diumenge, 4 de setembre del 2011

Resumen del fin de semana


Maria: Ha aprendido a tocar la batería.


Aina: La noche anterior me había robado el libro de Houellebecq.

Creo que mi hermana va a pedir una orden de alejamiento.

divendres, 2 de setembre del 2011

-Nos están condenando al underground; de aquí a 50 años harán exposiciones sobre nosotros.
-En la Virreina o en el CCCB.
-El CCCB estará cerrado.

dijous, 1 de setembre del 2011

Es curioso cómo cuando uno ha aprendido un idioma de mayor -un idioma de vocabulario parecido al de su idioma materno-, hay ciertas cosas que jamás, jamás, en una conversación corrida, dirá en este idioma nuevo. Son nombres aprendidos de pequeño, de cosas que, también de pequeño, probablemente le alucinaron o le dieron mucho miedo.

Por ejemplo: yo nunca seré capaz de decir cotxe de bombers, brau o policia.
En aquella casa estaba tentado de creer en cosas como el amor, el amor recíproco de pareja que infunde a las paredes cierto calor, un calor suave que se transmite a los futuros ocupantes y les insufla la paz del alma. Visto así, bien habría podido creer en los fantasmas, en cualquier cosa. El mapa y el territorio. Michel Houellebecq.
Diu el Martí: M'agrada perquè quan parlo amb vosaltres parlem de literatura catalana i castellana, fins i tot anglosaxona. Hi ha gent amb qui no: hi ha gent que només parla d'una cosa o d'una altra.

Ayer por la tarde quedé con él en un bar del que nunca recuerdo el nombre, al que puede llegarse siguiendo indicaciones de gymcama (hay una forma mucho más sencilla de encontrarlo, claro, pero esta nos gusta más). Nos dijimos hola y nos intercambiamos papeles, literalmente: yo le di el Ara del domingo y él me dio un fanzine que se llama Organización! Él me habló de veinte poetas encerrados en una casa y yo le hablé de un proyecto del que todavía no sabe nada ni mi madre. Ni yo, casi, sé nada. Él quiso estar ya en el año que viene. Yo quise haber estado en Portugal de espía, esta última semana. Él me interrogó sobre Torchwood y sobre Una espia en la casa de l'amor. Yo le pregunté por un grupito de gente que me tiene intrigada a la par que repelida. Y resultó que compartíamos un poco también la repulsión.

Todo esto pasó en una hora.

Está bien que aparezca gente nueva últimamente, sobre todo está bien que apareciera gente nueva ayer, que fue un día en el que quienes están en proceso de desaparición desaparecieron un poquito más y quien había aparecido de repente un rato antes de encontrarme con Martí, lo había hecho sin venir a cuento y solo para darme una información cargadita de malas intenciones (malas intenciones muy absurdas, por cierto).

Porque ayer, señores, todo apuntaba a que iba a ser un mal día. Yo me había despertado con un dolor de cabeza de los de antes, de los que te hacen repasar mentalmente y haciendo así con los dedos cuántas cervezas te has tomado la noche anterior y, una vez ves que no han sido tantas, te dejan intentando adivinar qué pudo ser si no fue la cerveza. Sí, ayer pudo haber sido un mal día como una casa. Y me lo toreé de encima. Y ya pueden venir más como ese.

Qué arte, tú.

dimecres, 31 d’agost del 2011

Estos días me ha dado por volver a atacar "La broma infinita", de Foster Wallace.
Las dos veces anteriores, la cosa fue así:

1ª vez. Página 30. Me sorprendo preguntándome si era Hal quien jugaba a tenis y Orin quien jugaba a fútbol o al revés. Cierro el libro y pienso que lo volveré a coger unos días después, cuando tenga la cabeza despejada de incandenzas, pipas de marihuana y demás.

2ª vez. Página 60. No puedo creerme que, aún teniendo claro que Hal juega a tenis y fuma pipas de maría en los pasillos de la EAT, eso sea lo único que tengo claro de las 60 páginas que he leído. Cierro el libro pensando que ha tenido que pasar algo más en 60 páginas y que, clarísimamente, me lo he perdido. Y que mejor cerrarlo y volver a cogerlo más adelante, cuando haya vuelto a olvidarlo todo sobre Hal, sobre Mami, sobre Él Mismo, sobre Mario (¿era Mario quien jugaba a fútbol o era Orin?).

Así que, esta tercera vez, vuelvo a atacar el libro en blanco. En blanco yo, no el libro, claro: el libro está escritísimo en letra pequeñísima. Lo que no está escrito aún es el folio que pongo al lado para ir apuntando personajes a medida que van apareciendo. Voy por la página 160 y tengo ya un folio lleno de cosas del tipo 'Charles Travis, hermano adoptivo de Mami, director de la AET', 'Don Gately, drogadicto, ladrón', 'Kate Gompert, psiquiátrico, intento de suicidio'. Mi cabeza, en lo referente al libro, sigue casi en blanco. Digo casi porque sí que el libro ha generado un par de imágenes: 1. El despacho de Foster Wallace lleno de postits con anotaciones parecidas a las que yo voy apuntando en mi folio. 2. Una clase de narrativa en una universidad americana: objetivo del curso: coger de una en una las grandes obras de la literatura universal (o sea, americana)(o sea, "El guardián entre el centeno". Ejem.) e irlas reduciendo a recetas de cocina. Deberes: volver a montarlas, con otros ingredientes, en el ordenador de casa. Fecha de entrega: el lunes por la mañana.

David Foster Wallace se me antoja cada vez más como el amigo que te dice ven que te enseño mi coche nuevo y, en vez de llevarte a dar una vuelta, te explica con todo lujo de detalles el funcionamiento de su motor de inducción. Cuando le preguntas si corre mucho, te contesta '¿a que es grande?'

Voy a volver a abandonar "La broma infinita" y, de rebote, voy a volver a olvidarme una temporada de la literatura (perdón, ingeniería literaria) americana de los últimos 30 años. Me cansa. Me hace preguntarme a dónde fueron a parar Hemingway, Fitzgerald, Caldwell y Steinbeck. Mira que tenían bien asentadas las bases: un camino empezado de lujo y fueron a tomar la primera bifurcación que indicaba 'Hollywood' en letras bien grandes (con notas al pie de tipo: 'Introduzca un buen giro argumental cada vez que piense que el lector debe de estar a punto de aburrirse de la historia' o 'Para mantener enganchado al lector, dosifique una historia lineal en medio de todo el caos').

Bye bye, Foster Wallace. Una, a veces, en la vida, tiene que hacer lo que tiene que hacer.

diumenge, 28 d’agost del 2011

Llevo unos días que me asalta un poco la cosa esta del si no estaré haciendo un poco el primo; me pongo en plan hacer balance y no me acaban de cuadrar las cuentas; y todo es porque me ha dado por pensar si el amor debería cobrarse o, lo que es lo mismo, empezar a ejercerlo esperando algo a cambio: parece que eso es con lo que todo el mundo cuenta.

Luego me acabo acordando de este cuento de Unamuno que leí hace unos meses: Ver con los ojos. Básicamente cuenta la historia de un tío cenizo que se cruza con una tía alegre. Gana la cenicez, en un principio: ella encuentra un escrito suyo olvidado en una mesa del bar en el que trabaja de camarera, lo lee y se contagia de una tristeza brutal: pierde toda la alegría.

Él, Juan se llama, se da cuenta de qué ha hecho cuando ella, Magdalena, que no lloraba nunca, con lágrimas en los ojos, le devuelve el escrito. Y pasa esto: Juan tomó el papel, vio lo que era, lo estrujó, miró entre sombrío y avergonzado a la joven y dejó descansar su fatigada cabeza en sus ociosas manos. Todos los vientos de tempestad se desencadenaron sobre aquel pobre espíritu perdido en las tinieblas; vaciló, cayó, se alzó, para volver a caer, a tornar a levantarse; pasaron en revuelto maridaje los pájaros que anidaban en su casa y los murciélagos de la callejuela, el sol del mediodía y la oscuridad de la noche; toda la angustia le lleno el alma; sintió el único y verdadero dolor que en años no había sentido, y sus lágrimas acrecieron el contenido del vaso.

O sea, Juan no puede con la responsabilidad de haber matado la alegría de Magdalena, que, a fin de cuentas, era la única cosa bella que tenía a mano.

Entonces me dejo de hostias o, lo que es lo mismo, dejo de hacer balances estúpidos impuestos por la forma que tienen otros de ver la vida y el amor, y me aferro a lo que soy y vuelvo a ser más feliz, aunque también me queda un poso de enfado conmigo misma, por haberme dejado arrastrar por un momento al lado oscuro.

Joder, lo que cuesta a veces mantener el humor.

"Ver con los ojos" es el cuento de Unamuno que abre los Cuentos completos que ha editado hace unos meses Páginas de Espuma, es fantástico. Termina así: "La verdadera abnegación no es guardase las penas, es saberlas compartir". Todos los cuentos de Unamuno recopilados aquí contienen una moralina tremenda; a fin de cuentas, a nadie le interesa ser abnegado hoy día, aún así, algunos tocan de tan cerca -como este en mi caso- que ponen los pelos de punta. Desde que lo leí, no me lo puedo quitar de la cabeza y diría que incluso ha regido alguna de mis más recientes decisiones.
(Ya disculparán la tan personal interpretación del asunto...).

Pueden encontrar el cuento completo aquí.