Yo, cuando voy a la Barceloneta y desde la arena, de cara al mar, miro a la derecha, pienso en dos personas: una, en el Watusi (miren a lo alto del hotel Vela y lo entenderán), y otra, en A.
A., a quien se le acaba de salir de plano algo importante en la vida, lleva un mes sin playa y hoy tampoco irá. Así que yo voy a acercarme hasta allá sólo para contarle que todo lo demás sigue en su sitio: el hotel, la W. y el barrio que, tal como me lo presentó, de todos los en los que ha vivido, es el más suyo.
dilluns, 26 de juliol del 2010
dissabte, 24 de juliol del 2010
Conversación de viernes por la tarde:
H.: Y de libros, el María Moliner me lo llevo seguro.
I.: Ah, pues estupendo porque ahí ya tienes todas las palabras.
H.: Sí. "Moby Dick" por ejemplo está en el María Moliner.
I.: Bueno, con los verbos sin conjugar.
H.: Claro, bueno, alguno regular sí que habrá...
I.: En el María Moliner está "Moby Dick" en indio americano.
H.: Y de libros, el María Moliner me lo llevo seguro.
I.: Ah, pues estupendo porque ahí ya tienes todas las palabras.
H.: Sí. "Moby Dick" por ejemplo está en el María Moliner.
I.: Bueno, con los verbos sin conjugar.
H.: Claro, bueno, alguno regular sí que habrá...
I.: En el María Moliner está "Moby Dick" en indio americano.
divendres, 23 de juliol del 2010
Tengo un amigo que piensa que, con todo esto del pase usted primero, no, no, por favor, usted primero, que se está viviendo en el Tour de Francia, el ciclismo está perdiendo toda épica.
Tengo otro que se quita el sombrero ante la deportividad que representa todo esto del pase usted primero, no, no, blablabla, que se está viviendo en el mismo Tour de Francia.
Las dos posturas conllevan cierta verdad. La misma situación puede interpretarse como la pérdida de la esencia de un deporte, por un lado, y como el triunfo de la mismísima deportividad, por el otro. Y las dos interpretaciones son válidas.
... Y que yo llevo un lío en la cabeza con esto de que ante el mismo estímulo, la gente se quede con matices tan dispares que les lleve a reaccionar de maneras tan diferentes pero igual de válidas, que a veces, escribiendo estas parrafadas o hablando en persona con alguien, me llego a sentir como una francotiradora a discreción, ratatatatatatatatatatatata, para, al acabar la ráfaga, quedarme embobada pensando: ¿Con qué se habrá quedado de todo lo que he dicho? Lo que ha entendido, ¿se parecerá en algo a lo que le quería decir?
Y como siempre acabo largándome de la escena del crimen tarareando todo da, todo da, todo da lo mismooooo...
Tengo otro que se quita el sombrero ante la deportividad que representa todo esto del pase usted primero, no, no, blablabla, que se está viviendo en el mismo Tour de Francia.
Las dos posturas conllevan cierta verdad. La misma situación puede interpretarse como la pérdida de la esencia de un deporte, por un lado, y como el triunfo de la mismísima deportividad, por el otro. Y las dos interpretaciones son válidas.
... Y que yo llevo un lío en la cabeza con esto de que ante el mismo estímulo, la gente se quede con matices tan dispares que les lleve a reaccionar de maneras tan diferentes pero igual de válidas, que a veces, escribiendo estas parrafadas o hablando en persona con alguien, me llego a sentir como una francotiradora a discreción, ratatatatatatatatatatatata, para, al acabar la ráfaga, quedarme embobada pensando: ¿Con qué se habrá quedado de todo lo que he dicho? Lo que ha entendido, ¿se parecerá en algo a lo que le quería decir?
Y como siempre acabo largándome de la escena del crimen tarareando todo da, todo da, todo da lo mismooooo...
Hay días en los que hay que hacer verdaderos esfuerzos para no convertirse en una cínica, con todas las letras, desde el punto de la mañana.
Lo digo porque, saltando de edición en internet en edición en internet de diario, me encuentro con el anuncio de los contenidos del suplemento de El Periódico de este fin de semana. Aquí. Sí, sí; han leído bien: Mick Jagger revela al mundo las claves para mantenerse en forma. Si llegan hasta el final del artículo, verán la lista de ilustres colaboradores (regaladores también de sabios consejos y agudas miradas que conseguirán hacer de la vida del lector una cosa más agradable) de tan imprescindible revista: David Trueba, Isabel Coixet, Andreu Buenafuente, Carme Ruscalleda y Joan Barril (cuidado: no intenten visualizar todas sus caras juntas).
Paro de leer. Me voy a El Café de Ocata, que siempre me hace así un poco como de "terapia para el alma" (que, mira, es el título del post de hoy), y vuelco un poco del cinismo este del que les hablaba en un comentario un poco tonto al que el Sr. Luri y alguno de sus otros lectores habituales responden en seguida haciendo que parezca hasta un poquito inteligente (el comentario de servidora, digo). Pienso en todo lo que aporta tener lectores leídos. Pienso en cómo han abandonado los mass media toda intención de buscar un público inteligente y, más que eso, en cómo han llegado a la premisa (premisa que nunca, jamás, se dirá en voz alta, pero que debe de sobrevolar constantemente las reuniones de contenidos): "la gente es tonta y traga con todo; ofrezcámosles contenidos para idiotas" (¿¡¿¡¿¡¿¡Mick Jagger dando consejos para estar en forma!?!?!?! Pues sí: Mick Jagger dando consejos para estar en forma). Y acabo al borde de perder la poca fe que me queda en casi todo.
Pero bueno, no se preocupen, seguramente lo único que me pasa es que esto, la gran broma infinita de Stanley Milgram, es lo primero que he leído esta mañana.
Esto lo arreglo yo haciendo unas cuantas cosas de las de verdad importantes: voy a cambiar la caja de arena de los gatos y a pasarme por Correos a enviar un par de cosas que tengo pendientes. Ya verán cómo se me olvida enseguida la comezón esta de ir por ahí intentando destapar cavernas.
Lo digo porque, saltando de edición en internet en edición en internet de diario, me encuentro con el anuncio de los contenidos del suplemento de El Periódico de este fin de semana. Aquí. Sí, sí; han leído bien: Mick Jagger revela al mundo las claves para mantenerse en forma. Si llegan hasta el final del artículo, verán la lista de ilustres colaboradores (regaladores también de sabios consejos y agudas miradas que conseguirán hacer de la vida del lector una cosa más agradable) de tan imprescindible revista: David Trueba, Isabel Coixet, Andreu Buenafuente, Carme Ruscalleda y Joan Barril (cuidado: no intenten visualizar todas sus caras juntas).
Paro de leer. Me voy a El Café de Ocata, que siempre me hace así un poco como de "terapia para el alma" (que, mira, es el título del post de hoy), y vuelco un poco del cinismo este del que les hablaba en un comentario un poco tonto al que el Sr. Luri y alguno de sus otros lectores habituales responden en seguida haciendo que parezca hasta un poquito inteligente (el comentario de servidora, digo). Pienso en todo lo que aporta tener lectores leídos. Pienso en cómo han abandonado los mass media toda intención de buscar un público inteligente y, más que eso, en cómo han llegado a la premisa (premisa que nunca, jamás, se dirá en voz alta, pero que debe de sobrevolar constantemente las reuniones de contenidos): "la gente es tonta y traga con todo; ofrezcámosles contenidos para idiotas" (¿¡¿¡¿¡¿¡Mick Jagger dando consejos para estar en forma!?!?!?! Pues sí: Mick Jagger dando consejos para estar en forma). Y acabo al borde de perder la poca fe que me queda en casi todo.
Pero bueno, no se preocupen, seguramente lo único que me pasa es que esto, la gran broma infinita de Stanley Milgram, es lo primero que he leído esta mañana.
Esto lo arreglo yo haciendo unas cuantas cosas de las de verdad importantes: voy a cambiar la caja de arena de los gatos y a pasarme por Correos a enviar un par de cosas que tengo pendientes. Ya verán cómo se me olvida enseguida la comezón esta de ir por ahí intentando destapar cavernas.
dilluns, 19 de juliol del 2010
(De los cambios de humor)
Un día, te levantas de mal humor y triste. Se te va la mañana pensando que tienes que hacer tal o cual cosa pero eres incapaz de levantar el culo de la silla en la que te has sentado hace una hora para tomarte el café. Y el café ya está frío, claro, y eso te pone aún de peor humor. Entonces, te arrastras hasta el ordenador y ves que te han pagado del trabajo. Pones música, te duchas cantando, te vistes y sales de casa. Así. Por las buenas.
Es sólo un ejemplo; no es que la pasta me ponga de tan buen humor, que a veces también, a qué negarlo. He experimentado esta especie de subidones repentinos también por hechos igual de simples como recibir un e-mail o una llamada de alguna persona concreta, acordarme de repente de que faltan pocos días para que llegue tal, ver al Koldo haciendo el mongo con una bolsa de plástico o recordar que aquella noche es la noche que había quedado con cual.
También me pasa al contrario: del buen humor al mal humor en cuestión de segundos. Para esto creo que incluso soy más sensible. Me bastan ciertos comentarios, leer ciertas cosas en el periódico, que se me olvide que tengo la leche al fuego, encontrarme con demasiada gente en el metro...
Cuando empecé a ser consciente de la fragilidad de mis estados de buen y mal humor, pensé que era una histérica. Luego leí el "Combray", de Proust, y me hizo mucha gracia encontrarme en las últimas páginas con la descripción de un cambio de humor brutal en tiempo récord del protagonista del asunto.
El protagonista del asunto está convencido de que la literatura no es lo suyo; ha decidido abandonarla como había hecho ya anteriormente unas cuantas veces pero, después de un paseo por el campo, monta en el coche de un vecino y, fascinado por la naturaleza que acaba de ver, le pide un lápiz y escribe de un tirón una página entera describiéndola. Acaba y, de tanta felicidad, se pone a cantar. Hasta que se da cuenta de que esa noche llegaría más tarde de lo normal a casa, le dejarían comer el primer plato y lo enviarían directamente a dormir. Su madre se quedaría acabando de cenar a la mesa y acabaría mucho más tarde que él, así que, esa noche, no subiría a darle el beso de buenas noches. ¡Pum! Caída libre en picado: preocupación, tristeza, ganas de llorar y ¿quién se acuerda ya de la canción que estaba cantando dos líneas antes? Probablemente sólo el vecino, que en ese mismo momento en el que el niño se calla, debió hacer justo el viaje anímico contrario al del pasajero en cuestión; del agobio a la alegría absoluta al comprobar que el cursi por fin se había callado y él podía conducir tranquilamente la media horita de camino que les quedaba hasta casa.
Pues eso, que leer esto me hizo ese tipo de gracia que va acompañada por la fascinación de comprobar que a veces esos asuntillos que piensas que pasan sólo en tu cabeza, tienen un qué de universalidad. Pero vaya, que no por eso dejé de pensar que soy una histérica, quiero decir: que al desequilibradito de Proust le pasara antes que a ti la misma idea por la cabeza, vendría a demostrar precisamente lo contrario.
Lo soy, no puedo remediarlo... Esta noche vuelve S. Voy a ducharme y a buscarla a la estación. ¡Yupi!
Un día, te levantas de mal humor y triste. Se te va la mañana pensando que tienes que hacer tal o cual cosa pero eres incapaz de levantar el culo de la silla en la que te has sentado hace una hora para tomarte el café. Y el café ya está frío, claro, y eso te pone aún de peor humor. Entonces, te arrastras hasta el ordenador y ves que te han pagado del trabajo. Pones música, te duchas cantando, te vistes y sales de casa. Así. Por las buenas.
Es sólo un ejemplo; no es que la pasta me ponga de tan buen humor, que a veces también, a qué negarlo. He experimentado esta especie de subidones repentinos también por hechos igual de simples como recibir un e-mail o una llamada de alguna persona concreta, acordarme de repente de que faltan pocos días para que llegue tal, ver al Koldo haciendo el mongo con una bolsa de plástico o recordar que aquella noche es la noche que había quedado con cual.
También me pasa al contrario: del buen humor al mal humor en cuestión de segundos. Para esto creo que incluso soy más sensible. Me bastan ciertos comentarios, leer ciertas cosas en el periódico, que se me olvide que tengo la leche al fuego, encontrarme con demasiada gente en el metro...
Cuando empecé a ser consciente de la fragilidad de mis estados de buen y mal humor, pensé que era una histérica. Luego leí el "Combray", de Proust, y me hizo mucha gracia encontrarme en las últimas páginas con la descripción de un cambio de humor brutal en tiempo récord del protagonista del asunto.
El protagonista del asunto está convencido de que la literatura no es lo suyo; ha decidido abandonarla como había hecho ya anteriormente unas cuantas veces pero, después de un paseo por el campo, monta en el coche de un vecino y, fascinado por la naturaleza que acaba de ver, le pide un lápiz y escribe de un tirón una página entera describiéndola. Acaba y, de tanta felicidad, se pone a cantar. Hasta que se da cuenta de que esa noche llegaría más tarde de lo normal a casa, le dejarían comer el primer plato y lo enviarían directamente a dormir. Su madre se quedaría acabando de cenar a la mesa y acabaría mucho más tarde que él, así que, esa noche, no subiría a darle el beso de buenas noches. ¡Pum! Caída libre en picado: preocupación, tristeza, ganas de llorar y ¿quién se acuerda ya de la canción que estaba cantando dos líneas antes? Probablemente sólo el vecino, que en ese mismo momento en el que el niño se calla, debió hacer justo el viaje anímico contrario al del pasajero en cuestión; del agobio a la alegría absoluta al comprobar que el cursi por fin se había callado y él podía conducir tranquilamente la media horita de camino que les quedaba hasta casa.
Pues eso, que leer esto me hizo ese tipo de gracia que va acompañada por la fascinación de comprobar que a veces esos asuntillos que piensas que pasan sólo en tu cabeza, tienen un qué de universalidad. Pero vaya, que no por eso dejé de pensar que soy una histérica, quiero decir: que al desequilibradito de Proust le pasara antes que a ti la misma idea por la cabeza, vendría a demostrar precisamente lo contrario.
Lo soy, no puedo remediarlo... Esta noche vuelve S. Voy a ducharme y a buscarla a la estación. ¡Yupi!
diumenge, 18 de juliol del 2010
(De cuando, sin querer, me emociono)
Va V. y me regala el "Blood on the tracks" en vinilo, así, como quien no quiere la cosa: lo ha encontrado en la deixalleria de Molins, entre un lote de discos de alguna tienda que ha cerrado. Me dice: "Toma, para ti". Y yo lo cojo, lo miro, le miro a él, vuelvo a mirar el disco y le vuelvo a mirar a él. Le digo: "Pero, ¿para mí? ¿Seguro? Es un disco muy bueno...". Y me dice: "Sí". Y yo miro el disco otra vez, veo dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí y pienso que ese es el momento del fundido a negro final, de una película que, qui ho anava a dir, ha acabado bien.
Va V. y me regala el "Blood on the tracks" en vinilo, así, como quien no quiere la cosa: lo ha encontrado en la deixalleria de Molins, entre un lote de discos de alguna tienda que ha cerrado. Me dice: "Toma, para ti". Y yo lo cojo, lo miro, le miro a él, vuelvo a mirar el disco y le vuelvo a mirar a él. Le digo: "Pero, ¿para mí? ¿Seguro? Es un disco muy bueno...". Y me dice: "Sí". Y yo miro el disco otra vez, veo dónde estamos y cómo hemos llegado hasta aquí y pienso que ese es el momento del fundido a negro final, de una película que, qui ho anava a dir, ha acabado bien.
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