dimarts, 22 de març del 2011

From: Isabel Sucunza
Date: 2011/3/22; 05:03
Subject: La guerra
To: Míster


Míster,

Ya sé que no son horas de escribir a una computadora personal decente, pero me ha tenido sin dormir toda la noche la duda que me planteabas ayer: ¿Qué tiene de especial un enviado? Y las fuerzas, ¿qué tienen de especiales las fuerzas? Creo que he dado con la respuesta a las dos preguntas: La guerra. Lo que les hace especiales y enviados y fuerzas es la guerra: Fíjate que ni los unos, los enviados, ni las otras, las fuerzas, lo son -ni enviados ni fuerzas ni especiales- fuera de la situación en cuestión.

Tomemos el caso del enviado especial, por ejemplo. Piensa en un señor de Soria, que estudió periodismo en Salamanca, justo por los años en los que se desató la guerra en Irak. Él era joven, alocado y con ganas de aventura: tenía 19 añitos, era la primera vez que vivía fuera de casa y se encontraba, una vez superada la sensación de libertad inicial, una vez descubierto que esas pequeñas rebeliones contra la autoridad materna que hasta entonces habían dado sal y emoción a su vida -salir un martes, no hacer la cama ninguna mañana, no cortarse el pelo en cuatro meses- no tenían nada de rebelión si su madre estaba a 400 kilómetros, no había móviles aún y, cuando se veían, se contaban exactamente lo que les daba la gana: él, todo por parecer un niño bueno merecedor de las 20.000 pesetas que le daban para pasar el mes y comprarse libros; ella, todo porque no hubiera malos rollos en casa en Navidad, Semana Santa, verano y puente de la Constitución.

Pasa el tiempo él, que está cada vez más aburrido de su vida de estudiante normal -la vida de estudiante en Salamanca, a fuerza de siglos, debe de haberse losificado también: es lo que tiene la vida en provincias, que todo acaba mimetizándose con el paisaje-, descubre un día que ha estallado la primera guerra retransmitida por televisión y que la guerra, retransmitida por televisión y sobre todo de noche, es muy guay. Y que encima, a su madre le preocupa. "¿Has visto cómo están en Irak?", le pregunta ella cada vez que hablan por teléfono. Y ahí, el estudiante aburrido, ve la posibilidad de volver a ser el niño especialito que ya fue aquella primera vez que marchó de Soria.

Se licencia, se va a Madrid a trabajar, y se convierte en un periodista normal; de los que hacen fotocopias, redactan breves y se pasan el turno de noche fumando en la habitación de los teletipos. Hasta que un día, a fuerza de leer artículos de internacional, en una reunión en la que está especialmente inspirado, algún jefe le descubre como experto en la situación en tal país conflictivo y le propone irse para allá, que está a punto de estallar algo, no se sabe muy bien qué, pero algo. Y él, que no está casado ni paga hipoteca aún y que, encima, cuando le ha comentado a su madre que le han propuesto irse para allá, ha visto que casi se desmaya, zas, vuelve a sentirse especial y dice que sí, que, cuando le digan, hace la maleta y coge un avión con destino hacia sus nuevas identidades bélicas: la de enviado y la de especial.

Así pues, Míster, aquí tienes tu respuesta: La guerra.

No voy a reprocharte que me hayas tenido toda la noche sin dormir: en tiempos de guerra -una guerra que, como ya te dije, no tengo pruebas para no creer que sea la nuestra-, no dormir es lo de menos. Me sigue produciendo alegría hacer que tus dudas sean las mías y seguir así teniendo excusas para enviarte cartas. Me dirás que me tomo tus preguntas retóricas demasiado a pecho. Yo sólo te contestaré que qué quieres que haga, si estoy de buen humor, y que pues no preguntes, si tengo el día cruzado.

Vamos hablando.
Cuídate.

Isabel

diumenge, 20 de març del 2011

Me doy cuenta de lo allá que está Mallorca cuando me entero de que Jaume no conoce el "Na beira do mar". Me doy cuenta de lo allá que está Jaume cuando, después de escucharme cantar la primera estrofa y el estribillo, me dice la canción es muy Hidrogenesse. Me doy cuenta de que yo también tengo un pie allá cuando le digo que tiene toda la razón.



Como a mí me gusta que Jaume esté cerca y me gustaría que cualquiera de las canciones que cantamos cualquiera de los dos las pudiéramos cantar a dúo, le canto "No levantes tando el vuelo", la jota, y no con malos resultados: aguanta como un campeón escuchándome hasta que termino e incluso acaba poniendo los brazos en jarras como yo.



Le explico que yo de pequeña, en Peralta, iba a la escuela de jotas dos días a la semana y que allí me enseñaron esta que no pocas noches he acabado cantando a altas horas de la madrugada, a dos voces, con Itzi, sentadas en cualquier portal. Vale, más derrumbadas que sentadas, pero con las manos en la cintura, eso siempre. Hubo una temporada en que las noches acababan invariablemente o con la jota o con "Perfect day", de Lou Reed, y esta última nos la cantábamos a partir de cierta hora y de cierto número de bares, a la primera de cambio, mirándonos arreboladas la una a la otra y poniéndonos morritos a cada with youuuu.

Las noches eran largas, nosotras jóvenes y de variopintas referencias musicales y solíamos acabar volviendo a casa cruzando la Vuelta del Castillo, haciendo eses que no llegaban a ser delatoras por ir marcando nuestros pasos un angosto caminito encementado en medio de tanto verde: el caminito que va desde la Avenida del Ejército hasta la de Sancho el Fuerte, de un lado al otro del parque. Una vez en Sancho el Fuerte, Itzi ya estaba en su casa, yo seguía andando y, entonces sí, mis eses se magnificaban hasta alcanzar las dimensiones de las de un borracho de tebeo: se hacía más largo el recorrido del tramo final hasta mi casa que el de Lo Viejo hasta casa de Itzi.

Siempre he pensado que las aceras de Iturrama son demasiado anchas.

Por cierto: Todo esto venía a cuento de que Jaume me ha arreglado el tocadiscos. Me lo ha arreglado de casualidad: el plato giraba demasiado rápido, lo ha querido destripar a ver qué le pasaba pero no teníamos un destornillador adecuado, así que nos hemos puesto a hablar de otras cosas y otros asuntos, mientras él ha seguido enredando con los botoncicos del cacharro y, de repente, la música sonaba a su justa velocidad. Ha sido eso, abrir una botella de vino para celebrarlo y poner todos los discos en la mesa para pegarnos la gran sesión del recuerdo, todo en uno. Del recuerdo, porque hacía unos dos años y pico que ese tocadiscos no iba bien y que los vinilos acumulaban polvo, casi tanto polvo como el que estaban acumulando también en mi cabeza las jotas, los cantos de borrachinas y las expediciones a casa a altas horas de la madrugada que, hace años, acabábamos haciendo Itzi y yo con tanta rutina y normalidad.


(Joder, qué nostálgica me he puesto. ¿Quién me iba a decir a mí que el "No levantes tanto el vuelo" iba a acabar resultando tan premonitorio...?)

dissabte, 19 de març del 2011

Míster,

mira si las cosas van mal que, hace un rato, nada más despertarme de la siesta, me he enterado de que se ha declarado una guerra. Me dirás que lejos, sí, pero tú también lo estás y la guerra en internet se ve demasiado cercana, más que tú que, desde hace años, no me das tema ni de temor ni de alegría, mientras que ésta ya me está dando pie a las dos cosas: tanto al ceñar que luzco desde hace un rato, al que acompaño con el pensamiento "joder, otra guerra", como a la felicidad de por fin tener una excusa para enviarte una carta.

La guerra pinta lejos, tienes razón, pero las fotos de los periódicos son tan grandes, las caras de los protagonistas tan conocidas y los procedimientos y sus resultados tan poco novedosos, que no encuentro suficientes argumentos para decir que no es la nuestra: Asco de aleph, asco de adsl, asco de tiempo real, que todo nos lo acaban metiendo en casa, que me hacen sufrir porque tú estés leyendo esto al mismo ritmo que lo voy escribiendo, que veas mis comas mal puestas y hasta lo que pienso pero que, por muy poco, no llego a ponerte aquí.

En fin, vuelve pronto. Tengo tantas ganas de verte que me he puesto a escribir un cuento sobre el compositor de música de despertadores. Es el décimo que escribo desde que te fuiste. Cuando te vea, "He escrito diez cuentos" es lo primero que pienso decirte para que te hagas una idea de cuánto tiempo ha pasado, tanto, que hasta -hoy a la hora de la siesta- han acabado acabado declarando una guerra.

Isabel.

dijous, 17 de març del 2011

(De cuando le explico a alguien a quien no conozco demasiado lo mucho muchísimo que me fascina esta entrevista a Camilo Sesto



y luego identifico este hecho como la prueba definitiva de que mi verborrea siempre gana de largo a cualquier intención que pudiera tener yo de quedar más o menos bien).

¡¡Yey!! ¿¡¿¡¿Hablo yo o pasa un carro?!?!?

dimarts, 15 de març del 2011

Sé que será un día poco productivo cuando me siento, libro y lápiz en mano, y, después de media hora, me doy cuenta de que sigo en la misma página, mirando el lápiz, alucinada, pensando: claro, hexagonal para que no se vaya rodando mesa abajo...

dissabte, 12 de març del 2011

Qué pesadica es la gente. A cada aniversario tétrico, a cada tropezón ajeno o propio, a cada barba pelada de vecino, venga todos con la cancioncita. Como si uno tuviera algo que hacer en eso, como si uno no se limitara simplemente a pasar por ahí sin evitar ni propiciar nada.

De ésta no te has muerto y ya está. Y ni en no morirte has tenido tampoco nada que hacer.

Perdonen, ¿eh? Es que llueve desde hace un rato así como si fuera el diluvio universal (yo pongo la pareja de gatos) y estoy escuchando Mishima, esta versión del "Llavors tu simplement" en concreto, que no sé si me encanta o si es una mierda porque parece que la tocan como queriendo quitársela de encima para irse a hacer sus cosas (otras) cuanto antes.

Además tengo en la cabeza que ha pasado poco más de un día de la cosa tectónica, primero, marítima, después, de Japón y ahora mismo todo Japón debe de estar dividido en dos tipos de japoneses: los que se han muerto y los que no. Y los que no deben de andar paseándose por allí pensando uy, ¡que he vuelto a nacer!, y luego, a cada paso que encuentran alguien que no lo ha hecho, pensando ojalá no lo hubiera hecho yo tampoco.

Tooodo Japón lleno de japoneses a punto de empezar a sentirse culpables por seguir vivos, que es lo que dice Imre Kertész que pasa cuando uno sobrevive a una catástrofe.

También es que estoy muy contenta por cómo me están yendo las cosas y, en temporadas así, es como si lo trágico del mundo me molestara y me dejara en un permanente estado de pensar tío, pero ¿qué me estás contando? ¿Qué es este fallo de raccord en mi felicidad? ¿No ves que hay un decalage muy bestia aquí? ¿Que esto -ni la lluvia ni la terrible furia de la naturaleza- no pegan nada en este momento? ¿Podría usted, Señor Mundo, intentar ser un poquito más coherente conmigo, por favor?

En fin, que poco puedo hacer a parte de elegir mejor la banda sonora de los días lluviosos.



Bendita inconsciencia.

dijous, 3 de març del 2011

Intercambiaba mails ayer con Miquel sobre los poderes que, vete a saber por qué, se nos han otorgado, que en el fondo no son más que obligaciones, pero que a mí me ha dado por pensar en ellos así: como poderes. La Dictadura Sucunza, he denominado al asunto.

Me explico.

Me ponen tres libros en la mesa. De los tres, uno me fascina, otro me lo leo en plan psché y el tercero lo empiezo y una semana después descubro que no he sido capaz de pasar de la décima página. Decido que el primero es el bueno (¿por qué? porque yo lo digo): convenzo a la mitad de mis amigos y a parte del extranjero de que se lo compren, lo lean y convenzan a los suyos de que deben leerlo. Y funciona, tú. Y mis jefes, encantados, porque parte de mi última acción dictatorial consiste también en eliminar para ellos dos de los tres libros con los que había empezado la historia: sólo ven lo bien que funciona el primero.

Matemáticamente, es un 2-1 en mi contra, o sea, una derrota en toda regla. Pienso en mi padre cuando me decía "un cinco, un seis, un siete... son suspensos: si lo hubieras estudiado todo, te habrían puesto un diez" y pienso si no habré dedicado mi vida a desarrollar un método por el cual, ante mis gordas limitaciones para aprenderlo todo, he aprendido a relativizar la importancia de lo que no he podido aprender o hacer bien, hasta hacerlo desaparecer no sólo para mí sino también para el resto de la humanidad. O eso me creo, que desaparece... hasta que viene alguien y descubre el pastel: apunta directo a los goles encajados, decido que me cae mal y lo hago desaparecer también, a ese alguien. O eso me vuelvo a creer...

Pero yo, ¿quién me he creído?



(... en el proceso de escribir aquí estas escalofriantes reflexiones sobre mis fracasos personales, así, en plural -yo, señalando con el dedo a los goles encajados es la prueba definitiva de mi fracaso en el intento de hacerlos desaparecer: soy una fracasada por partida doble-, he vuelto a descubrir que no puedo acabar una frase según qué canción esté sonando; que se me abren vías de escape de doble sentido; desembocaduras de ideas en las que se desata el reflujo de la frase por hacer que sale, contra la frase ya acabada que entra. Y gana -de calle, gana- la de afuera cuando acabo escribiendo aquí que ya nada será igual tras el día de la gran broma final.)