esperando a que llegaran para dárselo en mano, que hay que espabilar, chicas. ¿No habéis visto Showgirls?)
Hola.
Que venía yo a hablarles de Eurovegas pero, primero, voy a dar un pequeño rodeo.
Suiza.
Suiza es un país neutral (dicen, por si acaso tienen búnkers camuflados en las colinitas, pero bueno) y muy nacionalista (yo no he visto mayor despliegue ondeante de banderas propias en los jardines de cada casa ni en Estados Unidos). Si un ciudadano europeo decide solicitar la nacionalidad suiza porque, pongamos como ejemplo, se ha casado con un señor de Ginebra, por ejemplo también, una de las cosas que tiene que hacer es escribir una carta explicando el por qué de su amor hacia todo lo suizo. Si no se queda solo en el queso, que también, sino que además mete en la carta datos históricos y la escribe, pongamos, en alemán o en francés, mejor que mejor.
Suiza está orgullosa de Suiza y solo quiere entre sus habitantes a gente que también esté orgullosa de Suiza. Supongo que en Austria pasa algo parecido, de ahí esas fantásticas perturbaciones extremas de la regla que son Bernhard, Jelinek y Haneke. (Me voy por los cerros de Úbeda).
Suiza es perfecta. Y su trabajo les cuesta que así sea: cualquier ciudadano es policía. Cualquier ciudadano suizo tiene la obligación de denunciar a su vecino si le ve tirando el vidrio en el contenedor del papel. Tiene esa obligación literalmente, porque si otro vecino ve que el vecino ve al vecino tirando el vidrio en el contenedor azul y que no lo denuncia, este tiene la obligación de denunciar al primero y al segundo. Por que si otro vecino ve que el vecino ve que el vecino ve que el vecino tira el vidrio al contenedor blablablablabla.
En Ginebra hay el barrio de las putas. Está al lado de la estación de tren. En el barrio de las putas de Ginebra se habla español. Son putas latinas, la mayoría. Yo me di un garbeo por allí cuando bajé del tren que me traía directa de París y me encontré con que tenía que hacer tiempo hasta que llegara un amigo. Cuando llegó le dije: ay qué gracia, me bajo del tren en Ginebra y lo primero que oigo es español dominicano. Son putas, me dijo él. Yo, que sabía toda esta historia de la carta y la de los contenedores, le pregunté cómo era posible, estando la inmigración tan controlada, existiendo la obligación de denunciar a tu propio vecino cuando este hacía algo tan tontuelo como confundirse de contenedor, que existiera en el mismo centro de Ginebra, un barrio lleno de inmigrantes -ilegales, supuse-, ejerciendo semejante oficio -ilegal también, supuse-. Me dijo que el oficio no era ilegal en Suiza, que la inmigración sí podía serlo porque era imposible que no se colara nadie y una manera de tener la cosa controlada, era que parte de esa inmigración (y de no inmigración supongo también, aunque yo no vi a ninguna señora con apariencia de suiza por allí) tuviera trabajo, un trabajo, además, que cubriera unas necesidades que, de otra manera, serían más difíciles de cubrir. Me dijo que, en Ginebra, turismo, poco o al menos no tan masivo como en Barcelona; que la mayor afluencia de gente de visita venía dada por convenciones, ferias... Y que gran parte de los visitantes, llegaba a la estación de tren, al lado de la calle más comercial de Ginebra (tiendas de souvenirs y de relojes por todos lados), al lado del barrio de la prostitución (dominicanas y rusas por todos lados). Hay otra zona de prostitución en Ginebra; siguiendo esta misma lógica, está al lado del aeropuerto.
Así me lo dijo.
Efectivamente, Suiza es un país perfecto.
Es un país tan perfecto, que se lo han montado para sacar la máxima tajada de la inmigración que se les cuela y de la prostitución. Y lo saben. Lo sabe y así te lo explica cualquier ciudadano.
Eurovegas se parece mucho al barrio de las putas de Ginebra. El drama es que ni Barcelona ni Madrid se parecen en nada a Ginebra. Ni Catalunya ni España a Suiza.
El problema es que cuando Ginebra acepta una cierta cuota de inmigración ilegal, aprueba una cierta legislación permisiva en cuanto a llámenlo prostitución, llámenlo ventajas fiscales, llámenlo ley del tabaco... es Suiza quien le está haciendo el favor a la madamme; es Suiza quien sigue teniendo la sartén por el mango. Cuando Catalunya en cambio le acepta las condiciones a Madamme Adelson, no está siendo permisiva con Madamme Adelson: le está lamiendo el culo. Y todo el mundo sabe que si las prostitutas simplemente te hacen dejar primero la pasta en la mesilla, las madammes te la hacen dejar igual y además te tratan como si tú fueras la puta; la puta y la pobre.
Ahora veo que el mayor argumento para defender la instalación de Eurovegas en Catalunya es la cantidad de puestos de trabajo que creará: aceptamos Eurovegas porque estamos en la miseria. ¿Cómo Adelson no se iba a hacer el interesante? ¿Dónde se ha visto a una puta haciéndose la remolona? ¿Dónde se ha visto a dos clientes peleándose por seducir a una puta? Seducir a una puta, ¿ven la absurdidad? A una puta se la lleva quien tenga la cartera más gorda y quien tiene aquí la cartera más gorda es Adelson.
En Ginebra tienen muy claro quiénes son las putas. ¿A ver si nosotros nos estamos equivocando señalandola? ¿A ver si, aunque lo fuera ella, la puta, Adelson, vamos a acabar encima debiéndole un favor.
(De cómo si yo fuera puta, me habría faltado tiempo para enterarme dónde van a cenar esta noche los Adelson Boys, grabarme un videobook en un cedé y plantarme en la puerta del restaurante esperando a que llegaran para dárselo en mano, que hay que espabilar, chicas. ¿No habéis visto Showgirls?)
Hola.
Que venía yo a hablarles de Eurovegas pero, primero, voy a dar un pequeño rodeo.
Suiza.
Suiza es un país neutral (dicen, por si acaso tienen búnkers camuflados en las colinitas, pero bueno) y muy nacionalista (yo no he visto mayor despliegue ondeante de banderas propias en los jardines de cada casa ni en Estados Unidos). Si un ciudadano europeo decide solicitar la nacionalidad suiza porque, pongamos como ejemplo, se ha casado con un señor de Ginebra, por ejemplo también, una de las cosas que tiene que hacer es escribir una carta explicando el por qué de su amor hacia todo lo suizo. Si no se queda solo en el queso, que también, sino que además mete en la carta datos históricos y la escribe, pongamos, en alemán o en francés, mejor que mejor.
Suiza está orgullosa de Suiza y solo quiere entre sus habitantes a gente que también esté orgullosa de Suiza. Supongo que en Austria pasa algo parecido, de ahí esas fantásticas perturbaciones extremas de la regla que son Bernhard, Jelinek y Haneke. (Me voy por los cerros de Úbeda).
Suiza es perfecta. Y su trabajo les cuesta que así sea: cualquier ciudadano es policía. Cualquier ciudadano suizo tiene la obligación de denunciar a su vecino si le ve tirando el vidrio en el contenedor del papel. Tiene esa obligación literalmente, porque si otro vecino ve que el vecino ve al vecino tirando el vidrio en el contenedor azul y que no lo denuncia, este tiene la obligación de denunciar al primero y al segundo. Por que si otro vecino ve que el vecino ve que el vecino ve que el vecino tira el vidrio al contenedor blablablablabla.
En Ginebra hay el barrio de las putas. Está al lado de la estación de tren. En el barrio de las putas de Ginebra se habla español. Son putas latinas, la mayoría. Yo me di un garbeo por allí cuando bajé del tren que me traía directa de París y me encontré con que tenía que hacer tiempo hasta que llegara un amigo. Cuando llegó le dije: ay qué gracia, me bajo del tren en Ginebra y lo primero que oigo es español dominicano. Son putas, me dijo él. Yo, que sabía toda esta historia de la carta y la de los contenedores, le pregunté cómo era posible, estando la inmigración tan controlada, existiendo la obligación de denunciar a tu propio vecino cuando este hacía algo tan tontuelo como confundirse de contenedor, que existiera en el mismo centro de Ginebra, un barrio lleno de inmigrantes -ilegales, supuse-, ejerciendo semejante oficio -ilegal también, supuse-. Me dijo que el oficio no era ilegal en Suiza, que la inmigración sí podía serlo porque era imposible que no se colara nadie y una manera de tener la cosa controlada, era que parte de esa inmigración (y de no inmigración supongo también, aunque yo no vi a ninguna señora con apariencia de suiza por allí) tuviera trabajo, un trabajo, además, que cubriera unas necesidades que, de otra manera, serían más difíciles de cubrir. Me dijo que, en Ginebra, turismo, poco o al menos no tan masivo como en Barcelona; que la mayor afluencia de gente de visita venía dada por convenciones, ferias... Y que gran parte de los visitantes, llegaba a la estación de tren, al lado de la calle más comercial de Ginebra (tiendas de souvenirs y de relojes por todos lados), al lado del barrio de la prostitución (dominicanas y rusas por todos lados). Hay otra zona de prostitución en Ginebra; siguiendo esta misma lógica, está al lado del aeropuerto.
Así me lo dijo.
Efectivamente, Suiza es un país perfecto.
Es un país tan perfecto, que se lo han montado para sacar la máxima tajada de la inmigración que se les cuela y de la prostitución. Y lo saben. Lo sabe y así te lo explica cualquier ciudadano.
Eurovegas se parece mucho al barrio de las putas de Ginebra. El drama es que ni Barcelona ni Madrid se parecen en nada a Ginebra. Ni Catalunya ni España a Suiza.
El problema es que cuando Ginebra acepta una cierta cuota de inmigración ilegal, aprueba una cierta legislación permisiva en cuanto a llámenlo prostitución, llámenlo ventajas fiscales, llámenlo ley del tabaco... es Suiza quien le está haciendo el favor a la madamme; es Suiza quien sigue teniendo la sartén por el mango. Cuando Catalunya en cambio le acepta las condiciones a Madamme Adelson, no está siendo permisiva con Madamme Adelson: le está lamiendo el culo. Y todo el mundo sabe que si las prostitutas simplemente te hacen dejar primero la pasta en la mesilla, las madammes te la hacen dejar igual y además te tratan como si tú fueras la puta; la puta y la pobre.
Ahora veo que el mayor argumento para defender la instalación de Eurovegas en Catalunya es la cantidad de puestos de trabajo que creará: aceptamos Eurovegas porque estamos en la miseria. ¿Cómo Adelson no se iba a hacer el interesante? ¿Dónde se ha visto a una puta haciéndose la remolona? ¿Dónde se ha visto a dos clientes peleándose por seducir a una puta? Seducir a una puta, ¿ven la absurdidad? A una puta se la lleva quien tenga la cartera más gorda y quien tiene aquí la cartera más gorda es Adelson.
En Ginebra tienen muy claro quiénes son las putas. ¿A ver si nosotros nos estamos equivocando señalandola? ¿A ver si, aunque lo fuera ella, la puta, Adelson, vamos a acabar encima debiéndole un favor.
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