Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésa es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado (...). Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un enjendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión, un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa) o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz (...). Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California: ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones,como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta.
Roberto Bolaño. Los detectives salvajes.
Sí: por fin (así como recién caída del guindo) estoy leyendo (bien) a Bolaño. Y ¿saben aquellos que descubren al Barça y, de repente, son los más culés o aquellos que dejan de fumar y, de repente, son los más talibanes del antitabaquismo? Pues en este plan estoy. Se me preparen.
dilluns, 11 d’octubre del 2010
diumenge, 10 d’octubre del 2010
Caleidoscopio roto.
Podría ser el título de la peor novela de la historia (acabaría siendo un bestseller y adaptada a serial de televisión, seguramente), pero de momento sólo es una cosa que yo tengo ahora mismo en casa: un caleidoscopio roto.
Mi gato tiene la manía o el instinto, no sé -porque nunca sé si mi gato las cosas que hace, las hace porque no puede evitar hacerlas o simplemente por tocarme las pelotas- de subirse al escritorio y pasearse por toda su superficie empujando con su pata, hasta que caen al suelo, todas las cosas pequeñas que encuentra en su camino. Luego, cuando tiene la superficie despejada, no crean que se tumba y se pega una siesta estirado todo lo largo que es, no: él salta al suelo también y busca cualquier otro rincón para ponerse a dormir.
No sé por qué tengo un caleidoscopio en casa (igual que no sé por qué tengo un gato, dos, de hecho, en casa). Cuando lo compré, vivía en otro piso y allí lo tenía al lado de la cama, en un estante clavado a la pared que hacía las veces de mesilla de noche. Me mudé, y el caleidoscopio vino conmigo. Ahora su sitio es una esquina del escritorio. Mi gato ya lo había tirado otras veces al suelo pero nunca, hasta hoy, se había roto. ¿Han visto ustedes alguna vez un caleidoscopio roto? Es la gran decepción. Es un tubo de cartón, un poliedro triangular con las paredes interiores forradas de espejo, dos círculos de plástico transparente y siete piececitas de plástico de colores que, tiradas por el suelo, no hacen ni pizca de gracia: te dan ganas de barrerlas y tirarlas a la basura antes que de volverlas a poner dentro del triángulo de espejos.
Cuando lo he visto todo ahí, desparramado, primero he pensado en el holismo (¡ah, qué gran bofetada de la realidad me supuso aquel experimento en primera persona!), luego he pensado en las ilusiones ópticas, en cómo, siendo tan tontitas ellas, consiguen causarnos una cierta sorpresa (tan tontitos somos nosotros también); y luego, en el carisma de ciertas personas, que aparecen y absorben tu atención y te enredan y te enganchan y te fascinan, hasta que te empiezas a fijar en los detalles y la fascinación se convierte en compadecimiento y, claro, he pensado en Gastby (Dios, pobre desgraciado) y en Britney Spears y en El Pequeño Ruiseñor, paradigmas todos del juguete roto. Y he vuelto a pensar en el holismo, pero esta vez en un holismo revertido; de fuera a dentro. Un retroholismo que en vez de hacerte decir "fíjate, parece increíble el buen resultado que da la suma de estas cuatro cositas tontas", te hace decir "fíjate, lo mucho que parece y en realidad está hecho de nada". Me ha interrumpido el despertador, ayer se me olvidó apagarlo, menos mal porque estaba a punto caer en el error tan mío de aplicar a mi persona todo esto que estaba pensando.
Una de dos: o aprendo a excluirme como objeto de mis divagaciones mentales sobre cualquier tema (¡tanto yo, yo y yo!) o doy a mis gatos en adopción.
Podría ser el título de la peor novela de la historia (acabaría siendo un bestseller y adaptada a serial de televisión, seguramente), pero de momento sólo es una cosa que yo tengo ahora mismo en casa: un caleidoscopio roto.
Mi gato tiene la manía o el instinto, no sé -porque nunca sé si mi gato las cosas que hace, las hace porque no puede evitar hacerlas o simplemente por tocarme las pelotas- de subirse al escritorio y pasearse por toda su superficie empujando con su pata, hasta que caen al suelo, todas las cosas pequeñas que encuentra en su camino. Luego, cuando tiene la superficie despejada, no crean que se tumba y se pega una siesta estirado todo lo largo que es, no: él salta al suelo también y busca cualquier otro rincón para ponerse a dormir.
No sé por qué tengo un caleidoscopio en casa (igual que no sé por qué tengo un gato, dos, de hecho, en casa). Cuando lo compré, vivía en otro piso y allí lo tenía al lado de la cama, en un estante clavado a la pared que hacía las veces de mesilla de noche. Me mudé, y el caleidoscopio vino conmigo. Ahora su sitio es una esquina del escritorio. Mi gato ya lo había tirado otras veces al suelo pero nunca, hasta hoy, se había roto. ¿Han visto ustedes alguna vez un caleidoscopio roto? Es la gran decepción. Es un tubo de cartón, un poliedro triangular con las paredes interiores forradas de espejo, dos círculos de plástico transparente y siete piececitas de plástico de colores que, tiradas por el suelo, no hacen ni pizca de gracia: te dan ganas de barrerlas y tirarlas a la basura antes que de volverlas a poner dentro del triángulo de espejos.
Cuando lo he visto todo ahí, desparramado, primero he pensado en el holismo (¡ah, qué gran bofetada de la realidad me supuso aquel experimento en primera persona!), luego he pensado en las ilusiones ópticas, en cómo, siendo tan tontitas ellas, consiguen causarnos una cierta sorpresa (tan tontitos somos nosotros también); y luego, en el carisma de ciertas personas, que aparecen y absorben tu atención y te enredan y te enganchan y te fascinan, hasta que te empiezas a fijar en los detalles y la fascinación se convierte en compadecimiento y, claro, he pensado en Gastby (Dios, pobre desgraciado) y en Britney Spears y en El Pequeño Ruiseñor, paradigmas todos del juguete roto. Y he vuelto a pensar en el holismo, pero esta vez en un holismo revertido; de fuera a dentro. Un retroholismo que en vez de hacerte decir "fíjate, parece increíble el buen resultado que da la suma de estas cuatro cositas tontas", te hace decir "fíjate, lo mucho que parece y en realidad está hecho de nada". Me ha interrumpido el despertador, ayer se me olvidó apagarlo, menos mal porque estaba a punto caer en el error tan mío de aplicar a mi persona todo esto que estaba pensando.
Una de dos: o aprendo a excluirme como objeto de mis divagaciones mentales sobre cualquier tema (¡tanto yo, yo y yo!) o doy a mis gatos en adopción.
dissabte, 9 d’octubre del 2010
Miren que sueño más extraño:
Estaba en una ciudad que a veces era Milán y a veces era Venecia, paseando con un antiguo jefe. Nos encontrábamos con una chica rubia que hablaba catalán y que a mí me sonaba muchísimo: la conocía de vista. Mi antiguo jefe me decía: Mira, ésta es fulanita. Y, mira qué cosa más extraña: es cristiana. Yo preguntaba: ¿pero cristiana católica? Y ella contestaba, con gran cara de orgullo, que sí. Yo decía: Bueno, vaya cosa, yo originariamente también lo era, pero hace tiempo que dejé de creer en esas cosas. Y le preguntaba si practicaba a rajatabla. Me contestaba que sí y yo pensaba (porque ya había caído de qué me sonaba: conocía a su novio): anda que su novio debe de estar encantado, vamos... Eso era lo único que pensaba yo.
Después me acordaba de Unamuno. Cuando yo tenía unos 14 años, en clase de literatura, en una de esas lecciones que los libros de literatura de BUP dedican a las biografías de los escritores, leí que Unamuno había tenido una crisis de fe. La biografía de Unamuno presentaba un antes y después de la crisis de fe. Me quedé fascinada por la idea: yo nunca había oído de la existencia de ese tipo de crisis que ahí, escrita en el libro de literatura, no sé si voluntaria o involuntariamente por parte del autor de esa entrada, sonaba a momento de gran liberación para Unamuno. De gran liberación una vez superado el gran desconcierto que produce una crisis en primera instancia.
Entonces, en mi sueño, me preguntaba si esa pobre chica rubia había oído alguna vez de la crisis de fe de Unamuno y me planteaba si se lo tenía que explicar o no.
Me he despertado en el momento en que decidía que no, mejor no se lo explicaba y que se jodiera.
Estaba en una ciudad que a veces era Milán y a veces era Venecia, paseando con un antiguo jefe. Nos encontrábamos con una chica rubia que hablaba catalán y que a mí me sonaba muchísimo: la conocía de vista. Mi antiguo jefe me decía: Mira, ésta es fulanita. Y, mira qué cosa más extraña: es cristiana. Yo preguntaba: ¿pero cristiana católica? Y ella contestaba, con gran cara de orgullo, que sí. Yo decía: Bueno, vaya cosa, yo originariamente también lo era, pero hace tiempo que dejé de creer en esas cosas. Y le preguntaba si practicaba a rajatabla. Me contestaba que sí y yo pensaba (porque ya había caído de qué me sonaba: conocía a su novio): anda que su novio debe de estar encantado, vamos... Eso era lo único que pensaba yo.
Después me acordaba de Unamuno. Cuando yo tenía unos 14 años, en clase de literatura, en una de esas lecciones que los libros de literatura de BUP dedican a las biografías de los escritores, leí que Unamuno había tenido una crisis de fe. La biografía de Unamuno presentaba un antes y después de la crisis de fe. Me quedé fascinada por la idea: yo nunca había oído de la existencia de ese tipo de crisis que ahí, escrita en el libro de literatura, no sé si voluntaria o involuntariamente por parte del autor de esa entrada, sonaba a momento de gran liberación para Unamuno. De gran liberación una vez superado el gran desconcierto que produce una crisis en primera instancia.
Entonces, en mi sueño, me preguntaba si esa pobre chica rubia había oído alguna vez de la crisis de fe de Unamuno y me planteaba si se lo tenía que explicar o no.
Me he despertado en el momento en que decidía que no, mejor no se lo explicaba y que se jodiera.
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Unamuno
divendres, 8 d’octubre del 2010
Si Mario Vargas Llosa fuera como yo, hace treinta años se habría cagado en el día en que se metió en el embolao de aceptar la propuesta de una editorial de escribir los prólogos de los 25 títulos de su nueva entonces colección de narrativa del siglo XX. Eso es lo primero que he pensado cuando esta tarde he cogido el Dublineses de James Joyce de esa colección que les decía y me he encontrado (no me acordaba) con que Vargas Llosa firma el prólogo.
Lo segundo que he pensado es que Mario Vargas Llosa no es para nada como yo.
Y lo tercero que he pensado, cuando he visto que el prólogo estaba fechado un 17 de noviembre y, cuando he visto también que en una de las fotos que incluye esa edición, Joyce tiene una mirada que me recuerda muchísimo a la de mi amigo Iñaki, es en cómo hay cosas (y personas) que nada más aparecer, por tres detalles tontos como éstos, te dan la impresión de que encajan a la perfección en ese momento de tu vida y te acaban de convencer de que se tienen que quedar.
He cogido Dublineses esta tarde porque estaba aburrida, lo tenía en la estantería al alcance de la mano y estos últimos días, hemos hablado de este libro en el trabajo. Sin más. Cuando he llegado al final del prólogo, sólo por haber visto la foto, la firma y la fecha del prólogo, ya estaba convencida de que no iba a levantar el culo del sofá hasta la hora de la cena. Ahí tienen un ejemplo: tres datos del libro, ajenos en realidad a las historias que se cuentan en el libro, y el libro debía quedarse conmigo.
Bueno, todo esto de antes es un desvarío mío. Yo en realidad quería hablar de Mario Vargas Llosa.
Si tienen alguna duda sobre si Vargas Llosa se merecía o no el Nobel de literatura, lo único que tienen que hacer es conseguir una edición de La ciudad y los perros (por decir alguno) y ponerse poquito a poquito a leer desde la primera página. No piensen en lo que saben de Vargas Llosa, simplemente, pónganse a leer. Que no se les vaya la cabeza pensando si Vargas Llosa se cagó en todo cuando se dio cuenta de que no era uno, no, eran 25 los prólogos que tenía que escribir; o recordando aquel discurso suyo de político en balcón; o ni siquiera pensando en el repiqueteo de su máquina de escribir, si tomaría café entre desplazamiento y desplazamiento de carro...
Pensar que lo que hacía o dejaba de hacer; lo que pensaba o dejaba de pensar políticamente Mario Vargas Llosa mientras escribía La ciudad y los perros o cualquier otra, enturbia o llega a colarse de alguna manera en su literatura, es una gilipollez. Ése es el gran rasgo de la literatura impecable de Mario Vargas Llosa. Ése es el gran rasgo de la literatura por la literatura. Lo demás es literatura comercial, literatura denuncia, literatura de "mira qué listo soy" o de "mira cuántas cosas sé".
Así que no piensen en todo eso mientras leen pero no se olviden tampoco de que Mario Vargas Llosa no se ha privado de hacer nada de todo eso que ha hecho (amar, meterse en política, viajar...) además de escribir.
Por todo esto pienso que es merecidísimo el Nobel que le han dado a Mario Vargas Llosa.
Lo segundo que he pensado es que Mario Vargas Llosa no es para nada como yo.
Y lo tercero que he pensado, cuando he visto que el prólogo estaba fechado un 17 de noviembre y, cuando he visto también que en una de las fotos que incluye esa edición, Joyce tiene una mirada que me recuerda muchísimo a la de mi amigo Iñaki, es en cómo hay cosas (y personas) que nada más aparecer, por tres detalles tontos como éstos, te dan la impresión de que encajan a la perfección en ese momento de tu vida y te acaban de convencer de que se tienen que quedar.
He cogido Dublineses esta tarde porque estaba aburrida, lo tenía en la estantería al alcance de la mano y estos últimos días, hemos hablado de este libro en el trabajo. Sin más. Cuando he llegado al final del prólogo, sólo por haber visto la foto, la firma y la fecha del prólogo, ya estaba convencida de que no iba a levantar el culo del sofá hasta la hora de la cena. Ahí tienen un ejemplo: tres datos del libro, ajenos en realidad a las historias que se cuentan en el libro, y el libro debía quedarse conmigo.
Bueno, todo esto de antes es un desvarío mío. Yo en realidad quería hablar de Mario Vargas Llosa.
Si tienen alguna duda sobre si Vargas Llosa se merecía o no el Nobel de literatura, lo único que tienen que hacer es conseguir una edición de La ciudad y los perros (por decir alguno) y ponerse poquito a poquito a leer desde la primera página. No piensen en lo que saben de Vargas Llosa, simplemente, pónganse a leer. Que no se les vaya la cabeza pensando si Vargas Llosa se cagó en todo cuando se dio cuenta de que no era uno, no, eran 25 los prólogos que tenía que escribir; o recordando aquel discurso suyo de político en balcón; o ni siquiera pensando en el repiqueteo de su máquina de escribir, si tomaría café entre desplazamiento y desplazamiento de carro...
Pensar que lo que hacía o dejaba de hacer; lo que pensaba o dejaba de pensar políticamente Mario Vargas Llosa mientras escribía La ciudad y los perros o cualquier otra, enturbia o llega a colarse de alguna manera en su literatura, es una gilipollez. Ése es el gran rasgo de la literatura impecable de Mario Vargas Llosa. Ése es el gran rasgo de la literatura por la literatura. Lo demás es literatura comercial, literatura denuncia, literatura de "mira qué listo soy" o de "mira cuántas cosas sé".
Así que no piensen en todo eso mientras leen pero no se olviden tampoco de que Mario Vargas Llosa no se ha privado de hacer nada de todo eso que ha hecho (amar, meterse en política, viajar...) además de escribir.
Por todo esto pienso que es merecidísimo el Nobel que le han dado a Mario Vargas Llosa.
dimecres, 6 d’octubre del 2010
Miren el título de esta noticia que les linko. Ahora, miren el subtítulo.
Acaban ustedes de leer la sublimación del donde dije digo, digo Diego. ¡Qué bonito! Y en un diario de información general. A mí me parece maravilloso. Es como si titularan: "El barça ganará la próxima Champions. (N. del A.: no me hagan caso: la puede ganar cualquier otro que no sea el Barça)".
Y ahora, miren otro ejemplo de cómo funcionan los medios: el Nobel de literatura, como han visto en el artículo del link, se da mañana jueves, día, en principio, de emisión del único programa de libros de TV3. Ah, pero no: justamente este jueves, día de la entrega del Nobel de literatura, no hay único programa de libros de TV3 porque este mes de octubre, la programación de TV3 está dedicada a un país: Ecuador, y en lugar del programa de libros, TV3 ha programado un especial sobre Ecuador. Entonces ustedes piensan: "Hombre, tal como están las cosas en Ecuador, también es normal que decidan dedicarle un poco de tiempo extra...". Aaaah, pero tampoco: el programa en cuestión no es un informativo sobre la situación política del país, sino que consta de un reportaje en el que una ecuatoriana que vive en Barcelona explica cómo con el dinero que ha ganado aquí se ha podido comprar una casa en Quito, y de la proyección de una película de realización ecuatoriana que explica la odisea de dos jóvenes que van de viaje en bus y, cuando se estropea el bus, deciden seguir haciendo autoestop.
No sé. Por lo menos esto se traduce en una semana tranquila para mí, que bastante bien me viene con el trancazo que llevo.
Vuelvo a la lectura.
Acaban ustedes de leer la sublimación del donde dije digo, digo Diego. ¡Qué bonito! Y en un diario de información general. A mí me parece maravilloso. Es como si titularan: "El barça ganará la próxima Champions. (N. del A.: no me hagan caso: la puede ganar cualquier otro que no sea el Barça)".
Y ahora, miren otro ejemplo de cómo funcionan los medios: el Nobel de literatura, como han visto en el artículo del link, se da mañana jueves, día, en principio, de emisión del único programa de libros de TV3. Ah, pero no: justamente este jueves, día de la entrega del Nobel de literatura, no hay único programa de libros de TV3 porque este mes de octubre, la programación de TV3 está dedicada a un país: Ecuador, y en lugar del programa de libros, TV3 ha programado un especial sobre Ecuador. Entonces ustedes piensan: "Hombre, tal como están las cosas en Ecuador, también es normal que decidan dedicarle un poco de tiempo extra...". Aaaah, pero tampoco: el programa en cuestión no es un informativo sobre la situación política del país, sino que consta de un reportaje en el que una ecuatoriana que vive en Barcelona explica cómo con el dinero que ha ganado aquí se ha podido comprar una casa en Quito, y de la proyección de una película de realización ecuatoriana que explica la odisea de dos jóvenes que van de viaje en bus y, cuando se estropea el bus, deciden seguir haciendo autoestop.
No sé. Por lo menos esto se traduce en una semana tranquila para mí, que bastante bien me viene con el trancazo que llevo.
Vuelvo a la lectura.
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Protesto.
dimarts, 5 d’octubre del 2010

Este dibujo es de Brieva. Brieva se copia de mi madre. A mi madre, si le dices: "Hoy he dormido mal", te contesta: "No. Eres demasiado joven para dormir mal". Tema zanjado. Seguro que mi madre se copia de otros; seguro que mi abuela o así le decía cosas como las que ella me dice a mí y seguro que mi abuela también se copiaba de otros y esos otros de otros y los otros de otros y los otros de otros...
He copiado el dibujo del Tumblr de Víctor (éste). La gracia de Tumblr, el motivo por el que Tumblr engancha, es porque puedes seguir el camino de las cosas hasta que llegan primero a tu abuela, luego a tu madre y luego a ti. Lo que pasa es que el camino a la inversa no puede completarse nunca por una cuestión de tiempo: la gente, hace millones de años, no colgaba cosas en Tumblr, así que te encuentras con que todas las cosas han aparecido hace, como mucho, un par o tres de años. En la vida ocurre un poco lo mismo y también por una cuestión de tiempo: yo puedo preguntarle a mi madre si mi abuela le decía también de manera tan categórica si ella podía haber dormido mal o no pero, si mi madre me dice que sí, no puedo ir a mi abuela a preguntarle si mi bisabuela también se lo decía a ella porque mi abuela está muerta (ahí tienen la cuestión de tiempo; tiempo que se acaba, no que empieza tarde, en esta ocasión).
Otro problema que comparten Tumblr y la vida es que al final es uno quien elige por dónde alargar la línea y uno, cogiendo y alargando, puede despistarse mucho. Se puede ir estirando una línea siniestra, por ejemplo, y de repente, en un día tonto, a uno le da por meter un Hello Kitty y seguir a partir de entonces tirando por el color rosa. Y al día siguiente, sigue con el rosa y, al siguiente, más, para de repente darse cuenta que ha perdido totalmente la línea siniestra, a su abuela, a su madre y a todos los que vinieron antes de todos sus antepasados. Y adiós coherencia.
En este punto estoy un poco. Despistada perdida pero sin poder parar de estirar. Supongo que lo han notado. Lo bueno es que he estado en Pamplona y eso siempre me funciona como reset. Así que ya tengo medio ubicadas mis referencias de siempre. Ya vuelvo ¿ves que bien?.
Gracias por su paciencia.
dilluns, 4 d’octubre del 2010
Me acabo de dar cuenta: Me estoy haciendo una vida a base de las palabras de las que habla Ángel Gabilondo en la introducción a su libro "Menos que palabras", o sea, de palabras "a las que no les basta con decir lo que dicen y buscan siempre decir más, incluso de más (...)". Palabras que "no llegan a ser nunca palabras rotundas, sustanciales, ni del todo plenas. Y no simplemente por lo que les falta, sino por el faltar que ofrecen".
Sí, eso es lo que me pasa y lo que me provoca el andar permanentemente dispuesta a soltar la muletilla "es como si algo me faltara", que no es sino la formulación de una esperanza secreta más que de una frustración. Y a veces todo esto me parece una filosofía de vida de lo más odiosa, pero es que no sabría vivir de otra manera. ¿Se imaginan llegar al punto del "ya lo he conseguido todo"? Tengo un amigo que, el año pasado, tuvo esa sensación y a punto estuvo de mandarlo todo a la mierda para empezar de nuevo. Yo vi lo que sufrió e intenté animarle diciéndole cosas como: "¿No ves que no tienes nada y además, en el caso de tenerlo, podrías perderlo en cualquier momento?" Acabamos él dándose cuenta de que así era -eso le animó muchísimo- y yo totalmente convencida de que él era de los míos.
Vivan las palabras (y las cosas) que -Gabilondo dixit- no es que digan poco, es que dicen lo poco. Vivan los conceptos inventados in extremis para poder obviar que era ahí donde parecía encontrarse el límite. Vivan los burros como mi amigo y yo, que no aceptamos una vida carente de zanahorias.
Sí, eso es lo que me pasa y lo que me provoca el andar permanentemente dispuesta a soltar la muletilla "es como si algo me faltara", que no es sino la formulación de una esperanza secreta más que de una frustración. Y a veces todo esto me parece una filosofía de vida de lo más odiosa, pero es que no sabría vivir de otra manera. ¿Se imaginan llegar al punto del "ya lo he conseguido todo"? Tengo un amigo que, el año pasado, tuvo esa sensación y a punto estuvo de mandarlo todo a la mierda para empezar de nuevo. Yo vi lo que sufrió e intenté animarle diciéndole cosas como: "¿No ves que no tienes nada y además, en el caso de tenerlo, podrías perderlo en cualquier momento?" Acabamos él dándose cuenta de que así era -eso le animó muchísimo- y yo totalmente convencida de que él era de los míos.
Vivan las palabras (y las cosas) que -Gabilondo dixit- no es que digan poco, es que dicen lo poco. Vivan los conceptos inventados in extremis para poder obviar que era ahí donde parecía encontrarse el límite. Vivan los burros como mi amigo y yo, que no aceptamos una vida carente de zanahorias.
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