Hugo Chávez se va de Venezuela a La Habana a que le hagan un tratamiento de quimioterapia y, antes de subir al avión, se hace una foto con el periódico del día, que es como dedicarle un corte de mangas a quien quiere que te mueras.
Como el empeño enfermizo (perdonen la redundancia de lo de enfermizo en el caso de Chávez) en demostrar que lo que se dice es verdad suele ser cosa de mentirosos, a mí me ha dado por pensar que puede que Chávez lleve días muerto pero que, antes de morirse, su departamento de propaganda decidió que se cambiara de ropa unas cuantas veces seguidas y se hiciera, a cada modelito, una foto con un diario especialmente impreso para la ocasión. Portadas de diarios con noticias previsibles, adelantadas -para la foto- a antes de la muerte de Chávez, cosa que, recuerden, ya ha pasado.
Ahora, el mismo departamento de propaganda estaría cruzando los dedos por que no pase algo imprevisible merecedor de una primera plana -un terremoto, un accidente masivo, la resurrección de Chávez (este último debe de ser el notición que debe de soñar protagonizar cualquier dictador en su lecho de muerte y si pasara en el caso de Chávez, que está oficialmente vivo, la gente se tomaría la noticia como una tomadura de pelo).
El departamento de propaganda también estaría ahora empezando a manipular el presente con el fin de encaminar las cosas para que cuadren las notícias correspondientes a las portadas de los días 5 de marzo de 2012, 9 de noviembre de 2012 y 2 de mayo de 2013, por ejemplo, si se ha decidido que Chávez sigua vivo hasta entonces.
Porque esa es otra: ¿hasta cuándo se ha decidido que Chávez esté vivo?
Y en este punto me ha venido a la cabeza Ariel Sharon.
diumenge, 17 de juliol del 2011
Leer 'L'alcool et la nostalgie' y creer oír mientras los catacloncs de los zapatos de los escritores que tienes encumbrados desde hace años, al descender peldaños para dejar pasar al nuevo.
'L'alcool et la nostalgie' o marearte de nuevo, presa, como siempre, de lo que te estás perdiendo por puro desconocimiento y lo que te perderás por puro morirse antes de que llegue o te dé tiempo a descubrirlo.
Así de bueno es el libro nuevo de Mathias Enard. Y punto.
J'ai même vu un cimetière, Vladimir, un cimetière magnifique, aux croix de bois peintes elles aussi dont les tombes sont circonscrites par un petit parc, on aurait dit un lieu magique où enterrer des poupées, des poupèes russes, comme nous trois, trois matriochki entrées l'une dans l'autre se sont séparées, j'étais la plus petite, j'étais la plus petite, Vladimir, je profitais de votre chaleur à tous deux, j'oublidais mon vide intérieur dans cette cavité d'amitié, voilà le cimetière où il faudrait t'enterrer, Vladimir...
'L'alcool et la nostalgie' o marearte de nuevo, presa, como siempre, de lo que te estás perdiendo por puro desconocimiento y lo que te perderás por puro morirse antes de que llegue o te dé tiempo a descubrirlo.
Así de bueno es el libro nuevo de Mathias Enard. Y punto.
J'ai même vu un cimetière, Vladimir, un cimetière magnifique, aux croix de bois peintes elles aussi dont les tombes sont circonscrites par un petit parc, on aurait dit un lieu magique où enterrer des poupées, des poupèes russes, comme nous trois, trois matriochki entrées l'une dans l'autre se sont séparées, j'étais la plus petite, j'étais la plus petite, Vladimir, je profitais de votre chaleur à tous deux, j'oublidais mon vide intérieur dans cette cavité d'amitié, voilà le cimetière où il faudrait t'enterrer, Vladimir...
divendres, 15 de juliol del 2011
Me pasa que yo, cuando me levanto y tengo toda la mañana para estar en casa, no me ducho en seguida: me siento delante del ordenador y apunto cuatro cosas así sueltas, luego me meto en la ducha y las cuatro cosas acaban enlazándose por el arte del birlibirloque (inciso: me parece muy fuerte que birlibirloque no esté en el DRAE), salgo, me seco, me vuelvo a sentar delante del ordenador y escribo parrafadas que ustedes tienen a bien en leer si las cuelgo por aquí o no pueden tener a bien en leer aunque quieran, porque no están colgadas en ningún lado.
Entonces, ahora, también me pasa que he decidido que este agosto me voy a centrar en parrafadas más largas de las que no cuelgo, más que nada porque esto de leer los consejos de Ian McEwan o las reflexiones de Unamuno sobre el arte de lo que ellos hacen, deje de ser para mí una especie de recreación del momento de la lectura de aquel libro de Stanislav Lem: aquel de prólogos y manuales de instrucciones de cosas o actividades que nunca existieron ni iban a suceder. No sé si me entienden. Desde hace años voy recortando, subrayando y/o transcribiendo todo lo que la gente tiene que decir sobre escribir, y mientras recorto, subrayo y/o transcribo pienso: esto, para cuando me ponga, pero no me acabo de poner, así que, de momento y si no le pongo remedio al asunto, lo único que tengo es una bonita colección de consejos que no están llegando a acabar de servir para nada.
Y estoy harta.
Esto quiere decir, básicamente, que en agosto me voy a duchar muchas veces.
Entonces, ahora, también me pasa que he decidido que este agosto me voy a centrar en parrafadas más largas de las que no cuelgo, más que nada porque esto de leer los consejos de Ian McEwan o las reflexiones de Unamuno sobre el arte de lo que ellos hacen, deje de ser para mí una especie de recreación del momento de la lectura de aquel libro de Stanislav Lem: aquel de prólogos y manuales de instrucciones de cosas o actividades que nunca existieron ni iban a suceder. No sé si me entienden. Desde hace años voy recortando, subrayando y/o transcribiendo todo lo que la gente tiene que decir sobre escribir, y mientras recorto, subrayo y/o transcribo pienso: esto, para cuando me ponga, pero no me acabo de poner, así que, de momento y si no le pongo remedio al asunto, lo único que tengo es una bonita colección de consejos que no están llegando a acabar de servir para nada.
Y estoy harta.
Esto quiere decir, básicamente, que en agosto me voy a duchar muchas veces.
dijous, 14 de juliol del 2011
Salgo del trabajo, que no de trabajar, y, de camino hacia el Centro Comercial La Maquinista, entro en la librería Bertrand -ahora Casa del Libro- para comprarme los cuentos completos de Unamuno.
Ese, te, uuuu... subo los ojos por la estantería... ¡U!, arriba del todo. Miro a un lado. Miro al otro. Ningún librero a la vista. Miro a un rincón. Veo una banqueta de plástico con ruedas. Da miedo subirse a una banqueta de plástico con ruedas para alcanzar un libro del último estante pero, como es de Unamuno, pienso mira, si me la pego, será la experiencia completa: darse de morros con la realidad -en forma de estante en el que dejarse los dientes primero (antes de abrir el libro) en forma de literatura después (una vez abierto)-. No me la pego, de hecho, cumplo el objetivo de alcanzar y bajar el tocho con una cierta gracia (hey, ¡aún soy joven!) y sigo mi camino hacia La Maquinista pensando que la lección de dura realidad que no me ha dado el estante, aún me la puede dar el entorno antes que Unamuno. Qué festival.
La Maquinista, la realidad, está en Sant Andreu después de cruzar las vías. Uno entra allá y ve pasar la vida con todas sus etapas y por orden cronológico ante sus ojos:
-Nacer: tiendas para embarazadas.
-Crecer: jugueterías, tiendas de ropa de niños.
-Reproducirse o no: Sensualone.
-Pasar el rato: Fnac, cafeterías.
- y ¿morir? Morir no está. Falta morir, en los centros comerciales. No cabe aquí esa idea disuasoria del consumo. Pongan una tienda de mármoles en un centro comercial, y adiós al negocio. Es bastante lógico si lo piensan.
He venido al centro comercial de los inmortales a organizar una sesión dedicada a la autoestima. La tentación de darle carpetazo al asunto cogiendo el micro y diciendo: ¿quieren un consejo? Ya que están aquí, vayan a comprarse un par de buenos zapatos, crece conforme me acerco al forum de la fnac.
También voy preguntándome por el camino cómo es posible que no haya más literatura de centros comerciales. ¿La hay pero no la conozco? Lo más parecido que se me ocurre es aquel libro de Miqui Otero que pasa en un parque de atracciones. Digo lo más parecido pero no lo es: estamos hablando de todas las etapas de la vida frente a una sola, que no es ni etapa, que es solo ilusión de congelar una de ellas, la de crecer, en un momento eterno; y lo de eterno también es ilusión, que eso de la muerte a veces se cuela, en los parques de atracciones.
Y todo eso voy pensando hasta que llego a la Fnac. Y a partir de aquí, el resto es trabajo. No voy a aburrirles. Sólo diré que en Fnac La Maquinista, la desorganización impera. Bueno, ya va de eso la etapa vital del crecimiento, la inmadurez. Salimos de allí de todo menos más adultos. Aún nos quedan tres días. Ya les contaré en qué acaba todo esto.
Ese, te, uuuu... subo los ojos por la estantería... ¡U!, arriba del todo. Miro a un lado. Miro al otro. Ningún librero a la vista. Miro a un rincón. Veo una banqueta de plástico con ruedas. Da miedo subirse a una banqueta de plástico con ruedas para alcanzar un libro del último estante pero, como es de Unamuno, pienso mira, si me la pego, será la experiencia completa: darse de morros con la realidad -en forma de estante en el que dejarse los dientes primero (antes de abrir el libro) en forma de literatura después (una vez abierto)-. No me la pego, de hecho, cumplo el objetivo de alcanzar y bajar el tocho con una cierta gracia (hey, ¡aún soy joven!) y sigo mi camino hacia La Maquinista pensando que la lección de dura realidad que no me ha dado el estante, aún me la puede dar el entorno antes que Unamuno. Qué festival.
La Maquinista, la realidad, está en Sant Andreu después de cruzar las vías. Uno entra allá y ve pasar la vida con todas sus etapas y por orden cronológico ante sus ojos:
-Nacer: tiendas para embarazadas.
-Crecer: jugueterías, tiendas de ropa de niños.
-Reproducirse o no: Sensualone.
-Pasar el rato: Fnac, cafeterías.
- y ¿morir? Morir no está. Falta morir, en los centros comerciales. No cabe aquí esa idea disuasoria del consumo. Pongan una tienda de mármoles en un centro comercial, y adiós al negocio. Es bastante lógico si lo piensan.
He venido al centro comercial de los inmortales a organizar una sesión dedicada a la autoestima. La tentación de darle carpetazo al asunto cogiendo el micro y diciendo: ¿quieren un consejo? Ya que están aquí, vayan a comprarse un par de buenos zapatos, crece conforme me acerco al forum de la fnac.
También voy preguntándome por el camino cómo es posible que no haya más literatura de centros comerciales. ¿La hay pero no la conozco? Lo más parecido que se me ocurre es aquel libro de Miqui Otero que pasa en un parque de atracciones. Digo lo más parecido pero no lo es: estamos hablando de todas las etapas de la vida frente a una sola, que no es ni etapa, que es solo ilusión de congelar una de ellas, la de crecer, en un momento eterno; y lo de eterno también es ilusión, que eso de la muerte a veces se cuela, en los parques de atracciones.
Y todo eso voy pensando hasta que llego a la Fnac. Y a partir de aquí, el resto es trabajo. No voy a aburrirles. Sólo diré que en Fnac La Maquinista, la desorganización impera. Bueno, ya va de eso la etapa vital del crecimiento, la inmadurez. Salimos de allí de todo menos más adultos. Aún nos quedan tres días. Ya les contaré en qué acaba todo esto.
dimecres, 13 de juliol del 2011
Me pasa que:
-Le mando un cuento a alguien para que se lo lea y me dé su opinión e inmediatamente, mientras no me contesta, me pongo a escribir otro como una posesa por el puritico agobio de que he hecho uno y ya está enviado, que es como darlo por terminado, así que tengo que demostrarme que puedo hacer más.
-Preparo unas albóndigas, las pongo al fuego y me pongo inmediatamente a hacer una ensalada por la agonía de que un plato ya está en marcha, sentenciado, pero igual es poco, igual me he pasado con la sal: necesito una alternativa que demuestre que las albóndigas no son todo lo que sé hacer.
-Le envío a alguien un mensaje para quedar y, en el tiempo que tarda en responderme, me pongo en pensar en otros planes para ese mismo día y hora que le he propuesto, para que no parezca que me lo juego todo a una carta y, si no sale, me voy a quedar en casa lamentándome por mi falta de recursos.
Y supongo que así es como progresamos los inseguros, pareciendo, encima, que somos gente desenvuelta y llenos de ases en la manga.
-Le mando un cuento a alguien para que se lo lea y me dé su opinión e inmediatamente, mientras no me contesta, me pongo a escribir otro como una posesa por el puritico agobio de que he hecho uno y ya está enviado, que es como darlo por terminado, así que tengo que demostrarme que puedo hacer más.
-Preparo unas albóndigas, las pongo al fuego y me pongo inmediatamente a hacer una ensalada por la agonía de que un plato ya está en marcha, sentenciado, pero igual es poco, igual me he pasado con la sal: necesito una alternativa que demuestre que las albóndigas no son todo lo que sé hacer.
-Le envío a alguien un mensaje para quedar y, en el tiempo que tarda en responderme, me pongo en pensar en otros planes para ese mismo día y hora que le he propuesto, para que no parezca que me lo juego todo a una carta y, si no sale, me voy a quedar en casa lamentándome por mi falta de recursos.
Y supongo que así es como progresamos los inseguros, pareciendo, encima, que somos gente desenvuelta y llenos de ases en la manga.
dilluns, 11 de juliol del 2011
Dietario de la tienda. Día 9
Segundo sábado de rebajas. Ni la mitad de gente que el día 2, primer sábado de rebajas. Los precios son los mismos, tenemos las mismas prendas (hicimos una reposición a mediados de semana), pero una semana más tarde, la fiebre compradora desatada por el 15% de descuento anunciado en el escaparate parece haber remitido.
El público responde a estímulos inmediatos preestablecidos, está claro. Todo el mundo sabe que el 1 de julio empiezan las rebajas igual que todo el mundo sabe que desde días antes la mayoría de las tiendas se han sacado ya de la manga ofertas que, por normativa, no pueden llamarse rebajas pero lo son. La realidad es que para cuando se cuelga el cartelito en el escaparate, el mundo lleva ya un par de semanas con los precios reducidos un 15% por lo menos pero la masa hace como si no lo supiera.
Así que llega el día, se cuelga el cartel, se sube la persiana y venga todo el mundo como loco a comprar para histeria del personal y engorde de la caja. No les digo en cuántos euros cerramos aquel día pero sí les digo que fue el doble que el día siguiente (segundo día de rebajas) y cuatro veces más que todos los días que vinieron después.
Como este sábado pasado (segundo sábado de rebajas) la cosa fue más calmada y muchos sancugatinos que entraban nos anunciaban contentos que empezaban ya a hacer la maleta para irse de vacaciones, mi hermano calculó que esta semana la afluencia de clientes no sería para tanto. Calculó además también cuántas horas había trabajado servidora y cuánto me tenía que pagar -dato este último que creo que le asustó un poco- y muy empresarialmente, tuvo a bien decirme que no hacía falta que fuera esta semana por la tarde, que si veía que un día se complicaba la cosa, ya me llamaría.
Yo le dije que vale y, arrugando un poco la americana que en ese momento tenía entre las manos por aquello de ser consciente de repente de que aquella era mi última tarde en la tienda hasta nuevo aviso, reprimiendo un suspiro de os voy a echar de menos, bajos por coger, tallas por buscar, agujas con las que pincharme por clavar, me puse a pensar que la vida solo es soportable porque está llena de cosas que se hacen por última vez pero uno no lo sabe.
Segundo sábado de rebajas. Ni la mitad de gente que el día 2, primer sábado de rebajas. Los precios son los mismos, tenemos las mismas prendas (hicimos una reposición a mediados de semana), pero una semana más tarde, la fiebre compradora desatada por el 15% de descuento anunciado en el escaparate parece haber remitido.
El público responde a estímulos inmediatos preestablecidos, está claro. Todo el mundo sabe que el 1 de julio empiezan las rebajas igual que todo el mundo sabe que desde días antes la mayoría de las tiendas se han sacado ya de la manga ofertas que, por normativa, no pueden llamarse rebajas pero lo son. La realidad es que para cuando se cuelga el cartelito en el escaparate, el mundo lleva ya un par de semanas con los precios reducidos un 15% por lo menos pero la masa hace como si no lo supiera.
Así que llega el día, se cuelga el cartel, se sube la persiana y venga todo el mundo como loco a comprar para histeria del personal y engorde de la caja. No les digo en cuántos euros cerramos aquel día pero sí les digo que fue el doble que el día siguiente (segundo día de rebajas) y cuatro veces más que todos los días que vinieron después.
Como este sábado pasado (segundo sábado de rebajas) la cosa fue más calmada y muchos sancugatinos que entraban nos anunciaban contentos que empezaban ya a hacer la maleta para irse de vacaciones, mi hermano calculó que esta semana la afluencia de clientes no sería para tanto. Calculó además también cuántas horas había trabajado servidora y cuánto me tenía que pagar -dato este último que creo que le asustó un poco- y muy empresarialmente, tuvo a bien decirme que no hacía falta que fuera esta semana por la tarde, que si veía que un día se complicaba la cosa, ya me llamaría.
Yo le dije que vale y, arrugando un poco la americana que en ese momento tenía entre las manos por aquello de ser consciente de repente de que aquella era mi última tarde en la tienda hasta nuevo aviso, reprimiendo un suspiro de os voy a echar de menos, bajos por coger, tallas por buscar, agujas con las que pincharme por clavar, me puse a pensar que la vida solo es soportable porque está llena de cosas que se hacen por última vez pero uno no lo sabe.
dissabte, 9 de juliol del 2011
Dietario de la tienda. Día 8
Manoli es de esas personas que trabajan tan rápido que, si tú estás trabajando a ritmo normal a su lado, hacen que parezca que estás remoloneando, escaqueándote y mareando la perdiz. Y no es verdad: yo estoy doblando camisas, polos y bañadores igual que ella, pero en lo que a mí me cuesta doblar uno, ella ya ha doblado tres. Es majísima, además, Manoli: totalmente inconsciente de lo mal que te está haciendo quedar, te va animando todo el rato: que si ya verás cuando le cojas el truquillo, que si esa camisa te ha quedado muy bien.
Además, Manoli es la supervendedora: ayer entró un cliente buscando unos pantalones. Quería unos para llevar con americana pero los que teníamos sueltos le parecían demasiado informales. Manoli le hizo probárselos. Una vez los tuvo puestos, le dejó una americana para que viera el conjunto. Los pantalones, no sé -dijo el cliente- pero la americana, me la quedo. Espere que le deje una camisa, ya verá -dijo Manoli-. Los pantalones, no sé -dijo el cliente-, pero la camisa también me la quedo. Hasta con un polo, le quedarían bien también... -Manoli-. Los pantalones, no sé, pero me quedo el polo -el cliente-.
Se llevó el polo, la camisa y la americana, que la dejó para que le arregláramos las mangas. Tiene que venir el martes a recogerla y, para entonces, habrá decidido si quiere también los pantalones o no.
Un, dos, tres, ¡ya! De lo de vender y venderse
Yo no soy vendedora.
Mi padre me intentó educar para serlo: él fue durante muchos años jefe del departamento de marketing de una multinacional. El tío, a la mitad de su vida laboral, dominaba ya tanto el tema, que se pasó la otra media vida intentado dominarlo en otro idioma: el inglés. No lo consiguió: lo de vender era lo suyo pero lo de los idiomas no. Por eso, por aquello del quiero que mis hijos sean una versión mejorada de mí mismo, cada verano, desde bien pequeños, nos daba puerta y nos enviaba a cualquier sitio angloparlante: primero iba yo, la mayor, de avanzadilla. Si la cosa iba bien, el año siguiente volvía a ir yo con mis hermanos. Nos prohibía hablar entre nosotros en español mientras estábamos fuera, salvo en caso de emergencia. Y, cuando volvíamos, insistía en que habláramos entre nosotros en inglés. Nunca hicimos ni lo uno ni lo otro, claro. Le mirábamos con cara de "Papá..." cuando nos lo decía. Entonces, por lo menos, poneros a estudiar en el piano (él siempre quiso aprender música también).
Para que se hagan a la idea del modus operandi de mi señor padre:
Mi hermano un día le pidió dinero para comprarse una moto.
Convénceme de que necesitas una moto y de que yo tengo que darte dinero para comprártela, dijo él.
..., hizo mi hermano.
Dime qué me va aportar a mí pagarte una moto, por ejemplo, dijo.
¿Que me voy a portar bien?, dijo mi hermano.
Portarte bien, se supone que tienes que hacerlo con o sin moto. Dame un plus sobre eso, respondió mi padre.
..., hizo mi hermano. Y se acabó comprando la moto con su dinero.
Han pasado los años y ni mis hermanos ni yo somos vendedores. Es por el estímulo negativo, claro: mi padre nos intentaba enseñar a serlo en momentos conflictivos y casi nunca nos salíamos con la nuestra. Le salió el tiro por la culata, y no lo digo con orgullo: a mí me gustaría ser una gran vendedora: convencer a los otros de que hacer lo que me viene bien a mí (vender o venderme) también es bueno para ellos (comprar o comprarme). Pero no: no lo soy; no hay caso.
De todos modos, imagínense cómo sería el mundo a estas alturas si todos fuéramos versiones aumentadas de nuestros padres: ellos más uno: vendedores con inglés y música. Y la siguiente generación, vendedores con inglés, música y excelencia deportiva. Y la siguiente, vendedores con inglés, música, excelencia deportiva y astrofísica... Y todos los defectos del padre más uno también: si el padre es facha, el hijo, un grado más de fachez; si el padre es hipocondríaco, el hijo, vendedor con inglés, música, deporte, astrofísica y una habitación a la que sólo se pudiera entrar con mascarilla y guantes....
No sé. Nietzsche lo tenía muy claro: al final, está bien quedarse sólo con el 2 de la v.2.0.
Manoli es de esas personas que trabajan tan rápido que, si tú estás trabajando a ritmo normal a su lado, hacen que parezca que estás remoloneando, escaqueándote y mareando la perdiz. Y no es verdad: yo estoy doblando camisas, polos y bañadores igual que ella, pero en lo que a mí me cuesta doblar uno, ella ya ha doblado tres. Es majísima, además, Manoli: totalmente inconsciente de lo mal que te está haciendo quedar, te va animando todo el rato: que si ya verás cuando le cojas el truquillo, que si esa camisa te ha quedado muy bien.
Además, Manoli es la supervendedora: ayer entró un cliente buscando unos pantalones. Quería unos para llevar con americana pero los que teníamos sueltos le parecían demasiado informales. Manoli le hizo probárselos. Una vez los tuvo puestos, le dejó una americana para que viera el conjunto. Los pantalones, no sé -dijo el cliente- pero la americana, me la quedo. Espere que le deje una camisa, ya verá -dijo Manoli-. Los pantalones, no sé -dijo el cliente-, pero la camisa también me la quedo. Hasta con un polo, le quedarían bien también... -Manoli-. Los pantalones, no sé, pero me quedo el polo -el cliente-.
Se llevó el polo, la camisa y la americana, que la dejó para que le arregláramos las mangas. Tiene que venir el martes a recogerla y, para entonces, habrá decidido si quiere también los pantalones o no.
Un, dos, tres, ¡ya! De lo de vender y venderse
Yo no soy vendedora.
Mi padre me intentó educar para serlo: él fue durante muchos años jefe del departamento de marketing de una multinacional. El tío, a la mitad de su vida laboral, dominaba ya tanto el tema, que se pasó la otra media vida intentado dominarlo en otro idioma: el inglés. No lo consiguió: lo de vender era lo suyo pero lo de los idiomas no. Por eso, por aquello del quiero que mis hijos sean una versión mejorada de mí mismo, cada verano, desde bien pequeños, nos daba puerta y nos enviaba a cualquier sitio angloparlante: primero iba yo, la mayor, de avanzadilla. Si la cosa iba bien, el año siguiente volvía a ir yo con mis hermanos. Nos prohibía hablar entre nosotros en español mientras estábamos fuera, salvo en caso de emergencia. Y, cuando volvíamos, insistía en que habláramos entre nosotros en inglés. Nunca hicimos ni lo uno ni lo otro, claro. Le mirábamos con cara de "Papá..." cuando nos lo decía. Entonces, por lo menos, poneros a estudiar en el piano (él siempre quiso aprender música también).
Para que se hagan a la idea del modus operandi de mi señor padre:
Mi hermano un día le pidió dinero para comprarse una moto.
Convénceme de que necesitas una moto y de que yo tengo que darte dinero para comprártela, dijo él.
..., hizo mi hermano.
Dime qué me va aportar a mí pagarte una moto, por ejemplo, dijo.
¿Que me voy a portar bien?, dijo mi hermano.
Portarte bien, se supone que tienes que hacerlo con o sin moto. Dame un plus sobre eso, respondió mi padre.
..., hizo mi hermano. Y se acabó comprando la moto con su dinero.
Han pasado los años y ni mis hermanos ni yo somos vendedores. Es por el estímulo negativo, claro: mi padre nos intentaba enseñar a serlo en momentos conflictivos y casi nunca nos salíamos con la nuestra. Le salió el tiro por la culata, y no lo digo con orgullo: a mí me gustaría ser una gran vendedora: convencer a los otros de que hacer lo que me viene bien a mí (vender o venderme) también es bueno para ellos (comprar o comprarme). Pero no: no lo soy; no hay caso.
De todos modos, imagínense cómo sería el mundo a estas alturas si todos fuéramos versiones aumentadas de nuestros padres: ellos más uno: vendedores con inglés y música. Y la siguiente generación, vendedores con inglés, música y excelencia deportiva. Y la siguiente, vendedores con inglés, música, excelencia deportiva y astrofísica... Y todos los defectos del padre más uno también: si el padre es facha, el hijo, un grado más de fachez; si el padre es hipocondríaco, el hijo, vendedor con inglés, música, deporte, astrofísica y una habitación a la que sólo se pudiera entrar con mascarilla y guantes....
No sé. Nietzsche lo tenía muy claro: al final, está bien quedarse sólo con el 2 de la v.2.0.
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