dijous, 3 de febrer del 2011

Ostras con los críos. Ves una foto de uno que ya no lo es tanto y es como ver una foto del tiempo que ha pasado, todo ahí, de golpe. Y me da por pensar que lo que para nosotros era el todo cuando ese crío acababa de nacer, ya no lo es: se ha convertido en un peldañito más que teníamos que subir y que ahora veo que lo hemos subido y que hemos subido unos cuantos más después. Nuestro todo de entonces se quedó ahí, cuando el crío aún estaba enganchado a la teta. Era un todo en pañales que se cagaba encima, y lo único que me sale ahora es mirarlo con cariño.

Y ahora, viendo la foto del hijo de Farshid, resulta que estoy orgullosa de nosotros, así, tan torpes y tan de darnos cabezazos contra la pared.

Somos los mejores.

dimecres, 2 de febrer del 2011

Desde que voy pillada de tiempo, he tenido que hacer limpieza en mi lista de blogs y webs de consulta diaria y me acabo de dar cuenta de que he eliminado las visitas a unos cuantos sitios regidos por gente siniestra. Siniestra para mí: por la elevada siniestralidad que me provocaban en el ánimo, más que nada lo digo, o sea vuelvo a hablar desde la más pura subjetividad. Toda esta gente, puede que sean las más bellas personas sobre la faz de la tierra, pero mira por dónde a mí me agriaban la leche del café cada mañana. El caso es que volvía y volvía a ellos, así como para matar el rato y tener discusiones mentales conmigo misma, incluso con ellos mismos, que se evaporaban inmediatamente después de pasar por la ducha. (Nota mental: reflexionar sobre la ducha como sitio en el que recuperar el equilibrio emocional: empezar por ejemplo preguntándome si no me ha contagiado un poco esto la prota de "Primavera, estiu, etcètera", de Marta Rojals).

Pero no crean que con esto he acabado con las discusiones mentales mías: ahora me discuto por qué me empeñaba en visitar aquellos sitios si tan perniciosos eran para mi personita. Y no lo sé. No llego a ninguna conclusión, la verdad. Además, no tengo tiempo para esto tampoco. Voy a darme una ducha.
Escribir, ¿para qué?
Bueno, tampoco creo que las urracas sepan para qué recogen cosas brillantes.

(Hostia, esta respuesta es muy buena para muchas preguntas)

dimarts, 1 de febrer del 2011

(De la gente que te entra así como a contrapelo)
(... que la hay)


No puedo con la gente expansiva. No puedo. Me comen el terreno, me ofenden los oídos (suelen hablar a un volumen tirando a estridente), me ocupan el espacio vital. Y además, tengo todo el rato la sensación de que lo hacen con toda la intención. Que notan que yo retrocedo y les miro de reojo y enseño un poco los colmillos al verlos entrar en mi radio de acción. Y que eso los envalentona.

Me dan mucha rabia y soy capaz de cerrar la boca y pasarme callada (¡yo, callada!) el tiempo delimitado por su entrada y salida en escena, pensando gilipollez, gilipollez, gilipollez, a cada frase que sueltan.

Me pasa tanto de manera presencial como no presencial: hoy mismo, en lo que va de día (y va muy poco de día), le he enseñado los colmillos en dos ocasiones al monitor del ordenador: una leyendo una entrevista en un diario y otra, leyendo unos cuantos comentarios sueltos en Facebook.

No puedo con ellos. Me provocan una necesidad irracional de salir corriendo, soltando bufidos por aquí y por allá, hacia la ducha más cercana. Arg.

dilluns, 31 de gener del 2011

Así como medio trastocada por culpa de un gatito que el sábado me encontré en el portal. Suerte que no lo tengo en casa -está en casa de Jaume- y que no he sucumbido a la tentación de inventarle un nombre -Jaume lo ha hecho (Tomeu) y se ha creído el milagro de haber superado, de la noche a la mañana, una alergia que él sabe que no se va, que ayer se despertó llorando-.

Yo sé que en el fondo lo mío es sólo nostalgia: el gatito en cuestión es igualito igualito que el Koldo de pequeñín, un poco más grande que cuando lo encontramos. Por suerte no tiene un ojo infectado ni una vértebra (¿son aún vértebras las de la cola?) fuera de sitio. Tampoco tiene el miedo atroz que tenía y aún tiene el Koldo al género humano en general. De hecho, estas tres cosas son las que le he contado al veterinario: "No tiene infecciones en el ojo ni huesos fuera de sitio ni miedo", y me he dado cuenta de que se lo contaba señalando al gatito con mediodesprecio. Pura fachada: todo el mundo sabe que me lo quedaría, que me pasaría el día haciéndole carantoñas y que le pondría de nombre Kurtz (coronel), por seguir con la K de Koldo y Kika y por haber coincidido su aparición con la mía en la editorial Navona (con el gran Conrad en el catálogo). Pero no.

Adóptenlo, por favor, o llévense a Jaume a Lourdes a ver si se cura de verdad y me puedo quedar con el coronel (al que disimuladamente llamaré Tomeu) aunque sólo sea como vecino de escalera.

diumenge, 30 de gener del 2011

Ustedes no pueden permitirse estar tristes: ni ustedes ni nadie. Esto es tan corto, pasa tan volando que mejor no ceder terreno a la cosa esta de la nostalgia ni a la de la imposibilidad aparente. Ni hablar.

Léanse un buen Saki pero ni se les ocurra, por evocaciones facilonas, dar el salto a Vian. Vian es una trampa mortal; con Vian pueden reír, pero irá cavándoles así un punzón justo en el punto del pecho en el que estaría el vértice inferior del corazón, si el corazón fuera como lo dibujamos. Y yo no sé si ustedes lo habrán notado pero el vértice inferior del corazón está directamente unido a la sien izquierda, peligrosamente cercana al lacrimal.

No: Vian no es lectura recomendada para los domingos post cócteles con amigos que, de repente, justo cuando tienes la guinda del Manhattan en la boca, te preguntan bueno, y de aquello, ¿qué? Y tú contestas dada, cedo, con la guinda hinchándote el carrillo para seguidamente morderla y notar que, ésa en concreto, resulta especialmente áspera a la lengua, tanto, que lo siguiente que haces es buscar a Albertito con la mirada y con la mirada también rogarle, suplicarle, que ignore a esa guiri rubia tan obvia que acaba de pedirle con todas las letras un martini-agitado-no-removido-como-los-de-James-Bond y te prepare a ti otro Manhattan como los tuyos, aquellos que llevan esa angostura que, en cuanto a amargor, no tiene ni punto de comparación con la que sabes que Vian te va a provocar al día siguiente.

dissabte, 29 de gener del 2011

Se me rebela la cafetera: la dejo encendida mientras me ducho y cuando vuelvo a la cocina me encuentro el café desparramado por el suelo y al gato mirando, totalmente alucinado, cómo el charco avanza hacia él. Tiene el café a un escaso centímetro de sus patas, mira hacia abajo, inmóvil. Cuando el café está a punto de alcanzarle, retrocede un centímetro, vuelve a poner las patas juntas y vuelve a mirar fijamente hacia abajo, inmóvil otra vez. Digo: Koldo. Me mira y se va.

Cojo la fregona y me pongo a... fregar, claro, ¿qué iba a hacer con la fregona si no ante un charco de café de perímetro creciente?

Koldo me mira con esa cara de uhm, entre decepcionado y condescendiente, que sólo los gatos y algunas personas muy desengañadas contigo o demasiado acostumbradas a ti, esas que creen firmemente que nunca, nunca llegarás a sorprenderles, suelen poner cuando te miran.

Para cuando acabo de fregar el desaguisado, Koldo ya ha acabado de pensar esta tía no sabe divertirse y se ha quedado dormido.

Lo de Kika es peor: Kika ni siquiera ha abierto el ojo durante todo el incidente del café. Lo de Kika es de una indolencia que a veces roza la imprudencia. Kika es indolente e imprudente, y todo lo que rima...

Me voy a dar una vuelta. Es uno de esos sábados que tengo muy claro con quién me gustaría pasar el día y con quién no lo voy a pasar. Uno y otro vienen a ser la misma persona.

Bueno, ya saben: uhm, esta tía no sabe divertirse.