diumenge, 14 de novembre del 2010

"La maleta", de Dovlatov, tiene algo de tristeza monumental en choque continuo contra el mundo absurdo (¿cuál no lo es?) que le tocó vivir al protagonista, o sea, al autor.

No sé si no estuve lo suficientemente atenta en la presentación que los Labreus montaron en el (H)original el otro día o si, simplemente, no llegaron a explicarlo así; da igual, mejor que no me enterara, porque la sensación de descubrir hacia el cuarto cuento que Dovlatov iba efectivamente, historia a historia, haciendo o deshaciendo, que es lo mismo, una maleta, fue impagable.

Me gustaría tener aquí a mano el libro para reproducir alguno de los fragmentos, pero ya lo he hecho rular: lo tiene mi amigo Jordi, así que no me queda otra que tirar del recuerdo. Y resulta que el que más presente tengo es el cuento en el que se pregunta qué le mantenía unido a su mujer, explica qué puede ofrecer una mujer a un escritor ruso y acaba explicando cómo una mujer abandona a un escritor ruso. Y todo el rato el partido, el exilio y aquella tristeza que decía, sobrevolando la relación, sobrevolando la historia y sobrevolando todo el libro, que es el libro de alguien muy muy escéptico, muy muy de déjate de hostias y déjame vivir como mejor sepa.

Un día, hace unos meses, apunté en una libreta que, cuando uno pasa unas horas dentro de una tienda de ropa mirando los montones de jerseys, camisetas y pantalones, acaba teniendo la sensación de que está en la habitación de alguien que tiene una maleta por hacer; aquel día sólo pudo hacerme volver a la realidad ver las etiquetas enganchadas a cada prenda: aquellas cosas no tenían recuerdos. En "La maleta", las cosas no tienen etiquetas y cada una tiene una historia de frío, de vodka y de esperpento detrás. Una historia de será todo esto lo que me lleve y Rusia, entonces, ya podrá olvidarse de mí que yo no, yo no podré podré dejar de ser quien me ha hecho Rusia.

divendres, 12 de novembre del 2010

No existe nada más patético que una lucha entre desiguales. Ojo, entre desiguales, digo; no entre contendientes que tienen y saben utilizar distintas armas.

Hoy me ha venido a la cabeza una escena que presencié hace años en la librería de debajo de mi casa en Pamplona: El librero le cobraba el periódico a una señora, entró otra señora, no dijo ni mu. El librero le saludó con un jovial "buenos días Señora Tal, ¿cómo está hoy?" La Señora Tal dejó unas monedas encima del mostrador y se fue con su periódico, sin abrir la boca. La otra clienta le dijo al librero: "Vaya carácter. Eres demasiado educado y simpático con ella". El librero contestó: "Ella es antipática, yo no y no pienso empezar a serlo por su culpa". Yo pensé: "Joder, eso sí que es una declaración de principios".

Me lo tomé como toda una lección de vida. ¿Qué quieren que le haga? A veces vas a comprar un libro y vuelves a casa sin libro debajo del brazo (no compré nada aquel día) pero con una buena dosis de material rumiable en el subconsciente. Me pasé unas cuantas semanas dándole vueltas a ese asunto y aún hoy, ya lo ven, me viene a la cabeza de vez en cuando.

Primero pensé en la relación del librero y la señora borde (que era del barrio y debía de pasar por allá todos los días a comprar el Diario de Navarra) como en una especie de resistencia pasiva estilo Gandhi por parte del librero, pero en seguida rechacé esta idea: lo del librero era de todo menos pasivo. La Señora Tal, con sus refunfuños y su mala leche tirando las monedas sobre el mostrador, debía de odiar al librero un poquito más cada día que pasaba, cada vez que escuchaba su alegre "¿cómo se encuentra hoy?". El librero debía gozarla y sonreirse por dentro cada vez que la veía entrar, coger el periódico y acercarse al mostrador haciendo puntería con las monedas en la mano.

La Señora Tal iba haciendo cada día un poquito más de mala leche. El librero se apuntaba una pequeña satisfacción personal con cada "buenos días" sonriente que le dejaba ir.

Él se reafirmaba en su forma de ser alegre. Ella se reafirmaba en su disgusto y malestar con el mundo.

Yo creo que tenemos un ganador.

Mentiría si dijera que no he aplicado nunca esta maliciosa -en el fondo, lo es- técnica en mis relaciones con algunas personas y que no he disfrutado haciéndolo. Me siento menos mala si pienso que la alegría y la educación son cosas que pueden utilizarse pero fingirse no, fingirse no se pueden.

dijous, 11 de novembre del 2010

Una vez me enfadé muchísimo y decidí dejar de leer a un escritor porque encontré en uno de sus libros la palabra indescriptible.

Hoy me ha vuelto a pasar: "Hacía un frío indescriptible", dice el tío.
No te jode...
Ayer Cesc contaba la historia de un japonés que cogía muestras de agua de un estanque, las congelaba, las miraba por el microscopio y según la disposición de sus partículas, etiquetaba los recipientes que la contenían: en una etiqueta escribía "Amor", por ejemplo, en otra "paciencia"...

Yo le pregunté: ¿Con qué criterio? Él me dijo: Por la disposición de las partículas.
Luego, el japonés, cambiaba las palabras de las etiquetas: donde había escrito amor, escribía odio. Al cabo de dos horas, miraba el agua de nuevo por el microscopio y veía que la disposición de las partículas había cambiado. La conclusión a la que llegaba era que el agua cambiaba según la palabra que había escrito en el rótulo: el objeto del trabajo era demostrar la influencia de las palabras sobre la materia.

Yo le dije: Y no será que el agua, embotellada, si primero la congelas y después la dejas ahí, simplemente cambia porque han pasado dos horas.

Joder, dijo él, es alucinante cómo una historia según quien la cuente, parece totalmente creíble o no. A él, la historia del japonés y el agua se la había contado Mireia, y dice que mientras se la contaba, todo le parecía muy alucinante. Entonces me la contaba a mí y yo con la ceja levantada y él con la sensación de que estaba diciendo tonterías.

Y ¿saben qué? Me sentí mal. Podíamos haber estado ahí todos encantados con la historia del japonés y el agua, pensando "guau, lo voy a probar en cuanto llegue a casa, pero no con agua, lo voy a probar conmigo misma: me voy a poner una etiqueta en la frente que diga "alegría", por ejemplo, esperar dos horas y ver qué pasa". Pero no, ahí estaba yo escéptica perdida y sintiéndome aguafiestas total hasta el punto que me dejó de importar que me tuviera que ir para casa a actualizar el blog del programa, cosa que llevaba retrasando un buen rato.

Cogí los bártulos, me despedí de todos y me fui.

dimecres, 10 de novembre del 2010

Me encanta el momento en el que, después de haber pedido yo que me envíen un montón de cosas de trabajo por mail, abro mi cuenta, me las encuentro todas (o casi todas) ahí y me dedico a ir abriendo correos para contestar nada más:

Gracias!
Isabel

Me encanta.
Lo hago muy rápido y, cuando acabo de contestar al último, aún me estoy sonriendo un rato.

Lo cuento porque lo acabo de hacer. Y lo que les decía: aún estoy sonriendo.
Qué tontería.
Hoy, volviendo a casa del trabajo, he pasado por delante del colegio que hay en la Ronda de Sant Pau y he visto que a uno de los raquíticos árboles que hay delante le han puesto tres tablones de madera (de conglomerado, más bien) blancos, formando un prisma triangular a su alrededor. En los tablones hay escrito esto: "Espacio reservado para campaña electoral". Y me he preguntado si estará regulado qué se puede y qué no se puede colgar delante de un colegio: piensen que son lugares de paso por lo menos cuatro veces al día para chavales altamente impresionables, en edad de crecer. Además, la entrada y la salida del colegio son momentos muy delicados: imagínense los nervios que llevan encima los pobrecicos diez minutos antes de ver al profe que siempre les suspende; al director, con el que tienen un asunto pendiente desde la última gamberrada o a la chati con la que hace una hora escasa estaban soñando que hacían las mayores cochinadas que su mente puede llegar a imaginar. Imagínense sus nervios, digo, no las cochinadas que han soñado. ¿Sí? ¿Siguen leyendo?

Entonces me he puesto a hacer mentalmente esta lista de cosas que, según las normas de esta sociedad en que vivimos, son muy chungas de hacer delante de un colegio si, quien las hace, es un señor o señora que pasa por ahí:

-Repartir caramelos (o lo que sea)
-Darles collejas a los niños más pequeños
-Mear en la puerta
-Ponerse a cantar a grito pelado
-Pedirles dinero a los niños para irte de viaje (aunque luego te lo gastes en otra cosa)
-Venderles lotería o camisetas o lo que sea a los niños para irte de viaje (ídem que el paréntesis anterior)
-Reírte de la madre de uno de los niños
-Reírte de la profesora de matemáticas que en ese momento sale por la puerta
-Pegarle un balonazo en la cara a la profesora de matemáticas que en ese momento sale por la puerta
-Levantarles las faldas a las niñas
-Repartir flyers para una fiesta que habrá este fin de semana
-Darse el lotazo con tu novio o con tu novia a la vista de todos
-Fumarse un porro

Ahora repasen la lista pensando que todo eso no lo hace un señor o una señora que pasa por ahí en el momento en el que salen los niños sino que lo hace uno de esos niños. Es más, imagínense que son ustedes el niño que lo hace, todo eso; todo, lo hacen ustedes que ahora son un niño que sale del colegio. Imagínense también que quien les juzga no es la sociedad sino sus compañeros de clase: los otros niños que están saliendo ahora con usted por la puerta del colegio...


... Enhorabuena: se acaban de convertir ustedes en unos héroes juveniles (imaginarios, imaginarios...).




Ah, y Artur Mas (o Montilla o quien sea que acabe colgado en el arbol electoral): te van a pintar unos bigotazos y te van a caer una de escupitajos a partir de mañana, que como pases por la Ronda de Sant Pau un día de éstos vas a afrontar con otro ánimo la reunión de constitución de la Conselleria d'Educació.
Todos los días miro el "correu brossa" de mi gmail con la esperanza de encontrarme algo así:



Pero nada. El mundo se empeña en no querer jugar conmigo.