diumenge, 30 d’octubre del 2011

-Preste atención, se lo ruego. Vayamos a los hechos. Una tal Maria Tataróvich abandona su patria. Después de lo cual, Maria Tataróvich, mire usted por dónde, pide que la dejen regresar... Uno tiene la impresión de que para algunos la patria es como si fuera una magnitud cambiante. Hoy quiero y me marcho, en cambio mañana me lo pienso mejor y vuelvo. Como si estuviéramos en una tienda de comestibles o en el mercado. Y sin embargo, no se ofenda usted, entretanto se ha cometido una vil traición. Y por consiguiente, hay una culpa que expiar. De modo que, solo después de expiarla, ciudadana Tataróvich, se decidirá si se la deja volver. O no se le concede el permiso... Pero incluso en caso favorable, la decisión demandará, no lo olvide usted, de una condescendencia ilimitada. Pues sepa usted que hasta el humanismo socialista tiene sus límites.
-Y tanto que los tiene- afirmó convencido Zhora.
Se produjo una pausa. Se oía el aire acondicionado. La nevera se ponía a vibrar a cada momento.
Marusia preguntó insegura:
-¿Y qué me aconseja usted entonces?
Kókorev tardó en responder, pero luego dijo:
-Pues escriba algo, Maria Fiórdorovna.
-¿Qué?
-Un artículo, una nota, o algo similar.
-¿Yo? ¿Sobre qué?
-Pues sobre todo. Exponga con detalle tal como sucedió todo. Cómo vivía usted sin problemas ni contratiempos. Cómo calaron en su mente las conversaciones con Tsejnovítser. Y cómo luego dio usted este mal paso. Cómo ahora se arrepiente de su decisión... ¿Está claro? Comparta con los demás sus ideas...
-¿Y de dónde las saco?
-¿De dónde saca qué?
-Las ideas.
-Las ideas se las soplo yo- intervino Zhora.
-Las ideas no son problema- coincidió Kókorev.
Balíev inesperadamente observó:
-Unos tienen ideas, otros ideólogos.
-Bien- dijo Musia -. Supongamos que escribo todo eso. ¿Y después qué?
-Después lo publicaremos. Su caso servirá de lección para los demás.
-¿Quién lo publicará?- preguntó Marusia.
-Cualquier revista. ¡Con nuestras recomendaciones! Aunque sea la Literatúrnaya gazeta.
-O el New York Times- añadió Zhora.
-Pero si yo no sé escribir.
-Hágalo como pueda. Al fin y al cabo, no son versos. Aquí lo importante son los hechos. Y si hace falta, ya lo redactaremos.
-Mujer- espetó con cara de payaso Zhora -, no te hagas de rogar y acepta.
-Se lo pediré a Dovlátov- dijo Musia.
-¿A quién?
-¡No me digan que no conocen a Dovlátov! Escribe como Turguénev. Mejor incluso.

La extranjera. Serguey Dovlátov. Ikusager Ediciones, 2008.

dissabte, 29 d’octubre del 2011

Hay un episodio de Twin Peaks en el que el Agente Cooper se marca una loa al amor por la vida que ha encontrado en ese mismo pueblo al que ha llegado a investigar un asesinato del que pocos, en un principio, escapan de sospechosos y cuya investigación va destapando, una tras otra, personalidades maléficas entre los habitantes del supuesto pueblo del amor.

Hay otro, en el que Bobby, el novio de Laura Palmer, la asesinada, entra en furia y grita hipócritas, hipócritas, a toda la gente que se ha reunido para el funeral, después de que el cura cante las bondades y la belleza de la muerta en cuestión.

Y otro, en el que el mismo Bobby le cuenta al psicólogo (qué gran personaje el del psicólogo), cómo la muerta, que para todos era una especie de dechado de virtudes, en realidad vivía de sacar lo peor de las personas, moviéndolas siempre a hacer cosas terribles que ni siquiera sabían que eran capaces de hacer.

Twin Peaks me supera. Creo que hace casi veinte años, cuando lo pasaban por la tele, me quedaba corta al pensar que, si no podía ver un episodio entero sin apretar el OFF del mando a distancia cada vez que la imagen empezaba a saturarse de color y el ambiente empezaba a ponerse un poco espesito, era porque los sueños del Agente Cooper y las visiones de la madre de Laura me mataban de miedo y me provocaban el levantarme de un salto del sofá para hacer el trayecto hasta mi habitación encendiendo todas las luces -pasillo, lavabo, habitación- que tenía por delante en mi recorrido, antes de apagar todas la luces -salón, pasillo, lavabo- que en mi recorrido iban quedando atrás.

En Twin Peaks hay algo más que rojos subidos y ambientes enrarecidos que hace estrechar el nudo en el estómago: hay una ignorancia de los conceptos de bondad y maldad generalizada entre los personajes. Todo el mundo tiene sus cositas tan relativizadas que todo el mundo pasa por ser así como es, ni bueno ni malo, y punto. Sólo cuando hay una prueba material de la maldad -el cadáver de Laura Palmer- y cuando llega alguien foráneo capaz de apreciar la bondad, la belleza y el placer -el agente Cooper-, empiezan a estar más claras las cosas, más definidas las personas.

Esa ignorancia, ese aislamiento de los 51.201 habitantes de Twin Peaks (¿se han fijado que no hay niños en la serie? ¿No suelen ser los niños quienes tienen siempre clara la distinción bueno-malo, quienes no admiten matices?) son los que provocan que Bobby, el novio de Laura Palmer, que es un bully de insituto de manual al principio de la serie, solo una vez muerta ella pueda tomar conciencia de que aquello que ella le empujaba a hacer era pura maldad; o que Jacques cuente entre risas cómo Leo disfrutaba viendo cómo Waldo, el pájaro hablador, se liaba a picotazos con Laura antes de morir esta. Bobby hacía lo que hacía simplemente por ser el novio de Laura, Leo ató a Laura a la silla simplemente porque ella se lo pidió y él disfrutaba con aquello, y Jacques reía porque aquella tarde, antes de que hubiera ningún cadáver, aquello era una fiesta. Sin más, sin juicios: cada uno estaba en su papel luego todo estaba bien.

Esa ignorancia es la que ahora, veinte años después, me haría correr a dormir si no me pudiera la curiosidad. Esa ignorancia da más miedo que todos los enanos del mundo bailando melodías inquietantes entre cortinas rojas. Esa justificación de la maldad, ese yo soy así y no le des más vueltas, ese conformismo en el que uno se queda atascado cuando, por fin, por aislamiento ha acabado perdiendo toda la perspectiva o por haber ido demasiado lejos ya ni siquiera llega a alcanzar con la vista una referencia más o menos objetiva; cuando ha llegado, en fin, a un punto de no retorno en el que todo lo mide y lo valora según intenciones y motivos puramente personales. Y da miedo en Twin Peaks, esa ignorancia, pero es que aún lo da mucho más en la vida real.

dimecres, 26 d’octubre del 2011

Talk about darle la vuelta a la tortilla.

Ayer tuve un momento de lucidez en la radio: antes y después de entrar en antena (yo preferiría tener estos momentos mientras estoy en antena pero no, ya ven, ahí dentro solo consigo que me tiemble la voz y no ser capaz de escuchar nada de lo que pasa ni antes ni después de mi intervención: así no hay manera de parecer inteligente de cara a la galería, qué le vamos a hacer).

Miren, ayer estaba esperando con Marina Espasa para entrar en el estudio, las dos ahí, sentadicas, esperando a que nos llamaran para hablar de libros, cuando viene la productora del programa y nos pregunta si queremos tomar algo. Agua, digo yo; agua yo también, dice Marina. La productora se va a buscar los botellines y yo le digo a Marina: Dios mío, ella es yo hace unos meses.

Entramos, decimos la nuestra, acabamos, nos levantamos y vemos en el estudio a Eva Cuenca. Meten la canción, cierran los micros para hacer el cambio y Eva nos dice: ¡míralas, qué graciosas! Ay, nos preguntábamos qué habría sido del equipo (del equipo de L'hora del lector, que era donde trabajábamos Marina y yo hasta hace unos meses). Eva Cuenca trabaja en Random House Mondadori, la conocemos porque había venido unas cuantas veces al programa a acompañar a escritores. Nos pregunta qué hacemos ahora: Yo trabajo en una editorial, le cuento.

Zas: yo soy la chica que atiende a los invitados, yo soy la chica que recibía a Eva Cuenca cuando venía a la tele; ahora yo soy Eva Cuenca; sí, claro, ya me gustaría..., dejémoslo en que voy a la radio y trabajo en una editorial; yo soy también el escritor al que acompaña; bueeeeno, dejémoslo en que tengo una editora a quien le envío textos que, por lo visto, acabarán siendo un libro.

¿Se dan cuenta? Me he pasado al otro bando: he hecho casi sin planearlo un salto de 180 grados, estoy al otro lado de la barrera y lo fuerte es que tengo la sensación de que yo no me he movido del sitio, de que simplemente he levantado los pies y ha sido el mundo el que se ha dado la vuelta antes de que yo volviera a bajarlos.

Yo a veces tengo la sensación de que no soy yo quien se mueve sino todos los demás quienes cambian de sitio. A veces pienso que tengo mucha suerte y otras que tengo mucho morro. Otras veces también me da por pensar que debería poner orden, que debería decir: quietos todos, ahora me muevo yo.

Lo que no logro conseguir, desde hace unos meses, es borrar de mi cara esta expresión de sorpresa, así como de que todo esto que está pasando me hace muchísima gracia.

dimarts, 25 d’octubre del 2011

Hay veces que te encuentras con gente que no te admite si no estás a su bajura.

Es como si hubiera un club de egoístas, broncas, gente con mala baba que, cada vez que cree captar a un posible candidato para el club, le hicieran probar en plan cremonia de iniciación, en sus propias carnes todas sus 'cualidades'. Pero es una trampa esta ceremonia de iniciación, porque si el candidato llega a responder en los mismos términos en los que ellos atacan, ellos dejarán de verse a sí mismos como lo que son y lo rechazarán alegando precisamente que no les sirve porque es un egoísta, un broncas y tiene mucha mala baba.

Si el posible candidato en cambio, en vez de responder, piensa con tristeza cómo ha podido querer, si lo ha querido, ni si quiera tener algo que ver con esa gente tan egoísta, tan broncas y con tan mala baba, y no les hace frente para nada, ellos pensarán que de qué va este tío haciéndose la mosquita muerta y que qué desprecio es ese que les está haciendo.

En cualquiera de los casos, el candidato nunca saldrá del entuerto bienparado a los ojos de la gente del club.

Así que para qué esforzarse.

Esta es un poco la conclusión de toda la semana pasada. Bueno, teniendo en cuenta que estuve absolutamente enferma, que cuando estoy absolutamente enferma me siento muy muy miserable y que la única vez que salí de casa me encontré con alguien que parece que no me soporta por razones absurdas, y que espera que entre nosotras haya no sé qué tipo (bueno, sí que lo sé pero que me aspen, Colorado, si me interesa) de rivalidad también absurda, no esperarían que la conclusión fuera que la gente es maravillosa y tal, ¿no?

Por suerte para mí, ya estoy mejor.

dilluns, 24 d’octubre del 2011

Llama mi madre y me dice que voy a ser tía de nuevo. Llamo a mi hermana y le digo: ¡¡¡que voy a tener otro sobrinooooo!!! como si fuera yo quien da la noticia. Decimos todas las tonterías que se nos ocurren en ese momento, referentes o no a bebés, embarazos, traumas de las hermanas mayores, reacciones de mi cuñado..., que es lo que hacemos mi hermana y yo desde que tenemos uso de razón cuando estamos hiperexcitadas por alguna cosa (en serio, la tontería nos puede durar horas ante la mirada de 'basta ya, por favor' de mis padres y mi hermano), y colgamos.

En el momento justo de colgar, si no un poco antes, pienso lo mismo que pensé cuando mi hermana me dijo que iba a ser tía por primera y por segunda vez. Pienso: Joder, tengo que ser mejor. En todo. En lo que sea. Mejor. No sé; es el acto reflejo que me producen los niños nuevos en la familia. Es instintivo, además: cuando me enteré de que venía Aina, que fue la primera, lo pensé. Tampoco es que tuviera conciencia de que iba a ser un ejemplo próximo para ella: viven en Mallorca y nos vemos cada unos tres meses: la niñera, los profes del cole, los vecinos, los amigos de allá de mi hermana y de mi cuñado, mis padres -que van más a menudo por allá-, los padres de mi cuñado, el hermano de mi cuñado -que vive en Menorca y no para de ir y venir-... hay decenas de personas que tienen contacto mucho más frecuente que yo con ella y con Maria, mi segunda sobrina. Yo tampoco había tenido otro sobrino antes que Aina, así que no es que tuviera una experiencia previa al asunto que me dijera: ya la has cagado con uno, para esta tienes que ser buena, qué va: acto reflejo, ya les digo.

Empecé a entender por qué tenía que ser mejor si tenía una sobrina cuando Aina ya tenía unos meses. Cada vez que nos veíamos, menos una vez que se acababa de despertar de la siesta y estaba toda refunfuñona, lo primero que hacía era soltarme una sonrisa de oreja a oreja que, al principio, me hacía quedarme pasmada pensando 'es demasiado pequeña, no puede acordarse de mí'... Unos meses más tarde, cuando empezaba a gatear, llegué a casa de mis padres y vino hasta la puerta arrastrándose: yo me tiré al suelo con ella y empezamos a hacer la croqueta en la alfombra cada una para un lado tronchándonos de la risa. Más adelante, cuando empezaba a hablar, nos pegamos la tarde diciendo arrrjrjjjj, cada vez que nos mirábamos: yo hablaba con mi hermana y ella me miraba todo el rato, esperando a que yo la mirara para decir aarrjjrrjrjj, yo le contestaba con otro arjrjajjjjrrrrrjj y se partía de la risa. Mi hermana me dijo: esto no lo hace con nadie, tenéis un lenguaje especial, vosotras dos. La penúltima vez que la vi, yo estaba en la tienda de mi hermano, de espaldas a la puerta, cuando oí la voz de mi hermana que decía: Aina, mira quién está allí. Yo también miré y la vi literalmente retociéndose, no sabiendo qué hacer con las manos y diciendo, con esa sonrisa que les decía antes: I-sa-bel, para después arrancar a correr para darme un beso.

Total, que ¿qué es esto? ¿Cómo iba a saber yo de toda esta fascinación incondicional? Yo qué sé, pero de alguna manera, la intuí. Seguramente, yo de pequeña, de pequeñísima, tanto que no lo recuerdo, también estaba fascinada por alguno de mis tíos y el recuerdo ha quedado ahí en el subconsciente y de alguna manera sabía que ahora me tocaba a mí... Ni idea.

El caso es que me entero de que voy a tener otro sobrino o sobrina y, aún sin conocerlo, lo primero que se me ocurre -para justificar esa fascinación, para que no sea por nada, para dar motivos, para lo que sea- es que tengo que ser una persona mejor. En todo. En lo que pueda y más.

Sería injusto que tantas risas y tantas babas fueran derramadas para nada.
Ver así juntitos los tres últimos caldwells de Navona y pensar que, de aquí a unos días, sacamos un Henry James, me hace tararear esta canción sin parar:

Hay una cosa que me da un vértigo total: pensar que el mundo está lleno de individuos que tienen el pensamiento ocupado, como si fuera lo más importante, por cosas que para el resto de la humanidad tienen importancia cero, que seguramente ni siquiera conocen.

Por ejemplo, imagínense: una persona acaba de escribir un libro. Es una persona nerviosa, a quien no le gusta hablar en público. Acaba de pasarse un año o dos encerrada escribiendo una historia que nadie aún ha leído, una historia que se ha inventado ella. Lleva un año pensando tramas, personajes, ubicaciones, contando sílabas, eliminando rimas internas, tachando palabras para cambiarlas por otras... Ahora falta una semana para la presentación, en la que tiene que hablar durante casi una hora de la historia que ha ocupado su pensamiento casi full time, ante una audiencia que no sabe de qué va la cosa. Esta semana que tiene por delante, se la pasará haciendo croquis, tarjetas, esquemas, pensando cosas que sí o sí tiene que decir, intentando anticiparse a posibles preguntas, invitando a gente... Llega el día de la presentación y se encuentra con un público de veinte personas (no está mal) que han venido directas de sus trabajos, de sus casas, de recoger a los niños del colegio. A algunos les interesa el tema o eso creen, tampoco saben muy bien de qué va; a otros les hace gracia ver en persona al autor, que sale por la tele de vez en cuando, aunque lleva uno o dos años sin salir (o precisamente por eso); a otros, les va de camino y les sirve para llenar la horita muerta que tienen entre la salida de la oficina y la cena con los colegas. Nadie pregunta nada, bueno sí, una señora pregunta una tontería: pregunta por qué el protagonista es un hombre y no una mujer, por ejemplo, que es un dato que tiene porque el autor o el editor, no me acuerdo, ha dicho un par de veces 'el protagonista'. Dos se acercan al final, ejemplar en mano, para que se lo firme: uno lo quiere a su nombre y el otro, para su hija, que es muy fan, es su cumpleaños y no ha podido venir.

Fin.

Uno o dos años de trabajo, de pensar full time en lo mismo, de vivir para eso. Imprenta, presentación, librerías, con un poco de suerte, alguna entrevista en alguna radio o televisión, alguna crítica en los diarios y fin. Ya está. A pensar en otra cosa.

Y eso en el caso de un libro, que acaba siendo una cosa pública, que acaba alargando la vida unas horitas más en el sofá de algún lector; que acaba, puede ser, generando un pequeño debate entre dos lectores en la mesa de un bar; o que acaba dando pie a un par de presentaciones más, otra vez ante gente que pasaba por allí, que quitarán el sueño al autor un par de semanas más. Pero ya está: uno o dos años y fin.

Imagínense que se trata de una cosa más privada. Imagínense que se han peleado con un amigo o que les ha dejado el novio o que a su hija la tienen que operar de apendicitis, se le infecta la cosa y tiene que quedarse una semana en el hospital. Imagínense que se pegan unos días con ese hecho moscardón concreto zumbando en su cerebro, que esos días comen peor, duermen peor, no rinden nada en el trabajo, están de mal humor con todo el mundo, que, en fin, pierden un tiempo precioso que para lo único que les sirve es para forjarse una personalidad un poquito más gruñona, más desconfiada, más de que todo les caiga a contrapelo. Personalidad esta suya que nadie acabará de entender porque, total, todo el mundo se pelea alguna vez con un amigo, aquel novio era un impresentable y estás mejor sin él y un apendicitis es la cosa más vanal de las cosas vanales que se tratan en los hospitales. Y usted, cascarrabias perdida durante unos días y luego, en menor medida, un poquito más arisca y más a la defensiva de lo que solía ser.

Realmente, hay cosas que no sirven para nada bueno. Realmente, el individuo está solo, solo, solo. Y los otros, que también están solos, solos, solos, están pensando en otras cosas que nadie más piensa con ellos.

Supongo que por eso sienta bien encontrarse con que alguien te acompaña un rato: no que vive lo que tú has vivido de la misma manera en que lo has vivido tú, sino que simplemente conoce lo que has vivido y sabe cómo te ha cambiado. Creo que todo más o menos, dentro de la soledad, consiste en eso.