dilluns, 9 d’agost del 2010

(De cuando diciendo rubia quiero decir cualquier otra cosa)

J. ayer me dijo que era muy injusto pero que las tías rubias lo tenemos muy difícil. Y yo pensé: Joder, y tan injusto: para empezar, yo no soy rubia. Ni siquiera me creo rubia. Hay gente que me trata como si fuera rubia, sin ningún tipo de miramiento, pero yo todo lo padezco como la castaña que soy. Piensan: "Esta rubia lo que se merece es esto" y esperan de mí reacciones de rubia. Y yo, claro, llega un momento en que lo único que sé hacer es quedarme en mi casa sufriendo como sólo sufren las castañas. Igual, si fuera rubia de verdad, no sufriría tanto.

Sí que es injusto, sí.

dissabte, 7 d’agost del 2010

(De la navarridad en cuanto a los sentimientos)

¿Tienen ustedes la idea en la cabeza de que los vascones (los que somos hoy día los descendientes de los vascones de la época romana y de la de Amaya, o sea de ésta y de ésta) somos, por lo general, fríos y poco dados a mostrar nuestros sentimientos? Pues están ustedes en lo cierto.

Les cuento una anécdota con la que lo verán claro. Se había muerto mi abuelo. Yo estaba en el funeral al lado de una tía. Se acercó una vecina, le dio un beso a mi tía, fue a dármelo a mí y yo estaba con la cabeza gacha, llorando como una descosida. Mi tía me cogió la cabeza, se la arrimó a la cintura y se disculpó con la vecina: "Perdona, es que se ha emocionao". Y yo me sentí mal por haberme "emocionao", tanto que aún lo recuerdo.

Yo no sé si ser así es bueno o malo, sólo sé que somos así, como mi tía escondiendo mi cara, mi vecina sorprendiéndose de que yo llorara y yo avergonzándome por hacerlo. Y serlo nos sirve para saber con quién podemos y con quién no podemos contar. Y también sé que ser así, cuando no estás allá, supone a veces un gap cultural como una casa. Me explico.

Un vascón se imagina cuándo un amigo está mal. Y, por lo general, sin preguntarle si está bien o cómo lo lleva o un simple qué tal, acierta. ¿Se han fijado que en la Vasconia actual la gente se saluda con un "¡Aupa!", que es como un "¡Arriba!", en vez de con un "Hola"? Es por si acaso. A partir de esta primera toma de contacto, un vascón ya va viendo cómo está el amigo por medio de detalles, comentarios, una mala cara, un cambio de tema o simplemente porque alguien de la cuadrilla le ha contado la historia. Esto también es importante: cuando un vascón le cuenta algo que le ha pasado a alguien de su cuadrilla, inmediatamente, toda la cuadrilla lo sabe a no ser que el vascón haya pedido discreción. A mí, cuando vine a vivir a Catalunya, me costó bastante acostumbrarme a tener que ir explicándome con todo el mundo si quería que alguien me apoyara en caso de necesitarlo; hasta hace poco, me comía mis depresiones yo solita y ahora, para evitar esto, peco de exceso -explico hasta a quien no debería explicar- por miedo a quedarme sola en casa sin que suene el teléfono.

Aún recuerdo un día que mi amiga G., de Barcelona, muy seria me dijo al despedirse de mí: "¡¡Y haz el favor de llamar si estás mal!!"

¿Ven el gap cultural?

Voy a llamar ahora mismo a A., que mi amigo J., de la cuadrilla, me ha mandado esta mañana un mensaje diciéndome que anda tristona.
Mi hermano necesita que le echen una mano en la tienda: Voy a pasarme dos semanas trabajando unas horitas diarias en un centro comercial.

Él se piensa que sólo voy a vender ropa, yo no paro de pensar en el material que me puede proporcionar la experiencia, para mi particular estudio sobre esta gran antropología del absurdo que me he empeñado en hacer.

No te preocupes, J., seré educadísima, simpatiquísima y atentísima. Nadie notará que estoy tomando notas.
Recuerdo que hace tiempo nos dio por jugar a una cosa muy nazi: elegíamos un punto geográfico, elegíamos una dirección, hacia el norte o hacia el sur, y toda la zona comprendida en nuestra elección desaparecía, se esfumaba. El juego tenía sus variantes: si no nos apetecía pensar demasiado, elegíamos sólo un país (no sé por qué Italia era uno de los más recurrentes); si estábamos enfadados con alguien, elegíamos sólo el barrio donde vivía ese alguien.

Era un juego de tarde de terraza de bar o de estar tirados en la hierba. Siempre empezaba con una pregunta, que solía hacer quien ya tenía pensada una zona o una persona a eliminar: "¿Jugamos a los nazis?". "Vale". "Punto geográfico: Tudela. Dirección: Sur".

No les he explicado que la desaparición de toda una zona implicaba que desaparecía TODO lo que había en aquella zona: personas, monumentos, historia, eventos futuros... Todo.

Entonces empezaba el debate: "¡Noooo, que fulanito se ha ido de fin de semana a Madrid!" "Pues lo siento". "Pero tía, ¡que nos quedamos sin el piso de Biarritz!" (los padres de fulanito tenían un piso en Biarritz). "Hombre, no pretenderás cargarte más de medio mundo y que no te afecte...". La cosa acababa estando llena de daños colaterales (los campamentos de verano, la Alhambra, los primos extremeños, Silvio Rodríguez -no pregunten, estábamos en esa edad-...), una vez elaborada la lista de los cuales, decidíamos si los asumíamos o no, o sea, si seguíamos adelante o no con nuestro plan de exterminio radical.

Visto ahora, este nuestro jueguecito particular me hace pensar que -aparte de ser unos bestias- no estábamos haciendo con él más que entrenarnos para algo que nos empezaba a preocupar: la toma de decisiones en la vida. Debíamos de estar entrando en plena postadolescencia y habíamos empezado a intuir que teníamos que empezar a hacer algo con nuestro futuro; que teníamos que empezar a definirnos. De una manera muy embrionaria sabíamos que esta autodefinición comportaría el ir dejando cosas por el camino. Y que este ir dejando cosas por el camino (ay, el piso de Biarritz), a veces, dolería, pero debíamos hacerlo si queríamos seguir adelante. Simplemente empezábamos a reaccionar sin saber ante qué reaccionábamos, de una manera instintiva: éramos como cachorros que juegan a pelearse y a cazar.

No sé por qué me he despertado pensando en esto precisamente hoy. Puede que esté en pleno proceso de hacer limpieza de aquello que ya no me aporta nada y que me tengo que quitar de encima para ir un poquito más ligera... Seguramente sí. Es lo que tiene el tener unas larguísimas vacaciones y el estar más que aburrida de ciertas cosas que ahora no les voy a contar.

divendres, 6 d’agost del 2010

Sólo uno de mis novios me ha regalado joyas: J.

Yo rondaba los 20 y él, los casitreinta. Era de Barañáin, había dejado de estudiar a los 14 años y trabajaba en una fábrica de un polígono de las afueras de Pamplona. Tenía coche, vivía solo y le encantaba coger la tienda de campaña y llevarme de fin de semana por ahí, al monte. O sea, el tío reunía todas las condiciones para darle un mal rollo a mi madre total.

Nos conocimos porque yo daba clases particulares de inglés a su hermana. Un día, llegué a su casa con mi libreta y mis ejercicios preparados, toda mona, y me encontré con que A., mi alumna, no estaba. J., sí. Me dijo que no sabía dónde andaba ella y que nos bajáramos al bar, que me invitaba a una cerveza, hasta que ella llegara. Me invitó a una cerveza y a dos. A. no llegó. Al cabo de un par de horas, le dije que me tenía que ir, que se me iba a pasar la última Villavesa. Me dijo que él me llevaba a casa en coche. Parados delante de mi casa, me preguntó cuándo tenía la próxima clase con su hermana y me dijo que, cuando acabara, me estaría esperando en el bar.

Empecé a llegar tardísimo a casa los martes y los jueves de semanas alternas (las que él no estaba de turno de tarde). Mi abuela dio la voz de alarma a mi madre, que por entonces ya vivía en Barcelona. Mi madre me interrogó primero por teléfono y después en persona, mientras me cogía de la muñeca y lanzaba miradas a mi pulsera de oro nueva. Que si qué estudia, que si pero cuántos años tiene...

Veredicto rotundo materno: persona non grata.
Condena: nada de escapaditas de fines de semana, nada de trasnochar entre semana y la pulsera, se la devuelves.

Veredicto filial: Jopé, mamá, qué clasista eres.
Condena: desinformación total al respecto: a partir de ahora, siempre que tu hija llegue tarde o no venga a dormir, será porque está con las amigas.

La historia con J. terminó al poco tiempo. Lo cambié por alguien con horarios más compatibles con los míos y con conversación más de apuntes, fiestas de piso y campanas en el Faustino, y menos de rollo sindical, accidentes laborales e hipoteca. ¿Qué quieren? Yo tenía 20 años, me gustaba leer y enviaba, indignadísima, cartas a los Golem preguntando por qué no estrenaban tal o cual película que en Madrid sí que habían estrenado pero que a Pamplona no iba a llegar.

J. ha pasado a la historia como mi único novio proletario y el único que me ha regalado joyas, así que yo he acabado juntado los dos rasgos en mi cerebro y creando una conclusión por oposición a ambos: los novios intelectuales no te regalan joyas, pudiendo formularse esta máxima también en términos contrarios: los novios proletarios regalan joyas.

Hoy, leyendo esto, he añadido una coletilla a mi conclusión: los novios proletarios regalan joyas y los pretendientes muy muy ricos también, a ver, no te van a regalar un libro siendo tú modelo y muy muy rica también.

No sé, al final va a resultar que la clasista soy yo.

dijous, 5 d’agost del 2010

Ya, sí, bueno, interrumpo mi silencio y me olvido de mis vacaciones por un momento, pero es que tengo algo que contarles que me enorgullece bastante.

Yo cuando tenía 9 años, estaba enamorada de éste:



"Claro, qué lista", dirán. Pero tiene su mérito: 9 años son muy pocos para estar enamorada de Steve McQueen. Y menos que me parecen si pienso que, para entonces, no creo que mi padre me hubiera dejado aún ver ya ni "La gran evasión" ni "Papillon" ni "Le mans". Así que sospecho que me enamoré de él a base de ver fotos suyas en el Hola o el Semana (los únicos vicios de mi abuela según ella misma) y que acabé de mitificarlo hasta el infinito el día que murió, cuando yo tenía 8 años, que ya por entonces andaba yo un poquito obsesionada con la idea de la muerte (según mi madre).

Tengo pruebas de mi enamoramiento: hay una foto en la que salgo yo sentada en la cama de mi habitación de entonces. Llevo un vestidito azul con pechera de nido de abeja y, en la pared, en la cabecera de mi cama, hay un póster suyo que yo había pegado de manera muy muy chapucera dentro del marco de un retrato que un pintor callejero me había hecho en Benidorm. (Que me expliquen por qué íbamos de vacaciones a Benidorm y por qué mis padres pagaban por ese tipo de arte, por favor).

Luego, recuerdo ver sus películas y enamorarme aún más y pensar: pero qué ojo tengo...

Diez años después, hacia los 19, me enamoré de este otro tipo:



Ya. En esta foto está todo embarrado y sucio pero miren esta otra:



... yaaa; demasiado querubín.
¿Y esta otra?



¡Inmenso!

He estado viendo las dos exposiciones de su obra que hay estos días en Barcelona; primero la del Santa Mònica y después la del Caixaforum. Y viéndolas, no sólo he quedado convencida del buen ojo este que les decía que tengo desde pequeña (pregúntenle al artistaabans, pregúntenle, que me ha preguntado delante de la foto del Barceló joven: "Era guapo ¿eh?" y yo le he dicho; "Y lo es, y lo es...") sino que además he vuelto a convencerme de mi buen gusto artístico (perdonen la inmodestia) y me he dado bastante cuenta de paso, de que casi siempre me he fijado (platónicamente, se entiende, pero muchas veces en la vida real también) de gente que estaba yo convencida de que haría cosas grandes. Por ejemplo: a mi novio ecologista, cuando volvía de trabajar, siempre le preguntaba si había salvado ya el mundo, y se lo preguntaba totalmente en serio; mi amigo X. ha acabado haciendo un pepinazo de disco, con mi amiga M. me empeñé en empezar una relación epistolar que quedara para los anales de la literatura y con mi amiga G. fantaseamos con el libro sobre su vida y obra que haremos las dos juntas y que dentro de unos años deberá estar en todas las bibliotecas que cuenten con una buena sección dedicada a la haute couture.

Soy la típica pánfila que se enamora de la gente por su obra, que se cree a pies juntillas el "por sus hechos los conoceréis" y es capaz de volverse turulata por el "los" a nada que ha intuído por dónde irá el "sus hechos".

Y que, no sé, si encima voy a ver las exposiciones de "sus hechos" con cuatro amigotes y luego la tarde acaba en unas rondas de cervezas en las que empezamos haciendo una novela a diez manos y acabamos hablando de Arte, política y toros a un nivel que da a entender que tenemos todas las claves y todas las respuestas, entre platonismos y realismos, acabo yéndome a dormir creyendo que somos la élite de algo o la esperanza blanca de un mundo perdido y gris o qué sé yo qué.

Y todo esto por culpa de Barceló.

dimarts, 3 d’agost del 2010

Aquí ando, con un poco de nostalgia de cuando las cosas que nos tenían que maravillar sí o sí sólo eran cinco.



Qué perezaaaa.