Doce horas fuera de casa, de pie, andando de un sitio para otro, haciendo colas, visitas al lavabo, bailando, buscando un sitio donde nos dieran algo de comer, ahora poniéndonos las chaquetas, ahora quitándonoslas, ahora volviéndonoslas a poner para, al final, llegar al último escenario, el del mar detrás, y ver que empezaba a salir el sol y vernos todos de nuevo las caras y alucinarnos vivos porque estábamos guapísimos y sonreíamos y escuchábamos el mismo tun tum TUN TUM tun tum TUN TUM tun tum y nos pensábamos que ese era, primero, el rudido del corazón propio, luego, el de todos los demás latiendo al mismo tiempo, y bailábamos también al mismo tiempo y empezábamos a oír un uuuuuUUUUUUUHHHH que llegaba de algún sitio y llegaba de todos pero no era nuestro; el tun tum, sí, pero el uuUUUHHH, no; el uuuUUUUHHH era suyo y estaba empujando al sol a acabar de salir y a nuestras caras a sonreír cada vez más y a ser más guapas y a nuestros brazos a levantarse y a nuestros ojos a mirarnos y a sonreír otra vez y a bailar y a sonreír y a levantarse y a mirar.
Sonaba esto.
Y parecía que aquel día no podía acabar nunca.
Y aquel día sí que acabó.
Pero yo hoy le he prometido a Donna Summer que nunca, nunca, voy a confiar en nadie que no se haya encontrado ahí arriba con ella, con todos, con todo, cualquier noche de colocón. Porque quien no lo haya hecho, no sabe nada de la vida.
dijous, 17 de maig del 2012
dimecres, 16 de maig del 2012
La Casa Amatller es una de las casas modernistas que hay en de Paseo de Gràcia. Es preciosa.
El tal Amatller, chocolatero, viajero y coleccionista de fotografía, se la hizo construir al arquitecto Josep Puig i Cadafalch a finales del XIX. Por fecha de inicio de las obras, es más antigua que la Pedrera y que la Batlló: he visto a japoneses abrir los ojos como platos cuando les he contado esto. ¿Qué hacía yo contándoles esto a los japoneses? Durante casi un año trabajé en la tienda de la casa Amatller, ubicada en el garaje de la casa; Amatller fue uno de los primeros propietarios de coche particular en Barcelona. Debajo del parquet de la tienda, hay aún una plataforma giratoria: los coches de la época no tenían marcha atrás, así que cuando el Sr. Amatller avisaba de que quería salir a lucir automóvil paseo arriba, paseo abajo para terror, seguramente, de conductores de tranvía, caballos y peatones, el chófer, en el garaje, giraba la plataforma y con ella el coche hasta dejarlo encarado a la vidriera. Abría la vidriera, abría el portalón, esperaba a que bajaran Amatller e hija y vamos que nos vamos.
Amatller solo tuvo una hija que no llegó a casarse y que siempre vivió con él. Las malas lenguas dicen lo que suelen decir las malas lenguas en estos casos. Yo no sé nada, solo he visto a padre e hija en algunas fotos que decoraban las paredes de la tienda de la casa Amatller. En todas ellas, tanto la hija como el padre salen con los ojos cerrados; esto es porque en aquella época, cuando te hacían una foto, tenías que posar un ratazo porque los negativos necesitaban largo tiempo de exposición, y porque el fogonazo del flash te iba a hacer cerrar los párpados de repente y poner cara de supersusto sí o sí.
¿Cómo puede ser que para tan largo tiempo de exposición bastara con un fogonazo? Eso tampoco lo sé. Solo sé que bien por una cosa, bien por la otra, los Amatller salen en todas las fotos con los ojos cerrados, así que no sé cómo se miraban los Amatller entre ellos y por eso no tengo ninguna pista de si lo que dicen esas malas lenguas es verdad.
Cuando les explicaba a los japoneses todo esto último sobre los ojos cerrados de los Amatller en las fotos, ellos, igual que con la historia del coche giratorio, volvían a abrir los suyos como platos. Son la hostia, los japoneses.
Cuando murió la hija Amatller, el padre ya había muerto, no quedó ningún familiar que heredara la casa. Se la dieron al cochero. Ahora el edificio es, en parte, propiedad de un descendiente de ese cochero que giraba la manivela de la plataforma de aquel garaje. En parte: uno de los pisos pertenece a su exmujer (¡ay, el prenup sin firmar!). ¿Y la tienda de quién es? Pues del descendiente del cochero también, pero debería de ser de Femi, sin duda.
Femi es la portera de la casa Amatller.
Tiene una garita en la entrada, a mano derecha, justo antes de llegar a las escaleras, que están antes del ascensor, que está al lado de la puerta de la tienda. Femi debería ser la reina de la planta baja porque ya lo era, en funciones. Entraba hasta la tienda a darnos conversación y a traernos algo de merendar siempre que veía que había pocos guiris rondando. Se enfadaba con nosotras -nunca contra nosotras- cuando le contábamos que nos querían bajar el sueldo, que nos habían quitado la silla o que nos habían dicho que no moviéramos el culo de allá hasta las nueve en punto de la noche. Echaba a todos los turistas -los japoneses se quedaban más ojipláticos que con cualquier historia de fotos con la visión de esa señora rubia espetándoles vocalizando mucho, según ella para que la entendieran, que estábamos cerrando-. Se quedaba a hacernos compañía mientras contábamos el dinero para que no nos quedáramos solas con las montañitas de monedas y billetes a aquellas horas, que ya era de noche. Y si la caja no cuadraba, dejaba el bolso, se quitaba el abrigo y nos decía: venga, tranquila, cuenta otra vez, que yo te espero, que no tengo ninguna prisa.
Veo mucho a Femi ahora porque paso todos los días por delante de la Casa Amatller cuando voy a trabajar. Hoy me ha contado que le han puesto un andamio en la entrada de la casa y que ya no puede estar en su garita. Le he dicho: ¿a ver?, ha abierto la puerta y he mirado. El andamio es enorme y tiene una plancha de hierro que tapa la puerta de su rinconcito, del rinconcito de Femi. Estaba yo mirando eso indignada cuando la he oído que me decía: y mira tu tienda, qué vacía.
Mi tienda, decía.
Esa tienda es de Femi. Femi debería ser la reina de toda la planta baja, fotos, plataforma giratoria del garaje y hasta japoneses ojipláticos incluidos, de la Casa Amatller.
El tal Amatller, chocolatero, viajero y coleccionista de fotografía, se la hizo construir al arquitecto Josep Puig i Cadafalch a finales del XIX. Por fecha de inicio de las obras, es más antigua que la Pedrera y que la Batlló: he visto a japoneses abrir los ojos como platos cuando les he contado esto. ¿Qué hacía yo contándoles esto a los japoneses? Durante casi un año trabajé en la tienda de la casa Amatller, ubicada en el garaje de la casa; Amatller fue uno de los primeros propietarios de coche particular en Barcelona. Debajo del parquet de la tienda, hay aún una plataforma giratoria: los coches de la época no tenían marcha atrás, así que cuando el Sr. Amatller avisaba de que quería salir a lucir automóvil paseo arriba, paseo abajo para terror, seguramente, de conductores de tranvía, caballos y peatones, el chófer, en el garaje, giraba la plataforma y con ella el coche hasta dejarlo encarado a la vidriera. Abría la vidriera, abría el portalón, esperaba a que bajaran Amatller e hija y vamos que nos vamos.
Amatller solo tuvo una hija que no llegó a casarse y que siempre vivió con él. Las malas lenguas dicen lo que suelen decir las malas lenguas en estos casos. Yo no sé nada, solo he visto a padre e hija en algunas fotos que decoraban las paredes de la tienda de la casa Amatller. En todas ellas, tanto la hija como el padre salen con los ojos cerrados; esto es porque en aquella época, cuando te hacían una foto, tenías que posar un ratazo porque los negativos necesitaban largo tiempo de exposición, y porque el fogonazo del flash te iba a hacer cerrar los párpados de repente y poner cara de supersusto sí o sí.
¿Cómo puede ser que para tan largo tiempo de exposición bastara con un fogonazo? Eso tampoco lo sé. Solo sé que bien por una cosa, bien por la otra, los Amatller salen en todas las fotos con los ojos cerrados, así que no sé cómo se miraban los Amatller entre ellos y por eso no tengo ninguna pista de si lo que dicen esas malas lenguas es verdad.
Cuando les explicaba a los japoneses todo esto último sobre los ojos cerrados de los Amatller en las fotos, ellos, igual que con la historia del coche giratorio, volvían a abrir los suyos como platos. Son la hostia, los japoneses.
Cuando murió la hija Amatller, el padre ya había muerto, no quedó ningún familiar que heredara la casa. Se la dieron al cochero. Ahora el edificio es, en parte, propiedad de un descendiente de ese cochero que giraba la manivela de la plataforma de aquel garaje. En parte: uno de los pisos pertenece a su exmujer (¡ay, el prenup sin firmar!). ¿Y la tienda de quién es? Pues del descendiente del cochero también, pero debería de ser de Femi, sin duda.
Femi es la portera de la casa Amatller.
Tiene una garita en la entrada, a mano derecha, justo antes de llegar a las escaleras, que están antes del ascensor, que está al lado de la puerta de la tienda. Femi debería ser la reina de la planta baja porque ya lo era, en funciones. Entraba hasta la tienda a darnos conversación y a traernos algo de merendar siempre que veía que había pocos guiris rondando. Se enfadaba con nosotras -nunca contra nosotras- cuando le contábamos que nos querían bajar el sueldo, que nos habían quitado la silla o que nos habían dicho que no moviéramos el culo de allá hasta las nueve en punto de la noche. Echaba a todos los turistas -los japoneses se quedaban más ojipláticos que con cualquier historia de fotos con la visión de esa señora rubia espetándoles vocalizando mucho, según ella para que la entendieran, que estábamos cerrando-. Se quedaba a hacernos compañía mientras contábamos el dinero para que no nos quedáramos solas con las montañitas de monedas y billetes a aquellas horas, que ya era de noche. Y si la caja no cuadraba, dejaba el bolso, se quitaba el abrigo y nos decía: venga, tranquila, cuenta otra vez, que yo te espero, que no tengo ninguna prisa.
Veo mucho a Femi ahora porque paso todos los días por delante de la Casa Amatller cuando voy a trabajar. Hoy me ha contado que le han puesto un andamio en la entrada de la casa y que ya no puede estar en su garita. Le he dicho: ¿a ver?, ha abierto la puerta y he mirado. El andamio es enorme y tiene una plancha de hierro que tapa la puerta de su rinconcito, del rinconcito de Femi. Estaba yo mirando eso indignada cuando la he oído que me decía: y mira tu tienda, qué vacía.
Mi tienda, decía.
Esa tienda es de Femi. Femi debería ser la reina de toda la planta baja, fotos, plataforma giratoria del garaje y hasta japoneses ojipláticos incluidos, de la Casa Amatller.
dilluns, 14 de maig del 2012
Miro els arbres. Com no m'he de repetir?
Perejaume.
... y la cronista de pega, que, por si no ha quedado claro ya, soy yo y no Anna Ballbona (que la Ballbona es tan de verdad como de verdad son todas sus crónicas, igual que de verdad son las crónicas de Esteve Plantada), se va a dormir más tranquila porque ha estado tomando la última cerveza con Joan Todó, el árbol que, aún faltándole en el paisaje desde hace días, desde hace días también se ha hecho más presente que nunca.
¡Qué contundentes estuvieron ayer Perejaume y Chantal Maillard! ¡Cómo siguieron ayer los dos, durante un rato largo, haciendo el ruidito del agua y del fuego, del fuego y el agua, con el que empezaron la sesión!
Eduard, Martí: ¡Qué fes-ti-va-lón os está quedando!
Perejaume.
... y la cronista de pega, que, por si no ha quedado claro ya, soy yo y no Anna Ballbona (que la Ballbona es tan de verdad como de verdad son todas sus crónicas, igual que de verdad son las crónicas de Esteve Plantada), se va a dormir más tranquila porque ha estado tomando la última cerveza con Joan Todó, el árbol que, aún faltándole en el paisaje desde hace días, desde hace días también se ha hecho más presente que nunca.
¡Qué contundentes estuvieron ayer Perejaume y Chantal Maillard! ¡Cómo siguieron ayer los dos, durante un rato largo, haciendo el ruidito del agua y del fuego, del fuego y el agua, con el que empezaron la sesión!
Eduard, Martí: ¡Qué fes-ti-va-lón os está quedando!
diumenge, 13 de maig del 2012
Saul Williams. Saul Williams recitando en una plaza justo antes del slam de poesía. Y la tía que tienes al lado ha venido a ver el slam y pasa como la mierda de Saul Williams. Pasa como la mierda hasta el punto que le suena el móvil, contesta y se pone a gritar para que quien le ha llamado le oiga por encima de Saul Williams. Le miras, te pide perdón de pasada y sigue gritando. Y mira: en ese momento notas el peso de toda educación, de toda norma social que, año tras año, desde bien jovencita, te ha ido cayendo encima; toda educación, toda norma social levantándose a modo de barreras, a modo de peajes en plena autopista de la conexión nerviosa cerebro-mano; peajes que impiden el movimiento más natural, el que te pide el cuerpo en ese preciso momento: darle una soberana hostia a la tía del móvil, a la de al lado, a la que grita más que Saul Williams.
Saul Williams es este:
Es el negro que si te pilla en frío te puede dejar el regusto de que te acaban de soltar una retahíla de consignas tampoco demasiado novedosas, tampoco tan alejadas de las del predicador desbocado, pero esa es una cosa que solo pasa cuando ves a Saul Williams pensando que quien tienes al otro lado del teléfono no te puede escuchar; eso pasa solo cuando el gritón eres tú y no ese negro que grita; eso solo pasa cuando has ido a ver a unos cuantos poetas para ponerles nota, que es de lo que va un slam; para escuchar poemas que duran un máximo de tres minutos, cuando los del negro no suelen bajar de seis, y levantar la pizarrica en la que has escrito 6'5, 3'2 u 8'7, y quedarte tan ancha sin llegar a darte cuenta de que el recital bueno no tiene límite de tiempo, de que en el recital bueno, en el de Saul Williams, es el poeta quien te está poniendo nota a ti.
Y tú has suspendido, has suspendido y has vuelto a suspender con el móvil en la mano. Imbécil.
Y yo probablemente también, por haberme quedado ahí encallada y callada en vez de optar por el #novullpagar, #elquevullespegar, y haberte dado una buena hostia a tiempo.
Saul Williams es este:
Es el negro que si te pilla en frío te puede dejar el regusto de que te acaban de soltar una retahíla de consignas tampoco demasiado novedosas, tampoco tan alejadas de las del predicador desbocado, pero esa es una cosa que solo pasa cuando ves a Saul Williams pensando que quien tienes al otro lado del teléfono no te puede escuchar; eso pasa solo cuando el gritón eres tú y no ese negro que grita; eso solo pasa cuando has ido a ver a unos cuantos poetas para ponerles nota, que es de lo que va un slam; para escuchar poemas que duran un máximo de tres minutos, cuando los del negro no suelen bajar de seis, y levantar la pizarrica en la que has escrito 6'5, 3'2 u 8'7, y quedarte tan ancha sin llegar a darte cuenta de que el recital bueno no tiene límite de tiempo, de que en el recital bueno, en el de Saul Williams, es el poeta quien te está poniendo nota a ti.
Y tú has suspendido, has suspendido y has vuelto a suspender con el móvil en la mano. Imbécil.
Y yo probablemente también, por haberme quedado ahí encallada y callada en vez de optar por el #novullpagar, #elquevullespegar, y haberte dado una buena hostia a tiempo.
dissabte, 12 de maig del 2012
... festival eres tú.
Y va el Sito Subirats y me canta una jota. Y cuando acaba, me mira desafiante, así como diciendo ¿qué? Y Víctor, que anda por ahí, me dice: ahora le tienes que contestar. Yo les digo que no me sean bertsolaris, que en Navarra, las jotas no se contestan, que acaban con un chimpón de guitarra o con un riau riau, y ya está, se ha acabau. Que es todo en uno, en Navarra, una jota. Pero el Sito me levanta las cejas, así como diciendo otra vez ¿qué? ¿qué? Y no puedo más que contestarle cantando, brazos en jarras:
Y ahora tú te quedas
esperando una jota
Pues yo te contesto
que no es chirigota
Y no tengo ni idea de lo que le he querido decir, pero lo dejo mudo, que mira que es difícil dejar mudo al Sito. Pues callado se queda por un momento para acabar diciendo òstia, tia, Sucunza! Bueno, ¿no quieres polvo?, pienso yo, pues no vayas a la era. Pero esto no era así: la jota, en Navarra, no se contesta, y ayer a mí me obligaron a contestar a jotas de allá abajo con jotas de allá arriba. Y como esto siga así, me veo cantando más jotas el día de la romería de la calle Carretes que están organizando las chicas de las Fernández. Y no sé, yo no había venido a esto. Yo había venido a ver recitar a Urayoán Noel y a Saul Williams en la Virreina. Pero ahora veo que son las cinco de la mañana y que estoy con Urayoán en el Kentucky, traduciéndole del euskara una bufanda del Atletic de Bilbao que hay colgada en la pared y descubriendo luego con él todos los paralelismos que hay entre el español portorriqueño en Nueva York y el catalán en España. Y como es una cosa de la que nunca acabaríamos de hablar y es tarde y estamos borrachos, decido que ya es hora de ir a casa pero le pido antes que me haga un poema en el whatsapp del móvil. Le conecto el modo reconocedor de voz y le planto el cacharro en la boca.
Y Urayoán dice:
ES LO QUE HAGO TODO EL TIEMPO
Y el móvil poeta escribe:
HE SIDO UN LOBO SOLO TODO EL TIEMPO
Le mando el poema a Olga y le digo: tienes un poema de Urayoán Noel en el móvil. Y con esto y un bizcocho, salimos a la calle, Víctor y Urayoán se van para las Ramblas; Max y Olga deciden acompañarnos a Sito y a mí porque no se fían de dejarnos solos, a ver si nos vamos a liar a jotazos en plena calle. Metemos a Sito en un taxi, me meten a mí en mi portal y tiran Carretes arriba, en sentido contrario del que será, seguramente, el de la romería que ahora, al parecer, tenemos pendiente y que tiene toda la pinta de que acabará también en jotas de las que no se contestan, ¿qué se van a contestar? hombre, por Dios, que sois todos una panda de bertsolaris.
Y va el Sito Subirats y me canta una jota. Y cuando acaba, me mira desafiante, así como diciendo ¿qué? Y Víctor, que anda por ahí, me dice: ahora le tienes que contestar. Yo les digo que no me sean bertsolaris, que en Navarra, las jotas no se contestan, que acaban con un chimpón de guitarra o con un riau riau, y ya está, se ha acabau. Que es todo en uno, en Navarra, una jota. Pero el Sito me levanta las cejas, así como diciendo otra vez ¿qué? ¿qué? Y no puedo más que contestarle cantando, brazos en jarras:
Y ahora tú te quedas
esperando una jota
Pues yo te contesto
que no es chirigota
Y no tengo ni idea de lo que le he querido decir, pero lo dejo mudo, que mira que es difícil dejar mudo al Sito. Pues callado se queda por un momento para acabar diciendo òstia, tia, Sucunza! Bueno, ¿no quieres polvo?, pienso yo, pues no vayas a la era. Pero esto no era así: la jota, en Navarra, no se contesta, y ayer a mí me obligaron a contestar a jotas de allá abajo con jotas de allá arriba. Y como esto siga así, me veo cantando más jotas el día de la romería de la calle Carretes que están organizando las chicas de las Fernández. Y no sé, yo no había venido a esto. Yo había venido a ver recitar a Urayoán Noel y a Saul Williams en la Virreina. Pero ahora veo que son las cinco de la mañana y que estoy con Urayoán en el Kentucky, traduciéndole del euskara una bufanda del Atletic de Bilbao que hay colgada en la pared y descubriendo luego con él todos los paralelismos que hay entre el español portorriqueño en Nueva York y el catalán en España. Y como es una cosa de la que nunca acabaríamos de hablar y es tarde y estamos borrachos, decido que ya es hora de ir a casa pero le pido antes que me haga un poema en el whatsapp del móvil. Le conecto el modo reconocedor de voz y le planto el cacharro en la boca.
Y Urayoán dice:
ES LO QUE HAGO TODO EL TIEMPO
Y el móvil poeta escribe:
HE SIDO UN LOBO SOLO TODO EL TIEMPO
Le mando el poema a Olga y le digo: tienes un poema de Urayoán Noel en el móvil. Y con esto y un bizcocho, salimos a la calle, Víctor y Urayoán se van para las Ramblas; Max y Olga deciden acompañarnos a Sito y a mí porque no se fían de dejarnos solos, a ver si nos vamos a liar a jotazos en plena calle. Metemos a Sito en un taxi, me meten a mí en mi portal y tiran Carretes arriba, en sentido contrario del que será, seguramente, el de la romería que ahora, al parecer, tenemos pendiente y que tiene toda la pinta de que acabará también en jotas de las que no se contestan, ¿qué se van a contestar? hombre, por Dios, que sois todos una panda de bertsolaris.
divendres, 11 de maig del 2012
Oigan, ¿ya siguen el blog del Festival de Poesia de Barcelona?
Los cronistas son de lujazo: lo hacen tan bien que son capaces de quitarte de encima la espinita esta tan incómoda del no llegar a verlo todo.
Los cronistas son de lujazo: lo hacen tan bien que son capaces de quitarte de encima la espinita esta tan incómoda del no llegar a verlo todo.
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