dimecres, 6 de juliol del 2011

Dietario de la tienda. Día 6

Grandes conclusiones antropologicoproletarias:

1.- La vida proletaria es muy descansada para la mente.
2.- La vida proletaria es cansadísima para el cuerpo.
3.- Puestos a trabajar en una tienda, me tenía que haber centrado en las librerías: un libro ofrece muchas menos posibilidades de doblado que una camisa, a saber: abrir y/o cerrar.
4.- Ídem que tres y, además, un libro, con un poco de suerte, puede llegar a dar pie a conversaciones más interesantes que una camisa.
5.- De hecho, puestos a trabajar, igual me tendría que haber centrado en algo que no fuera una tienda: el dinero ensucia las manos una barbaridad (literalmente).
6.- Ídem que 5 y, además, trabajar los sábados es un coñazo.
7.- El horario proletario va en claro detrimento del horario social: no me extraña que la gente se coja los pedos que se coge en la cena de Navidad de la empresa.
8.- Ídem que siete y, además, tampoco me extraña que la gente viva en la ilusión de que son amigos de los papás de los compañeritos de cole de sus hijos, y se empeñen en hacer excursiones de fin de semana todos juntos y en invitarlos a las merendolas de los cumples de las criaturas.
9.- Si se es proletario para ganar dinero, una vez tienes asumido el pastón que pagas al banco cada mes por la hipoteca del piso, es normal pedir un préstamo también para comprarte la tele, el coche e ir de vacaciones: uno trabaja demasiado para vivir sólo con lo que realmente tiene. El exceso de trabajo (sensación real) y el no tener tiempo entre semana para gastarse la pasta (sensación real también) da como resultado la sensación (irreal, esta) de ser rico. Esto parece verse más claro en esta fórmula:

TRABAJAR MUCHO + GASTAR POCO = SER RICO

Nadie tiene en cuenta, de tan asumida, que la hipoteca del piso es también un gasto (pagar 800€/mes es pagar casi 30€/día, que es más de lo que ganan algunos.
Esta misma fórmula, ya se lo digo, está mal planteada: si se trabaja mucho, le sumes lo que le sumes a este primer factor, es porque se es pobre y no hay más vuelta de hoja.
Dietario de la tienda. Día 5

Llego a la tienda y me encuentro con mi hermano con unas treinta perchas en cada mano, diciéndome: acompáñame al coche que aún hay más.

En el coche, tres cajas y otras tropecientas perchas de trajes, americanas y pantalones.

Intento coger tantas perchas como él. Avanzo del coche a la tienda. Se me caen unos pantalones. Un señor que come un helado se levanta de la mesa de la terracita y recoge los pantalones del suelo. ¿Dónde te los pongo? Extiendo el brazo: aquí. Se me cae una americana. ¿Y esto? Extiendo el mismo brazo. Aquí. Se me cae otra chaqueta. Aquí, ¿no? Sí. A cada cosa que se cae y me recoloca, avanzo un pasito hacia la tienda. Llego con ropa en las manos, en los dos brazos, en los hombros... Entro en la tienda y lo dejo caer todo encima de una caja.

Ahora hay que meterlo todo en el stock y luego, quitar las bolsas y colocarlo en su sitio. Empiezo a pasar toooodas las etiquetas por el lector del código de barras: voy cogiendo la ropa de una pila y poniéndola en otra. Cuando he hecho la pila entera, coloco las prendas de una en una con sus hermanas: las americanas de rallas con las americanas de rallas, las camisas de cuadros con las camisas de cuadros... De vez en cuando tengo que interrumpir mi actividad para atender a algún cliente. Cada vez que cobro, si tengo el registro de un albarán a la mitad, tengo que salir del programa y, cuando acabo con el cliente, volver a abrirlo y empezar desde el principio. Mi mala leche va en aumento a una velocidad supersónica. Entonces, me pongo a pensar en una reunión que he tenido por la mañana.

Para la semana que viene, estamos organizando una serie de tres mesas redondas/coloquios o lo que salga (no doy para definir nada yo, ahora mismo) de presentación de Terapias Verdes, el sello de autoayuda de la editorial, en Fnac La Maquinista. Ayer al mediodía fui a la consulta de la psicoterapeuta que vendrá a hablarnos sobre la autoestima. La cita era a la 1. Llego, llamo a la puerta y me abre una chica de unos 30, sonrisa serena y voz pausada, que me dice nada más entrar: tenemos la costumbre de ir descalzos, aquí. Me quito los zapatos pensando que llevo las bambas que huelen mal (sí, tengo unas bambas que huelen mal) y que me importa un pito: ella lo ha querido. Me siento con ella en el sofá y empiezo a recibir imputs positivos por todos lados: que si esto es muy interesante, que le parece una iniciativa genial, que si compartimos muchas cosas, ellos y nosotros, y unir fuerzas siempre da buen resultado. Ni siquiera arruga la nariz por el olor de pies.

Tres horas después, les decía, en plena actividad frenética en la tienda y con una mala hostia que no puedo con ella, tiro de memoria inmediata e intento volver mentalmente a esta experiencia en el oasis del buen rollo y del olor de pies que no importa, en busca de la relajación perdida. No funciona.

Pasa mi hermano por ahí y me pregunta qué tal. Hostia, Javier, esto no se puede hacer con la tienda abierta, es un caos de la hostia, la gente entra y cada vez que cierro esa hostia en el ordenador, tengo que empezar desde el principio, estoy hasta los cojones!!! Ya (grita Javier), pero ¿cuándo cojones quieres que lo hagamos si abrimos todo el día? Venga, joder, que lo tenemos que acabar esta tarde. Grrr. Grrr. Y estos últimos cuatro gritos, resulta que sí funcionan. Mi hermano se pone a pasarme las prendas de una en una y yo las voy metiendo en el stock. Cuando acabamos, los dos vamos colocando la ropa en su sitio. A los 10 minutos, nos estamos riendo por cualquier tontería; hacemos como que nos peleamos por coger la misma camisa y nos entra la risa floja cuando la pila de ropa se derrumba y, al recolocarla, se nos va para el otro lado. Y todo, sin quitarnos los zapatos.

Cerramos, muertos, a las 20.30h. La tienda está aún a medio recoger. Nos despedimos, sin embargo, de una manera muy relajada, contentos.

Vuelvo en el tren pensando en qué hubiera pasado, si en vez de pegarnos cuatro gritos con mi hermano, yo le hubiera propuesto quitarnos los zapatos, tranquilizarnos, concentrarnos en nuestras posibilidades y contentarnos con ellas no queriendo nada más y sintiéndonos orgullosos de quienes somos. Me habría estampado una percha en la boca para que callara, probablemente.

Me pasa por la cabeza la peregrina idea de invitarlo a él, y no a la psicoterapeuta, a dar la charlita de la semana que viene, en la Fnac, sobre la importancia de la autoestima para hacer frente a la vida. Me río un poco y decido que no. Mejor no mezclar las cosas. A fin de cuentas, todo el mundo tiene unas bambas que huelen mal y momentos en los que dar cuatro gritos bien dados.

dimarts, 5 de juliol del 2011

Dietario de la tienda. Día 4 (II)

Me encuentro con Gabriel, editor de Morsa, y recuerdo que desde hace unos días tiene en marcha un concurso de microrrelatos sobre el tema "verano". Le digo que estoy pensando uno para enviárselo y me dice que qué bien, que adelante. Llego a casa, me siento delante del ordenador, escribo esto

Se sorprendió preguntándose por el sentido de la vida y resolvió rápidamente no volver a coger vacaciones nunca jamás.

y se lo envío.

Así explicada, la cosa parece una tontería que ha venido de la nada, pero no: esta frase contiene los tres días de trabajar diez horas diarias en una tienda de ropa, el primer fin de semana de rebajas.

Señores, la gran revelación que les hará entender mejor el mundo: cuando uno trabaja todo el día y llega a casa cansado, no piensa en nada. Pero nada es nada, se lo juro.

Tengo estos días en casa a una amiga de Pamplona, Susana, que me pregunta cuando hablamos al mediodía cosas como ¿qué querrás para cenar? y yo no sé qué contestarle: me queda toda la tarde de trabajo y la cena me cae demasiado lejos, ¿cómo voy a saber qué quiero para cenar ni si cenaré?

Trasladen esta cuestión a asuntos políticos, por ejemplo: ¿a mí qué coño me importa que unos u otros gobiernen el mundo? Con tal de que haya alguien que se ocupe de que el tren Sant Cugat-Barcelona Plaza Catalunya funcione con frecuencia a las horas que yo lo necesito, ya me está bien.

Trasládenla a asuntos existenciales: estoy viva: lo sé porque llevo trabajando x horas y porque a final de mes me ingresarán un cantidad x de dinero y porque, cogiendo los bajos de un pantalón, me he pinchado con una aguja.

Trasládenla a asuntos intelectuales: sé me funciona el cerebro mejor o peor porque he tardado más o menos en calcular cuánto de cambio le tengo que dar a ese señor.
Y así pasan los días de la dependienta de una tienda de ropa en plena temporada de rebajas.

El año pasado, en agosto, todo era distinto: tenía horas y horas de soledad en la tienda que me daban para ponerme lógica, críptica y metafísica con toda la pachorra. Me salían unas entradas de blog que volaban y hacían dobles mortales con tirabuzón. Este año sólo hablo de ir vestida de negro y de la bilis interparejil de algunos. No doy para más.

Me voy a trabajar.

dilluns, 4 de juliol del 2011

Dietario de la tienda. Día 4

No le pillo el rollo a ir de negro.

Ayer parecía un chicazo, con unos pantalones y una camiseta de tirantes, de aquellos tirantes que se juntan un poco por debajo de la nuca, pasan entre los omóplatos y llegan hechos un solo tirante a la parte de la espalda de la camiseta (joder, qué difícil de explicar es este tipo de camiseta -com és la samarreta? ... Fa mal d'explicar-, jaja!); el primer día parecía una secretaria, con unos pantalones azules de raya diplomática y una camiseta también azul de tirantes anchos (sí: iba de azul el primer día, ¿qué quieren?, mi hermano me llamó la noche anterior para decirme que esta vez, por favor, hiciera caso de lo de la imagen corporativa que el año pasado me salté a la torera, y fuera de negro. Azul fue todo lo negro que pude encontrar en mi armario); y hoy, una bailarina de danza contemporánea de esas que en el fragor de la batalla enseñan una teta y no se dan ni cuenta (y el público hace como que tampoco). Lo que sí que es verdad es que, en todos los casos, parecía una dependienta: una dependienta chicazo, una dependienta secretaria y una dependienta bailarina de danza contemporánea.

Por lo visto, no se puede ir vestida de dependienta y no parecer una dependienta. Hay otros casos en que sí que es posible no parecer ser lo que intenta reflejar la ropa que llevas: me he hartado de vender trajes para gente que iba de boda que, en el momento en que se los ponían, parecía que iban, bien de funeral, bien de todo lo contrario, o sea, al circo. Pero si vas de dependienta, vas de dependienta aunque cambie el matiz. Estudiemos el caso de la dependienta chicazo; la brutota; la choni, por ejemplo. Me disponía yo, con mis pantalones negros y mi camiseta negra indescriptible, a limpiar un espejo de cuerpo entero. Acabábamos de abrir, fuera hacía unos 40 grados y el aire acondicionado aún no había hecho su efecto. Me planto sudando delante del espejo con el fris-fris limpiacristales en una mano y un trapo en la otra. Miro muy seria buscando las huellas pringosas de los deditos de los niños que acompañan a papá a comprarse pantalones. Si uno mira a un espejo buscando algo, indefectiblemente se encuentra a sí mismo tal y como lo ve el mundo. Esto es así. Ya la primera imagen fue de machote, pero miren la segunda, que la cosa va a peor: aplico el limpiacristales (fris, fris), paso la bayeta. En esta primera fase de limpieza del cristal, sea o no de espejo, siempre hay un momento de pánico: el limpiacristales se extiende pero no desaparece: queda todo desparramado como si uno hubiera pasado la lengua directamente por la superficie a limpiar; en definitiva: queda sucio y el limpiador en cuestión, por un momento, se plantea contrariado cómo, si su intención es limpiar algo y está aplicando el producto correcto, el efecto inmediato es el contrario al deseado. Esta sensación dura milésimas de segundo porque el limpiador -yo, la choni- sabe que tiene que pasar un trapo seco o un papel de periódico para eliminar el rastro inmediato del limpiacristales. Le doy la vuelta al trapo, me agarro con la mano libre (he dejado el fris-fris en el suelo) al marco del espejo y con la otra mano paso enérgicamente el trapo por el lado seco por toda la superficie del espejo. Enérgicamente: me cae un mechón de pelo sobre la cara y me pongo a sudar más. Todo enfrente del espejo, recuerden: me estoy viendo; estoy viendo mi cara de esfuerzo, el vaivén de mi brazo y del resto de mi cuerpo. No quiero ni pensar qué pasaría si hubiera hecho esto hoy, que iba de bailarina de danza contemporánea.

De fondo, suena Ricky Martin.

Y cuando más camionera choni poligonera me siento, veo a mi lado en el espejo impoluto el reflejo de una señora con un polo lila en la mano que me pregunta: ¿lo tienes en la talla XL? ¿Lo ven? camionera choni poligonera pero dependienta todo el rato.

C.S.Q.D.

Gracias.
Dietario de la tienda. Día 3 (II)

De las parejas que entran a comprar.

Un señor con una barriga descomunal se prueba un polo. El polo -pobre, está diseñado como está diseñado- le abarca la tripa como si fuera una faja y deja que las costuras de los hombros caigan hasta la mitad del bíceps. El señor sale del probador de esta guisa, riendo. Su mujer le ve y ríe también. Te queda bien, le dice, como todos los polos. Es la percha, responde él. Ríen los dos y deciden quedárselo. Mientras pagan, aún me hacen un par de bromitas sobre tipillos y panzas espléndidas. Paga con tarjeta de chip. Abre la cartera para enseñarme el DNI. Le digo que no hace falta, que me pedirá el número. Me dice que ya que tiene la cartera abierta, mire la foto que lleva de su mujer; ¿a que parece una estrella de Hollywood?, me pregunta. Ella le da un golpe en el hombro y vuelve a reír.

Una pareja joven mira las bermudas. Me acerco y les pregunto si les puedo ayudar. No; él NUNCA se deja ayudar, responde ella. Y además NUNCA sé lo que quiero, dice él levantando las cejas y poniendo cara de santapaciencia. Vuelvo a la caja. Al rato vuelve solo él -ella ya está en la calle- con unas bermudas, una camiseta azul y otra roja. Me llevo esto y esto, dice poniendo las bermudas y la camiseta azul en el mostrador, y esta otra, dice tirando la roja encima de las otras dos prendas, que si no la cojo, no quiero ni pensar la que me espera en casa...

Por la noche, le cuento a Abel que, en tres días, he visto las peores y las mejores actitudes en cuanto a relaciones humanas y que creo que tanto unas como otras, solo pueden darse entre parejas.

¿Sabes qué pienso?, me dice, que esas dos parejas, en realidad son la misma pareja en distintos momentos.
No, le digo.
Sí, me responde.
No, insisto.
Que sí.
Que no puede ser.
Es.
Pues no quiero que pueda ser.
Pues es.

diumenge, 3 de juliol del 2011

Dietario de la tienda. Día 3

Entra una pareja con un niño y una niña vestidos igual: el niño con pantalones y camisa y la niña con vestido, todo confeccionado con la misma tela blanca y de cuadritos vichy grises y blancos.

Debe de haber tiendas en las que venden ropa para niño y niña hecha del mismo tejido y estampado. Distintos modelos diminutos cosidos a partir de retales de la misma tela. Vestidos, faldas, camisas y camisetas para niñas y pantalones, camisas y camisetas para niños todo salido del mismo rollo industrial de tejido.
Pienso en la pareja que viste a los niños iguales y la identifico con la que decora el salón de casa con muebles hechos de la misma madera: las mesas, las vitrinas y el mueble de la tele, todo en madera de roble. El piso y los niños, todo conjuntado. Los niños conjuntados con el piso. Los niños vestidos con ropa del mismo color caoba que las estanterías de toda la casa. Niños ornamentales (y estanterías también, qué coño).

Guau.

Y en el cole, todos los niños con el mismo uniforme. Y que los muebles de casa acaben también siendo del color del uniforme del cole. Y así: en plan onda expansiva monocromática: el coche, el perro, las cortinas y las flores del recibidor también. Y hasta las sábanas y los cepillos de dientes. Y el pelo de la abuela. Todo, todo del mismo color que los niños.

Luego he visto a un señor arreglando el cochecito a monedas de la puerta de un bar. No sé a dónde iba con ese mono azul eléctrico.

dissabte, 2 de juliol del 2011

Dietario de la tienda. Día 2

Dice mi hermano: La gente de Sant Cugat compra pijamas, la de Cornellà, no.
Yo le digo: La gente rica duerme en pijama, la pobre, en calzoncillos.
No te creas que allí vendí más calzoncillos que aquí, contesta él.
La gente pobre duerme en pelotas, concluyo yo.
Nos reímos un rato y me abandona a mi ya habitual estado contemplativo-meditativo -hoy he alcanzado unos niveles de órdago para ser sólo el segundo día: me he quedado totalmente in albis mirando un billete de cincuenta hasta que un cliente me ha dicho 'me tienes que devolver 12,40' y yo he tenido que reprimir un '¿tú quién eres?' que, al despertar tan súbitamente, ha estado a punto de salir de mi boca-.

A mi estado contemplativo-meditativo he vuelto, les decía, tras la conversación interfraternal, con un tema sobre el que pensar: la cosa de la generalización. Es un tema sobre el que llevo pensando desde hace unos días; desde que leí esto y luego esto, en concreto. A mí, hace tiempo que leer a Enric Vila ya no me cabrea, porque un día me lo explicaron. Desde entonces, cuando leo cosas como las que hace un momento les he linkado, pienso esto que les voy a decir ahora, que es lo mismo que he pensado tras la tontería de los calzoncillos y los pijamas. Pienso que querer entender un género, un país, incluso una época desde un punto de vista tan sesgado es una idiotez tan grande como creer vislumbrar la tendencia general de voto en el caso de un referendum por la independencia de Catalunya, a la luz de los resultados de un sondeo hecho en su web por el diario El Punt.

Por la tienda pasa mucha gente, todos son de un padre y de una madre. Es una solemne estupidez querer hacer teorías universales del tipo: las señoras que tienen un chihuahua son muy educadas, porque hoy ha entrado una señora con un chihuahua y me ha preguntado muy correctamente si podía entrar con el perro (pensaba que me había vuelto loca, por cierto: el perro estaba detrás de su zapato y yo no lo veía) y cuando le he dicho que sí me ha dado las gracias con una gran sonrisa.

Lo que pasa es que el mundo es tan grande y nosotros tan perezosos que tendemos a conformarnos con la encuestita de turno.

Esperando al tren a las 10 de la noche, he leído en una de las pantallas del andén: "España está por debajo de la media en comprensión lectora en formato digital", que es una afirmación que tiene pinta de venir también de una encuesta. Ahí lo dejo. Me ha inquietado un poco lo del nuevo subgénero lector. Aunque, bueno, igual he leído mal.