(El lamento del martes).
Cuando una vive rodeada de gente fascinada por lo que hace y, además, tiene cierta tendencia a empatizar hasta con el cyclamen del balcón, la vida acaba siendo como la del gato que decide ir a comer y, en el camino hacia el plato, se le cruza, volando, una polilla: El plato y el hambre siguen ahí, pero ya no hay otra cosa que perseguir a la polilla, y ¿ustedes han visto cómo vuela una polilla, tan sin rumbo? Pues una venga a lanzar zarpazos, soñando que vuela con ella.
Hay demasiadas polillas en el mundo.
No sé si ustedes entienden lo frágil que se vuelve todo al vivir en tan constante estado de fascinación.
dimarts, 19 d’abril del 2011
dilluns, 18 d’abril del 2011
En palabras nada armónicas, las cosas, tal como están puestas en la Tierra, están mal puestas. Los ciervos procrean a unos kilómetros de donde una manada de felinos comienzan a sentir vacío el estómago, los tiburones se acercan lo suficiente a las focas que juegan dentro del mar y les desgarran esa piel tan dura y lisa, y los autos pasan sobre el cuerpo de un perro despedazado en el carril del periférico. Perros y periféricos en el mismo sitio, eso sí que es una miseria.-Hotel DF. Guillermo Fadanelli.
diumenge, 17 d’abril del 2011

Jaume inmortalizó el momento en el que Javier acababa de echar cuentas de cuántas horas seguidas llevaba Antonio hablando y servidora comprobaba que, efectivamente, habían sido tantas que se había hecho de noche, primero, y de nuevo de día, después.
(Segundos más tarde, tras acordar que seguiríamos queriendo a Antonio igual o más, continuamos bailando como si nada).
divendres, 15 d’abril del 2011
(De cuando una comenta, el otro se piensa que propone, una se da cuenta dos frases más allá de que la acaban de rechazar, duda por un momento de si comentaba o proponía y acaba pensando que, en cualquier caso, ahora tiene una información que no sabe si necesitaba tener).
Digo: Mañana tocan Salaíto y Puchero en el Taller de Músics.
Dice: Mañana no puedo y el sábado tampoco.
Pienso: Bueno, el sábado no tocan...
...
...
Aaah...
Digo: Mañana tocan Salaíto y Puchero en el Taller de Músics.
Dice: Mañana no puedo y el sábado tampoco.
Pienso: Bueno, el sábado no tocan...
...
...
Aaah...
Ayer pasé parte de la tarde escribiendo un mail lleno de órdenes: que si hace falta que nos hagas un nuevo catálogo en el que haya esto, esto y esto otro, y en el que, respecto del último que nos hiciste, me corrijas un par de cosas que estaban mal. Pienso en la imagen debe de tener de mí Merche, la persona a la que va dirigido.
Supongo que le debe de sentar como una patada en el culo recibir esto que le estoy escribiendo un jueves, a última hora de la tarde, justo la semana antes de Semana Santa. Me pongo en su cabeza. Su cabeza, en la mía, está diciendo: Una mañanita mááááás y... vacaciones! Y de repente, tacatá! Que me hagas el catálogo de Terapias Verdes para ayer. Supongo que lo que piense Merche me tiene que importar un pimiento siempre que tenga el catálogo acabado para la semana que viene, que nos llegan los libros nuevos de los 50 ejercicios. Merche, tú, haz y piensa lo que quieras.
Pienso en la gente con la que tengo contacto puntual, de un tipo y de otros. Pienso en las diferentes yo de debe de haber repartidas por el mundo. La Sucunza tal, la Sucunza cual, ostras la Sucunza, qué maja, qué gilipollas, que petarda... Me canso mucho de repente y acabo pensando de nuevo que me tiene que importar un pimiento.
Pienso que hay gente que, de esto de controlar o no los yos que es, te hace un libro maravilloso, como el que presentaron (rebentaron) ayer en el (H)original, de Anaïs Nin; Una espía en la casa del amor. Y pienso en la cantidad de experiencias, sentimientos, informaciones y conocimientos que hay desperdiciados por el mundo sin nadie, como Anaïs Nin, que los coja y te haga de ellos un libro maravilloso, como el que presentaron (rebentaron) ayer en el (H)orginal.
Pienso si la verdadera obligación de un escritor no será coger la anécdota, el hecho histórico, el desvarío, el pensamiento cotidiano, ya universales de por sí; señalarlos con el dedo y decir, por si nadie se había dado cuenta: Eh, que sí: Que son universales. Pienso en la cantidad de escritores que hacen todo lo contrario y sólo consiguen apuntar para decir: Mirad lo que me pasa a mí y sólo a mí.
Pienso en cuánto se van a forrar estos últimos de aquí a dos domingos y vuelvo a cansarme mucho, de repente.
Supongo que le debe de sentar como una patada en el culo recibir esto que le estoy escribiendo un jueves, a última hora de la tarde, justo la semana antes de Semana Santa. Me pongo en su cabeza. Su cabeza, en la mía, está diciendo: Una mañanita mááááás y... vacaciones! Y de repente, tacatá! Que me hagas el catálogo de Terapias Verdes para ayer. Supongo que lo que piense Merche me tiene que importar un pimiento siempre que tenga el catálogo acabado para la semana que viene, que nos llegan los libros nuevos de los 50 ejercicios. Merche, tú, haz y piensa lo que quieras.
Pienso en la gente con la que tengo contacto puntual, de un tipo y de otros. Pienso en las diferentes yo de debe de haber repartidas por el mundo. La Sucunza tal, la Sucunza cual, ostras la Sucunza, qué maja, qué gilipollas, que petarda... Me canso mucho de repente y acabo pensando de nuevo que me tiene que importar un pimiento.
Pienso que hay gente que, de esto de controlar o no los yos que es, te hace un libro maravilloso, como el que presentaron (rebentaron) ayer en el (H)original, de Anaïs Nin; Una espía en la casa del amor. Y pienso en la cantidad de experiencias, sentimientos, informaciones y conocimientos que hay desperdiciados por el mundo sin nadie, como Anaïs Nin, que los coja y te haga de ellos un libro maravilloso, como el que presentaron (rebentaron) ayer en el (H)orginal.
Pienso si la verdadera obligación de un escritor no será coger la anécdota, el hecho histórico, el desvarío, el pensamiento cotidiano, ya universales de por sí; señalarlos con el dedo y decir, por si nadie se había dado cuenta: Eh, que sí: Que son universales. Pienso en la cantidad de escritores que hacen todo lo contrario y sólo consiguen apuntar para decir: Mirad lo que me pasa a mí y sólo a mí.
Pienso en cuánto se van a forrar estos últimos de aquí a dos domingos y vuelvo a cansarme mucho, de repente.
dijous, 14 d’abril del 2011
Un 14 de abril, Víctor colgó la bandera de la República en el balcón y ahí se quedó durante años, perdiendo color cada día y dejándose a cada golpe de viento hilos enganchados en los pinchos de la chumbera que teníamos también en el balcón.
Así en general, no se habla demasiado de la República. Y, cuando se habla, no se habla tanto de lo que fue sino casi siempre de lo que podría haber sido.
Leyendo Todo lo que se llevó el diablo, de Javier, hubo un momento en el que mi imaginación se saltó a la torera la historia que vino después y acabó pensando una España llena de pueblos como el que se inventó José Luis Cuerda. Pienso en Francia ahora, pienso si nosotros lo hubiéramos hecho mejor, y me acaban haciendo mucha gracia los mecanismos de negación de la realidad -los que te hacen ponerte en lo mejor en cuanto a lo que fue y en lo peor en cuanto a lo que se ha perdido- de la nostalgia.
Así que sí: Viva la República, la nuestra (la del libro de Javier), no la del vecino (aquella bandera del balcón, hecha unos zorros después de tanta historia.
Así en general, no se habla demasiado de la República. Y, cuando se habla, no se habla tanto de lo que fue sino casi siempre de lo que podría haber sido.
Leyendo Todo lo que se llevó el diablo, de Javier, hubo un momento en el que mi imaginación se saltó a la torera la historia que vino después y acabó pensando una España llena de pueblos como el que se inventó José Luis Cuerda. Pienso en Francia ahora, pienso si nosotros lo hubiéramos hecho mejor, y me acaban haciendo mucha gracia los mecanismos de negación de la realidad -los que te hacen ponerte en lo mejor en cuanto a lo que fue y en lo peor en cuanto a lo que se ha perdido- de la nostalgia.
Así que sí: Viva la República, la nuestra (la del libro de Javier), no la del vecino (aquella bandera del balcón, hecha unos zorros después de tanta historia.
dimecres, 13 d’abril del 2011
(De la vida. O donde habiéndolo tenido todo, una se encuentra llena de agravios comparativos y lo que hay ahora no reluce tanto como quizás debiera).
Me encuentro leyendo El mar, de Blai Bonet, a las 2 de la madrugada, cansada y con las neuronas un poco así. Voy pasando páginas y leyendo nombres. Ya no sé si Tur está muerto o si aún lo tienen en la celda 13 pidiendo confesión. No sé ni si Tur es quien muere, morirá o nada de eso, pero sigo leyendo pensando que mañana (hoy) retrocederé veinte o treinta páginas en la lectura para aclarar esta nimiedad, que lo es porque lo de menos, en El mar, es quién muere y quién no; que todos están muriendo al fin y al cabo: ellos y nosotros; Bonet, yo, Villaronga, la guerra, Mallorca, el gato de debajo de la mesa y el padre que le mete una docena de patadas.
Y pienso que me pasa un poco lo mismo que con Vida y destino de Grossman; que no tenía ni idea de quién era quién mientras lo leía pero que no podía dejar de avanzar, empujada por las olas del mar en un caso y por las batallas de la guerra en el otro, preguntándome a ratos por qué se llama mar, uno, y por qué se llama vida y se llama destino, el otro.
Lo que sí que constato es que he perdido la sorpresa del momento de la lectura de Mister Evasió. Que sí, que lo reconozco, que El mar es una genialidad, pero estaría muy enfadada si después de leer Mister Evasió, El mar no lo fuera tanto, y siéndolo tanto como lo es, me llena de nostalgia haber leído antes Mister Evasión. Y pensarán: Joder qué tontería: Tienes una genialidadx2, disfrutax2 entonces.
Pero no.
¿Qué le voy a hacer? La vida me mima. Y cuando te miman una vez, te miman otra y te miman la tercera, el mimo se convierte en costumbre y el cuarto mimo, pues ya la cosa viene a ser lo de siempre y uno empieza a plantearse si no va bien, de vez en cuando, una buena bofetada.
Estoy hablando de libros como podría estar hablando de cualquier otra cosa. Y estoy llamando un poco al mal tiempo también. Así que mejor paro ya con la tontería.
Y para que vean cómo me quejo por vicio y les quede claro de qué hablo cuando hablo de genialidad:
El meu pare era irascible i molt trist. I el temps del dinar i del sopar jo el mirava furtivament i em fixava que mai no tenia la mà esquerra oberta, reposant damunt la taula. Tenia sempre la mà closa i, a estones, els seus dits feien violència per estrènyer-se més com si volgués clavar-los dins el call de la mà. Els nusos dels dits i els ossos de la mà esquerra quedaven en punta, cap enfora, més pàl·lids que la resta de la mà. La mà del meu pare tenia un color corromput. Jo anava sentint una por de mirar-li el rostre i seguia la seva tensió per l'estirament dels nervis del braç, que se posaven durs com cordes de guitarra. El múscul li anava pujant, prenent volum, un volum sec davall la seva pell prima, que, en la part superior, estava ruada. Quan estrenyia tant el puny, menjava més de pressa i només omplia mitja cullera. Moltes vegades el múscul del braç, els nervis, quedaven secament quiets, immòbils, i jo, d'amagat, seguia, de cua d'ull, la tensió de la seva mà; pujava la meva vista cap al coll i veia la nou del coll que li pujava i baixava veloçment, i era quasi visible la seva acció quan s'enviava la saliva. Estrenyia la barra, i la barra li quedava estreta, dura, esmolada, amb aquella barba de tres dies. Les venes dels seus polsos se movien.
Es veia que parlava interiorment, a una gran velocitat, i a estones semblava que, per dintre, feia una plorada enorme. -El mar. Blai Bonet
Me encuentro leyendo El mar, de Blai Bonet, a las 2 de la madrugada, cansada y con las neuronas un poco así. Voy pasando páginas y leyendo nombres. Ya no sé si Tur está muerto o si aún lo tienen en la celda 13 pidiendo confesión. No sé ni si Tur es quien muere, morirá o nada de eso, pero sigo leyendo pensando que mañana (hoy) retrocederé veinte o treinta páginas en la lectura para aclarar esta nimiedad, que lo es porque lo de menos, en El mar, es quién muere y quién no; que todos están muriendo al fin y al cabo: ellos y nosotros; Bonet, yo, Villaronga, la guerra, Mallorca, el gato de debajo de la mesa y el padre que le mete una docena de patadas.
Y pienso que me pasa un poco lo mismo que con Vida y destino de Grossman; que no tenía ni idea de quién era quién mientras lo leía pero que no podía dejar de avanzar, empujada por las olas del mar en un caso y por las batallas de la guerra en el otro, preguntándome a ratos por qué se llama mar, uno, y por qué se llama vida y se llama destino, el otro.
Lo que sí que constato es que he perdido la sorpresa del momento de la lectura de Mister Evasió. Que sí, que lo reconozco, que El mar es una genialidad, pero estaría muy enfadada si después de leer Mister Evasió, El mar no lo fuera tanto, y siéndolo tanto como lo es, me llena de nostalgia haber leído antes Mister Evasión. Y pensarán: Joder qué tontería: Tienes una genialidadx2, disfrutax2 entonces.
Pero no.
¿Qué le voy a hacer? La vida me mima. Y cuando te miman una vez, te miman otra y te miman la tercera, el mimo se convierte en costumbre y el cuarto mimo, pues ya la cosa viene a ser lo de siempre y uno empieza a plantearse si no va bien, de vez en cuando, una buena bofetada.
Estoy hablando de libros como podría estar hablando de cualquier otra cosa. Y estoy llamando un poco al mal tiempo también. Así que mejor paro ya con la tontería.
Y para que vean cómo me quejo por vicio y les quede claro de qué hablo cuando hablo de genialidad:
El meu pare era irascible i molt trist. I el temps del dinar i del sopar jo el mirava furtivament i em fixava que mai no tenia la mà esquerra oberta, reposant damunt la taula. Tenia sempre la mà closa i, a estones, els seus dits feien violència per estrènyer-se més com si volgués clavar-los dins el call de la mà. Els nusos dels dits i els ossos de la mà esquerra quedaven en punta, cap enfora, més pàl·lids que la resta de la mà. La mà del meu pare tenia un color corromput. Jo anava sentint una por de mirar-li el rostre i seguia la seva tensió per l'estirament dels nervis del braç, que se posaven durs com cordes de guitarra. El múscul li anava pujant, prenent volum, un volum sec davall la seva pell prima, que, en la part superior, estava ruada. Quan estrenyia tant el puny, menjava més de pressa i només omplia mitja cullera. Moltes vegades el múscul del braç, els nervis, quedaven secament quiets, immòbils, i jo, d'amagat, seguia, de cua d'ull, la tensió de la seva mà; pujava la meva vista cap al coll i veia la nou del coll que li pujava i baixava veloçment, i era quasi visible la seva acció quan s'enviava la saliva. Estrenyia la barra, i la barra li quedava estreta, dura, esmolada, amb aquella barba de tres dies. Les venes dels seus polsos se movien.
Es veia que parlava interiorment, a una gran velocitat, i a estones semblava que, per dintre, feia una plorada enorme. -El mar. Blai Bonet
Subscriure's a:
Missatges (Atom)