divendres, 8 d’abril del 2011

(Entrar en un bar lleno de gente, pedir una cerveza, preguntar si te la puedes tomar en la calle y que te digan que sí, pero en vaso de plástico.
Tener que preguntar si te puedes tomar la cerveza en la calle ya es triste. Que te digan que sí pero en vaso de plástico, lo es más. Pero bueno...).

Decía que estaba yo en la calle tomándome una cerveza con dos amigas, cuando pasa una tía en bici y saluda a Joana, hola qué tal, hola qué tal, que si ahora tengo una agencia de street casting, que si te tengo en el catálogo, que si pues que me borres porque ahora estoy liada con otras cosas, que si la vida es mejor sin jefes, que si estamos todas de acuerdo.

Que si me mira.

-¿Te puedo pedir tu teléfono, que ahora van a hacer una película y buscan caras antiguas? (ella)
-La actriz no soy yo; es ella (señalando a Anna). (yo)
-Es que buscan caras antiguas. (ella)
-Ah, pues conozco a alguien que se parece mucho a mí (por Natalia). (yo)
-Pero ¿qué pasa, que tú no quieres? (ella)
-Sí, bueno, pero igual las dos... (yo).
-Es que buscan caras así de entre 25 y 35, como de hace un siglo. (ella)

Es que buscan caras así como de entre 25 y 35, como de hace un siglo.

De 25 y 35, de hace un siglo.

De hace un siglo, que tengan entre 25 y 35.

Qué fantástico.
La ideaaaaaaa de una cara que tenga un siglo, que tenga 25-35 años.
(Bueno, ¿qué? Yo también he sucumbido a Noguera).

Y qué bien, con Joana y con Anna, con nuestras cervecicas, aunque sean en vaso de plástico.

¡Ja!

dimarts, 5 d’abril del 2011

dilluns, 4 d’abril del 2011

From: Isabel Sucunza
Date: 2011/4/4; 08:52
Subject: La guerra
To: Míster

Míster,

me he olvidado de la guerra. Han pasado tantas cosas... domésticas, digamos, por aquí últimamente que he perdido la perspectiva y he acabado, sin planteármelo, no viendo más allá de mis narices. Diría que es como si no estuviera pasando aquello y sí esto. La stargate se ha cerrado y soy incapaz de encontrarla para volver a abrirla.

Ahora me dirás que es lo que me decías: que esta guerra nos cae demasiado lejos. Pero es que no es sólo eso: Es que la distancia misma se ha convertido en un anulador efectivísimo de la realidad. En la nada, se ha convertido la distancia, y es imposible mirar más allá porque lo que está más allá de la nada, no puede sino ser nada misma.

De todos modos, ¿importa algo lo que pase aquí o allá? Ya verás cuando el tiempo, que es tan nada como la distancia, acabe interponiéndose simplemente por el hecho de pasar: Ni aquella guerra ni mis pequeñas batallas constarán como ocurridas. No habrá nadie que las recuerde.

Y no pienses que esto de desaparecer yo y desaparecer las cosas me entristece: Me da una libertad infinita o, lo que es lo mismo, nada de libertad. Ponte a temblar porque tú también pasarás. Tú ya estás desapareciendo.
Me parto de la risa.

Besos,
Isabel.

dissabte, 26 de març del 2011

Me he despertado tan dormida que, leyendo a Héctor y leyendo a Jaume, he hecho una remezcla de lo que los dos me explicaban y me he imaginado la época futura, -somos tan idiotas los humanos: Ya hemos inventado los talleres en los que la gente se venda los ojos y se va a pasear toda una mañana por Madrid para hacerse a la idea de cómo iríamos por la calle si fuéramos invidentes (los pivotes que se ponen en las aceras para que no aparquen las motos, en ciego, se llaman rompehuevos, qué risa)-, me he imaginado, decía, la época futura en la que, viéndonoslas venir, nos inventaremos los simulacros de demencia senil.

Serían simulacros para otros, no para nosotros mismos que, en ese momento de brote estaremos con la cabeza más allá que aquí. "Va, que el papá, hoy a las 12, hace el simulacro de chaladura: Todos a sus puestos". Y el papá, a las 12, empieza a cagarse en todo por aquella vez que vio en Intereconomía a una señora rubioteñida y con perlas en las orejas diciendo que con Franco no pasaba tal, y liándose a bastonazos con la tele. Y mamá, coooorre a susurrarle a la oreja que todo está bien mientras le acaricia la calva; y el hermano mayor, cooorre a interponerse entre él y la tele, y a cogerle con fuerza el bastón; y la hermana pequeña, ooooorre a cantar "La internacional", mirándole a los ojos y diciendo sin dejar de sonreír, entre estrofa y estrofa, "canta conmigo papá". Y todos a darse un abrazo a las 12:05, y a decir a coro: "nos querremos igual", para dar por finalizado el simulacro.

Eso me he imaginado por culpa de mi sueño y de las actualizaciones nocturnas de mis amigos.

Ha estado bien porque, en el fondo, despertarme, leerlos e imaginarme todo esto, ha sido como tomar un café en mi casa con Héctor y Jaume aquí, contando uno lo de la herencia y la demencia y el otro lo de todos sus colegas de la universidad simulando que hay un incendio y que se olvidan de avisarle, para yo acabar diciéndoles: "¿os imagináis que se hicieran simulacros de todas las cosas que nos podrían pasar?"

Habríamos empezado entre los tres a hacer una lista:
-El simulacro de que vas a prepararte un café y te has quedado sin leche.
-El simulacro de que te has dejado las llaves dentro de casa.
-El simulacro de que tienes la ropa tendida y empieza a llover.
-El simulacro de que Manel hace un vídeo que a todo el mundo le parace maravilloso y a ti te pone muy nerviosa.

Habríamos hecho la lista, que habría sido mucho más larga y delirante que ésta que acabo de hacer, totalmente en serio y, al día siguiente, yo habría escrito una entrada parecida a ésta en el blog.

Así que puede decirse que esta mañana acabo de hacer el simulacro de desayunar con Héctor y con Jaume. Y me ha salido muy bien: yo creo que ya estoy preparada para que vengas Héctor.

No sé. Hazlo.

dimecres, 23 de març del 2011

From: Isabel Sucunza
Date: 2011/3/23; 06:42
Subject: La guerra
To: Míster

Míster,

Esta madrugada, Salmonetes me ha enviado aquí: a estas palabras de la Trini.

Dice la Trini:
-No es exactamente una guerra, sino una resolución de la ONU.

Me ha hecho pensar en la excusa que una vez el psicólogo de mi amigo Richy se inventó para justificar las barbaridades que a Richy a veces le daba por hacer. "Lo que te pasa es que estás explorando tus límites", le dijo un día. Y desde entonces, no pocas conversaciones con él han acabado conmigo suspirando "Pero Richy..." y él alegando "¿Qué? Estoy explorando mis límites", que, desde la primera vez que se lo oí decir, he pensado que era la excusa perfecta ante la vida; la perífrasis que todo lo concluye dejando además todas las puertas abiertas.
(Tengo que decir aquí que Richy es perfecto: bellísimo. Que no serías el primero ni el último en rasgarte la camisa ante él suplicándole: "Cuando acabes con tus límites, explora los míos", por eso a él le funciona tan bien este argumento. Tú, por favor, no lo intentes en tu casa).

La ONU también nació con la idea de ser bellísima; ahora se dedica a aplacar las meadas fuera de tiesto de aventureros pasados de rosca, mediante la exploración de sus propios límites con el consentimiento, aprobación y agradecimiento de la comunidad internacional. Lo que pasa es que la ONU, a base de buscar las perífrasis que expliquen sus guerras, parece que está cayendo en justificaciones más que en argumentos convincentes. Y cuando uno empieza a justificarse, malo. ¿Te has fijado que todas las guerras, de un tiempo a esta parte (desde que dejaron de llamarse conquistas, en concreto), tienen justificaciones que podrían pasar por nobles? No hay ataque y defensa: sólo hay defensa. Unos defienden una cosa y los otros otra. Gana en nobleza quien defiende la cosa más grande, la más aparentemente universal; y pierde y es malo, malo, malo, quien defiende la particular. Por eso, siempre, el primer ataque de la ONU, va directo a lo más privado: la casa del malo. El otro día, a Gadadi, le destrozaron el salón (uno de ellos): fue toda una primera definición de papeles en esta guerra, perdón Trini, en esta resolución.

He llegado a mi límite hoy y no tengo ganas de traspasarlo, Míster. Creo que a partir de aquí, lo podría justificar todo; podría convertirme en el niño más repelente del club de debate de la Junior High; podría convertirme en un filósofo del post mayo francés, al borde mismo del abismo que se abre al final del concepto. No me des un papelito con una idea escrita en él que igual le busco argumentos en contra que se los busco a favor y te acabo convenciendo de cualquiera de las dos cosas.

Otro día hablamos de los pobres particulares que conviven con el señor que defiende lo particular. Daños colaterales, creo es la perífrasis que se sacó de la manga la ONU para ellos.

Un abrazo,
Isabel

dimarts, 22 de març del 2011

From: Isabel Sucunza
Date: 2011/3/22; 05:30
Subject: La guerra
To: Míster


Míster,

Otra cosa: Ayer confundí a Kant con Sloterdijk sólo porque un libro del segundo tiene un título muy parecido a algunos títulos de libros del primero. Primero, me dio mucha vergüenza, luego, cuando, tras repetirme mentalmente unas quinientas veces el mantra "Lo importante es que tú misma te has dado cuenta del error", me recompuse, tuve una especie de revelación: descubrí qué comparten y de qué parten todas las guerras, personales y colectivas. Qué es eso que hace que sienta como mía ésta que cae, como tú dices, tan lejos. Es la estupidez.

Si yo solita me monté una guerra en la que el enemigo era éste que te digo (la propia estupidez -momentánea, tengo que decir en mi defensa, y transitoria, espero, aunque sin demasiada fe, todo hay que decirlo-), no por confundir a Kant con Sloterdijk sino por confundirme a mí con una persona inteligente, imagínate con quién debe de haberse confundido Gadafi a sí mismo para montar la que está montando, y luego mira cómo casi la humanidad entera le da la razón en su error, montándole la que le está montando en Libia.

Nada más. Voy a seguir, ahora sí, con esta vida que, hoy también, parecerá tan normal.

Pasa un buen martes.
Isabel
From: Isabel Sucunza
Date: 2011/3/22; 05:03
Subject: La guerra
To: Míster


Míster,

Ya sé que no son horas de escribir a una computadora personal decente, pero me ha tenido sin dormir toda la noche la duda que me planteabas ayer: ¿Qué tiene de especial un enviado? Y las fuerzas, ¿qué tienen de especiales las fuerzas? Creo que he dado con la respuesta a las dos preguntas: La guerra. Lo que les hace especiales y enviados y fuerzas es la guerra: Fíjate que ni los unos, los enviados, ni las otras, las fuerzas, lo son -ni enviados ni fuerzas ni especiales- fuera de la situación en cuestión.

Tomemos el caso del enviado especial, por ejemplo. Piensa en un señor de Soria, que estudió periodismo en Salamanca, justo por los años en los que se desató la guerra en Irak. Él era joven, alocado y con ganas de aventura: tenía 19 añitos, era la primera vez que vivía fuera de casa y se encontraba, una vez superada la sensación de libertad inicial, una vez descubierto que esas pequeñas rebeliones contra la autoridad materna que hasta entonces habían dado sal y emoción a su vida -salir un martes, no hacer la cama ninguna mañana, no cortarse el pelo en cuatro meses- no tenían nada de rebelión si su madre estaba a 400 kilómetros, no había móviles aún y, cuando se veían, se contaban exactamente lo que les daba la gana: él, todo por parecer un niño bueno merecedor de las 20.000 pesetas que le daban para pasar el mes y comprarse libros; ella, todo porque no hubiera malos rollos en casa en Navidad, Semana Santa, verano y puente de la Constitución.

Pasa el tiempo él, que está cada vez más aburrido de su vida de estudiante normal -la vida de estudiante en Salamanca, a fuerza de siglos, debe de haberse losificado también: es lo que tiene la vida en provincias, que todo acaba mimetizándose con el paisaje-, descubre un día que ha estallado la primera guerra retransmitida por televisión y que la guerra, retransmitida por televisión y sobre todo de noche, es muy guay. Y que encima, a su madre le preocupa. "¿Has visto cómo están en Irak?", le pregunta ella cada vez que hablan por teléfono. Y ahí, el estudiante aburrido, ve la posibilidad de volver a ser el niño especialito que ya fue aquella primera vez que marchó de Soria.

Se licencia, se va a Madrid a trabajar, y se convierte en un periodista normal; de los que hacen fotocopias, redactan breves y se pasan el turno de noche fumando en la habitación de los teletipos. Hasta que un día, a fuerza de leer artículos de internacional, en una reunión en la que está especialmente inspirado, algún jefe le descubre como experto en la situación en tal país conflictivo y le propone irse para allá, que está a punto de estallar algo, no se sabe muy bien qué, pero algo. Y él, que no está casado ni paga hipoteca aún y que, encima, cuando le ha comentado a su madre que le han propuesto irse para allá, ha visto que casi se desmaya, zas, vuelve a sentirse especial y dice que sí, que, cuando le digan, hace la maleta y coge un avión con destino hacia sus nuevas identidades bélicas: la de enviado y la de especial.

Así pues, Míster, aquí tienes tu respuesta: La guerra.

No voy a reprocharte que me hayas tenido toda la noche sin dormir: en tiempos de guerra -una guerra que, como ya te dije, no tengo pruebas para no creer que sea la nuestra-, no dormir es lo de menos. Me sigue produciendo alegría hacer que tus dudas sean las mías y seguir así teniendo excusas para enviarte cartas. Me dirás que me tomo tus preguntas retóricas demasiado a pecho. Yo sólo te contestaré que qué quieres que haga, si estoy de buen humor, y que pues no preguntes, si tengo el día cruzado.

Vamos hablando.
Cuídate.

Isabel