dimarts, 13 de desembre del 2011

Una cosa: con todo esto de Urdangarín, ¿alguien está mirando a otro lado? No sé, me preocupa porque por ejemplo, del asuntillo de Mas en Suiza no se ha vuelto a hablar y, claro, yo no es que sea descofiada (DESCOFIADA, he escrito; descofiada. Me encanta.) pero la vida se ha empeñado en hacerme un poco tal y sé por experiencia que cuando el río suena, uno tiende a olvidarse de la fuente; que cuando un novio está raro con la novia, igual es que no está tan raro con alguna otra cosa o alguna otra individua. No sé, no sé; tonterías... Pero, otro ejemplo, al Rey: ¿alguien está mirando al Rey? Porque esta gente en la spotlight y su prole, hace ya años que se fueron a Washington y no fue precisamente para que los niños estudiaran inglés y valores americanos (qué grandes, los valores americanos). Cristina, por ejemplo, ¿no tenía trabajo que hacer aquí como Infantita que era? Era, qué gracia, ya no es. Quiero decir, si no hubiera sido por causa mayor, no le habrían dejado irse, ¿no?

Que de la misa, la mitad nos enteramos; que la verdad es lo que sabemos más lo que no queremos saber más lo que no nos cuentan.

En todo esto estaba pensando hace un momento en la ducha.
Joder, me roba hasta el tiempo de enjabonado esta gentuza.

dilluns, 12 de desembre del 2011

Dietario de la tienda. Día 2

Instrucciones del jefe: Manoli y él atienden a los clientes. Yo me quedo en la caja.

La tienda es estrecha y a la que estamos tres atendiendo nos molestamos. Si hay dos clientes, los atienden ellos; si hay tres, yo puedo atender; si hay más de tres, yo a la caja, ellos los van ventilando y yo les voy cobrando entre sonrisas y ¿espararregalos? varios. Un día de mogollón en rebajas de verano, atendíamos y cobrábamos todos: fue el caos (reina), también un poco porque nadie doblaba nada de lo que había desdoblado y aquello parecía el contenedor del Raval el día que toca vaciar los pisos de las abuelas, que Dios las tenga en su gloria.

Así que yo me quedo en la caja.

Quedarse en la caja tiene un pro y un contra:
El contra: hace un frío que pela. La caja está al lado de la puerta (del hueco donde debería ir la puerta, que no hay, que es solo la persiana). La máquina de aire caliente está encima de la puerta, enfocada hacia el interior de la tienda. La caja, o sea, yo, está justo en el punto ciego de la máquina de aire caliente que está encima de la puerta, en su culo, vaya, sí: no llega el aire caliente. Sí llega el aire frío que entra por el hueco en el que debería haber una puerta.

El pro, que es interesantísimo a la par que perturbador: oigo las conversaciones de la gente que viene a acompañar a la gente que viene a comprar. A veces (la mayoría) viene el señor con su señora; estos, nada, entran juntos. Pero otras veces (no tantas) vienen el señor, la señora y los hijos (entonces los hijos se quedan al lado de la caja, esperando); otras, el señor, la señora y un hijo o una hija (eso pasó una vez y la señora le dijo a la cría: quédate con esta chica. La niña, de unos 8 años, y yo nos miramos en plan ¿y yo qué hago ahora contigo? un rato, hasta que la puse a doblar camisetas, en serio, la puse a doblar camisetas que luego tuve que volver a doblar yo porque ella se pasaba la perfilación por el forro, pero bueno, por lo menos dejó de mirarme con esa cara de lo que era: una niña abandonada); otras veces, como ha pasado hoy, vienen el señor, la señora, la amiga de la señora y dos bebés en sendos cochecitos.

El señor era del tipo presumido y rico: ha pasado al fondo de la tienda, se ha probado pantalones, camisas, jerseys y americanas y lo quería todo; se lo ha llevado casi todo, de hecho. La señora, que debía de conocerlo a fondo, si no no me explico cuánto se parecía al señor ese bebé al que ella le llamaba cariño y que a ella le llamaba mami, le ha recordado a su amiga que tenía que ir a la farmacia. ¿Tú no tenías que ir a la farmacia?, le ha dicho. La amiga ha dicho que sí. Papá, ha gritado ella hacia el señor y Manoli, confirmando mi teoría de que lo conocía a fondo, que tenemos que ir a la farmacia. Él ha dicho un momento o algo así. Ella ha empezado a pegar golpecitos en el suelo con el zapato y a levantar las cejas y a hacer caídas de ojos mirando a su amiga. Bueno, tampoco tengo prisa, ha dicho la amiga. Entonces ella, la señora, ha hecho dos cosas, lo juro, que lo he visto: primero, le ha encasquetado el gorro al bebé hasta las orejas, luego ha vuelto a gritar papá y cuando el señor ha mirado le ha dicho señalando al bebé: nos vamos que este está muerto de calor y se está agobiando. Te esperamos en la farmacia. Vale, ha dicho el señor. Y se han ido. Y el señor se ha quedado en la tienda con Manoli.

Yo me he quedado en la caja pensando que qué fuerte y a la vez qué normal utilizar así al niño como argumento indiscutible, me he acordado de una vez que puse como excusa que mi abuela estaba mal para saltarme un examen de francés para el que no había estudiado nada. Mi abuela tenía alzheimer: estar fatal era su estar normal: yo sí que estuve fatal hasta que no me quité el examen de encima, joder, qué cargo de conciencia, no volví a hacerlo nunca más (suspendí francés), claro que mi abuela duró poco más (la profesora de francés se sintió fatal por mí cuando murió), claro que yo estaba jugando con el alzheimer, que son así como palabras mayores. La señora de esta tarde simplemente se ha asegurado de agobiar al niño antes de decirle a su marido que el niño se estaba agobiando: claro que se estaba agobiando (ellos sí estaban a tiro de la máquina de aire caliente), pero es que les quedan por delante muchos años de niño a estos dos, muchos años de no decir la verdad, de no decirle ella a él que, siendo del tipo presumido y rico, casi que prefiere quedarse en casa mientras él va a comprar ropa...

A ver si al final va a resultar que no se conocían tan a fondo.

A ver si al final va a resultar que el niño, cuando tenga los brazos lo suficientemente largos para quitarse y ponerse el gorro él solito, los mandará a la mierda y los dejará solos, el uno con el otro, tendrán que empezar, entonces sí, a conocerse a fondo y descubrirán que no se soportan ni cuando no van juntos a comprar ropa.

diumenge, 11 de desembre del 2011

Dietario de la tienda. Día 1

Hay un señor en la calle que toca el clarinete -la flauta, según mi hermano, que está de él hasta las narices-. Es Navidad y repite sin parar un villancico. Yo tengo en la cabeza todo el día el Welcome to the Jungle, de Guns and Roses; Martí lo puso ayer por la noche en casa y gritamos toda la letra de pe a pa, como si no hubiera pasado nada en los últimos 20 años, como si nadie hubiera abierto ese cajón del cerebro en todo este tiempo.

Enredando, enredando, se adulteran los recuerdos. Olvidándolos, se mantiene su literalidad.
Había olvidado cómo se hacían los tíquets-regalo, cómo se metían los arreglos en caja y cómo se marcaban las devoluciones. He acertado a hacerlo todo de nuevo a la primera. La gente, en cambio, los clientes, me han parecido más grises que nunca porque los recordaba mucho más interesantes. A la que pasen unos cuantos días de contacto con ellos, volveré a olvidarlos y me los podré volver a mirar con fascinación.

A mi hermano -mi jefe estos días-, en cambio, lo tengo tan asimilado que no lo pienso desde que nació, así que sea en la tienda, sea en casa, sea comiendo llom rostit en el restaurante de la calle que sube del Monestir, nunca, nunca, me decepciona.

Ha cogido una pila de jerseys del fondo de la tienda, los ha puesto en la mesa, los ha desdoblado todos y ha comenzado a doblarlos de uno en uno mientras me habla de algo que no tiene nada que ver ni con los jerseys ni con la tienda ni con nada de lo que me hubiera hablado antes. Dice que, haciendo el mismo movimiento e imprimiendo la misma fuerza en el golpe, con un hierro del siete mandas la bola a una determinada distancia, con uno del seis la mandas un poco más lejos y con uno del cinco más lejos aún. Que si quieres mandarla a tomar por el culo, hay que coger una madera. Mi hermano se ha apuntado a un curso de golf y va todas las semanas a un campo municipal que hay cerca de Sant Cugat, a practicar. Dice que solo le cobran 86 euros al año por lanzar todas las bolas que le dé la gana y que él coge un hierro del cinco, por ejemplo, y un montón de bolas, se planta en un sitio determinado con los pies un poco separados y venga a darle una vez y otra y otra hasta que llega un momento en el que no está pensando ni en el gesto que hace ni en cuánto dobla las rodillas ni en qué ángulo tiene sujeto el palo. Y es entonces cuando le salen los mejores golpes, cuando las bolas empiezan a ir a parar más o menos al mismo sitio y cuando él puede anticipar dónde van a caer y siente que domina el juego.

Otra cosa es que te pongan el agujero delante, dice también mi hermano, ahí es cuando te das cuenta de que no tienes ni puñetera idea. Se va al fondo de la tienda, coloca la pila de camisas en su sitio y vuelve.

Y eso es lo que te está pasando a ti con toda esta historia del libro, concluye.

Suena J-Lo y la ropa de invierno es mucho más complicada de perfilar que la de verano.

Cuando hay fútbol, no entra en la tienda ni el tato.

Macson, I'm back.

dimecres, 7 de desembre del 2011

Siempre va bien, una vez has vuelto, repasar en qué no has pensado mientras estabas fuera, para ver qué es y qué no es importante (a un nivel muy subjetivo).

Tirando a lo grande, Catalunya, por ejemplo, allá, como si no existiera.

Es una trampa: Catalunya no ha desaparecido: me he dado cuenta cuando he llegado a casa y me he puesto a leer el Ara, que tampoco lo había leído estos días porque allá tampoco existe, entendiendo en ese mismo momento el porqué de la actitud tan mesiánica de algunos.

Pero bueno, la cosa es que uno relativiza que da gusto.

Y no se crean que es una cuestión de distancia o de estar de vacaciones, simplemente. Mi madre, por ejemplo, allá está existiendo tanto últimamente, que duele.

Y no deja de doler, por mucho que ponga tierra de por medio.

dilluns, 5 de desembre del 2011


He aquí César-"Yo sé mucho de tu familia...".
Cuidadorl.

dissabte, 3 de desembre del 2011

Pasa con la Kika que a veces dudo entre si está jugando, si está defendiendo a muerte su territorio o si está haciendo las dos cosas a la vez.

(Lo que no sabe es que, en el caso de que esto fuera realmente una guerra, yo estaría dispuesta a dejarme ganar casi, he dicho casi, siempre).
Miren qué me pasa siempre que me voy, que no es una cosa que pase a menudo: antes de irme yo, vienen a mí un montón de cosas. Por ejemplo, voy hoy y me levanto con esta canción en la cabeza:



Esta vez ha sido esta pero podría haber sido, que ya me ha pasado otras veces, perfectamente esta otra:



O esta otra:



¿Se van haciendo a la idea del delirio que supone la cosa?

Pues aún hay más: también tengo en la cabeza a la Gopegui, a Millás, a Baroja (bien, este último nunca se ha ido) y a Vila-Matas (este último, en vez de irse, vino más: fue como un anticipo entonces). Pero no es que me vengan a la cabeza los nombres de esta gente, no: también visualizo los libros y el lugar exacto que ocupan en la estantería de mi habitación, que mi madre no los ha tocado desde entonces más que para quitarles el polvo. También viendo todo esto en mi cabeza, me veo a mí misma tirada en la cama mientras suena todo lo primero y leo todo lo segundo.

Y no solo eso: ahora mismo, en vez de pensar que esta noche llamaré a Antonio, a Gaby, a Jaume o a Víctor, pienso que llamaré a Cristina, a Aurora, a Ana y a Juli. En vez de pensarme dentro del metro, me pienso cruzando la Vuelta del Castillo, y en vez de en la Diagonal, pienso en Pío XII.
¿Ven cómo no son solo cuatro horas de ida? ¿Ven cómo son muchos años y mucha gente y muchos libros y mucha música de ida?

Pues hasta luego, hasta dentro de mil cosas. Me gustará saber de ustedes aunque los oiré así como muy de lejos. Nos vemos a la vuelta.